sábado, mayo 9, 2026

Venezuela: un remedo de democracia

Venezuela es el típico caso de cómo se puede prostituir la política en aras de los intereses de ciertos grupos que se toman el poder para permanecer indefinidamente, como sucede también en la Nicaragua del dinosaurio Daniel Ortega y su alter presidenta Rosario Murillo, la santera.

Por: Ugo Stornaiolo

Nicolás Maduro asumió por tercera vez la presidencia de Venezuela, generando muchas dudas sobre un proceso electoral que, a las claras, demostró que el chavismo no gana elecciones, sino que decide los votos en el Consejo Electoral, como ya lo hacía desde los tiempos de la ya fallecida Tibisay Lucena, vocera de los “triunfos” de Hugo Chávez durante el auge del caudillo.

Por eso, como mencionaba el sanguinario dictador georgiano de la era soviética Josip Vizarionovich Stalin, “aquellos que votan no deciden nada. Aquellos que cuentan los votos deciden todo”. Por eso, el juego de la política es perverso, especialmente cuando prevalecen los intereses personales sin importar cuestiones que tengan que ver con moralidad, ética y equidad. Así fue como Maduro se atornilló al poder y muchos venezolanos piensan, como los cubanos desde hace 66 años, que ni sus hijos ni sus nietos podrán volver a ver algo distinto en esos países. En la isla caribeña han pasado ya tres generaciones…

Venezuela es el típico caso de cómo se puede prostituir la política en aras de los intereses de ciertos grupos que se toman el poder para permanecer indefinidamente, como ya está sucediendo también en la Nicaragua del dinosaurio Daniel Ortega y su alter presidenta Rosario Murillo, la santera, que ha hecho de los cultos y hechizos una política de estado. Y esa es exactamente la misma realidad que está viviendo hoy Venezuela.

Es una realidad que se ha ido acentuando a medida que el régimen perdía apoyo popular, tras la muerte de Chávez, pues su sucesor Maduro no heredó nada del carisma de su antecesor. Por eso radicalizó políticas para reforzar la represión. Igualmente anunció reformas constitucionales y por lo que puede declarar traidores a quienes se opongan a su gobierno e incluso retirarles la nacionalidad, como pasó con Ortega en Nicaragua. Así, gracias a su leal fiscal, Tarik Saab, puede emitir sentencias judiciales totalmente ilegítimas contra sus rivales. No sólo en el nivel de la operatividad, sino también en la proyección política y concepción ideológica.

Maduro ofreció elecciones limpias por presos políticos, como Álex Saab, y se desdijo cuando en las primarias de la oposición, en 2023, hubo un masivo respaldo a la opositora Corina Machado.

Este régimen optó, desde los tiempos de Chávez, por desarticular a todos los partidos políticos opuestos a su programa y anhelo de poder y organizó una maquinaria ajustada a sus conveniencias. Esa fue su vía para plagiar una “unidad” que apunte a “legitimar” sus procesos electorales. Mientras tanto, seguía acosando a todos los opositores, obligando a muchos a exiliarse y los que fueron detenidos terminaron en el temible Helicoide, la sala de torturas creada por este “estalinismo caribeño”.

Maduro ofreció elecciones limpias por presos políticos, como Álex Saab, y se desdijo cuando en las primarias de la oposición, en 2023, hubo un masivo respaldo a la opositora Corina Machado quien tuvo la fuerza para “endosar” sus votos al líder opositor y hoy reconocido como presidente por algunos países -incluso por EE. UU.-, Edmundo González Urrutia.

Autoritarismo de izquierda

¿Cómo acabó el chavismo en el autoritarismo actual? El debate más actual de las izquierdas en América Latina especula sobre los vínculos entre la democracia directa y/o participativa con estos nuevos autoritarismos. Estos regímenes son el resultado de un sistema de democracia participativa, donde el propio pueblo escogió la permanencia de estos caudillos, pese a que luego se arrepiente de haberlo hecho, sin encontrar salidas a su situación de indefensión.

Este tipo de gobiernos llega al poder ofreciendo soluciones casi mágicas a los problemas de los países, con una fuerte dosis de populismo y demagogia. Para esto establecen mecanismos de democracia directa, referendos o asambleas que derivan en al autoritarismo, aprobado con la mayoría de votos de la población.

