viernes, marzo 27, 2026

MAGA y el retorno del imperialismo

El resurgimiento de la guerra como argumento definitorio de las disputas internacionales, y el fin de la globalización neoliberal, conducen a suponer que el mundo está presenciando el inicio del neoimperialismo del siglo XXI.

Por: Julio Oleas-Montalvo

“La historia no ofrece ningún ejemplo de imperios indestructibles y, sin embargo, la mayoría de los pueblos están convencidos de que lo que sucedió a los imperios anteriores no puede sucederle al suyo.”

Carlo M. Cipolla

Donald Trump agita el panorama mundial. Tiene el respaldo de sus electores, la Corte Suprema y la mayoría republicana en el Capitolio. Y el patrocinio de Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai, Sam Altman y Tim Cook, los más connotados exponentes del tecnofeudalismo, como diría Yanis Varoufakis. Todos ellos estuvieron invitados a la ceremonia del 20 de enero, al igual que Shou Zi Chew, CEO de Tik Tok. También asistieron Syed Javaid Anwar, CEO de Midland Energy, Jeff Hildebrand, CEO de Hilcorp Energy, y Bernard Arnaud, dueño de LVMH, el artífice de las tiendas de consumo ultrasuntuario.

Invitados que incluyen a Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai y Elon Musk, llegan antes de la 60ª investidura presidencial en la Rotonda del Capitolio de Estados Unidos en Washington, el lunes 20 de enero de 2025. Foto: Julia Demaree Nikhinson / Associated Press

El plan de gobierno de Trump se resume en su lema de campaña: Make America Great Again (MAGA). Ronald Reagan fue el primero en invocar MAGA, pero ha sido Trump quien lo ha convertido en un movimiento distinguible dentro del Partido Republicano. Para los seguidores de MAGA, EE.UU. es un país grande que ha perdido su poder debido a la influencia extranjera causada por la migración y el multiculturalismo, y a la globalización, que ha integrado la economía norteamericana en la economía mundial. Alcanzar los objetivos de MAGA sería, en esencia, detener la migración, recuperar la cultura estadounidense en su versión más rancia y rescatar su industria manufactura y extractiva. Pero hacerlo requiere doblegar las instituciones republicanas y reacomodar el desordenado sistema mundial, herencia de la globalización.

EE.UU. tuvo su época dorada en la segunda mitad del siglo XX. Para ello evolucionó su política exterior desde el imperialismo clásico, representado con la imagen del presidente Roosevelt (Theodore) y su gran garrote, hasta el Plan Marshall, el panamericanismo, la contención del comunismo y las promesas desarrollistas del Punto Cuarto y la Alianza para el Progreso. Todo empaquetado en el culto a la libertad, la promoción de la democracia formal, la ayuda para el desarrollo y el multilateralismo, principios sustanciales del liderazgo hegemónico estadounidense.

A diferencia de lo ocurrido en el siglo XIX, de indiscutible predominio británico, en el siglo XXI cohabitarán varios imperios competitivos más predispuestos a la beligerancia que a la cooperación.

Pero el ataque terrorista del 11-S marcó un punto de inflexión. La crisis financiera de 2008-9 y la pandemia de 2020 debilitaron el liderazgo norteamericano.  Por otra parte, el ascenso de la República Popular China, la resistencia rusa a la asfixia fomentada por la OTAN desde 1990 y la creciente importancia de los BRICS han trastornado más aún el (des)orden internacional. Los constantes cuestionamientos al papel del dólar como moneda internacional también debilitan la legitimidad de la tutela ejercida por las instituciones de Bretton Woods.

¿Es factible rehacer la grandeza estadounidense? Este ensayo sostiene que la política exterior de Trusk —como denomina el sociólogo Eugenio Tironi a la amalgama Musk—Trump (https://bit.ly/40u6WJQ)– encaminará a EE.UU. a una nueva época imperial, distinta al liderazgo hegemónico de la postguerra. Pero, a diferencia de lo ocurrido en el siglo XIX, de indiscutible predominio británico, en el siglo XXI cohabitarán varios imperios competitivos más predispuestos a la beligerancia que a la cooperación. Hasta hace muy poco hablar de imperialismo sonaba a marxismo anacrónico. Sin embargo, la forma cómo el presidente Trump ha comenzado a ejecutar la agenda de MAGA confiere nueva actualidad al uso del término estudiado por Vladimir Lenin hace más de un siglo.

