jueves, noviembre 5, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Predecir

¿Podemos preguntarnos cómo sentimos las palabras? Ciertamente, sí: esta pregunta nos conecta con nuestra inteligencia emocional y con el lenguaje y su impacto en nuestro cuerpo y en nuestra mente.

Aunque tengamos siempre la estupenda posibilidad de cotejar inquietudes idiomáticas, dudas, preocupaciones, inseguridades, tomando el grueso volumen de nuestro Diccionario panhispánico de dudas, abriéndolo, como antes hacíamos con el precioso volumen  de don Manuel Seco, académico de la Real Española, a quien tuve el honor de conocer en Madrid, cuya obra en dos grandes volúmenes se  titula Diccionario del español actual, el cual contó con otros  autores, además del propio don Manuel: doña Olimpia Andrés ‘la mujer que fotografía el idioma español’ como dice de ella su biografía, y don Gabino Ramos, también autor del  Diccionario fraseológico documentado del español actual: locuciones y modismos españoles, al día de hoy nuestras preocupaciones idiomáticas se solventan muy fácilmente gracias a la IA. Pero, ¡cuidado!: Antes tiene que manifestarse en nosotros esa preocupación, casi a manera de urgencia por entender y explicarnos mejor; tenemos que intuir, y he aquí su definición y sus sinónimos registrados en nuestro diccionario general ya en la red-: “Percibir íntima e instantáneamente una idea o verdad, tal como si se la tuviera a la vista”; el DLE además, añade para intuir un  ejemplo que, en principio, nos parece,  no tanto inentendible cuanto inaceptable: El entendimiento no puede intuir nada.

Pero, ¿es esto verdad? Debe serlo, aunque ya no podamos damos por satisfechos con esta fe a ultranza. Para saber si la intuición tiene algo que ver con nuestro afán de claridad y la consiguiente capacidad de duda, nos preguntamos a cuál de las facultades de la mente humana debemos acudir. Pues bien, a ninguna: Según el gran filósofo alemán Emanuel Kant, de quien se contaba que al verlo salir de su casa, los habitantes de Konisberg ponían en hora sus propios relojes, tal era la confianza en la puntualidad del filósofo, según él, decíamos, el intuir no exige intervención de nuestro entendimiento. Intuir significa ‘percibir íntima e instantáneamente una idea o verdad, tal como si se la tuviera a la vista’. La intuición humana no pide razonamiento ni palabra: es la manera en la que un objeto se nos presenta y nos afecta. El entendimiento, esa “potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga e induce y deduce otras de las que ya conoce”, según expone nuestro diccionario general, ‘razona, pide palabra, pero no intuye’. La intuición es parte de nuestra sensibilidad…

Así, ¿podemos preguntarnos cómo sentimos las palabras? Ciertamente, sí: esta pregunta nos conecta con nuestra inteligencia emocional y con el lenguaje y su impacto en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Las palabras no son solo sonidos o letras: nos afectan física, emocional y dialógicamente: resuenan en los demás… Tengo la certeza de que las palabras gracias a las cuales pensamos, las que elegimos para decir lo que anhelamos decir, las que rechazamos, a menudo, solo intuitivamente, pero con el corazón,  y otras muchas veces porque no condicen con nuestros verdaderos sentimientos o, si lo hacen, preferimos dejarlas de lado, como nos oponemos a esos pensamientos que no reflejan lo que somos o no responden a lo que queremos mostrar de nosotros, tengo la certeza, decía, de que las palabras vienen a nuestro entendimiento sin querer estorbarnos, buscándonos en la frase aún incompleta, llamándonos a pensar en ella, en ellas, y a servirnos para llegar…

Ellas, nuestras palabras, saben: están, pero tienen que aparecer, que llamarnos, que hacerse presentes  antes de que decidamos qué queremos hacer con ellas, cómo y a quién y para qué queremos emplearlas: vaya aquí esta intuición mía, que pertenece a mi sensibilidad, no a mi entendimiento.

