Cuánto más crece nuestro país, menos lógico y predecible se vuelve. Después de casi seis meses de enclaustramiento, colectiva y personalmente optado, una parte de la población ha salido, como preso de la cárcel, a disfrutar del mar y de otros espacios públicos. Bien por ellos, mal por una sociedad que todavía debe precautelar el bienestar personal y social. Como si una parte de la sociedad cantase ya el triunfo definitivo sobre el mal. Fatal presunción.
Se trata de una suerte de negación consciente del peligro e incluso de la misma enfermedad. La resonancia de los corridos mexicanos: la vida me vale madre, que dan cuenta de la labilidad que domina ciertas representaciones sobre los valores sociales en los que el más importante tiene que ver con el cuidado de la vida personal y social.
Con la fuerza del pueblo. Con honestidad y lealtad. Con ustedes, haremos el país que queríamos. Ya viene el otro Ecuador. Vota por ti. Ya tenemos presidente: tenemos a él. Únete al progreso. La fuerza de los pobres. Por un gobierno sin corrupción.
En la práctica, nos olvidamos de que seguimos solos. Pasamos por alto el hecho de que persistimos en ser engañados. En su momento convencieron a sus electores de que se convertiría en una gran realidad lo que juraban dar al país desde la presidencia. Sin embargo, patéticamente lo dijo uno de ellos: carajo, ya no soy candidato. Que no me pidan tonterías.
Por un ancestral miedo a la rebeldía, optamos por seguir siendo engatusados. Consciente e inconscientemente nos adecuamos al engaño e incluso lo asumimos como un truco necesario para lograr le poder. Desde ahí, imposible no tomar en serio cada una de esas ofertas sabiendo, sin embargo, que no se trata sino de una falacia.
Por un ancestral miedo a la rebeldía, optamos por seguir siendo engatusados. Consciente e inconscientemente nos adecuamos al engaño e incluso lo asumimos como un truco necesario para lograr le poder. Desde ahí, imposible no tomar en serio cada una de esas ofertas sabiendo, sin embargo, que no se trata sino de una falacia.
Varios países del mundo corren contra reloj en pos de vacunas y medicamentos. Otros corren a favor de la salud y se miran abandonados sin poder hacer casi nada en hospitales saturados. Unos, no solo que realizan ingentes inversiones económicas, sino que han puesto al servicio de la humanidad su propio bienestar e incluso su vida.
Es cierto que lo económico es fundamental para el país. Es duro reconocer que buena parte de la economía familiar y social se halla en soletas. Al mismo tiempo, en ciudades como Quito, el número de contagiados crece, aunque disminuya el de las hospitalizaciones porque parecería que el virus ha perdido parte de su feroz letalidad inicial y en parte porque el país se halla cada vez menos desprotegido.
Las sospechas y temores no son vanos. En países desarrollados, las experiencias siguen siendo sumamente dolorosas. Se baja la guardia, y el mal ataca con mayor fuerza. No pocos creen poseer poderes especiales, podemos dominar al mal con la omnipotencia tanto de nuestro deseo como de nuestra capacidad de manejar el mal. Ni santos ni milagreros. Solo nosotros con la firme voluntad de hacer todo lo que debemos hacer para vencer al mal.
En medio de este nuevo mundo atravesado por el temor a la muerte y a la falta de un futuro elementalmente cierto ¿que habrá acontecido con el alcalde Quito? Ha hecho mutis por el foro. Ha optado por el silencio. En boca cerrada no entra mosco. Pero un buen alcalde comunica, da cuenta de sus proyectos, de sus éxitos, también de sus fracasos. Sabe que tan solo mediante continuos procesos de comunicación es posible que la ciudadanía se comprometa con la construcción del bienestar.
Parecería que el alcalde Yunda ha optado por un silencio que no hace ningún bien ni a la ciudad ni a él mismo. Al inicio de la crisis, hizo buena liga con la ministra Romo que, poco a poco le fue robando su espacio. O quizá él mismo lo fue cediendo. La ministra necesitaba de ese protagonismo para apuntalar su futuro político. Pero ese escenario se vino al suelo, estrepitosamente. Ella ha hecho mutis por el foro. Pero Quito tiene alcalde para rato. ¿Cómo resucitarlo? El problema del COVID19 de ninguna manera ha desaparecido y todavía hacen falta nuevas y grandes iniciativas para superarlo. Para ello es indispensable que Yunda retome el protagonismo de la ciudad.
Nuestra política débil, incolora y sin una ideología medianamente sólida, funciona sobre la base de imaginarios más que de realidades concretas. En la actualidad, la falta de ideología se ha convertido en el alma de la política, en particular en el legislativo. Allí esta ausencia es tan bárbaramente obvia que ya no se sabe para qué sirve al país. Una Asamblea sin ideología es como un barco sin timonel. Inmensa la diferencia semántica y política entre Asamblea y Congreso. ¿Será preciso volver al Congreso Nacional? Probablemente sí.
Se ha producido una total orfandad de significaciones, luego de una década de andar a la deriva política e ideológica. Correa quiso precisamente eso: la anonadación del poder legislativo para que su espíritu dictatorial se consolide sin obstáculos. Como nunca antes, allí se escucha: los buenos somos menos.
