Históricamente se asociaba a la izquierda o al progresismo con las ideas de cambio en las sociedades. Inclusive en el discurso marxista se hablaba de socialismo y comunismo como estadios superiores en el decurso cronológico de la sociedad, desde la transición del esclavismo en la sociedad prehistórica, la servidumbre en el tiempo medieval, los súbditos en el período absolutista, hasta llegar al capitalismo, como una fase que los teóricos de izquierda han calificado en varios estudios del siglo XX, que se encontraba en crisis, una crisis que ha durado más de 200 años y de la que no se vislumbra su colapso en un futuro inmediato.
Una izquierda que, tras los últimos sucesos en muchas partes del mundo, debe empezar a escuchar el mensaje que le está dando la población, profundamente descontenta con las posturas que ese nuevo socialismo (el del Siglo XXI) ha intentado implantar, basadas en los viejos dogmas del marxismo decimonónico en las que parecen creer que el Muro de Berlín todavía no ha caído.
Hechos como las recientes elecciones en Estados Unidos, Argentina, El Salvador y Ecuador, con los respectivos triunfos de Trump, Milei, Bukele o Noboa, demuestran que las posturas de izquierda, encarnadas por el Grupo de Puebla o el Foro de San Pablo, se muestran como anacrónicas y hasta anticuadas, llegando incluso a niveles de polarización y violencia política de líderes que no han hecho lecturas adecuadas de las sociedades y sus necesidades.
Para izquierdas como la ecuatoriana se trata de una lección que puede servir incluso para su futura supervivencia. Países como el Ecuador ya no quieren discursos confrontativos y beligerantes, que muchas veces ha sido incitador a la violencia por parte de sus líderes.
En el Ecuador se pudo comprobar que el papel del expresidente Rafael Correa y del dirigente indígena Leonidas Iza, lejos de apuntalar una visión propositiva, mostraron que la línea confrontativa no pegó en los jóvenes e influyó mucho en la decisión del voto y los resultados que, aunque para muchos analistas fueron sorprendentes, no lo son tanto si se mira los comportamientos de los votantes.
La Revolución Ciudadana y un sector minúsculo del movimiento indígena que aboga por una revolución violenta, provocaron el rechazo de una sociedad que quiere vivir en paz y sin las estridencias políticas que polarizaron el país. Si la izquierda no escucha estos mensajes, su futuro puede ser tremendamente adverso.
Países como el Ecuador ya no quieren discursos confrontativos y beligerantes, que muchas veces ha sido incitador a la violencia por parte de sus líderes.
Crisis en el Grupo de Puebla
En Chile, la agrupación liderada por Marco Enríquez-Ominami enfrenta el momento más complejo desde su fundación en julio de 2019. La agrupación de líderes progresistas pasa por un momento de alta tensión, marcado por las críticas y divisiones internas en torno a su rol en las elecciones presidenciales de Venezuela y Ecuador a lo que se suma la denuncia en contra del expresidente argentino, Alberto Fernández, por violencia de género presentada por su expareja, una situación que contradice la apertura y respeto que profesan al género femenino.

Agréguense los líos que tienen los dos líderes del progresismo boliviano, el actual presidente, Luis Arce, con su antecesor y mentor, Evo Morales, en un choque de trenes que amenaza a ese país con el regreso a la “bolivianización” o hiperinflación de los años 80, por la escasez de dólares.
Denuncias, que no deben ser pasadas por alto, de un ex canciller del presidente colombiano y ex guerrillero del M19, Gustavo Petro, sobre sus problemas por la adicción a las drogas del mandatario. Aunque el gobierno colombiano trató de pasar por alto y desmentir las denuncias de Álvaro Leyva, quien además dijo que el mandatario “está siendo manipulado por su círculo cercano”, sin olvidarse de la vergonzosa transmisión de un gabinete en vivo, que mostró que muchos de los funcionarios del gobierno de Petro, sencillamente no le hacen caso y han dejado sin piso y sin funciones a la primera vicepresidenta afro de ese país, Francia Márquez.
El cuestionado silencio de muchos de los integrantes del Foro de Sao Paulo y el grupo de Puebla sobre las elecciones en Venezuela o Nicaragua, pero con sus denuncias de un presunto fraude, en el caso de Ecuador, generan una pérdida de credibilidad. Hay que mencionar, en este caso, las excepciones del presidente brasileño Lula da Silva y del mandatario chileno Gabriel Boric, quienes siguen sin reconocer el cuestionado triunfo de Maduro en Venezuela. A Lula, el ex presidente de derecha Jair Bolsonaro, le llenó la avenida Paulista en Sao Paulo, con cientos de miles de adherentes, demostrando que el exmandatario goza aún de buenas adhesiones.
El fin de ciclo progresista sudamericano no tiene solo que ver con la caída de algunos de los gobiernos más representativos, sino de una forma de comprender y ejercer el poder.