Es posible que usted disienta, para eso es un lector, un buen lector.  En lo que digo, usted puede presentir, entrever,  sospechar,  vislumbrar,  barruntar,  adivinar,  columbrar,  captar,  y hasta ese horrible, pero frecuente cachar. Presienta y hasta disienta cuanto quiera, pero busque y trate de comprobar, de emplear y de decir.

Ahora, vamos a la inquietud que ciertas palabras suscitaron en mí, antes de esta introducción en la que no había pensado. He ido tomando nota de ellas para enriquecer mi vida y, en algún sentido, también la suya, desde aquí.

Transaccionar; me molestó leerla; pensé, por ejemplo, en transar, pero comprobé que transaccionar ya se encuentra en nuestro DLE, que la define así: ‘En el ámbito político, y especialmente en el parlamentario, negociar, convenir algo’. No trae sinónimos, y yo vuelvo a  transar, término más antiguo y genuino,  cuya definición dice: Transigir, ceder, llegar a una transacción o acuerdo. Mi intuición al respecto funcionó: el feo vocablo transaccionar no se encuentra en  la decimonovena edición de nuestro diccionario de la lengua española, la de 1970; solo ingresó a nuestro DLE a partir de la 23.ª edición, la de octubre de 2014. Sigue presente en las ediciones siguientes, sin que sea evidente su utilidad. Veamos un ejemplo tomado de El País: El bloqueo a La Habana no ha sido el único tema conflictivo en el que se ha transaccionado hasta la última coma. Sin ninguna duda, habría sido mucho mejor …en el que se ha transado. 

Veamos ahora, una frase con la que convendremos todos: Los testimonios de las familias y de los supervivientes serán el ancla para no olvidar en ningún momento las dimensiones de este drama humano. Pues bien, lo ‘normal’, no lo correcto, habría sido encontrarnos con ‘de este drama humanitario’. He luchado contra la frecuentísima torpeza de usar humanitario por humano, y he escrito varios artículos para disuadir a mis lectores de emplearlo en el sentido que, no por común, es correcto. Leemos a diario: drama humanitario, tragedia humanitaria: Penosa decisión humanitaria la de impedir la entrada de alimentos a Gaza,  cuando debió escribirse Penosa decisión humana, horrible tragedia humana…  Lo humanitario  ‘mira o se refiere al bien del género humano’… Ninguna tragedia, ningún mal es humanitario aunque será, ciertamente, humano…  Es más, yo les  diría que toda decisión que tiene que ver con el ser humano tiene que ser una decisión o disposición humana, plenamente humana y también humanitaria, pues tiene que ser buena para todos, pero nunca una tragedia, una pena, una desgracia  será humanitaria, aunque hubiera muerto cualquiera de los políticos cuya verborrea y sinsentido sacude al mundo y nos abruma…  Sobre el actor Omar Sy o el futbolista Nicolas Anelka―, los vecinos se preguntan: ¿cuánto odio tiene que albergar una persona para disparar ocho veces a una niña solo por el color de su piel? Y me digo: ¡Dios santo!, esta pregunta no es pregunta, es una convicción plenamente humanitaria;  el odio nunca será humanitario, sino desgraciadamente, humano. Pero el amor, siempre, siempre será humano y es más: por ser humano, será, a la vez, humanitario.

Leamos: Pero la duda de casi todos era siempre la misma: votar por o contra Netanyahu. Kanigel ha votado a Los Demócratas y sueña con que Netanyahu deje el cargo y termine en la cárcel por los casos de corrupción que tiene pendientes.

En el español del Ecuador no decimos votar a, sino votar a favor de o votar por… Votar a Netanyahu habríamos deseado, tirarlo por la borda, como lo piden nuestra sensibilidad y el clamor de todos los que han sufrido su espantosa ansia de poder.

En Jerusalén, Edén llega a su colegio electoral en el barrio de Rehavia sin saber a quién votar: “Aún dudo”… También en esta duda de Edén,  votar a está más cerca de mandar al cuerno a Netanyahu que de estar a su favor.

Trump y Netanyahu… Netanyahu y Trump. Mis sentimientos, mi pena, mi indignación, como los de tanta gente buena o que anhela serlo,  solo dan para desear lo mejor para todos, lo cual, sin duda, en ningún caso beneficiará a los enloquecidos por el poder…

 

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