La herencia del siglo XIX

Para el sociólogo estadounidense, James Petras, el imperialismo, es “la dominación y explotación de países mediante intervenciones políticas, conquistas militares y penetración económica, es la fuerza impulsora de la historia contemporánea”. Un Estado se convierte en imperio cuando subordina otros territorios, dispone de poderes económicos y militares superiores y despliega influencia política y cultural sobre otros Estados. El ejemplo clásico es Inglaterra en el siglo XIX, ejerciendo control directo sobre la India, Canadá, Australia, Sudáfrica y otros territorios africanos, el Caribe y muchos enclaves menores. Por ser el centro de la revolución industrial, Inglaterra se convirtió en la principal proveedora de manufacturas. También fue el eje financiero del mundo y árbitro del patrón oro.

Como el latín durante la Roma imperial, el idioma inglés se convirtió en la lingua franca del mundo. En 1876 la reina Victoria recibió el título de Emperatriz de la India. La ocupación de Egipto en 1882 anticipó la repartición del continente africano perpetrada por los países europeos en la Conferencia de Berlín en 1884. En este año se fundó en Londres la Liga de la Federación Imperial. La celebración del jubileo de la Reina Victoria en 1897 y el inicio de la guerra anglo-boer en 1899 confirmaron la vocación imperialista británica.

En 1914 la Royal Navy, con una flota de 2,7 millones de toneladas de registro bruto, estaba presente en el Mediterráneo, Atlántico, Pacífico e Índico, y tenía bases estratégicas en Gibraltar, Malta, El Cabo, Singapur, Hong Kong y en numerosas islas alrededor del mundo. La Royal Navy era capaz de proyectar el poder británico en cualquier parte; vigilaba las rutas marítimas y el comercio global, y extendía su influencia en regiones enteras sin necesidad de dominarlas directamente. En tiempos de paz la operación de esta maquinaria requería más de 100.000 efectivos, según el historiador Paul Kennedy (Auge y caída de las grandes potencias). La violencia desplegada por el imperio británico en Egipto, India, China o Argentina ha tratado de justificarse con un supuesto afán de compartir progreso y modernidad. Según sus ideólogos, el Estado imperialista tenía la obligación moral de cumplir un objetivo civilizador.

¿Es factible rehacer la grandeza estadounidense? la política exterior de Trusk —como denomina el sociólogo Eugenio Tironi a la amalgama Musk/Trump– encaminará a EE.UU. a una nueva época imperial.

Este sistema internacional fue la fuente empírica del famoso libro de Vladimir Lenin: El imperialismo: fase superior del capitalismo. El líder bolchevique asimiló la caracterización económica del imperio moderno elaborada por el suizo-alemán Rudolf Hilferding, asesinado por la Gestapo en 1941. La teoría leninista del imperialismo tiene cinco argumentos básicos:

  1. El imperialismo es una fase del modo de producción, no es solo una política externa de los Estados capitalistas.
  2. Sus características económicas son las siguientes: la producción se encuentra monopolizada por grandes corporaciones y la libre competencia es excepcional; el capital financiero (la fusión del capital bancario con el capital industrial) es determinante; la exportación de capitales ocupa un papel preponderante, pues por este medio el estado imperial busca obtener mayores beneficios; los estados imperialistas se dividen el mundo en territorios, lo que genera conflictos por el deseo de lograr nuevas áreas de influencia y nuevos mercados; y los capitalistas promueven alianzas para repartirse el mundo y maximizar ganancias.
  3. La revolución sería un proceso global porque la lucha por el poder en los países colonizados está conectada con las luchas proletarias en las metrópolis.
  4. Esta fase del modo de producción capitalista provoca conflictos (y en algunos casos, guerras) interimperialistas debido a la competencia por recursos y mercados.
  5. El Estado es un instrumento de las clases dominantes para mantener su poder y promover intereses imperialistas.

Desde la guerra hispano-estadunidense (1898) el expansionismo de EE.UU. también ha sido estudiado como una forma de imperialismo. Para el periodista Charles Arthur Conant era necesario, para ampliar los mercados y exportar capitales. El presidente Theodore Roosevelt lo elevó a política de Estado, pues justificativa del intervencionismo estadounidense en asuntos internos de países americanos, secundada en el poder militar como instrumento de presión. Con esta política –el conocido big stick– EE.UU. controló otros territorios, sin anexarlos formalmente; dominó la economía y la política del continente americano y justificó la –supuesta– superioridad cultural e institucional norteamericanas. De esta manera en la primera mitad del siglo XX EE. UU. desplazó a Inglaterra de su posición dominante en América Latina.

