domingo, abril 19, 2026
Ideas
Patricio Moncayo

Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El predominio de la mirada corta

El juego electoral es una cortina de humo para esconder lo trascendente y los intereses que se ventilan. La mirada corta que allí prevalece se centra en los problemas pequeños y no en los grandes, que demandan alta gerencia política que no la tienen los gobiernos. De ahí que su desempeño sea pobre o mediocre.

 

En el Ecuador del siglo XXI aun existen falencias en la comprensión de la política. Esta todavía es vista desde una perspectiva exclusivamente electoral. En ella ha pesado mucho la asociación del voto popular con la empresa electoral. Con el velasquismo se instauró el sufragio libre, pero el acceso de las masas a los eventos electorales fue paralelo a la conformación del consorcio político electoral. En el cuarto velasquismo esta mezcla entre el fervor popular, que despertó la figura de Velasco Ibarra, y la presencia de intereses empresariales fue notoria, como lo registró Robert Norris en su célebre libro El gran ausente. Toda la oligarquía de Guayaquil lo respaldó. La razón, según Norris, fue porque Velasco tenía una oportunidad excelente de ganar, pero necesitaba de su auspicio económico por las grandes sumas de dinero que requería para la campaña.

La empresa político electoral iniciada en aquella época se mantuvo y creció. Para los agentes económicos invertir en las campañas electorales se convirtió en un negocio.  Para el pueblo, por el contrario, éstas fueron una fiesta.  Este pueblo que se benefició del sufragio libre poco tuvo que hacer, sin embargo, una vez terminadas las campañas.  Esta idea de que su participación en los gobiernos (por el pueblo) elegidos era inútil desvirtuó el carácter político de su ingreso a la escena político electoral.

No es de asombrarse entonces que un medio tan importante como el sufragio popular haya seguido esa ruta. Esta es una de las razones de las intervenciones militares en los decenios de 1960 y 1970. Estas se apoyaron en la técnica y en los tecnócratas para gobernar y pretendieron poner fin a ese juego en el que los empresarios se valieran de los candidatos populares para subordinar a sus intereses a los gobiernos electos en las urnas.

Las reformas que impulsaron para que las reglas del sistema cambiaran dieron paso a un proyecto que daba cabida a los partidos políticos en el control de los procesos electorales. El régimen de partidos implantado en 1979, en el retorno a la democracia, quiso contrarrestar el caudillismo y fortalecer a las organizaciones políticas que tuvieran un comprobado respaldo popular.  La idea era que estos partidos contaran con un sustento ideológico, una sólida estructura organizativa y que formaran cuadros dirigentes capaces para ser, en el momento siguiente, cuadros de gobierno.

Este esquema funcionó en las décadas de 1980 y en parte de la de 1990, con partidos ideológicos y con cuadros debidamente preparados. No fue perfecto, pero, sin duda, fue superior a lo que tuvimos con Bucaram y Correa. El PRE y la RC no fueron partidos ideológicos sino personalistas, tanto que no han tenido sucesores y están en decadencia.  El llamado socialismo del siglo XXI no es ni siquiera socialista y ha retrocedido al siglo pasado, por tanto, nada tiene que ver con el siglo XXI. Convertir a las elecciones libres en un mecanismo para instaurar regímenes de partido único y sin alternabilidad es a todas luces contrario a la democracia y al ritmo de la historia.

La obsesión por lo electoral y su instrumentalización por el dinero político y el secuestro populista autoritario ha dejado las ideas, los propósitos, los programas en segundo o tercer planos. Y, lo que es más grave, la capacidad de gobernar. A los empresarios políticos les interesa saber de las posibilidades electorales de sus candidatos antes que de ideologías y de los méritos de los que aspiran a una función de elección popular.  Y los que predican un socialismo inexistente como el llamado socialismo del siglo XXI tampoco dan cabida al pensamiento libre sino a una versión obsoleta de un marxismo atrofiado por la inmovilidad. Los partidos actuales son clubes electorales; ya no son los referentes de las campañas electorales.

En la práctica, el juego electoral que no ha eliminado el cálculo empresarial, termina siendo una cortina de humo para esconder lo trascendente y los intereses que se ventilan. La mirada corta que allí prevalece se centra en los problemas pequeños que requieren poco esfuerzo, y no en los grandes que demandan alta gerencia política que no la tienen los gobiernos. De ahí que su desempeño sea pobre o mediocre.

La democracia sale así lastimada. Se le atribuye la responsabilidad del mal gobierno. No se entiende que éste obedece a la carencia de cuadros dirigentes y al predominio de la mirada corta. Desde la derecha hasta la izquierda hay un gran vacío en la dirección política. En ellas la preocupación dominante son las próximas elecciones seccionales o nacionales, no la organización ni la formación de cuadros dirigentes. La política no se ha profesionalizado: quienquiera puede ser presidente. En ella rige la improvisación.  Se privilegia el corto plazo, no se ve más allá del período del gobierno de turno.

Con esa mirada los problemas de fondo son enfrentados separadamente, con una visión parcial. La lucha contra la inseguridad, por ejemplo, aparece desligada de la acción colectiva por incidir en sus causas estructurales. Sigue prevaleciendo la lucha por el reparto del poder para que el poder ejecutivo cuente con el respaldo de la Asamblea y tenga injerencia en  el poder judicial.

Hace falta una visión que conecte lo parcial con lo global, la técnica con la política, el corto plazo con el mediano y largo plazos. Para ello se necesita una decisión colectiva que rebase las fronteras ideológicas y que tenga en la mira los objetivos nacionales.  Para que ello ocurra es indispensable que el pueblo participe no como espectador sino como un actor capaz de contribuir a la reforma del sistema político en términos no superficiales como los acordados en la Asamblea, sino apuntando a sus falencias y debilidades.

 

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