El atentado contra el precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay puede ser analizado desde dos ópticas. Una primera, y de corte más bien abstracto y casi esotérico, apela a aquellas teorías relacionadas con la espiral inexorables del tiempo que, de acuerdo con cierta lógica fatalista, nos regresa tarde o temprano al mismo punto de partida. Una suerte de karma estructural.
En Colombia, el asesinato de candidatos a la presidencia de la república ha sido una constante. Las víctimas se cuentan por decenas. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, esta costumbre no se ha interrumpido más que por períodos cortos o largos, pero jamán ha concluido. El mayor temor es que hoy se ponga a la orden del día.
Una segunda óptica sería la de los poderes reales. En su célebre biografía de Bolívar (El nacimiento de un mundo), Waldo Frank hace un señalamiento que bien podría resumir esa trágica condición: “en la Colombia cortés y refinada –escribe Frank–, el asesinato político es cosa corriente”.
En otras palabras, los grupos de poder no se hacen ningún lío en combinar la formalidad institucional con el crimen a fin de asegurar sus negocios. En síntesis, y a tono con ejemplos parecidos en el resto del subcontinente americano, la posibilidad de un triunfo electoral legítimo de una figura incompatible con ciertos intereses siempre se ha topado con la intransigencia virulenta de las élites de cada país.
La principal particularidad, en el caso colombiano, es que el magnicidio pasó del crimen estrictamente político al narco-crimen. En buen romance, de la decisión de los grupos de poder de echar mano de alternativas criminales una vez que las opciones de bloqueo legal se han agotado, a la acción desembozada de los carteles de la droga como nuevas expresiones del poder político. De la lumpenización disimulada a la criminalidad cruda y descarnada (aunque, a la luz de las circunstancias actuales, cada vez resulta más difícil diferenciar la conducta del poder político formal de la del crimen organizado, tal como se evidencia con los casos judiciales que vinculan abiertamente ambos espacios).
Por desgracia para el país vecino, este fenómeno se convirtió en un referente colombiano debido a la presencia activa del narcotráfico desde hace varias décadas. En cierta medida, podría decirse que Colombia se anticipó a una condición que se extiende por toda América Latina, ya sin excepciones. En México se asesinó a Luis Donaldo Colosio en circunstancias muy similares al asesinato de Fernando Villavicencio, aquí en el Ecuador. Los dos eran candidatos con serias posibilidades de llegar al sillón presidencial. Y la mano de la narcopolítica asoma en ambos casos.
Junio 10, 2025
