Una revolución no es más que el cadáver de una extraordinaria idea.
Arístides Vargas, La República Análoga (2010).
El domingo 24 de mayo se llevó a cabo la ceremonia oficial y el acto protocolario de fundación de la República Sumisa. Quienes hayan visto o leído la pieza teatral ‘La república análoga‘ de Arístides Vargas, la encontrarán su referente más inmediato.
En la obra, algunos personajes dislocados ensayan como un juego adolescente la creación de un estado-nación que de una vez por todas acabe con los resquemores ideológicos del pasado, pero su proyecto, en un principio alucinado y plausible a la vez, no tarda en fracturarse por la incapacidad humana de reconciliarse con el Otro, que, a la larga, termina por ser un conflicto con uno mismo. Algo parecido sucede en la realidad que nos atañe; a distancia de la ficción, descubriremos que toda sumisión es análoga.
El acto de fundación de la República Sumisa fue parte de una celebración y también de una analogía: se conmemoró el último grito libertario del incierto territorio que con el tiempo se convertiría en la República independiente del Ecuador. En su memoria y homenaje, se aprovechó la ocasión para instaurar formalmente y con mucho pastiche la Dictadura del corazón, un inverosímil ejercicio de apropiación semántica por parte del régimen que ya venía siendo anunciado con spots que rompieron récords de ñoñería new-age. Este desplante a la democracia participativa (perdón por el pleonasmo pero hay que subrayarlo por enésima vez: la democracia es participativa o no es) que pretendió ser un sobretodo justificativo para todo lo que se negó o cuando menos se maquilló con eufemismos los últimos cuatro años y ahora es asumido sin pestañear. Pretendió pero no lo logró, porque en la palabra asumir, ya venía, como un pez piloto que quiere pasar inadvertido, la sumisión.
Los discursos oficiales, llenos de oropel en la forma pero petrificados en el fondo, se encargaron de atornillar la hojalata política que queda y de trazar las proyecciones a tener en cuenta de aquí en adelante; aunque, eso sí, los alientos se daban menos de cara al futuro y más concentrados en mantener algún trazo firme en este presente desdibujado. Será tal vez por eso que la casualidad quiso que al final de la ceremonia una asambleísta del oficialismo sea entregada a la justicia como un símbolo de compromiso –casi un sacrificio, una inmolación- con las manos limpias y los corazones ardientes. Tampoco faltaron en el juego fundacional las viejas y manidas consignas de siempre: el infinito amor y la felicidad del buen vivir que nos trajo el milagro ecuatoriano se explayan en nombre de la verdadera libertad en un país que ya cambió. Etc., etc. La misma receta repetida una y mil veces.
Y la refundada República tiene una pátina de fondo o más bien un croma televisivo detrás: el recuperado tamiz conceptual que depura la revolución, esa renovada moralidad paradójicamente destinada a ponerle un cerco al avance de la restauración conservadora. Se sigue convocando a la abstinencia ontológica, velo inmaculado de la sumisión, que habla de un pueblo que reconstruye día a día sus valores en un entorno de familia moral, digamos ‘normal’, canónica y ecuménica, nunca contra natura, y es sucedánea de las mentes lúcidas y decoloniales que se preparan en universidades extranjeras para arrancarnos de nuestra atávica mediocridad; el cartón se volvió mas importante que el condón. Porque son más, muchísimos más los titulados con posgrado. Supongo que ellos estarán más que calificados y refrendados para sostener el endeudamiento y la ultradependencia extractivista que se han convertido en los linderos inexpugnables de este paraíso socialista.
No importa que las carreteras, las escuelas y los hospitales hechos con la prisa de la demagogia burocrática y populista se destartalen y despellejen mientras la economía tiembla como un castillo de naipes, y no importa que la Patria ya no avance, igual la bandera del cambio será sostenida con los dientes hasta el final. O sea hasta 2017, cuando menos. O cuando más; lo que dure la sumisión.
Porque la revolución será sumisa, o no será. Viva la República.
