Dejamos a Machado a solas con su muerte y en el bolsillo de su traje raído, sus luminosos días azules. Para su poesía, Hoy es siempre todavía.
El poeta perdió a Leonor a causa de la tuberculosis descubierta en París; ese mismo verano, él, vacío de amor y de esperanza, decidió abandonar Soria y pidió plaza de profesor en Baeza, pequeña ciudad andaluza que evocaba su primera infancia sevillana y cálida en el Palacio de las Dueñas.
En Baeza vivió siete años, entre octubre de 1912 y noviembre de 1919; el 29 de abril de 1913 averigua melancólicamente a José María Palacio sobre el paisaje soriano y el amor de Leonor, ambos perdidos y preservados en sus poemas: Palacio, buen amigo, / ¿está la primavera / vistiendo ya las ramas de los chopos / del río y los caminos? En la estepa / del alto Duero, Primavera tarda, / ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!
Este texto es el intento de recuperación interrogadora del paisaje soriano, del río Duero, de sus caminos, árboles, montañas, flores e insectos; en él inquiere al amigo sobre cada elemento del paisaje que amó: ¿Tienen los viejos olmos / algunas hojas nuevas? / aún las acacias estarán desnudas / y nevados los montes de las sierras / ¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa, / allá, en el cielo de Aragón tan bella! / … Así prevé intuitivamente el asomo de la primavera: Por esos campanarios / ya habrán ido llegando las cigüeñas / habrá trigales verdes / y mulas pardas en las sementeras / … Palacio, buen amigo / ¿tienen ya ruiseñores las riberas? /…
Entonces calla: tras la certeza de la muerte no cabe afirmación ni presunción alguna: cuanto existió se ha vuelto, apenas, pregunta. Y así sugiere, casi ruega al amigo, que visite la ‘tierra’ de Leonor, en el cementerio de El Espino:
Con los primeros lirios / y las primeras rosas de las huertas / en una tarde azul, sube al Espino/ al alto Espino donde está su tierra…
Era el verano de 1976: con Alfredo, mi marido, hicimos el camino soriano de Machado. El viejo tren Madrid-Soria nos dejó en la ciudad hacia las dos de la tarde. Al salir de la estación caminamos por las calladas calles de domingo, en busca de una antigua pensión castellana de las que en invierno lucen espesas cortinas de terciopelo obscuro y en verano airean el ambiente con visillos muy leves… Entramos en la primera que encontramos al paso, definidas así por el diccionario: «casa donde se reciben huéspedes mediante precio convenido»; no era fonda ni hostal ni posada como las de nuestro don Quijote, sino una vieja casa grande, cuyo primer salón opaco, casi obscuro, nos esperaba; nada nos era extraño, todo, protegido del calor veraniego, estaba casi dormido en la sombra paciente.
Al entrar, atisbamos en la esquina del recibidor de entrada a un hombre ya mayor, evidente huésped de la pensión, que asistía a todo desde su asiento en un viejo sillón esquinero.
El hostelero, extrañado ante unos huéspedes que llegaban a Soria ¡desde un país de América!, nos preguntó el porqué de nuestra inusitada presencia en la ciudad; le contestamos que veníamos a hacer el camino de Machado, a reconocer en nuestro recorrido los lugares sobre los cuales el poeta había escrito.
Él preguntó incrédulo, con la típica franqueza española y sin melindre alguno: ¿¡Machado, y quién es ese!? Le contamos que Antonio Machado fue un gran poeta que vivió unos años como profesor en Soria; nosotros ansiábamos conocer la ciudad que él inmortalizó en sus versos. Congraciado con nuestro interés y sin habitaciones libres en el hostal, nos sugirió el cercano departamento familiar de un hermano suyo, donde alquilaban un ‘dormitorio limpísimo, señores, con baño privado’; salimos, y apenas alcanzamos a dar unos pasos, oímos: -“¡Señores, señores!”. Alfredo y yo nos volvimos: Nos llamaba el personaje que habíamos visto sentado a la esquina del recibidor. Emocionado tras haber oído nuestra conversación, nos mostró con delicadeza y bondad su sorpresa feliz de haber conocido en treinta y cinco años de venir los veranos a Soria con una treintena de alumnos de bachillerato a recorrer los lugares a los cuales el poeta se refería en sus poemas; de haber conocido, decía, una pareja de americanos que buscaban descubrir la ciudad que Machado marcó poéticamente. Y añadió: este es el último año que vengo a Soria, pues ya me corresponde la jubilación.
