Sin lugar a dudas, el campeonato mundial de fútbol posee cualidades y valores muy particulares. Es un evento que atrapa la atención y las emociones de una parte importante del mundo. Y no solamente de los países que lograron clasificar, sino de todos. Ese constituye uno de los valores del deporte que, conducido a los espacios universales, se transforma en un símbolo de unidad del mundial. Los países que lograron clasificar se universalizan. De pronto, inclusive salen de cierto anonimato y se convierten en el lugar de las miradas de millones que se interesan por ellos.
No se trata, de modo alguno, del famoso pan y circo con los que los emperadores romanos mantenían embobados a su pueblo. Ese circo que solo sirve para que los poderes sociales y políticas se escondan y se impidan a sí mismos ser conscientes de las injusticias sociales, del hambre y de las necesidades de los pobres.
En estos días vivimos un campeonato mundial de futbol que no está para hacer evidentes las reales condiciones sociales y económicas de los pueblos participantes. Porque no triunfan necesariamente los más ricos sino los mejor preparados, los hábiles y los hechos con suficiente la seguridad y la confianza como si fuesen el pan de todos los días.
Sin embargo, nunca estará ausente ese aspecto medio mágico de la suerte y de lo absolutamente circunstancial.
Fueron los griegos, primero, y luego los romanos los que inventaron la estrategia de los juegos locales y nacionales: su carácter fue eminentemente competitivo y con profundas raíces religiosas. De hecho, los dioses intervenían en ellos: unos contra otros. Los resultados, en cierta medida, dependían de lo que mágicamente acontecía en el universo divino de el Olimpo.
Sin lugar a dudas, el Estado debería invertir más en el deporte, y no de manera circunstancial sino de forma permanente. Debería construir una política deportiva que permita que el deporte de alto rendimiento sea parte de la formación de las nuevas juventudes
De ahí surge el apelativo de Juegos Olímpicos: aquellos en los que participan las naciones del mundo. Felizmente ya no hay dioses que modifiquen y manipulen a su antojo los destinos de una competencia.
Así que perdimos ante Senegal porque nuestros jugadores no se presentaron con suficiente entereza y con menos de ese temor sembrado en su posición subjetiva y grupal. Los vencederos fueron mejores.
Talvez, en este caso, el temor tenga otro nombre, como inferioridad, por ejemplo. Todo iba bastante bien hasta ese primer gol de los otros que fue casi como una bomba atómica que destruyó las confianzas y las certezas personales y grupales. Tuvo un efecto destructivo generalizado. Se desmoronaron las bases de las seguridades personales. El edificio de las confianzas se vino abajo.
Los jugadores deben aprender los trucos psíquicos y afectivos indispensables para superar situaciones como estas en que, el rato menos pensado, justo cuando se estaba jugando bien, el adversario haga algo mejor, como anotar un gol.
Haciendo se hace el artesano. Jugando se hace el deportista. Sin lugar a dudas, el Estado debería invertir más en el deporte, y no de manera circunstancial sino de forma permanente. Debería construir una política deportiva que permita que el deporte de alto rendimiento sea parte de la formación de las nuevas juventudes.