La conversión de la democracia participativa asentada en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada en referéndum popular en 1999, no parecía tener tendencias al autoritarismo, pero la dictadura de Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez, fue el resultado del rechazo a las instituciones de democracia liberal, materializado en el estilo de ejercicio del poder del llamado “comandante eterno” y una ideología “marxista-leninista” de herencia soviética de parte del liderazgo civil, la influencia cubana y la vocación nacionalista y autoritaria de los militares venezolanos, incluido Chávez.

Sin embargo, la Constitución de 1999, con su régimen de “democracia participativa y protagónica”, no es producto de las izquierdas venezolanas ni del movimiento populista de Chávez, sino el resultado de un debate social, político e institucional, que arrancó en Venezuela en los  años 80, motivado por la crisis socioeconómica, cuyos emblemas fueron el “viernes negro” de 1983 y el “caracazo” de 1989. Chávez y su movimiento le dieron sentido político, cobijados bajo el manto de una democracia participativa, en claro contraste con los partidos del orden establecido, que perdieron esa perspectiva.

A partir de la Ley de Consejos Comunales, de 2006, las organizaciones sociales se ajustaron a las pautas de un Estado que se transformó en un Estado-gobierno-partido, centralizado.

Con el artículo 62, la Constitución dio respuesta a una demanda de la ciudadanía y poco atendida por los partidos tradicionales: “todos los ciudadanos tienen el derecho de participar libremente en los asuntos públicos, directamente o por medio de sus representantes elegidos o elegidas. La participación del pueblo en la formación, ejecución y control de la gestión pública es el medio necesario para lograr el protagonismo que garantice su completo desarrollo, tanto individual como colectivo. Es obligación del Estado y deber de la sociedad facilitar la generación de las condiciones más favorables para su práctica”. Esto no tiene nada que ver con el modelo socialista del siglo XXI.

A partir de la Ley de Consejos Comunales de 2006, las organizaciones sociales se modificaron para ajustarse a las pautas de un Estado que se transformó en un Estado-gobierno-partido, centralizado, sin independencia de las funciones del poder público, con casi ningún pluralismo, alternancia o autonomía de la sociedad. Así nacieron las brigadas de defensa de la revolución estilo cubano.

En 2009, la Asamblea Nacional, controlada por el oficialismo, aprobó otra ley para los consejos comunales y una ley orgánica imponiendo a los consejos comunales “construcción de un modelo de sociedad socialista, aunque se los definió como organizaciones públicas no estatales”, abriendo un registro ad hoc para regular todo lo que pasaba en el país.

En el paquetazo legislativo de diciembre de 2010, aprobaron al apuro -en período navideño- las llamadas “leyes socialistas”, como la Ley Orgánica de las Comunas. Desde entonces, las organizaciones sociales son dirigidas desde arriba y son brazos ejecutores de decisiones políticas de la cúpula del poder. Así se controla las probables insurgencias o descontento.

Otro factor para entender la deriva autoritaria de Maduro es cómo ejerció el presidente Chávez el poder, con tensión permanente entre lo racional y legal del Estado democrático y el carisma de su liderazgo. El ideal de un Estado Comunal es prescindir de todo principio democrático liberal, pero como esa reforma constitucional fue rechazada en 2007 para disgusto del caudillo (única elección que perdió), Chávez se afincó para imponerla, con su carisma y en los ingresos fiscales petroleros, entonces abundantes.

Chávez surge en un contexto de crítica a la democracia venezolana. Ganó en las urnas su legitimidad y al entrar a gobernar, mantuvo la estrategia polarizadora, dividiendo a la sociedad para contar con una fuerza movilizada para impulsar los cambios que prometió.

Aunque los gobiernos de Chávez podrían catalogarse como autoritarismos híbridos, por contar respetar -de alguna manera- el voto popular, Maduro, en cambio, dio un paso más. Su victoria electoral de 2013 llena de dudas, con uso ilimitado de recursos públicos en campaña y denuncias de fraude nunca despejadas. Pero, la deriva autoritaria del régimen fue definitiva desde la elección parlamentaria que ganó la oposición en 2015, pero a la que se impidió actuar de cualquier manera.

Chávez dejó como legado el régimen de Maduro, que tiene rasgos totalitarios y sultánicos: es totalitario por su ideología y sus pretensiones de regular las mentes y vidas privadas.