Los triunfos electorales de Luis Arce (MAS) en Bolivia, luego de un año de convulsiones durante la presidencia interina de Jeanine Áñez, los del kirchnerista Alberto Fernández en Argentina, diluidos por la llegada arrasadora del libertario Javier Milei. Entretanto, en México el poder sigue siendo de la izquierda. Primero, Andrés Manuel López Obrador y después la continuidad del modelo con Claudia Sheinbaum, a quienes también se los acusa de su silencio en el caso de las elecciones venezolanas y su cuestionada política de “abrazos y no balazos” que ha otorgado mucho más poder a los narco-carteles, que dominan buena parte del territorio mexicano.
El fin de ciclo progresista sudamericano no tiene solo que ver con la caída de algunos de los gobiernos más representativos, sino de una forma de comprender y ejercer el poder. Es muy difícil, hoy en día, hablar de un péndulo entre la derecha y la izquierda en los períodos de gobierno. Más bien se han agudizado la polarización y las posturas más radicales en ambas veredas ideológicas.
Un cambio de paradigma
La situación política sudamericana está en un momento dinámico. El progresismo ya no ocupa el centro de escena mientras surgen nuevos gobiernos que, aunque inestables y provisorios, no parecen ser solo una interrupción temporaria para un progresismo que buscaría, en el corto plazo, retornar. La presencia de líderes conservadores o populistas de centro o de derecha, están complicando cada vez más el discurso de barricada de esa izquierda que se niega a cambiar, porque su objetivo es únicamente tomar el poder y, de alguna manera, “vengarse de sus enemigos”, como se anunciaba en Ecuador si llegaba al poder Luisa González, la “delfina” de Correa,
Sin fuerza para proponer una agenda de cambio o frenar un ciclo conservador, el progresismo aún muestra una capacidad de bloqueo (en las calles, en la legislatura o en otros poderes del estado). Pero sus estrategias están generando efectos implosivos dentro de sus agrupaciones, como son los recientes casos del kirchnerismo en Argentina (donde Axel Kiciloff busca desmarcarse de Cristina Fernández), en Bolivia (donde seguirá siendo inevitable la confrontación entre Arce y Evo Morales) o en Ecuador (donde los jóvenes correístas cuestionan el liderazgo de la vieja guardia encabezada por Correa y su buró político histórico, con muchos de ellos presos o exiliados), que obstaculiza la construcción política incluso dentro de sus propias filas.

La crisis se irradia hacia las periferias de los gobiernos seccionales, en donde los sectores del llamado progresismo tienen muchas dificultades para posicionarse, como son los casos de los alcaldes de Quito (en proceso de revocatoria) y de Guayaquil (acusado por mezclar sus negocios particulares con la gestión municipal) o la prefecta de Pichincha, cuya opaca actuación le impide intentar pasar a ser la carta fuerte del correísmo para la alcaldía de la capital ecuatoriana.
Este fin de ciclo no significa que el progresismo haya perdido su fuerza, pero tendrá que sortear muchas disidencias y conflictos internos para reagruparse.
Existe una corriente de opinión que ofrece otras lecturas. Esta posición se expresa en medios de comunicación que fueron financiados por el progresismo, pero también en debates y expresiones orgánicas de una situación que es vivida como los últimos momentos de una guerra. Esos momentos en los que comandantes hacen fusilar a los propios combatientes (al estilo Correa vs. Verduga o Moralez vs. Arce), la deserción y reacomodo que se encuentran a la orden del día.
Voces encendidas contra los presidentes y expresidentes de esa corriente, acusados o cuestionados, como Morales, Fernández, Petro o Correa, que pueden hacer parecer que esa guerra existe y envuelve a toda la sociedad. Al margen de la polarización no aparecen expresiones políticas nuevas, sino que está cayendo una forma de ver el mundo desde la perspectiva progresista. Son sectores que difícilmente se aliarán con las fuerzas de derecha, a no ser que obtengan suculentos espacios de poder, lo que en el Ecuador se conoce como “camisetazos”.

Si en Venezuela el control de la justicia y la policía secreta fueron un actor omnipresente en la política, en Ecuador y Bolivia la saña por eliminar todo tipo de disidencia interviene especialmente en el campo de las organizaciones sociales. El lenguaje progresista o nacionalista de izquierda con que acompañan sus campañas muestra una faceta deteriorada de un fin de ciclo que, como estrategia electoral, se mantendrá en una especie de chantaje de que lo otro siempre va a ser peor.
Con el avance o radicalización conservadora, el progresismo va perdiendo su espacio, luego de más de una década de gestión poco eficiente. Este fin de ciclo no significa que el progresismo haya perdido su fuerza, pero tendrá que sortear muchas disidencias y conflictos internos para reagruparse. Podría volver en Argentina, no dejar el poder en Bolivia, mientras que, en Brasil, el Partido de los Trabajadores (PT) sigue componiendo gobiernos locales con fuerzas de derecha y habilitando a sectores políticos conservadores en el congreso.
