Según el índice anual de la revista británica The Economist, el descenso de la calidad de las democracias en el mundo refleja una preocupante tendencia global donde los avances democráticos siguen estancándose o revirtiéndose, con una propensión hacia la radicalización de la polarización en los países y la llegada al poder de regímenes autoritarios que no necesariamente responden al viejo modelo de las dictaduras militares sudamericanas y africanas de los años 80 del siglo pasado, sino que surgen de procesos electorales, aunque luego, con reformas, logran perennizar a los caudillos en el poder.
Pese a que 2024 fue un año récord en la realización de elecciones en todo el mundo, con casi la mitad de la población mundial acudiendo a las urnas, lo que hubiese podido ser un indicador del bienestar de los sistemas democráticos, el Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de The Economist registra un repliegue, alcanzando su nivel más bajo desde el 2006. La puntuación promedio descendió de 5,23 a 5,17, reflejando la tendencia global de estancamiento e incluso de un auge o preponderancia de sistemas autoritarios y caudillistas.
Según el índice, solo el 45% de la población mundial vive en democracia en 2024, mientras que el 39% se encuentra bajo sistemas de gobierno autoritarios y el 15% está en “regímenes híbridos”, que son sistemas políticos que combinan elementos de democracia electoral con autoritarismo.
En este estudio solo 25 países fueron catalogados como “democracias plenas”, mientras que 46 calificaron como “democracias defectuosas”. A la cabeza de esta clasificación se encuentran Noruega, Nueva Zelanda, Suecia, Islandia, Suiza, Finlandia, Dinamarca, Irlanda, Países Bajos y Luxemburgo. Nueva Zelandia es el único país no europeo en el grupo de los diez primeros.
Este retroceso está relacionado con un paulatino deterioro de los regímenes autoritarios, confirmando que este tipo de gobiernos se vuelven más represivos con el paso del tiempo, porque en lugar de responder a las aspiraciones populares con reformas democráticas, lo hacen con controles y represión a las disidencias. Los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua han sido los más notorios en el estudio.
Según el índice, solo el 45% de la población mundial vive en democracia en 2024, mientras que el 39% se encuentra bajo sistemas de gobierno autoritarios y el 15% está en “regímenes híbridos”.
Ese tipo de regímenes no solo intensifican sus tácticas represivas de manera individual, sino que aprenden unos de otros, intercambiando estrategias para afianzar su poder y neutralizar a la oposición. Así, el retroceso democrático no es aislado, sino que es parte de una dinámica global donde los sistemas autoritarios buscan eternizarse resistiendo las presiones internas y externas por una mayor libertad política.
Los países que están a la cola, según esta clasificación del medio británico, son Afganistán —el peor calificado, desde el regreso de los talibanes al poder—, seguido por Myanmar, Corea del Norte, República Centroafricana, Siria, Sudán, Turkmenistán, Laos, Tayikistán y Chad. Hay nueve cambios en la clasificación de regímenes, una cifra alta comparada con años previos. República Checa, Estonia y Portugal llegan a la categoría de “democracias plenas”, mientras que Francia, cuya escena política interna está muy fragmentada, y Corea del Sur descendieron a la categoría de “democracias defectuosas”.
Papúa Nueva Guinea y Paraguay, que en 2023 subieron a la categoría más baja de las “democracias defectuosas”, volvieron a retroceder a “regímenes híbridos” en 2024, al igual que Rumania, que cayó 12 puestos en el ranking tras la polémica anulación de su elección presidencial. Mauritania descendió a la categoría de régimen autoritario por la baja participación en las elecciones presidenciales de junio de 2024 y a un empeoramiento en su calificación de corrupción. Francia pasó de «democracia plena» a «defectuosa»
Bangladesh tuvo la mayor caída en el índice de 2024, bajando 1,44 puntos tras unas elecciones fraudulentas, la destitución del primer ministro y mucha inestabilidad política. Bajó 25 posiciones hasta el puesto 100 de 167, acercándolo al extremo inferior de la categoría de “regímenes híbridos”. Túnez, alguna vez referente democrático en Medio Oriente y el norte de África, registró el segundo mayor retroceso, con una caída de 0,80 puntos y una posición más cercana al fondo de su clasificación. También hubo descensos significativos en Kuwait, Georgia, Qatar, Rumania, Pakistán y Guinea-Bisáu.
