viernes, febrero 6, 2026

El socialismo del siglo XXI, ¿es izquierda o derecha?

Se podría definir al fascismo como un sistema de dominación autoritario con el monopolio de la representación política de un partido único y de masas, organizado jerárquicamente, una ideología fundamentada en el culto al jefe o caudillo, en la exaltación de la colectividad nacional y el desprecio de los valores del individualismo liberal. Aquí aparecen similitudes entre algunos regímenes europeos con los de la línea del socialismo del siglo XXI: la Venezuela de Chávez y Maduro, la Nicaragua de Ortega y el Ecuador de la década de Rafael Correa.

Por: Ugo Stornaiolo

Suena contradictorio, porque los seguidores del socialismo del siglo XXI se dicen de izquierda y se unieron a los despojos del socialismo real del siglo XX, como los gobiernos de Cuba y Nicaragua y, un poco más distantes, a los regímenes totalitarios de China, Rusia o Corea del Norte. Sin embargo, las raíces del socialismo del siglo XXI tienen más que ver con los orígenes del fascismo y el nacionalsocialismo.

El investigador Paolo Stefanoni lo describe, refiriéndose a Hugo Chávez —considerado un fundador de la corriente—: “el Chávez que siguió al frustrado golpe de Estado de 1992 era aún difícil de escrutar para la izquierda, que lo miraba con desconfianza. Sus vínculos con figuras como Norberto Ceresole —un ex izquierdista que terminó en una línea nacionalista de derecha cercana a los militares carapintadas argentinos— generaba suspicacias, mientras que su propuesta de tercera vía a lo Tony Blair le daba tonalidades demasiado moderadas”.

El politólogo italiano Norberto Bobbio, en su Enciclopedia de la Política, define al fascismo desde algunas perspectivas. Cronológicamente, el histórico es el fascismo italiano, pero luego, al trascender la frontera de ese país, se volvió internacional al vincularse en Alemania con el nacionalsocialismo y finalmente se extendió a movimientos o regímenes que comparten esas características, organización y finalidad política.

Sobre esto, corrobora Bobbio, “el término fascismo asume una indeterminación tal que pone en entredicho su utilización con fines científicos. Se ha delineado cada vez más una tendencia a limitar su uso solamente al fascismo histórico, cuya vigencia cubrió Europa en el período comprendido entre 1919 y 1945 y cuyas especificidades están constituidas por el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán”.

Pero, el fascismo va más allá de ser un fenómeno del oeste de Europa porque extendió su influencia, también al este europeo, con la caída del muro de Berlín y la cortina de hierro a fines del siglo XX, caracterizándose por el nacionalismo y la xenofobia. Su resurgimiento fue en países como Hungría, Eslovaquia, Austria, Francia, Rusia o en las mismas Italia y Alemania, encabezado por líderes como Marine Le Pen, Salvini o Viktor Orban, considerados de derecha. Pero, ese rasgo ideológico varía en otras partes.

Muro de Berlin
Caída de un fragmento del Muro de Berlín. Fuente: Wikimedia Commons

El fascismo se jactaba, desde sus comienzos, de no ser un movimiento teórico, afirmando que la acción estaba por encima del pensamiento, pero también le faltó la capacidad de auto comprenderse y auto interpretarse.

Se podría definir al fascismo como un sistema de dominación autoritario con el monopolio de la representación política de un partido único y de masas, organizado jerárquicamente, una ideología fundamentada en el culto al jefe o caudillo, en la exaltación de la colectividad nacional y el desprecio de los valores del individualismo liberal. Aquí aparecen similitudes entre algunos regímenes europeos con los de la línea del socialismo del siglo XXI: la Venezuela de Chávez y Maduro, la Nicaragua de Ortega y el Ecuador de la década de Rafael Correa.