Mucho se critica en el ala progresista esos manejos de Lula da Silva, que parece haber perdido su esencia izquierdista o puede ser parte de su estrategia de supervivencia, luego de pasar algunos años en la cárcel y manteniendo aún sentencias ejecutoriadas en su contra.
El progresismo parece estar en retirada después de haber entregado el comando de la economía a los mercados, autorizando tratados de libre comercio, privatizaciones, ajustes de “austeridad”, recortes en lo social, aceptando la bancarización de la vida y la destrucción de tejidos comunitarios y barriales.
El progresismo se debate por su supervivencia
Para la izquierda es una época para evitar el desplome de formaciones políticas organizadas y liderazgos fuertes, como los de Lula Da Silva, Cristina Fernández y Evo Morales, que seguirán buscando estar en la palestra o el aferrarse al poder de Daniel Ortega y Nicolás Maduro y que en algún momento -nada cercano-, Rafael Correa logre que su candidato/a triunfe o que él mismo regrese.
Se ha abierto un período de transición hacia un nuevo ciclo. Sin embargo, los líderes progresistas, aunque mantienen una presencia importante en las encuestas, no logran la popularidad de antaño, por denuncias de corrupción y su natural desgaste. Con un piso electoral con un techo definido por su voto duro que cada vez es menor, las candidaturas progresistas apuestan a seguir polarizando, pero tienen distanciadas a sus bases y sus alianzas están desarmadas.
Las grandes movilizaciones que propiciaron la llegada del progresismo al poder en muchos países ahora son inexistentes. Muchos de los sectores que, en el pasado, votaron por el progresismo, ya no están más. Y algunas de esas movilizaciones, como las de los derechos indígenas o las reivindicaciones campesinas y obreras han perdido piso. Por el contrario, sólo las posiciones conservadoras nacionalistas parecen haber calado en el imaginario popular, antes cooptado por las fuerzas de izquierda. Como máquina de gestión ya sin Estado, el progresismo se ha visto superado por las luchas.
México, país donde se originó el grupo de Puebla, es el principal protector de delincuentes sentenciados de Ecuador, dando cabida en la misma Embajada de México al exvicepresidente sentenciado por casos de corrupción, Jorge Glas. Incluso dieron asilo a toda una generación de autodenominados políticos inmiscuidos en casos de corrupción al más alto nivel y con sentencias en firme, contradiciendo su propia doctrina (Estrada) de “no intervención en asuntos de otros estados).
Las claves de la crisis del progresismo están en su propio origen. Apareció como una “salida de emergencia” ante la crisis de los sistemas políticos, resultado del agotamiento del proyecto neoliberal.
Surge la reflexión, ¿para qué sirven el Foro de Sao Paulo y el grupo de Puebla?
El grupo de Puebla busca promover políticas progresistas en América Latina e integración de activistas y académicos de los países latinoamericanos y España. Tiene en su nómina 17 países. La última en sumarse al grupo fue Claudia Sheinbaum. Pero, en el caso de muchos países, sin el Estado el progresismo perdió su capacidad de generar clientelismos y populismos en las clases marginales.
Como marcha la situación política en América Latina el progresismo parece que será en poco tiempo cosa del pasado. En Ecuador, donde el correísmo alcanzó incluso una nueva constitución política (Montecristi 2008), el devenir político de su máximo dirigente, Rafael Correa, se saldó con el exilio a manos de su heredero, Lenin Moreno; lo mismo pasó en Perú en diciembre de 2022, cuando la vicepresidente Dina Boluarte participó en la caída del presidente Pedro Castillo.
Esto se vive también en Bolivia, donde el expresidente Evo Morales, máximo dirigente del Movimiento Al Socialismo (MAS), es perseguido por su ayer ministro de economía y actual presidente, Luis Arce. En Argentina ocurrió una situación similar en 2008 cuando el vicepresidente del gobierno de Cristina Kirchner, Julio Cobos, votó en el Congreso contra el establecimiento de retenciones (tributarias) a las ganancias extraordinarias de los soyeros.
Las claves de la crisis del progresismo están en su propio origen. Apareció en muchos países latinoamericanos como una “salida de emergencia” ante la crisis de los sistemas políticos como resultado del agotamiento del proyecto neoliberal y la impugnación planteada por las masas en las calles. El progresismo, al estar caracterizado por los liderazgos personalistas, carece de fuerza orgánica para enfrentar las fracturas entre sus dirigentes. Fracturas costosas, pues marcaron virajes que cambiaron los procesos.
En países como Argentina, Chile y Brasil no son las disputas entre sus dirigentes, sino las derrotas electorales. En las recientes elecciones regionales tanto el Partido de los Trabajadores de Lula como la alianza de partidos (Chile contigo mucho mejor) de Boric sufrieron derrotas. En Argentina el kirchnerismo fue derrotado en las presidenciales. No se duda que en algunos de estos países surjan fuertes liderazgos de derecha como el de Kast en Chile o nuevamente Bolsonaro en Brasil.