Siglo XX: ¿imperialismo consentido?

Entre 1914 y 1945 el mundo experimentó dos guerras mundiales; la revolución bolchevique tomó el poder en 1917; en Versalles los vencedores de la primera guerra mundial acordaron, en junio de 1919, crear la Sociedad de las Naciones, primer intento de institución supranacional para lo que en esa época se consideraba la comunidad internacional. EE.UU. enfrentó la Gran Depresión; el fascismo infectó Europa; y en julio de 1937 el Imperio del Japón invadió China.

156.000 soldados -principalmente británicos, estadounidenses y canadienses- desembarcaron en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, durante el Día D.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. emergió como el nuevo líder de Occidente; disponía de una capacidad productiva y un potencial bélico incomparablemente superiores al de sus aliados y enemigos; contaba con una población joven y educada; tenía tecnología suficiente para producir armas atómicas; y disponía de un territorio con abundantes recursos naturales. Una vez derrotado el fascismo, el sistema buscó un nuevo enemigo: el comunismo. Y el imperio británico ya no era la fuerza gravitante que había sido en el siglo XIX. Estos acontecimientos modificaron por completo el marco histórico de las relaciones internacionales.

Ese marco comenzó a gestarse en Michigan, en la fábrica de Henry Ford, donde los obreros trabajaban ocho horas diarias frente a una cadena de montaje. Ford perfeccionó la organización empresarial de la industria ferroviaria; para maximizar la productividad y reducir costos de producción implementó la división del trabajo y la especialización, aconsejadas por F.W. Taylor en The Principles of Scientific Management (publicado en 1911); y diferenció las funciones directivas, de control, ejecutivas y de planificación dentro de la organización industrial. Lo que tiempo después se denominó fordismo tardó tres décadas en generalizarse hasta constituir un régimen de acumulación distinto al liderado por Inglaterra en el siglo XIX. Impulsado por su poderoso motor económico, EE.UU. condujo la recuperación y se convirtió en la locomotora del crecimiento mundial (Gráfico 1).

El aporte más significativo de Ford a la modernización del capitalismo fue la idea de que la contraparte de la producción en masa es el consumo masivo. Esto requería un sistema de reproducción de la fuerza de trabajo y políticas de control y dirección de esa fuerza distintos a los prevalecientes en el siglo anterior. La estética experimentó cambios profundos, al igual que la psicología social. En esta nueva sociedad racionalizada, modernista y democrática, la interacción de la familia, las formas de coerción, el consumismo y la acción del estado forjaron un tipo de trabajador adecuado al nuevo tipo de trabajo y de proceso productivo.

En 1933 el presidente Franklin D. Roosevelt instauró el New Deal, novedosa política intervencionista concebida para contrarrestar la Gran Depresión. Una vez aceptada la intervención del estado en la economía, en menos de una década el keynesianismo convirtió al pleno empleo y la estabilidad de la demanda efectiva en los objetivos centrales de la política económica.

Multitud de depositantes se reúnen bajo la lluvia frente al Bank of United States tras su quiebra. Por el fotógrafo del World Telegram – Biblioteca del Congreso. Colección New York World-Telegram & Sun – Wikimedia Commons.

El mundo se dividió en tres: el primero, desarrollado, con núcleos de gran productividad (el medio oeste de EE. UU., el Ruhr-Renania, los West-Midlands, Tokio-Yokohama); el segundo, comunista, sirvió como justificación de la guerra fría y, en consecuencia, también para mantener activa la industria armamentista; y el tercero, de los países subdesarrollados y los territorios descolonizados. En este marco histórico la sabiduría convencional aconsejaba a los países del tercer mundo priorizar la industrialización como la ruta más apropiada para alcanzar el desarrollo.

Antonio Gramsci, sociólogo y periodista italiano encarcelado en 1926 por el gobierno fascista, creía que el ejercicio del poder era como un centauro: parte hombre y parte bestia, una mixtura de fuerza y consentimiento.

Al mediar el siglo XX el fordismo de postguerra no solo era un sistema de producción en masa; era una forma de vida. Había generado nociones compartidas sobre el ciclo vital y la naturaleza de las relaciones sociales; imágenes colectivas de la legitimidad de las relaciones de poder, del significado de la justicia y de las diferencias entre bienes privados y bienes públicos. En sociedades de elevada productividad, estas nociones compartidas gestaron el estado de bienestar.