El correísmo, por ejemplo, no fue ni progresismo ni izquierda ni reformismo. Estableció un régimen fascista bajo la sombra de ser reformista, de izquierda o progresista, cobijado por el socialismo del siglo XXI. El político socialista Diego Delgado señalaba algunos rasgos fascistas del gobierno de Correa: “la esvástica en la piel de los familiares de presos en Ecuador, el uso de grupos de choque contra organizaciones populares, los métodos del fascismo en la propaganda, en el amedrentamiento social y en el manejo jurídico del país”. Otras prácticas del nazismo señalados por Delgado son: “todos los poderes en manos de una sola persona, todas las instituciones bajo el control del caudillo criollo”.

Más rasgos del fascismo: el ideal de colaboración entre las clases, en una contraposición frontal ante socialismo y comunismo (sería una contradicción, que no lo es, por el tinte nacionalista), con un ordenamiento corporativo, movilización de masas, encuadradas en organizaciones dirigidas hacia una socialización política planificada en función del régimen, la eliminación de la oposición con violencia terrorista (algo hubo en Ecuador y sucede en Venezuela), un aparato de propaganda fundado en el control de la información y los medios de comunicación de masas (al cooptar medios y amenazar a los críticos).

Rafael Correa rompía diarios durante una de sus sabatinas, incentivando el odio de sus seguidores contra la prensa. Foto: Archivo

El fascismo hace un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica, promoviendo la movilización de masas a través de la identificación de las reivindicaciones sociales con las nacionales. Por eso, a los votantes les atrae el mesianismo de líderes que pregonan eslóganes como la patria vuelve, la patria es de todos o recuperar la patria, pregonados por publicistas del correísmo.

El fascismo se jactaba, desde sus comienzos, de no ser un movimiento teórico, afirmando que la acción estaba por encima del pensamiento, pero también le faltó la capacidad de auto comprenderse y auto interpretarse. Siempre hubo intentos de interpretación, realizados por amigos y enemigos. El hecho de que predomina la praxis sobre la doctrina no permite un juicio externo, un paradigma frío y preciso y esto le permite a cada uno inventar su propio fascismo, sea positivo o negativo.

Las últimas elecciones en Venezuela abrieron una etapa de degradación del proyecto chavista, hoy un lastre para el progresismo latinoamericano, que nunca lo abrazó, pero tampoco lo criticó.

Según A. J. Gregor, el fascismo fue “el primer régimen revolucionario de masa que inspiró la utilización de la totalidad de los recursos humanos y naturales de una comunidad histórica en el desarrollo nacional”. Aunque parecería que el horror de la segunda guerra mundial disipó esta forma de hacer política, su reaparición en muchas partes del mundo, con distintos matices ideológicos, hace pensar que sigue vigente.

Una ruptura de la izquierda

Las últimas elecciones en Venezuela abrieron una etapa de degradación del proyecto chavista, hoy un lastre para el progresismo latinoamericano, que nunca lo abrazó, pero tampoco lo criticó. Para Stefanoni, “la relación de las izquierdas latinoamericanas y la revolución bolivariana pasó por diferentes etapas, al ritmo de las propias dinámicas del país caribeño. El apabullante liderazgo de Hugo Chávez —una maquinaria casi infinita de carisma— proveyó, sin duda, una dosis de inusual energía a una izquierda regional doblemente derrotada: la caída del muro de Berlín no solo afectó a la izquierda tanquista que apoyaba a los regímenes del “socialismo real” —con los tanques soviéticos incluidos—, sino a la izquierda en su conjunto, al tiempo que el neoliberalismo parecía reinar sin contrapesos ideológicos”.

La Constitución venezolana de 1999 no hablaba de socialismo, sino de “democracia participativa”. Un Chávez que, según el periodista Marc Saint-Upéry, parecía haber “aprendido de los fracasos de las izquierdas estatistas del siglo XX y sabía que no hay ningún modelo preconstituido y puramente voluntarista de alternativa económica”, pero luego se convertiría en una “mezcla confusa de pragmatismo moderado, promesas de asistencialismo generalizado y retórica incendiaria sin sustento real”, en medio de un creciente “caos administrativo debido a una mezcla de inexperiencia y de burocratismo”.