Así Maduro le quitó a la ciudadanía el derecho a decidir en la vida política. Presionó la remoción de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia y lo convirtió en órgano funcional a sus decisiones. Declaró un estado de excepción y emergencia económica sin cumplir el debido proceso, para quitarle a la Asamblea atribuciones para elaborar políticas económicas. En marzo de 2016, el renovado TSJ buscó levantar la inmunidad de los parlamentarios, y en octubre, el Poder Electoral suspendió un revocatorio presidencial, iniciado por los partidos opositores, que cumplió con los requisitos de la Constitución.

Chávez dejó como legado el régimen de Maduro, que tiene rasgos totalitarios y sultánicos: es totalitario por su ideología y sus pretensiones de regular hasta las mentes y vidas privadas, y sultánico por su personalismo extremo, arbitrariedad y uso de la violencia, entre otros rasgos.

¿Cuándo se cayó la democracia?

Las venezolanas y los venezolanos viven en un régimen autoritario. Sin embargo, los autoritarismos no son todos iguales, porque obedecen a las características de cada sociedad, así como al contexto internacional. Muchos autoritarismos del siglo XXI no llegan por golpes de Estado. Son más sofisticados y se disfrazan de democráticos. Se puede transitar a un régimen autoritario gradualmente, que inicia cuando un líder carismático gana unas elecciones competitivas y justas y dentro del sistema democrático, practica un ejercicio del poder populista que erosiona principios, valores e instituciones de esa democracia.

¿Por qué un país como Venezuela, con una democracia estable y con una economía y sociedad acomodadas, en el siglo XX, cayó? El proceso de desencanto con la democracia comenzó en el último cuarto del siglo XX. Desde fines de los años setenta se acumularon desajustes desatendidos por las elites políticas llevando a la economía a un estancamiento combinado con el pago de las deudas del Estado, llegando el 18 de febrero de 1983 a la primera devaluación del bolívar tras varios lustros de sobrevaluación.

A este se le denominó el “viernes negro” y fue el primer síntoma de la crisis de la economía. Se agotó el modelo cepalino de sustitución de importaciones dinamizado por la renta petrolera. Había que encontrar un modelo alternativo para retomar el crecimiento, pero esto no sucedió.

Los venezolanos creían en el éxito de su democracia, del crecimiento económico y bienestar social. En los años setenta, en medio de la mayor bonanza petrolera de la historia, el gobierno nacionalizó la industria petrolera y anunció el ingreso del país al club de países desarrollados. Pero, lo que mostró el viernes negro abría los ojos a otra realidad, pues la crisis económica crecía.

Los gobiernos de turno ejecutaron programas de ajuste, diseñados con recomendaciones de los organismos multilaterales y los resultados fueron poco exitosos, desde el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989/93) y el segundo también de Rafael Caldera (1994/99) en donde los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) fueron duros, especialmente para la clase media.

El líder del primer golpe de Estado de febrero de 1992, Hugo Chávez Frías, aparecía como una figura joven, no vinculada a la política de los partidos, capaz de interpretar el disgusto hacia la clase política.

En el segundo gobierno de Pérez, hubo un ajuste ortodoxo con terapia de shock, generando resistencia en toda la sociedad. Como resultado, en los años noventa el país comenzó a tener inflación, pobreza, desigualdad y violencia social, golpeando la legitimidad de los gobiernos democráticos y los partidos tradicionales: el socialdemócrata Acción Democrática (AD) y el socialcristiano Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), iniciando el desencanto con la democracia.

Venezuela no padeció en los años 70 y 80 de golpes militares y regímenes autoritarios, que aplicaron los llamados paquetes neoliberales en otros países latinoamericanos. En Venezuela la última dictadura militar, la de Pérez Jiménez, concluyó en enero de 1958, y la población sentía que esa etapa estaba superada.

A cargo del ajuste quedaron los partidos tradicionales y ese fue el desbarajuste. Fue cuando apareció la mesiánica figura de Hugo Chávez, como un no político cuestionando a los políticos. Todos los factores antes mencionados fueron la mecha que encendió un estallido social, reprimido por el gobierno de Pérez, conocido como el “caracazo” en 1989. Pero, pese a fracasar en su intento de golpe, Chávez alcanzó visibilidad y su figura creció desde su encarcelamiento.

El líder del primer golpe de Estado de febrero de 1992, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, aparecía como una figura joven, no vinculada a la política de los partidos, capaz de interpretar el disgusto hacia la clase política. El escenario estaba listo para una incursión populista.