Sin embargo, ni en el ámbito doméstico, y menos en el internacional, las capacidades materiales y las ideas legitimadoras de las relaciones de poder son suficientes para explicar en toda su complejidad un régimen social y económico. Antonio Gramsci, sociólogo y periodista italiano encarcelado en 1926 por el gobierno fascista, creía que el ejercicio del poder era como un centauro: parte hombre y parte bestia, una mixtura de fuerza y consentimiento. A partir de esta idea fue el primero en hablar de hegemonía para expresar el control de una clase social por medio de la coerción, el consenso y la cultura. Sobre esta base teórica, el canadiense Robert Cox, uno de los iniciadores de la teoría crítica de las relaciones internacionales, propone que la noción de marco histórico se completa con las instituciones.

En la década de 1940 EE.UU. combatió dos guerras: una con soldados, armamento y municiones en los campos de batalla de Europa, África del norte y Asia, y otra con diplomáticos, ideas y alianzas, en foros organizados con el fin de instaurar, por primera vez en la historia, una estructura institucional de alcance planetario destinada a mantener la paz, promover los derechos humanos y la cooperación internacional. En junio de 1945, en San Francisco, 51 países decidieron crear la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La ONU tiene actualmente 193 miembros, su sede se encuentra en Nueva York y se fundamenta, al menos según su Carta constitutiva, en seis principios (igualdad soberana, cumplimiento de obligaciones, solución pacífica de controversias, prohibición del uso de la fuerza, cooperación internacional y no intervención). Sus principales órganos son la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, el Consejo Económico y Social, el Consejo de Administración Fiduciaria, la Secretaría General y la Corte Internacional de Justicia.

EE.UU. tuvo la perspicacia de evitar que el orden económico internacional de postguerra fuera monitoreado por una institución cuya principal autoridad –la Asamblea General– se regía por el principio de igualdad soberana. Para ello propició otro cónclave, en Bretton Woods, donde se consensuó la creación de dos entidades –el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial– con financiamiento mayoritario norteamericano, para encargarse de canalizar la inversión internacional y la viabilidad de las balanzas de pagos de los países signatarios. En esta reunión se acordó un sistema de convertibilidad de US$ 35 x onza oro. Así, el dólar estadounidense desplazó a la libra esterlina como moneda internacional.

En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Empleo (La Habana, 1947) 50 países trataron de crear una Organización Internacional de Comercio adscrita a la ONU. Esta iniciativa fue vetada por EE. UU. y en junio de 1948 un grupo de 23 países aprobaron el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés), como protocolo de aplicación provisional que, sin embargo, se mantuvo vigente hasta la creación de la Organización Mundial de Comercio en 1995.

Estas instituciones servían para solucionar conflictos sin recurrir al uso de la fuerza y al mismo tiempo expresaban relaciones de poder. Han sido fundamentales para el avance de la hegemonía estadunidense, para legitimar su capacidad para diseñar el sistema internacional (el marco histórico, si se prefiere) y para liderarlo por medios coercitivos y no coercitivos. Al lograr que el interés del fuerte sea visto por todos como un interés universal, las instituciones internacionales marcan la diferencia entre imperialismo a secas y hegemonía.

Un sistema hegemónico podría considerarse un momento de sincronización del poder, las ideologías y las instituciones, como ocurrió durante el pacto fordista, bajo condiciones de relativa armonía de las fuerzas sociales. Con la hegemonía estadunidense en plenitud, la economía “…se desempeñó mejor que nunca. Entre 1950 y 1998 el PIB mundial se multiplicó por seis, con un crecimiento promedio anual de 3,9 por ciento, frente a 1,6 entre 1820 y 1950, y a 0,3 por ciento entre 1500 y 1820”, precisa el historiador económico Angus Maddison (The World Economy: a millennial perspective).

Habría al menos 750 bases militares (según el Pentágono, cualquier lugar de propiedad del ejército norteamericano, o alquilado, o poseído bajo cualquier otro título) estadounidenses en 80 países,.

Pero las instituciones son una expresión de la hegemonía, no son la hegemonía misma. En septiembre de 2022, la otra parte del centauro disponía de 171 mil soldados asignados a 178 países, la mayoría en Japón (53.973 soldados en 120 bases), Alemania (35.781 soldados en 119 bases) y Corea del Sur (25.373 soldados en 73 bases). Habría al menos 750 bases militares (según el Pentágono, cualquier lugar de propiedad del ejército norteamericano, o alquilado, o poseído bajo cualquier otro título) estadounidenses en 80 países, la mayoría construida cuando EE.UU. decidió contener al comunismo (https://bit.ly/3ZVZtEq). La operación y mantenimiento de esta infraestructura costaría alrededor de US$ 100.000 millones anuales, según el profesor David Vine, de la American University (https://bit.ly/3VK4Yn4).

