El Art. 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas de manera expresa señala que, para mantener la paz y la seguridad internacionales, los miembros de la Organización deben abstenerse de «...recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas». Este principio esencial que regula las relaciones entre los países miembros de la ONU deja entrever la necesidad de establecer límites, es decir, líneas rojas que nadie puede atravesar, y mucho más los países poderosos en su relacionamiento con el resto de la comunidad, para que, dentro de la igualdad de derechos y el irrestricto respeto a la soberanía y a la libre determinación de los pueblos, se evite los peligros de la guerra y sus devastadoras consecuencias que ha debido sufrir la humanidad.
No obstante, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, violentando de manera expresa y grosera el Derecho Internacional y, además, el propio ordenamiento interno, al no haber contado con la autorización previa del Congreso para ejecutar una acción armada en el extranjero (War Powers Resolution), el pasado 3 de enero, intervino militarmente en Venezuela, concluyendo con la captura (secuestro) del cuestionado mandatario, Nicolás Maduro, argumentando el cumplimiento de una orden judicial para llevar al presidente venezolano ante un tribunal de justicia americano, por cargos de narcoterrorismo y crimen transnacional al vincularlo con el Cártel de los Soles, para lo cual aplicó a su gusto y sabor aquello de la jurisdicción extraterritorial, so pretexto de defender intereses nacionales y la propia seguridad de los Estados Unidos de América.
Y si esto no fuera poco, el propio presidente Donald Trump, en conferencia de prensa, rodeado de sus colaboradores más cercanos, entre ellos, Marco Rubio, Secretario de Estado de Estados Unidos, sin ruborizarse y ante la mirada atónita de los periodistas presentes, dejó en claro que el hegemón administrará Venezuela ‘…hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa’. Es decir, suelto de huesos, el imperialismo destroza los fundamentos que rigen a la sociedad de naciones y pretende volver a periodos históricos ya superados como el coloniaje.
Estos abusos e ilegalidades cometidas por el gobierno de Donald Trump (lo cual dista mucho de lo que piensa y siente la sociedad americana), genera no sólo incertidumbre en torno a lo que sucederá al interior de Venezuela, sino que constituye un serio peligro para el resto de países de América Latina –y del orbe- que no se sometan a los mandatos e imposiciones del trumpismo que bajo el movimiento de corte neofascista MAGA (Make America Great Again) pretende erigirse en el árbitro del mundo, en el gran matón o guapo del barrio a fin de imponer sus retorcidas ideas.
La propia ex vicepresidenta Kamala Harris, en un tuit publicado luego de lo ocurrido en Venezuela, sostiene que: ‘… No se trata de drogas ni de democracia. Se trata de petróleo y del deseo de Donald Trump de erigirse en el dictador regional…’. Esto desvela las verdaderas intenciones que están detrás de la intervención en Venezuela, esto es, extraer, administrar y apropiarse indebidamente de los enormes recursos estratégicos que posee la tierra de Bolívar, principalmente de su petróleo. Lo otro, democracia y combate al narcotráfico, seguirán siendo los justificativos de siempre para intervenir allende sus fronteras.
Ante un peligro tan cercano como el que representa la corriente MAGA, expresada en operaciones de corte autoritario y expansionistas, blindadas de un enfermizo nacionalismo, exigen a los países de América Latina y del resto del mundo, de su mayor unidad posible a fin de consolidar el multilateralismo como fórmula y única respuesta frente a los imperialismos de nuevo cuño.
América Latina no es el ‘back yard’ de Estados Unidos de América. De ahí que no caben las indecisiones o cuestiones hamletianas. La Patria grande exige a sus hijos, en estas oscuras horas, pruebas de su absoluta integridad.
Y para quienes creen que el presidente Donald Trump se juega por la democracia en el mundo, basta mirar el triste papel que ahora mismo cumplen los venezolanos Edmundo González y María Corina Machado, como piones, en esta partida de ajedrez, de la política exterior americana.
