En nuestro país, la palabra angurria invoca a la codicia —en todos los planos— tanto como a la micción frecuente y dolorosa. Los dos significados se aplican a las voluntades tras la reintroducción del método de D´Hondt en nuestra contabilidad electoral.
La avidez, la ansiedad política/electoral se ubica pronto en el vecindario del totalitarismo. Nos lo dice una década de correísmo. Es decir, tratar de dificultar a los otros la posibilidad de representarse. Porque se busca desconocer a la diferencia, esa necesidad originada en la ciudadanía social. Son metas de la ansiedad de poder del partido único y del bipartidismo excluyente. Para lograrlo, se apela a cualquier fórmula, la más frecuente, la contabilidad electoral.
¿Cómo contar los votos? Es lo mismo que los métodos de asignación de escaños de la Asamblea Nacional y de cualquier otra elección pluripersonal. Como en un sistema político no es posible tener tantos representantes como representados, los escaños del Parlamento representan a una circunscripción (el país, una provincia, una fracción de provincia/ciudad). Como las circunscripciones son diferentes (tamaño, composición, demografía), los métodos de asignación son una regla necesaria.

Las reglas deben contener objetivos claros y ser constantes para que los ciudadanos confiemos en ellas. Y confiaremos en las reglas electorales en tanto percibamos que no existen afanes de manipulación, por parte de quienes legislan nuestras elecciones y de quienes la administran.
La consulta popular de 1998 gestó una ambigüedad, fuente de desconfianza. Se abrió la posibilidad de “personalización” del voto, pudiendo votarse por listas o entre listas, afectando decisivamente a la proporcionalidad. Unos entendimos el mandato de un modo, los mal intencionados, de otro… Se impusieron los que querían quedarse con el poder.
Comenzó una dilatada danza de maniobras por la contabilidad electoral, que se profundizó con la formación de circunscripciones más pequeñas en las provincias más grandes. El círculo entre personalización y circunscripciones electorales chicas, se cerró con el no-debate sobre métodos de asignación.
El bloqueo legislativo/ejecutivo no es original de Ecuador. En este ciclo democrático no ha habido presidente que, electoralmente, haya conseguido para los inicios de su gestión una mayoría sólida de parlamentarios de su partido.
El no-debate (discurso encerrado sobre sí mismo) solo sirvió para justificar que seguiríamos dentro de un sistema proporcional (mandato constitucional) y no habíamos ingresado subrepticiamente en un sistema electoral exclusivamente mayoritario (quedó un rescoldo, los diputados nacionales… y hasta allá trataron de llegar).
Rayada la cancha, la discusión de los métodos puede tener un fuerte hálito de inocuidad. Pero vayamos despacio.
El bloqueo legislativo/ejecutivo no es original de Ecuador. Pero a nosotros nos afecta especialmente por las constantes electorales. En este ciclo democrático no ha habido presidente que, electoralmente, haya conseguido para los inicios de su gestión una mayoría sólida de parlamentarios de su partido.
Una excepción reciente, Correa. La segunda, que algo se parece por la bipolaridad, Noboa consiguió mayoría extendiendo la voluntad anti-corresista a la Asamblea. La actual mayoría en la Asamblea depende de que sostenga esa motivación. Ha habido otras mayorías congresales con las más sui géneris dinámicas gobierno/oposición. Pero ahora además se aproximan elecciones subnacionales.
La reforma política tiene hoy prioridades muy importantes, justamente, para que se aúpe el relanzamiento económico (que se anuncia y que seguramente estará asentada en la solidez de nuestro sector exportador). Entre ellas, la reforma judicial (Corte, Consejo de la Judicatura, Fiscalía), la reforma política (autoridad electoral, Contencioso Electoral), la aberración institucional (Consejo de Participación), control (Contraloría), las atribuciones (Parlamento), entre otras. Y también contención de la gran corrupción, en especial sus expresiones en la empresa pública y en la violencia.
Cuando todavía los ecuatorianos no sabíamos que se avecinaban cambios desde dentro en el correísmo, luego de la elección de Moreno, los partidos discutían —con insistencia, una y otra vez— acerca de los métodos de asignación de escaños. La perseverancia provenía de que, en la segunda mitad del ciclo democrático, habíamos tenido todas y cada una de las elecciones con diferente forma de contabilidad electoral. Las eventuales mayorías y las autoridades electorales obsecuentes la cambiaban a demanda, sin sentarse a pensar en la democracia como representativa.
La reforma política tiene hoy prioridades muy importantes, justamente, para que se aúpe el relanzamiento económico (que se anuncia y que seguramente estará asentada en la solidez de nuestro sector exportador).
El correísmo jugaba con todas las formas electorales, de acuerdo a la conveniencia prevista por ellos. Hacia su final, era el único partido y el resto una enorme dispersión. El método D´Hondt era su conveniencia mayor. Y luchaban denodadamente por sostenerlo en todos los ámbitos. Hasta que un acuerdo logró la entrada del método Webster, que es menos proclive a las mayorías únicas y que, en todo caso y bajo determinadas circunstancias, podría ser más plural.