Siglo XXI: Back to the future?

¿Qué quieren decir los seguidores de MAGA cuando dicen que pretenden recuperar la grandeza de EE. UU.? En su discurso de posesión como secretario de Estado, Marco Rubio declaró que en la actualidad el orden mundial de postguerra no solo es obsoleto, es un arma que se está usando contra nosotros”. En un reciente artículo de Foreign Affairs, Ivo Daalder y James Lindsay afirman que Trump “concibe un regreso a las esferas de interés y poder político del siglo diecinueve, aunque no presente su política exterior en esos términos. En esa época, los poderosos buscaban dividir el mundo en regiones dominadas por ellos, sin importar los deseos de quienes habitaban en ellas…” (https://bit.ly/4aDbO44).

El recién confirmado Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio (L), habla mientras el Vicepresidente J.D. Vance (R) escucha durante una ceremonia de juramento en la oficina ceremonial del Vicepresidente en el Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower el 21 de enero de 2025 en Washington, DC. Rubio prestó juramento como el 72º secretario de Estado de Estados Unidos. Foto: Alex Wong Getty Images via AFP

Mientras en la ceremonia inaugural del 20 de enero, un emocionado Elon Musk ensayaba el saludo nazi, Trump emitía una andanada de acciones ejecutivas: retiró a EE. UU. de los acuerdos de París sobre cambio climático y de la Organización Mundial de la Salud (“EE. UU. no saboteará a su propia industria mientras China contamina impunemente”, argumentó); exigió a los países aliados de la OTAN incrementar su gasto militar al 5% del PIB (en la actualidad el tope es 2%); declaró una emergencia energética nacional para “desatar el dominio energético” norteamericano a nivel global; amenazó a México y Canadá con aranceles del 25%; reiteró su intención de “recuperar” el canal de Panamá; suspendió toda ayuda al exterior (incluso a Ucrania); declaró en emergencia nacional la frontera con México e ilegal la migración por esa vía; cerró el programa de reubicación de refugiados; suprimió, en contra del mandato constitucional, el ius soli; reiteró su intención de invadir México para reprimir a los carteles de la droga calificándolos como organizaciones terroristas; suspendió el derecho de asilo, canceló vuelos de refugiados e inició las deportaciones de migrantes (https://bit.ly/40vQ31E). Además, suspendió por 75 días la prohibición operativa de Tik Tok.

Para el gobierno estadounidense el monte Denali volverá a llamarse McKinley, el golfo de México ahora sería golfo de América, y solo reconoce dos géneros inmutables: masculino y femenino (https://bit.ly/3CysJYX). Trump revocó 78 acciones ejecutivas del presidente saliente; indultó a las hordas invasoras del Capitolio y conmutó las penas de prisión de 14 miembros de las organizaciones de extrema derecha Proud Boys y Oath Keepers.

Más allá de los indicios proporcionados por las acciones de Trump, un planteamiento más objetivo sobre cómo será el orden mundial  requiere explorar los cambios de la estructura histórica en la segunda mitad del siglo XX.

No se esperarían iniciativas como estas de presidentes norteamericanos convertidos, en el ejercicio de sus funciones, en líderes mundiales: Franklin Roosevelt, Harry Truman, J.F. Kennedy e incluso Ronald Reagan. Pero se puede encontrar más de una semejanza entre la visión de la política exterior de Donald Trump y la de otro Roosevelt (Theodore). En 1904 el Corolario Roosevelt a la doctrina Monroe advirtió que EE. UU. intervendría para garantizar que otras naciones del hemisferio occidental cumplan con sus obligaciones para con los acreedores internacionales evitando “agresiones extranjeras en detrimento de todo el conjunto de naciones americanas”.

La aplicación práctica de esta doctrina facultó a EE.UU. a intervenir con su fuerza militar en América Latina (en especial en países centroamericanos) para restablecer la estabilidad interna. Theodore Roosevelt declaró que Estados Unidos podría “ejercer un poder policial internacional «en caso flagrante de tal maldad o impotencia»”. En realidad, el corolario “tuvo poco que ver con las relaciones entre el hemisferio occidental y Europa, pero sirvió como justificación para las intervenciones estadunidenses en Cuba, Nicaragua, Haití y República Dominicana” (https://bit.ly/4haZLNR).