En contraste, las mejoras fueron bastante limitadas. Libia registró el mayor avance, con un aumento de 0,53 puntos, aunque desde una base muy baja. En Senegal, las victorias de la oposición en las elecciones parlamentarias y presidenciales impulsaron su puntuación en 0,45 puntos, acercándolo al umbral para ser considerado una “democracia defectuosa”. Otros países con ligeras mejoras fueron Portugal, Letonia y Jordania. Bangladesh sufrió la mayor caída en el índice de 2024.
¿Qué pasa con América Latina?
América Latina y el Caribe, como región, cayeron en 0,07 puntos con respecto a 2023, al pasar de 5,68 a 5,61. La región tiene dos democracias plenas —Costa Rica y Uruguay—, diez democracias defectuosas, ocho regímenes híbridos y cuatro regímenes autoritarios: Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela.

El informe apuntó a la intensificación de las divisiones partidistas como una de las causas de deterioro, destacando los casos de Argentina y Brasil. “Las divisiones partidistas e ideológicas se intensificaron durante el primer año en el cargo del presidente libertario de Argentina, Javier Milei”, según el informe.
“Milei, un outsider político cuya influencia se vio amplificada por las redes sociales, fue elegido con una plataforma firmemente anti-sistema. Como presidente ha continuado atacando a los medios de comunicación y a figuras políticas de la oposición, lo que ha acentuado la polarización política y ha tenido un efecto intimidante sobre las voces disidentes”, dice el texto.
Sin embargo, reconoció que “las mejoras en la protección de la propiedad privada y un mayor nivel de confianza en el gobierno han compensado parcialmente la disminución en las puntuaciones del índice relacionadas con la libertad de expresión y los medios de comunicación”.
Al mismo tiempo, el informe señala que “si Milei logra cumplir con las expectativas en términos de economía y mejora del nivel de vida, podría ver un aumento en la confianza pública hacia su gestión”, apuntó. Sin embargo, el informe advierte que, a pesar de estas posibilidades, “los riesgos siguen siendo significativos”.
En Brasil, cuya puntuación cayó bastante en 2024. Este país descendió seis lugares en el ranking global hasta ubicarse en el puesto 57, el 80% de los brasileños afirma que el conflicto entre quienes apoyan diferentes partidos políticos es fuerte o muy fuerte, según una encuesta de Pew.
El informe apuntó a la intensificación de las divisiones partidistas como una de las causas de deterioro, destacando los casos de Argentina y Brasil.
Además, el informe subrayó la medida tomada por la Corte Suprema de Brasil al prohibir el acceso a la plataforma X en el país, fue una acción sin precedente en democracia. Esta prohibición, que duró dos meses, afectó a millones de usuarios y se levantó cuando la empresa cumplió con condiciones, como designar un representante legal en Brasil, pagar multas y bloquear a ciertos usuarios.
Otro factor que contribuye al deterioro democrático es el creciente desafío a las democracias representativas. Las “aplastantes victorias” de Nayib Bukele en El Salvador y Claudia Sheinbaum en México en 2024 muestran “que muchos votantes en América Latina sacrificarían los controles y equilibrios propios de la democracia representativa a cambio de mejoras tangibles en el nivel de vida y la seguridad personal, proporcionadas por líderes autoritarios”.

Ecuador está en la lista de países “a observar de manera negativa” por los altos niveles de insatisfacción entre los votantes y una cultura política débil, con el riesgo de una creciente polarización y violencia política, además de la posibilidad de que surja un líder autoritario de cualquier tendencia (socialismo del siglo XXI y conservadorismo) en el contexto de este clima de inestabilidad, finaliza el informe.
Cuando la democracia deriva en “monocracia”
El historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze, en su artículo Monocracias explica el uso y abuso de la palabra democracia en los regímenes populistas: “súbitamente, se vuelven apasionados de la etimología. Se llenan la boca con el origen de la palabra democracia (demos = pueblo, cratos = poder). Pero son todo menos democráticos”.
Añade: “lo que Trump y Orban representan (y Chávez o AMLO han encarnado) es una combinación de monocracia (el gobierno de uno), kakistocracia (kàkisto = el peor), término que comenzó a usarse en la Inglaterra del siglo XVII para designar el gobierno de los peores, y oclocracia (oclos = muchedumbre), concepto acuñado por el historiador griego Polibio en sus Historias (200 a. C.) para describir la extrema degeneración de la democracia provocada por la demagogia (demos = pueblo, ágo = yo conduzco). Los griegos hubiesen repudiado a los populistas tanto como a los tiranos (Maduro, Putin, Díaz Canel, etc.)”.
