miércoles, abril 15, 2026
Ideas
Alexis Oviedo

Alexis Oviedo

PhD en Educación por la Universidad Católica de Lovaina, Maestro en Estudios Culturales y Desarrollo, Graduado en Economía. Ex gerente del Proyecto de Pensamiento Político de la SNGP. Docente universitario.

Amargura  

El ecuatoriano es el protagonista de un relato triste, cuya tristeza no procede de él mismo sino del paisaje y de las calles ya embadurnadas de amargura “que hace honor al espíritu de solidaridad necesario para vivir en tiempos de carencia y de pobreza”.

Orhan Pamuk reflexiona sobre la amargura y la melancolía y concluye que la melancolía es un sentimiento individual, en tanto que la amargura, así como la “tristesse, en el sentido que la usa Lévi Strauss”, son palabras adecuadas para referirse a una enfermedad que no afecta a un solo individuo, si no a una cultura, a un entorno. La amargura, acota, es un sentimiento en los que viven inmersas millones de personas.

El autor desarrolla esta idea desde su propia vivencia en la sociedad turca de su infancia y en cuatro pares de páginas revisa de corrido distintos aspectos cotidianos de su niñez y de la sociedad turca de entonces, la que no entraba aún en la amargura, porque aún “no sentían lo bastante, la sensación de hundimiento y de pérdida.”

Esas páginas me llevan a mi propia niñez y a la sociedad ecuatoriana de entonces, más bien esperanzada, contrastando a la generación de mis abuelos que vivían con la derrota del Protocolo de 1942. Eran los días del retorno a la democracia, mis padres son tan jóvenes como el presidente electo con el que están muy ilusionados. En este 2026 soy una década mayor que ellos, vivo en un país cuyo presidente tiene la misma edad que Roldós, pero no le llega ni a los talones en elocuencia, ni en presencia, peor en confiabilidad. Las medidas económicas que tomó Roldós en su tiempo minaron su popularidad, pero jamás se cuestionó su probidad y honradez, cosa que no ocurre con el mandatario actual.

Sigo hurgando en esa propia y ecuatorial amargura del 2026, que es más amarga mientras se evoca al Ecuador de inicios de los 80 del siglo pasado. Ese pequeño reducto del Pacífico sur conocido por gringos mochileros y famoso en el mundo por su belleza natural, inmensamente indígena, pobre y rural. Lo contrasto con el Ecuador del quinto lustro del siglo XXI, descrito en el Congreso español como el país sudamericano del que sale el 70% de la droga que llega a Europa. El Ecuador de mi infancia se ufanaba de ser “una isla de paz” en medio de los convulsionados y violentos Colombia y Perú. El Ecuador del presente siglo es el país más peligroso del hemisferio Occidental que recibió el año nuevo 2026 con casi 11000 muertos.

Pamuk recuerda a los “funcionarios” de su infancia en Turquía y yo recuerdo a los políticos ecuatorianos de entonces. La Cámara de Representantes de Ecuador interpela a un ministro de Gobierno por haber entregado, en Navidad, muñecas de trapo a los policías y la televisión blanco y negro me entrega la imagen del cuestionado ministro Carlos Feraud Blum admitiendo su error y renunciando con dignidad. El contraste es la Asamblea Nacional actual donde asambleístas afines al gobierno se oponen a que se fiscalice a los responsables de la no extradición desde España del  “Negro Willy”,  jefe de Los Tiguerones.

No se fiscaliza, ni la Contraloría sanciona a los que causaron la pérdida de millones de dólares del dinero público en el caso Progen. El año pasado la justicia norteamericana sentencia a un ex contralor ecuatoriano por soborno y lavado de activos, mientras en los lejanos 80, el contralor Hugo Ordóñez era implacable en la lucha contra la corrupción y defensor de los recursos públicos. En la Contraloría de los últimos años se han desvanecido glosas, organizado venganzas políticas y seguido a pie juntillas las órdenes del ejecutivo.

Claro que en el año 79 el presidente Roldós dijo que la Corte de Justicia de entonces fue nombrada por una alianza de congresistas los “patriarcas de la componenda”, pero ahora, el presidente del Consejo de la Judicatura es acusado de servir a los intereses del narcotráfico, una dimensión que sobrepasa con creces la nominación del 79. Por supuesto que antes del 79, algún ministro se fugó con millones hacia Europa, sin embargo, en este Ecuador del 2026 hay demasiados políticos sentenciados y funcionarios fugados.

En el Ecuador de los 80 había guerrilleros encarcelados a pesar del hábeas corpus, en el de ahora hay sentenciados líderes GDO que pronto son excarcelados por los jueces. El Estado ecuatoriano no cumple su labor, no queremos creer que es un Estado fallido, pero se siente bastante la sensación de hundimiento. “Mires donde mires, la sensación de amargura se hace tan patente en la gente y en los paisajes como la bruma que comienza a moverse poco a poco … y esta amargura sirve de apoyo moral para conformarse con poco, con parecerse a los demás, con ser modestos”. Se acepta a cualquiera pelafustán para gobernar el país, al primer improvisado para que legisle, al corrupto avispado para que juzgue y fiscalice.

Con todo ello, el ecuatoriano es el protagonista de un relato triste, cuya tristeza no procede de él mismo sino del paisaje y de las calles ya embadurnadas de amargura “que hace honor al espíritu de solidaridad necesario para vivir en tiempos de carencia y de pobreza”, para aguantar la sensación de derrota.

El libro que me invitó a esta reflexión es Estambul, de Orham Pamuk, Premio Nóbel de literatura 2006.

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