viernes, enero 9, 2026
Ideas
Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

Hacia un nuevo equilibrio: decidamos apostar por la esperanza

Luego de una semana en que han amainado los ánimos y se han calmado las aguas, reflexiono que después de esa votación tan significativa donde el No triunfó con fuerza, hubo un rechazo claro a un proyecto autoritario y siento que algo distinto se abre en el país: un espacio real para la esperanza.

Hablar de la violencia en Ecuador es como describir una herida que no cicatriza porque, en el fondo, todavía no entendemos del todo por qué y por dónde se abrió. Y cuando hago el ejercicio de observar con algo de distancia —y, sin controlarlo, con algo de dolor y desesperación— me doy cuenta de que lo que vivimos no es una anomalía, ni un accidente, ni un estallido repentino. Es la consecuencia casi matemática de cómo los ecuatorianos hemos organizado, o más bien desorganizado, nuestra convivencia.

Cuando un país se queda sin instituciones fuertes, sin árbitros confiables y sin reglas que realmente se cumplan, la violencia deja de ser un monstruo excepcional y se convierte en la estrategia racional para sobrevivir. Es brutal decirlo, pero es verdad: si ejercer la violencia da más réditos que producir, si asesinar da más seguridad que confiar, si el crimen paga mejor que el trabajo honesto y pacífico, entonces la agresión deja de ser un acto extremo y se vuelve un equilibrio estable.

A mí esto me estremece. Me recuerda que incluso la maldad tiene su lógica cuando la sociedad falla.

Lo más duro es ver cómo este equilibrio de violencia se retroalimenta a sí mismo en un loop interminable. La desconfianza genera ataques preventivos, los ataques generan más miedo, el miedo produce más agresión. Círculos viciosos por todos lados. Las cárceles han sido sin duda el espejo más cruel de este proceso: territorios sin ley donde el aparato estatal renunció y dejó que los incentivos más salvajes rigieran la convivencia. Y uno no puede evitar pensar que el país entero puede terminar pareciéndose a una gran prisión con masacres descontroladas en las calles, si no hacemos algo distinto.

Pero considero, con la misma seriedad con la que describo el problema, que este camino también puede revertirse (y siempre estamos a tiempo para hacerlo). Tengo la certeza porque la violencia no es una condición humana inmutable: es una respuesta aunque perversa, también lógica a un entorno mal diseñado. Y lo que se diseña mal, también es lógico que se puede rediseñar.

El reto —que es gigantesco— consiste en cambiar la ecuación de incentivos. Lograr que cooperar sea más rentable que ejercer la violencia. Que la economía formal (que genere valor, escalabilidad y relevancia) le gane a la ilegal. Que la ley vuelva a ser un jugador creíble. Que las élites económicas y políticas dejen de ver la captura del Estado como un premio súper rentable y empiecen a verla como un suicidio a largo plazo. Que exista un sistema, casi un “algoritmo social”, que haga que la violencia sea una mala apuesta para todos.

La pregunta de cajón es si, quienes tienen poder, realmente querrán renunciar al juego actual. Y la respuesta no es sencilla. Porque a muchos, este caos les ha sido hasta ahora útil. Han ganado dinero, influencia, impunidad. Para ellos, la violencia no es un problema: es una herramienta poderosa. Y es allí donde está el nudo ético y crítico de todo esto.

Pero la historia nos ha enseñado algo: los equilibrios basados en el miedo no perduran. Se desgastan. Se pudren por dentro. Nadie controla para siempre a los actores que alimenta; nadie se salva en un país que se descompone a pasos agigantados. Tarde o temprano, incluso quienes creían ganar con la violencia terminan perdiendo más de lo que obtuvieron.

Por eso considero que el verdadero desafío no es sólo técnico: es moral y ético. Es político. Es psicológico. Es decidir como sociedad que no queremos seguir viviendo en un sistema donde la opción racional sea atacar antes de ser atacado. Es construir, con todas nuestras limitaciones, mecanismos de veto mutuo, instituciones que no puedan ser capturadas tan fácilmente, acuerdos donde la desconfianza ya no sea la regla.

Sé que suena difícil. Lo es. Pero también sé que las sociedades cambian cuando sus incentivos cambian. Y que si logramos voltear esta ecuación —si logramos que construir valga más que destruir— todo este espiral que hoy parece inevitable podría algún día verse como una etapa oscura de la que conseguimos salir.

Y ahora, luego de una semana en que han amainado los ánimos y se han calmado las aguas, reflexiono que después de esa votación tan significativa donde el No triunfó con fuerza, hubo un rechazo claro a un proyecto autoritario y siento que algo distinto se abre en el país: un espacio real para la esperanza. Tres de cada cinco ecuatorianos dijeron no a la polarización tóxica, no a la violencia política, no al juego de dominancia, no al juego perverso entre noboísmo y al correísmo (que buscan incesantemente repartirse el premio generado por el caos, la violencia y la polarización).

Ese mandato popular tiene un peso moral, ético y simbólico: es la señal de que una mayoría no solo rechaza la cooptación del poder por los gestores de la violencia, sino también está dispuesta a avanzar hacia un futuro diferente, no basado en la pugna, sino en la cooperación. Esa elección democrática podría ser el punto de quiebre, el origen de un nuevo equilibrio donde la paz deje de ser utopía y se convierta en una estrategia.

Yo, por lo menos, me permito imaginar ese futuro. Porque la violencia será un equilibrio natural mientras no exista uno mejor. Y nuestro trabajo —el de todos— es construir ese equilibrio nuevo.

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