Desde su aparición en cadena nacional comandando el golpe de Estado, el 4 de febrero de 1992, Chávez atrajo a los venezolanos con su presencia de un joven militar humilde, no contaminado por la política, y sus breves palabras asumiendo su responsabilidad en el fracaso del golpe, reconociendo que sus compañeros de armas lo hicieron “muy bien” en el interior del país, conmovieron al público. Nacía el liderazgo chavista.

4 de febrero de 1992: el día que Hugo Chávez sacudió la débil democracia venezolana con un discurso rupturista.

El discurso de la polarización política de Chávez fue un instrumento eficaz, pues cohesionó y movilizó a las masas para acumular fuerza social y ganar las elecciones presidenciales de 1998. También logró dividir a la sociedad en dos polos antagónicos, desencadenando una dinámica de pueblo contra “escuálidos” (término que usaba para referirse a las clases más pudientes) que llevará, entre otros elementos, a la violencia social y la desigualdad actual.

Ya van doce años de Maduro

Para asumir nuevamente el poder, Maduro cerró las fronteras y el espacio aéreo, hizo un despliegue de drones, antimisiles terrestres y aviones listos para derribar cualquier nave no identificada que vuele sobre el cielo del país y así evitar que el ganador de las elecciones, Edmundo González, pueda volver al país, como lo había anunciado.

El 10 de enero de 2025 el mundo miró a Maduro juramentando como presidente pese a su derrota en las urnas (67% contra 30%). Sigue atornillado al poder, sostenido por las fuerzas armadas. Pocos dudan de la ilegitimidad del “Stalin caribeño”, cuyo régimen tienen un origen claro, pero un destino incierto, que podría ser en la cárcel o en una isla caribeña. Venezuela camina hacia el abismo.

Solo los dictadores de Cuba, Miguel Díaz-Canel, y Nicaragua, Daniel Ortega asistieron a la toma de posesión del camarada, demostrando que Venezuela está fuera del mundo y solo comparte intereses con gobiernos autocráticos como los del socialismo del siglo XXI y el eje de la Rusia de Putin, la China de Xi Yin Ping, el Irán de los ayatolas y la Corea del Norte de Kim.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, estrecha la mano del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, mientras el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, observa el día de la toma de posesión en Caracas. Foto: MIRAFLORES PALACE Via Reuters

No lo apoya ni su coideario colombiano Gustavo Petro, que no fue a Caracas; mientras el presidente de Brasil, Lula Da Silva, insiste en que se muestren las actas del escrutinio y es distante del sátrapa venezolano. Otros líderes de la tendencia como Boric de Chile lo rechazan, mientras el correísmo ecuatoriano lo apoya secretamente, porque tiene vergüenza de hacerlo en público.

El heredero de Hugo Chávez llevó a Venezuela a una tragedia humanitaria sin precedentes con casi ocho millones de ciudadanos que huyeron del país, mientras en toda Venezuela reina el terror.

Maduro es un problema para la estabilidad política y social y también para las democracias del mundo. Hay quienes sostienen la necesidad de una intervención militar foránea en Venezuela, como los expresidentes colombianos Iván Duque y Álvaro Uribe. Pero, todas las miradas, sin embargo, se fijan en el recién investido presidente estadounidense, Donald Trump, quien ha manifestado en recientes intervenciones su desacuerdo con el presidente Maduro y su apoyo y reconocimiento a González Urrutia.

Incluso EE.UU. elevó a USD 25 millones la recompensa por información sobre Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, acusados de ser los líderes del “cartel de los soles”, una banda estatal venezolana dedicada al narcotráfico, narcoterrorismo y corrupción, mientras que la Unión Europea y Canadá aumentaron las sanciones.

Es muy poco lo que se puede hacer, porque una intervención militar, mencionada dos expresidentes de Colombia, no es aplicable, por la doctrina de la libre determinación de los pueblos y el principio de no intervención. Venezuela no es y parece que no va a ser, todavía, una amenaza para la paz y la estabilidad de la región.

El heredero de Hugo Chávez llevó a Venezuela a una tragedia humanitaria sin precedentes con casi ocho millones de ciudadanos que huyeron del país, mientras en toda Venezuela reina el terror. Los espías de la inteligencia vigilan cualquier foco de insurgencia, mientras los motociclistas encapuchados recorren las calles de las barriadas en un país militarizado, que ha perdido la esperanza…

 

Ugo Stornaiolo

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