Agrega Krause que “basta revisar la historia. Para prevenir esos y otros engendros derivados de la ambición de poder aunada a la manipulación de las masas, la democracia ateniense inventó y puso en práctica tres conceptos jurídicos: dokimasia, grafé paranomon y ostrakismo”.
“La dokimasia imponía un filtro último para impedir que ciudadanos poco calificados, poco afectos a cumplir con las leyes, ocuparan un cargo público. El funcionario que resultaba inculpado corría el riesgo de sufrir penas severas. Incluso durante su mandato, la Asamblea podía destituirlo”, añade el historiador mexicano.
Sostiene el ensayista que “Grafé paranomon era una acción de inconstitucionalidad frente a una ley que contradijese a otra previa. Su interés era doble: otorgar un mecanismo de revisión ante una propuesta dudosa, y derogar una ley ya aprobada pero que afectaba a la ciudadanía. Si era el caso, se retiraba la ley y se castigaba a quien la había propuesto con una altísima multa transmisible a su descendencia”.
La dokimasia imponía un filtro para impedir que ciudadanos poco calificados, poco afectos a cumplir con las leyes, ocuparan un cargo público. El funcionario inculpado corría el riesgo de sufrir penas severas.
Mediante el ostrakismo, dice Krauze, “Atenas exiliaba de la vida pública por una década a los líderes que consideraba sospechosos de buscar un poder excesivo a partir de sus cargos. El nombre proviene de palabra óstrakon, que era el fragmento de cerámica o arcilla sobre el cual se escribía el nombre de los sujetos al proceso”.
El autor explica que este juicio se llevaba a cabo una vez al año, durante la mitad del invierno. Comprendía dos votaciones sucesivas, una en la colina de Pnyx de la Asamblea de Atenas (Ekklesía), otra en el Ágora, donde los ciudadanos escribían el nombre del acusado en el óstrakon. Si lo decidía la mayoría, la condena era el exilio. El inculpado tenía un margen de diez días para abandonar la ciudad. Durante una década no podía ejercer cargos públicos o participar en asuntos del Estado, tanto en el interior como en el extranjero. La pena por ostracismo no implicaba la requisición de sus bienes o rentas. Cumplida la condena, el sujeto volvía a recuperar sus derechos políticos.
En el 485 a. C. los atenienses impusieron el ostracismo a Jantipo (nada menos que el padre de Pericles) por “tener demasiado poder”. Poco después, lo sufrió el heroico Arístides. A pesar de la pena, antes de cumplirse la década, Jantipo y Arístides volvieron a Atenas para enfrentar la invasión persa. Ni siquiera Temístocles, vencedor de los persas, se libró del ostracismo en 470 a. C. por recibir un soborno, señala el historiador mexicano.
El efecto Trump
Los obedientes operadores contemporáneos de la monocracia merecerían sufrir las tres penas de la democracia griega. Desde hace años debieron ser destituidos de sus funciones por entronizar la ineptitud, corrupción, nepotismo, despilfarro, irresponsabilidad. Del mismo modo debían haber sufrido multas por haber impuesto, con métodos demagógicos, leyes no solo contrarias al interés público, sino destructivas del orden republicano y democrático. Pero sobre todas las cosas merecerían el ostracismo, no por una década, sino de aquí a la eternidad. “Han engañado al pueblo y abusado del poder como nunca en la historia”, subraya Enrique Krauze.

En cuanto a Trump, apunta, “le han bastado unas semanas para ostentar su desprecio hacia los valores republicanos y democráticos que fundaron a su país y mostrarse como lo que es: un monócrata, kakistócrata, olóctata que ha corrompido la democracia de su país con su vulgar e ignorante demagogia. Pero sería insultar a los griegos trazando hasta ellos el perfil de Trump, quien, en realidad, corresponde a las etapas más oscuras del imperio romano. Desde su primer mandato era claro que Trump amenazaba con rebasar a todos los populistas de la historia debido a su uso de los medios. Este Calígula en Twitter se volvió la noticia de la semana, del día, del minuto. Su adicción era y sigue siendo progresiva, incurable y mortal. Lo malo es que se trata del presidente de Estados Unidos y su delirio contagia, afecta y desquicia al mundo”.
“No preveo para Trump un fin como el de Calígula. Pero confío en las reservas históricas y morales de Estados Unidos y Occidente (heredadas de Grecia) para que, más temprano que tarde, enfrente el ostracismo”, finaliza Krauze.