La organización Participación Ciudadana me fletó entonces para que produjera un instrumento técnico y los partidos pudiesen discutir y llegar a consensos acerca de los métodos, que recojan una mejor forma dentro del sistema proporcional. En efecto, así lo hice. Bajo la bandera del pluralismo mínimo, lo expusimos ante los partidos en todo el país. ¿En qué consistió el ejercicio?
Acudí al apoyo de estadísticos que hubiesen tenido práctica con los datos electorales y les pedí que, primero, lograran la comparabilidad entre resultados electorales de circunscripciones que se había modificado a lo largo de la democracia. Luego de muchas y muchas horas de trabajo lo consiguieron. Luego requerí que trazaran varias líneas de tendencia para avizorar (aunque siempre he tenido certeza de que nunca se verifican) eventuales resultados. Me refiero a las elecciones parlamentarias de 2015.
Hice varios escenarios respecto a la concentración y dispersión del voto a partir de las tendencias, pues deseaba que los partidos, en sus discusiones, a las que habían sido convocadas por Participación Ciudadana, tuvieran escenarios con fundamentos en la realidad (curvas de tendencia histórica). Ninguno tenía sospecha de lo que se avecinaba, me refiero al entonces PAIS y la oposición.
Con los escenarios, armamos un juego con varios métodos de asignación de escaños (rápidamente con una gama de divisores que llegaban hasta “divisor 7”, con el método danés, si mal no recuerdo) y los resultados de las tendencias. La apertura consistía en que a los partidos se les entregó la “metodología” para que jugaran con los escenarios (dispersión/concentración), con el método de asignación (único o combinado), que aspiraban/deseaban/sospechaban. El resultado de la investigación quedó en sus manos. Para debatir con apertura, con y sin nuestra intervención.
Los partidos ecuatorianos llegaron a un consenso sin aspavientos, sabían que en la mayor parte de provincias y circunscripciones funcionaría básicamente una asignación que en realidad eran meras mayorías.
En las reuniones a las que fui invitado, no obstante, me permití comentar a todos los partidos mis conclusiones independientes acerca de cómo, en esas circunstancias del país, podría funcionar el sistema proporcional. Extraigo de algún recoveco intermedio de mi memoria, algunas conclusiones (el documento y el “juego/metodología” lo tienen Participación Ciudadana y los partidos entonces vigentes).
Por el número de asambleístas que se elegía entonces, el diagrama de las circunscripciones y el grado de dispersión del voto por encima de un umbral mínimo, el sistema proporcional —cualquiera sea su fórmula— funcionaba, básicamente, en territorios electorales en las que se eligiera más de entre 5-6 representantes.
Las circunscripciones en algunas provincias era también una forma suave de introducción de un sistema mayoritario. Más aun en el caso de voto personalizado, que exacerbaba esta tendencia. Antes solamente era nominal y el sistema vigente era similar a un mayoritario.
La excepción eran los asambleístas nacionales en los que sí pesaba la fórmula. Para recoger minorías en circunscripciones chicas, había que llevar al divisor mucho más allá…
Es decir, la cancha estaba rayada. El respiro proporcional eran las elecciones de los asambleístas nacionales, que para efectos de nuestra democracia tienen un significado especial por el origen de su legitimidad.
Así, los partidos ecuatorianos llegaron a un consenso sin aspavientos, sabían que en la mayor parte de provincias y circunscripciones funcionaría básicamente una asignación que en realidad eran meras mayorías. Y que el refugio proporcional era la elección de asambleístas nacionales. Porque además la historia y la geografía de los territorios no se cambia desde un escritorio.
De un lado, se consolaban en su capacidad de movilización y/o alianza local (por lo cual les interesaba la aberración de partidos y movimientos en todos los niveles de gobierno) y clientelar. Y utilizaron otras entradas para la manipulación, incluidos estímulos económicos e incluso de porcentajes electorales para partidos y movimientos aliados.
(Recuerdo que alguna vez pregunté a los dirigentes de un partido histórico grande, que podría estar más interesado en la proporcionalidad y formas menos concentradoras porque aceptaban a las circunscripciones chicas. Me respondieron que era mejor y más eficiente manejar a los liderazgos locales que tener organización nacional. Entonces me di cuenta que también estaban asentados en una proporcionalidad ideológicamente inconsecuente. Como es obvio, hasta el día de hoy, nunca les interesó la cercanía con el electorado de las circunscripciones chicas. Pero esto es harina de otro costal, que lo dejo para un escrito más adelante).
De otro lado, me pregunto: ¿Cuáles son las “ventajas” que querían conseguir con la adopción del método de D´Hondt? Párrafos antes he acotado que son limitadas, pero sí que afectan a uno de los acuerdos mínimos históricos de los partidos acerca de los asambleístas nacionales, es decir, la representación colectiva más auténtica del país y de funcionamiento del sistema electoral proporcional, la búsqueda de la pluralidad?
