Juan Villoro (2), escritor mexicano, se declara optimista, como hijo de una ciudad de trágicos movimientos telúricos. “Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”, afirma en una entrevista reciente con BBC y apuesta por la posibilidad de una realidad distinta, donde la democracia directa gane terreno, un tipo de democracia más centrada en lo comunitario, y no en lo electivo, que siempre está mediado por intereses personales. Un proyecto comunitario, que se oponga a iniciativas perjudiciales para la gente -y pone de ejemplo el Tren Maya-, que junta intereses diversos y crea consensos, desplazando la dictadura del voto.
En la otra orilla se ubica Michel Houellebecq (3). De él es la frase: “El mundo después de la pandemia será exactamente igual, solo que un poco peor”. Para este escritor, el virus sin cualidades, como califica al Covid-19, ha permitido que tomemos consciencia de la “obsolescencia en las relaciones humanas” que se ha venido instaurando desde hace algunos años, con las relaciones sin contacto vía internet, el teletrabajo, las compras por internet y el fenómeno de las redes sociales. El contacto humano es prescindible, según este escritor, y el virus lo hizo palpable.
En un campo más cercano al pragmatismo, Leonardo Padura (4), el creador de Mario Conde y autor de El hombre que amaba a los perros, cree que inevitablemente estaremos enfrentando una nueva normalidad, nuevos desafíos, pero, como recuerda de un cantor popular, “aquel proyecto bonito precisa financiamiento”. Es decir, las utopías necesitan recursos para transformarse en actos de la realidad. Pero, así como no es posible vivir en la utopía, tampoco es posible vivir sin utopía. Recuerda que en esta pandemia hemos sido testigos de manifestaciones extremas de solidaridad y de egoísmo. Sin embargo, afirma, si tendríamos que escoger entre la economía y la salud, lo uno y lo otro. «Nosotros somos el coronavirus del mundo, y el coronavirus nos está cobrando una cuota de lo que hemos hecho contra él», enfatiza.
Padura anota además que, por el bien común, hemos sacrificado las libertades y eso está bien, pero es peligroso.
No sabemos por lo tanto, con alguna certeza, si el confinamiento nos arrojará a esa “nueva normalidad” con cambios radicales, como se esperaría por las duras lecciones que las sociedades y los gobiernos han recibido, o será más de lo mismo pero un tanto peor, en la idea de Houellebecq.
Sin embargo y como contrapartida, la historia nos revela grandes obras que fueron concebidas e incluso escritas no solo en confinamiento, que podría leerse como cierto margen de libertad, sino bajo cautiverio: la cárcel o el campo de concentración: El Quijote, Cervantes, cárcel de Sevilla; Macbeth, Shakespeare, epidemia de la peste de 1603; Los 120 días de Sodoma, Sade, prisión de La Bastilla; Tractatus logico-philosophicus, Wittgenstein, campo de prisioneros de Italia; Diario de Ana Frank, campo de concentración nazi. Pero así mismo es conocido el impacto que tuvo la cárcel para algunos escritores en su producción literaria, como Dostoievski, Ezra Pound, Oscar Wilde o Alvaro Mutis.
No sabemos por lo tanto, con alguna certeza, si el confinamiento nos arrojará a esa “nueva normalidad” con cambios radicales, como se esperaría por las duras lecciones que las sociedades y los gobiernos han recibido, o será más de lo mismo pero un tanto peor, en la idea de Houellebecq.
Quizá convenga seguir las reflexiones del filósofo: Byung-Chul Han (5) acerca de las ritualidades perdidas, donde un gesto tan básico como darse la mano está proscrito. Quizá por ello imagina un probable fenómeno muy humano: el redescubrimiento de los rituales, tan necesarios para exorcizar la soledad y el aislamiento o el “corona blues”, como llaman en Corea al fenómeno.
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1 Tomo en préstamo el título de Antonio Cornejo Polar, en su ya clásico ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas, para explorar la escritura pospandemia.
2 BBC 15 de julio de.2020
3 Diario Uchile. 5 de mayo de 2020
4 Leamos.com 31 de julio de 2020.
5 Semana. 27 de junio 2020.