Tras esta pudorosa y amabilísima propuesta, caminamos con el profesor hacia la vieja muralla del antiguo castillo, muy cerca de El Espino, el cementerio donde Machado enterró a Leonor, en el suelo, bajo una larga piedra horizontal tallada con la breve leyenda: “A Leonor, Antonio” y, debajo, el año de su muerte: 1912.
(Hoy todo ha cambiado: la IA muestra una nueva tumba que encierra a las dos hermanas Izquierdo allí enterradas, así que lo que digo servirá a los amantes de Machado como un gesto del recuerdo y de la pena de saber que el turismo ha obligado a cambiar lo situado casi frente a la antigua y derruida muralla del castillo).
Caminamos, y ya arriba el profesor nos mostró el olmo viejo ante el cual el poeta imploró la salud de Leonor (el poema íntegro está grabado en una placa pequeña, pegada al tronco):
Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido. // ¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero! Un musgo amarillento / le mancha la corteza blanquecina / al tronco carcomido y polvoriento. / No será, cual los álamos cantores / que guardan el camino y la ribera, / habitado de pardos ruiseñores… /… Antes que te descuaje un torbellino / y tronche el soplo de las sierras blancas / antes que el río hasta la mar te empuje / por valles y barrancas / olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida, / Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera…
Hacia el año noventa volví, esta vez sola, a Soria, habiendo pasado por Ávila, la “Ávila de los Leales y de los Caballeros”, (y la de los santos) la vieja ciudad de Teresa y de Juan de la Cruz…, santificados los dos.
Y más tarde, ya en 2009, durante mi permanencia en Madrid como participante en la comisión permanente académica que cada año trabaja en la Real Academia Española, Alicia, mi hermana, radicada en Munich desde hacía años, me visitó y con ella hicimos, una vez más, el camino de Machado. Entre otros paisajes, fuimos, como lo hicimos con Alfredo, a la ermita de San Polo y caminamos largo hasta la de San Saturio, ambas a orillas del Duero, camino por el cual Antonio paseaba en la silla de ruedas a su enferma querida. El camino ya no era de tierra: había sido asfaltado, lo que le quitaba, a nuestro entender, el sabor del antiguo paseo natural, exigente y digno, que Antonio recorría con Leonor en la esperanza de su curación.
No despediré a Machado sin la evocación de Soria en sus versos y sobre el río Duero, tantas veces requerido en sus textos:
Soria fría, Soria pura, / cabeza de Extremadura, / con su castillo guerrero / arruinado, sobre el Duero; / con sus murallas raídas / y sus casas denegridas! // Muerta ciudad de señores / soldados o cazadores; / de portales con escudos /de cien linajes hidalgos, / y de famélicos galgos, / de galgos flacos y agudos, / que pululan / por las sórdidas callejas, / y a la media noche ululan, / cuando graznan las cornejas // ¡Soria fría! La campana / de la Audiencia da la una. / Soria, ciudad castellana / ¡tan bella!, bajo la luna.
El azar de un librito mínimo con una fecha escrita a mano en mala letra, me dice hasta hoy: 11 am., 16-VIII-76. Lo abro en este poema:
¡Colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria, obscuros encinares / ariscos pedregales, calvas sierras, / caminos blancos, y álamos del río, / tardes de Soria, mística y guerrera, / hoy siento por vosotros, en el fondo / del corazón, tristeza, / tristeza que es amor! ¡campos de Soria / donde parece que las rocas sueñan, / conmigo vais! /¡colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas!
Y repito con Antonio Machado: Hoy siento por vosotros, en el fondo del corazón, tristeza, tristeza que es amor…