La ruptura fue el intento de golpe de Estado contra Chávez (2002), donde se mostró la imagen de una “plutocracia corrupta” echando del poder a un presidente constitucional y plebeyo, con el apoyo de EE.UU. y parte de Europa. Fue, para Chávez, como el desembarco de los denominados “gusanos” cubanos apoyados por los estadounidenses en Playa Girón de 1961, para intentar deshacerse de Fidel Castro.

Si ese evento dio a Fidel Castro la narrativa para la “construcción socialista” en la isla caribeña, el golpe fallido, con un toque de racismo, le dio a Chávez su impulso político para declararse socialista, cuando doce años antes había desaparecido la URSS, y dándole el apellido del “siglo XXI”. Era el caudillo que reivindicaba al socialismo luego de su aparatosa caída, prometiendo no repetir los errores del socialismo del siglo XX.

La mayoría de la izquierda latinoamericana ha adoptado una posición similar a la que mantuvo con Cuba: no criticar a Chávez/Maduro, ni a los retrocesos democráticos, porque, nuevamente se responsabilizaba al “imperio” y a la “oligarquía” local de todos los males.

Años después, la promesa quedó trunca y Venezuela se ha convertido en una parodia de todos los regímenes a los que ataca, como la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini o las dictaduras latinoamericanas de los años 60’ y 70’ del siglo anterior.

Agrega Stefanoni que, “pese a la buena relación de los gobiernos de izquierda con Chávez, los grandes países de la región no se sumaron a su Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba). Para el Brasil de Lula da Silva, era un pequeño club sin interés, y para la Argentina de Néstor Kirchner era demasiado ideológica. De hecho, según su biógrafo Walter Curia, alguna vez Kirchner le dijo a Chávez: ‘Hugo, dejáte de joder con el socialismo’, que el pragmático peronista consideraba cosa del pasado. Entonces, el juego entre una Venezuela radical y un Brasil moderado parecía funcionar desde el punto de vista geopolítico”.

La mayoría de la izquierda latinoamericana ha adoptado una posición similar a la que mantuvo con Cuba: no criticar a Chávez/Maduro, ni a los retrocesos democráticos, porque, nuevamente se responsabilizaba al “imperio” y a la “oligarquía” local de todos los males.

El chavismo fue un activo para las izquierdas regionales, pero desde mediados de la década de 2010 se volvió un lastre. El fantasma de la venezuelización, que fue ridiculizado en todas partes, formó parte del cambio de ciclo político de 2015, cuando parte de la región giró a la derecha.

Las elecciones del 28 de julio marcaron una ruptura de la izquierda con el proyecto bolivariano. La victoria de Maduro, como dijo el presidente chileno, Gabriel Boric, es “difícil de creer”.  La ilegitimidad del mandatario en el poder es evidente, hasta el punto de que incluso el Partido Comunista venezolano exige el respeto a la voluntad popular.

Maduro Nicolás
Las elecciones del 28 de julio marcaron una ruptura de la izquierda con el proyecto bolivariano. La victoria de Maduro, como dijo el presidente chileno, Gabriel Boric, es “difícil de creer”. Foto: Reuters

Un giro de 360 grados

Para el columnista Loris Zanatta entre el fascismo y el comunismo se volvió al punto de partida. “La derrota de los fascismos en 1945, el colapso de los comunismos en 1989, ¿fueron espejismos? Así parece. No hay elección latinoamericana donde no se los evoque, político que no se sienta en trinchera contra uno u otro, académico que no los mencione. ¡Cuántos pontifican sobre la paja en ojos ajenos, sin darse cuenta de la viga en los suyos! Los liberales se han vuelto libertarios y ven comunismo en todas partes. Incluso en la socialdemocracia, tan odiada por los comunistas: “revisionista”, le decían para excomulgarla. ¡Ojalá existiera un verdadero socialismo democrático en América Latina!”

Agrega Zanatta que “hay que tener pelos en el estómago para tragarse el régimen sandinista, hay que tomar mucho antiácido para digerir al chavista, hay que ser muy cara dura para defender al castrista. ¿Cuba? Sus problemas deben ser resueltos por el pueblo cubano, dicen los progresistas latinoamericanos”.

