No es necesaria ni tanta memoria, apenas una generación para recordar a Febres Cordero y sus escuadrones volantes, Dahik y los gastos reservados o a la pandilla Bucaram, seguida por el asalto bancario entre privados; luego y casi sin respiro, las largas uñas de Sociedad Patriótica para desembocar fanáticos en la década robada. Desde las escalofriantes cifras de abuso en el sistema escolar, hasta el atroz asesinato de un muchacho inofensivo. Desde la hostil burocracia, hasta los conductores homicidas. En el despacho, el consultorio, la hacienda y las redes; aquí, hasta los más religiosos utilizan una amenaza como consigna; este “país de paz” es en realidad un criadero de abuso y violencia en la calle y en la casa, en lo público y en lo privado.
No es a otros a los que les pasa, ni son otros los que lo perpetran, atropello y maltrato están normalizados en todo estrato y ámbito y la resiliencia se reduce a esperar la oportunidad de abusar. Esta sociedad debe trabajar en su propia transformación sin esperar el milagro político. Más allá de clamar por sanción y justicia, debemos reaccionar, participar, intervenir y actuar en lo cotidiano, en lo simbólico y lo cercano, para cambiar, algún día, la cultura arbitraria por una de responsabilidad y cooperación donde se pueda vivir sin tantísima tristeza.