Las recientes decisiones del presidente Trump parecen indicar que la política exterior norteamericana de estos días se asemeja más a la política prescrita para América Latina por T. Roosevelt hace 120 años. Al menos cuatro de los cinco argumentos de Lenin se podrían aplicar a la política de Trump. Un imperio no necesita generar consensos y domina a otros estados y territorios sustentado en su poder militar.

Dado que en las relaciones internacionales el poder tiene dos dimensiones –una horizontal, en la que predomina la rivalidad entre estados, y otra vertical, en la que las metrópolis ejercen dominio sobre las periferias– no resulta descabellado hipotetizar que el mundo está ad-portas de una nueva época imperial. Hipótesis  corroborada al menos por tres características aplicables a la política exterior estadounidense: i) Al Estado imperial le resulta indiferente la calidad del orden político interno de otro estado-nación; ii) El Estado imperial prefiere el proteccionismo al libre comercio, es decir, una política arancelaria activa antes que someterse a las ventajas comparativas-competitivas; y iii) Al Estado imperial le resulta suficiente la dominación, considera innecesario buscar legitimación institucional o consensual.

Sin embargo, más allá de los indicios proporcionados por las acciones ejecutivas de Trump, un planteamiento más objetivo sobre cómo será el orden mundial en lo que resta de este siglo requiere explorar los cambios de la estructura histórica que contribuyeron a finiquitar la relativa estabilidad del sistema hegemónico de la segunda mitad del siglo XX. En América Latina la orientación de esos cambios la marcó el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende (septiembre de 1973), auspiciado por la CIA por orden del presidente Nixon. Acto seguido la dictadura militar presidida por Augusto Pinochet protagonizó el más radical experimento neoliberal de América Latina.

La producción también se internacionalizó mediante la formación de cadenas de valor distribuidas en varios países. Este proceso se mundializó gracias a inversiones directas de las transnacionales.

Uno de los cambios más notables fue el proceso de internacionalización. Dado el consenso cultivado por el poder hegemónico, y la importancia que asumió la estabilidad del sistema, la noción de obligación internacional se tornó más concreta y el estado se internacionalizó por medio de los ministerios de finanzas y de los cancilleres. Así, desde los ajustes macroeconómicos de la década de 1980 la política económica internacional adquirió tanta o más importancia que la nacional.

La producción también se internacionalizó mediante la formación de cadenas de valor distribuidas en varios países. Este proceso se mundializó gracias a inversiones directas de las transnacionales. A fines del siglo XX la internacionalización de la producción ya se organizaba, planificaba y controlaba globalmente, desde el centro del sistema. El capital financiero adquirió un inmenso poder cuando los bancos multinacionales se convirtieron en los principales acreedores de los estados periféricos. Con la internacionalización de la producción surgió una estructura de clase global, superpuesta a las estructuras de clase nacionales. En la cúspide de esta clase global habita la clase directiva transnacional, cuya ideología y estrategias se reproducen y articulan en entidades como el G7, el FMI, BM o la OCDE. A esta clase pertenecen los funcionarios públicos y los gerentes de empresas nacionales vinculadas a la producción para los mercados internacionales.

El marco histórico generado por estos fenómenos fue afectado por los hitos señalados. El ataque terrorista del 11-S expresó el salvaje descontento producido por la globalización en una parte de la población del mundo. La forma de resolver la crisis financiera de 2008-9 evidenció las preferencias del poder real. Y la pandemia perturbó irreversiblemente las cadenas de suministros articuladas por la internacionalización de la producción. Otro factor disruptivo –el fundamental– ha sido –y es– el ascenso de la República Popular China y su imparable éxito económico. Si en la víspera de ingresar a la Organización Mundial de Comercio (2001) la participación del PIB de China en el PIB mundial era del 4%, en 2022 fue del 18,4%, mayor que el 15,5% de participación de EE. UU. (Gráfico 2).

El resurgimiento de la guerra como argumento definitorio de las disputas internacionales y el fin de la globalización neoliberal, conducen a suponer que el mundo está presenciando el inicio del neoimperialismo del siglo XXI. En esta nueva era la diplomacia se doblegará ante el dominio del más fuerte. Pero, a diferencia de lo ocurrido durante el siglo XIX, en el que el imperio británico dominó sin rivales, en el siglo XXI se perfilan varios imperios competitivos.  China es el rival más evidente. Pueden surgir más rivales, incluso Europa occidental, dada la displicencia demostrada por Trump frente a la Unión Europea.

 

 

 

Julio Oleas-Montalvo

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