A la hora de declinar candidaturas sin opciones electorales, hemos visto ejemplos claros en las últimas semanas de que el estilo es el hombre, o, ya que toca “visibilizarlas”, la mujer.
Esteban Paz, hombre pragmático, tras un breve sondeo, decidió no correr para la Alcaldía de Quito. El empresario y dirigente deportivo dijo de plano que no, y se dedicó a fondo a lidiar con la crisis económica de su equipo de fútbol.
Juan Carlos Solines, a quien, al parecer, le bajó hace rato el pulgar el líder máximo de su movimiento, anunció que daba el clásico paso al costado, expresando sus críticas a Mauricio Rodas y sus recientes alianzas.
Antonio Ricaurte, aplicándose a sí mismo el sabio refrán de que más vale pájaro en mano, optó por postularse a una concejalía con posibilidades en lugar de una derrota segura a manos del oficialismo. Atrás quedaron los tiempos en que era un joven cuadro del radical movimiento Pachakutik. Ahora lo suyo es centro derecha pura y dura. Algunos dirían que maduró.
Al cierre del plazo, Blasco Peñaherra Solah evitó también prestarse a perder por un importante margen frente al candidato oficial a la Prefectura de Pichincha, en cuyo rostro no se ve más que la seguridad de quien, más que una elección disputada, parece tener que superar un paseo a la Mitad del Mundo, donde ha ofrecido construir una torre que hará palidecer a las que levantan los jeques en Dubai.
En todas estas declinaciones, hay que rescatar un ejercicio de honestidad politica: tras sondeos de opinión y reuniones con los consultores consabidos -los gurús de la partidocracia que siguen asesorando con muy bajo perfil- estos personajes de la dispersa oposición han resuelto no quemarse esta vez. Y no gastar su dinero en una campaña perdida de antemano: los votos no les alcanzan y el poder del oficialismo está intacto.
Es que la política no es como Miss Universo o las Olimpíadas: con estar en el tercer lugar y hacer un gran papel no se saca nada. Quemarse ahora, cuando el correísmo tiene cuerda para rato, no les pareció una opción aceptable a ninguno de los mencionados; quienes, cual Capriles criollos, esperan su momento político. Su decisión estratégica es correcta, y-ante todo- es honesta.
Pero entre los que declinan, llama la atención el discurso del movimiento Ruptura. Sin mencionar en absoluto sus pobres resultados en la pasada elección nacional, donde no lograron ni un solo escaño en la Asamblea y quedaron últimos en el conteo de la votación presidencial; la dirigencia de Ruptura se ha paseado en una gira de medios donde entrevistadores complacientes se han tragado entero el que debe ser el sofisma mas pintoresco de la temporada preelectoral: que su movimiento no participa en estas elecciones no porque no tenga apoyo electoral, ni estructura política, ni candidatos para los más de 200 cantones de la República, ni propuestas capaces de hacerle frente al correísmo que ayudó a encumbrar, ni responsabilidad cuando menos moral en la forma como se ejerce el poder en el país en la actualidad; sino porque ha descubierto que “las reglas no están claras”, que “no se sabe cómo cuentan los votos”, que se “prepara para el 2017” y, además, que al no participar y evitar así perder de nuevo por goleada, pueden argumentar que todavía no corresponde borrarlos del registro electoral, decisión que el Consejo Electoral deberá tomar de todas maneras.
Si hubo un movimiento sobreexpuesto en los medios desde sus orígenes, en los tiempos épicos del forajidismo antigutierrista, sin duda fue Ruptura cuya mejor maniobra política fue subirse a la camioneta de Correa y luego bajarse de ella con el manido tópico aquel de los “engañados” y “defraudados” por la revolución ciudadana. El tiempo ha demostrado que carece de base política y electoral a tono con todo el tiempo que ha tenido en entrevistas de televisión.
Que en sus inicios Ruptura haya sido funcional a ciertas agendas mediáticas y políticas es la única explicación de la condescendencia con que, hasta hoy, reciben a sus voceros en ciertos sets de televisión y los entrevistan en algunos periódicos. Contrasta esa condescendencia con la dureza de ciertos periodistas que se habían empeñado en empujar una “candidatura de unidad” en las elecciones seccionales en Quito, que han sido -en cambio- implacables con los precandidatos y muy poco comprensivos con sus evidentes reservas familiares, económicas, empresariales y sobre todo políticas.
Pero, lamentablemente, no se hace política desde las entrevistas o los foros académicos. Si en Ruptura piensan que su más reciente operación mediática los mantendrá vigentes para las próximas elecciones es claro que se equivocan nuevamente del medio a la mitad. La temporada preelectoral se acabó. Buenas noches precandidatos. Abur Ruptura.
