martes, abril 14, 2026
Ideas
Rafael Paredes Proaño

Rafael Paredes Proaño

Ex embajador de Ecuador en Colombia

Incertidumbre Internacional

Si los Estados Unidos busca ser grande otra vez, como proclama Donald Trump, resulta una incógnita saber cómo lo conseguirá y si solamente será con aranceles. Si piensa que solo es un tema tarifario puede haber sorpresas, pues podría encontrar que China es más que un exportador con grandes capacidades

Mantener certezas es una de las cuestiones que en el mundo internacional es ampliamente valorado. Cuando los Estados conocen el comportamiento de los demás y se puede advertir sus acciones futuras, se suele decir que es una sociedad confiable. Al contrario, si no es posible identificar, al menos medianamente, qué es lo que sucederá en el plazo inmediato, es una sociedad de la que se alejan los demás.

Un mecanismo que la comunidad internacional ha encontrado para evitar esas incertidumbres han sido los organismos multilaterales, que buscan fijar ciertas normas, a las que los integrantes de esa agrupación de Estados se comprometen respetar, lo que ofrece una alta dosis de previsibilidad y seguridad, garantía de estabilidad. Esos conceptos son los que guiaron a los creadores de los diferentes organismos internacionales después de la primera y segunda guerra: equilibrio, consenso y legitimidad para mantener la paz.

A partir del inicio de este siglo XXI, el mundo intensificó la etapa de transición que atraviesa la humanidad. Así lo han identificado especialistas en el análisis de las sociedades. El filósofo Zigmund Bauman la ha descrito como tiempo líquido, para significar que nada está definido, nada tiene un estado sólido; no hay firmezas ni certezas definitivas.

Las relaciones planetarias dieron un giro categórico desde aquella histórica visita de Nixon a Mao, en la que se reconocía el potencial del mercado chino -por el número de sus habitantes- para lo que se buscaba su incorporación a la sociedad internacional real. A partir de entonces, estimulado por Estados Unidos -con el afán de aislar a la Unión Soviética durante la Guerra Fría- se facilitó la adhesión de China al mundo dirigido por Occidente.

La adopción del esquema liberal cobró enorme fuerza desde la década de los ochenta del siglo pasado, con Gran Bretaña al mando de la señora Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la presidencia de Estados Unidos. Ambos impulsaron el cambio de un ciclo con la intención de dejar atrás la intervención del Estado como eje principal para vigorizar comunidades que, si bien habían conseguido salir airosas de los impactos de las guerras, luego se veían atrapadas por la inflación y recesión.

El ideal liberal, se adjudicó un avasallador triunfo de la mano invisible del mercado propagada a nivel mundial. Con determinación se clausuró las políticas inspiradas en el keynesianismo. Se ingresó de lleno al aperturismo y al libre mercado. Se apuntaló con el denominado “Consenso de Washington” que impulsó una receta prácticamente aceptada por todos. Bajo esas reglas de juego han terciado desde Rusia hasta China que, con el impulso occidental, se vincularon a las normas de la Organización Mundial del Comercio -OMC-, en su momento, eje central del libre comercio y del aperturismo.

La centuria que avanza, que ha alcanzado rápidamente una cuarta parte de su recorrido ha sido testigo, con gran estupefacción, que la globalización, en su forma económica comercial, ha ingresado en su mayor declive.

Nadie imaginó que, en la segunda década del siglo XXI, en los mismos Estados Unidos, meca del neoliberalismo, se pateara el tablero y se terminara con una época que se creyó, al finalizar la Guerra Fría, que duraría eternamente, ya que se había llegado al fin de la historia. El retiro del Reino Unido de su pertenencia a la Unión Europea, con el Brexit, ya fue un anuncio de que la fórmula de la apertura no estaba funcionando; pero, lo que dio el golpe más duro fue el triunfo de Donald Trump en el 2016: abrazó por completo el proteccionismo, aduciendo que todos se aprovechaban de su país.

Si bien los Estados Unidos mantienen su poder militar y una fuerte hegemonía derivada de ese dominio armamentístico, instituciones políticas como el partido republicano, próximo a tener el poder casi total de la Unión Americana, según lo reconocen los analistas de ese país, ya no es aquel de los tiempos de Ronald Reagan. Con Donald Trump, ha dado un giro de 360 grados.

El presidente electo de Estados Unidos siente que su país ha disminuido sus capacidades. Los equilibrios del poder mundial, esenciales para el mantenimiento de la paz, se encuentran en debate. Trump ha atacado a China por el lado de los aranceles -la palabra más bonita del diccionario- ha dicho. De este modo, ya desde su primera administración, acabó con ese ideal de Nixon, de incorporar a China al mundo, y de la señora Thatcher, de un mercado abierto y sin intervenciones. Por su lado China, que acogió las reglas de Occidente, evidencia con eficiencia que los tiempos la han transformado.

En ese juego, si los Estados Unidos busca ser grande otra vez, como proclama Donald Trump, resulta una incógnita saber cómo lo conseguirá y si solamente será con aranceles. Si piensa que solo es un tema tarifario puede haber sorpresas, pues podría encontrar que China es más que un exportador con grandes capacidades. Es ahí donde están los desvelos del mundo.

Pero el próximo presidente del país más poderoso del mundo no solo genera turbación porque ha acabado con el neoliberal “Consenso de Washington”, sin saber qué es lo que vendrá después. Su ambivalencia ha generado una de las mayores preocupaciones a sus socios europeos de la OTAN, dada su actitud frente a lo que sucederá con Ucrania y sus territorios; su cercanía con el líder del histórico rival de Estados Unidos; su desprecio por el destino de países de Europa del Este; la situación de Medio Oriente e Israel; Palestina; Irán; y Siria, sobre la que el resto del mundo tiene una tímida esperanza.

América Latina en esta etapa de la historia ha quedado cada vez más rezagada. Su peso dentro del concierto internacional es mucho menor de lo que tuvo en el pasado. Compite con África en niveles de pobreza y desigualdad, al igual que disputa en la venta de bienes primarios de exportación; su industrialización ya no es parte de su agenda económica. Ambos continentes, en términos generales, son exportadores de migrantes. África a Europa y América Latina a los Estados Unidos. Aquí se encuentra el punto de mayor claridad en las decisiones del futuro presidente americano: los va a devolver de forma masiva, cuestión que ya lo hicieron, en sus respectivas administraciones, los demócratas Obama y Biden.

Ha emergido, en época de incertidumbres, el poco respeto a la permanencia de las obligaciones fijadas en los tratados (según se dijo, piedra angular de confianza en las relaciones internacionales). En la primera administración Trump ya se expresó con relación a México y Canadá con el TLCAN. En estos días ese desprecio se lo ha ampliado a un impensable ámbito de soberanía con mezcla de geopolítica -en el que ahora interviene China-. Groenlandia, por un lado y, para agitar el avispero, algo que se consideraba saldado a través de un Tratado: el Canal de Panamá.

La Comunidad Internacional, que prácticamente ha renegado de los organismos multilaterales políticos que brindaron en su momento algunas certezas, ahora se encuentra frente a la incertidumbre que genera el inicio de la administración de la mayor potencia del planeta. No es el tipo de incertidumbre que provoca una nueva gestión gubernamental, sino la falta de certeza con relación a una personalidad que ha hecho de la amenaza y el chantaje su forma de obtener lo que considera que Estados Unidos debe lograr: volver a ser grande otra vez.

*Ex Vice Canciller

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