Correa lanzó la consigna de que lo primero que había que hacer es tomarse el poder (por la vía electoral) y quedarse con él, como condición de cualquier gestión pública.
En el inconsciente colectivo partidario también está el oportunismo, es decir, si ayer lo fui y si no lo soy, pero mañana puedo ser mayoría, entonces seré beneficiario.
Correa lanzó la consigna de que lo primero que había que hacer es tomarse el poder (por la vía electoral) y quedarse con él, como condición de cualquier gestión pública. Antes, la condición de la revolución social fue tomarse el poder por las armas y quedarse en el poder a cualquier costo, no dejarlo por ningún motivo. Algunas formas de la democracia se impusieron, entre ellas, las elecciones. Entonces, para ellos, manipularlas se convirtió en una necesidad.

Al inicio del actual ciclo democrático, “iluminado” por las democracias que entonces estaban a la mano, también se planteó que el gobierno solo se conseguiría con un bipartidismo a la norteamericana (ahora vemos “cómo muere -lamentable parafraseo- esa democracia” ejemplar y cómo arrastra al mundo por un vacío de extrema incertidumbre). Y además sacaron de la chistera experiencias, entonces casi medio siglo atrás, del bipartidismo venezolano, que ya sabemos en qué terminó (en la plena “gobernanza” -lo digo irónicamente- totalitaria).
Pero hoy han aparecido otros usuarios del poder, que creen “descubrir” que concentrarlo es la condición de la política pública. Conocen sólo de aritmética y poco de álgebra. Y también comparten con sus adversarios, que hay que conservar el poder a cualquier costo.
Olvidan la composición de su propio electorado (que no es el de una organización política). Que está conformado por muchos ciudadanos y votos que, pese a haber votado por Noboa, no ganaron en la pasada elección presidencial. Sino que, ejerciendo su legítimo derecho, lograron que pierda el correismo. En sentido estricto, no ganaron la elección, votaron para que Correa pierda.
Hace unas horas escuché a unas lucideces tempranas de parlamento novato —que por cierto argumentación que he escuchado antes y en otros países—, dejando por sentado que la gobernabilidad depende de la concentración del voto. Ingenuidad. La gobernanza debe estar alineada a muchas otras variables ligadas a la calidad de la democracia y la gestión pública, que no las expongo, porque mi ánimo no es de ofensa.
Sí, debo recordarles, que la democracia es un aprendizaje… de que deben seguir aprendiendo a ser demócratas.
¡Qué feo es apelar a la experiencia, cuando todo tiene que ser nuevo en Ecuador¡ Por ello, simplemente narro, alguna circunstancia que les puede servir en su construcción.
En medio de la turbulencia de la discusión sobre métodos electorales, hace más o menos dos o tres décadas, en la Izquierda Democrática, la de verdad, debatíamos acerca de los métodos de asignación de escaños, y voces ponderadas —que combinaban astucia, inteligencia, buena actitud— proponían que la prioridad de la agenda no era la captura del poder mediante un método de asignación más o menos discrecional, sino la construcción y reconstrucción de la organización política. Esta “dificultad” no se resuelve con las redes, ni con las prebendas.
Las mayorías —parlamentarias y de todo tipo— no son constantes, las organizaciones políticas se derrumban, los liderazgos tienen una curva que no cambia con la corta mirada.
Construir una organización política —incluso cuando algunas de sus imágenes puedan haber sido mejores que la realidad— es una tarea que trasciende al método de asignación electoral. Más aun ahora cuando el diseño de las formas de organización política que correspondan a las sociedades más líquidas (o gelatinosas como creo que es más acertado para describirlas en nuestra región) está aún por discernir. No se pierdan en los recovecos de la angurria.
La lección sólo para mí (que suplica a los renovadores taparse los oídos) es que la densidad de la política se la consigue solamente reivindicándola en un ejercicio sano. Tratar artificialmente de conseguir mayorías estimuladas artificialmente es un ejercicio inútil. Sólo produce mayor desafección con la política. Tarde o temprano la realidad se impone.
En un siguiente artículo analizaré las reformas electorales de la legislación aprobada por la Asamblea. Y, fundamentalmente, de las que fueron escamoteadas. Ya me sospecho quien hizo el servicio y para quién. En algunas instituciones, el sentido de patria sigue por los suelos.
Porque las mayorías —parlamentarias y de todo tipo— no son constantes, las organizaciones políticas se derrumban, los liderazgos tienen una curva que no cambia con la corta mirada.
¡Pregúntenselo a sus asociados admiradores del método de asignación de escaños¡
Ellos, el correísmo está viviendo el otro extremo de la angurria. Ya no están en el carril para comer electoralmente hasta empacharse. Están en otra situación, que es la dificultad para lograr una micción menos dolorosa. La cantidad de piedras que deglutieron antes y ahora deben salir, se las dedico.