Aunque modelos como el correísmo y el chavismo parecen inspirados en una reinterpretación del socialismo histórico, planteado por Marx en El Capital y el Manifiesto Comunista o en algunos de los escritos de Lenin, previos a la toma del poder en la URSS, antes de la malévola interpretación de Stalin, no se trata de otra cosa que un nacional socialismo matizado, inspirado desde el principio por el coronel Hugo Chávez.

Las ideas del fallecido caudillo venezolano se sembraron en algunos países de la región —Argentina, Uruguay, Ecuador y Bolivia—. Cabe anotar que Fidel Castro, tras constatar el fracaso del socialismo real en Cuba, igual que Daniel Ortega en Nicaragua (los dos fueron líderes militares de sus revoluciones), se adscribieron rápidamente a esta corriente, aunque con ellos hubo de por medio el petróleo venezolano que llegaba abundantemente a la isla caribeña y al país centroamericano, dándoles un respiro tras la caída de la URSS, a inicios de la última década del siglo XX.

Sobre la similitud entre fascismo y socialismo, Courtois revela que “en cuanto a la comparación se impone al nivel de los tres monopolios: el partico único omnipotente, el líder carismático, la ideología del hombre nuevo y el control de la sociedad —aún cuando Mussolini y Hitler se apoyaran sobre los capitalistas en lugar de destruirlos—.

Tanto Mussolini como Hitler, al llegar al poder, tuvieron el apoyo de trabajadores y campesinos y por eso impulsaron el desarme de sus fuerzas armadas. Correa tomó, como primera medida, el desmantelamiento de la Base de Manta, terminando unilateralmente el convenio con EE.UU. para control del narcotráfico (lo que abrió las rutas a los narco-carteles y al crimen organizado en el Ecuador). Una sola persona, el caudillo, captó todos los poderes, leyes e instituciones, incluso atropellando su propia constitución para aprobar, en su asamblea de bolsillo, las leyes necesarias.

El historiador Stephane Courtois, en su biografía de Vladimir Ilich Ulianov Lenin, sostiene que fue él quien inventó el régimen de terror que inspiró a nazis y fascistas. De la imagen de Lenin como “comunista bueno” creada por Kruschev en 1956, satanizando a Stalin, sostiene que “la estrategia y la táctica de conquista del poder que inauguró Lenin, y la posterior instalación del primer régimen totalitario, fueron copiadas inmediatamente entre 1922 y 1934 por Mussolini que, no hay que olvidar, fue hasta 1914 uno de los líderes más radicales del socialismo italiano y editor del periódico partidario “Il Popolo” (el Pueblo). Después Mussolini sirvió de modelo a Hitler”.

Sobre la similitud entre fascismo y socialismo, Courtois revela que “en cuanto a la comparación se impone al nivel de los tres monopolios: el partico único omnipotente, el líder carismático, la ideología del hombre nuevo y el control de la sociedad —aún cuando Mussolini y Hitler se apoyaran sobre los capitalistas en lugar de destruirlos—. Pero todos impusieron el terror de masas como método de gobierno. Además, la magnitud de los crímenes nazis se puede comparar con facilidad con la de los crímenes comunistas, tanto en cantidad como en métodos de ejecución mediante verdugos profesionales”

Sobre el ataque de Lenin a sus rivales para instaurar una cultura de violencia y sumisión, el autor señala que “Lenin siempre fue extremadamente agresivo con los que no estaban de acuerdo con él, desde los partidarios del régimen zarista hasta todos los socialistas rusos y europeos. Una vez en el poder, de esta agresividad pasó a la acción, con el exterminio puro y simple”.

El fascismo, tanto en Europa como en América Latina, se autodefinía como un movimiento “revolucionario”, una palabra que actualmente se asocia a los movimientos de izquierda. El siglo XX empezó con una crisis del liberalismo y si el comunismo soviético prometía una revolución desde la clase (los obreros al poder), el fascismo prometía una revolución desde el imaginario de nación (los arios al poder en Alemania) o “México para los mexicanos”, prometían los Camisas Doradas y los seguidores de Emiliano Zapata, también a principios de siglo. Vale la pena reflexionarlo…

Ugo Stornaiolo

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