miércoles, septiembre 16, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

De la trágica equivocación en que vivimos

Ecuador sufre desde hace años una auténtica paralización educativa, mental más bien, de la cual el facilismo y la comodidad en que vive o pretende vivir mucha de nuestra gente ‘bien’, destruyen el valor del esfuerzo y rompen la posibilidad de toda iniciativa profunda, exigente.

Quería contar la historia de una equivocación, y comienzo mi artículo con este poema que, aunque usted ya lo conozca,  volverá a emocionarle al releerlo, como a mí, al recopiarlo…: Se equivocó la paloma. / Se equivocaba./ Por ir al Norte, fue al Sur. / Creyó que el trigo era agua. // Creyó que el mar era el cielo; /  que la noche, la mañana. / // Que las estrellas,  rocío;/ que la calor, la nevada.  // Que tu falda era tu blusa; / que tu corazón su casa. / Se equivocaba. // (Ella se durmió en la orilla. / Tú, en la cumbre de una rama.)

En el colegio franco-ecuatoriano La Condamine se graduaron mis hijos y  en él, muy pronto, se graduará  también, y con honores, uno de nuestros dos nietos varones, orgullosos de su querido, sacrificado y  bello país, este Ecuador del alma. Contaré, al respecto, una breve  anécdota, protagonizada por Pedro José, nuestro primogénito. Tendría entonces cuatro o cinco años,  y se anunciaba la ceremonia de premiación de los alumnos en el antiguo Teatro Fénix, el de la Seis de Diciembre. En espera aún, un mediodía, PJosé  llegó y me contó: Mamita, el sábado será la premiación de los niños, pero yo no voy a tener ningún premio. Como me repitió  varios días seguidos su preocupación, acudí al Colegio, hablé con la profesora de pre-kinder y le conté de la triste presunción del pequeño. Ella me tranquilizó con su respuesta inteligente: —Doña Susana, no se preocupe: ¡todos los niños tienen  premios!

Llegado el sábado, y relativamente tranquilo PJosé, situados ante el escenario del teatro repleto de funcionarios de la Embajada Francesa liderados por el embajador de Francia en Ecuador, así como por las autoridades de nuestro Ministerio de Educación, comenzó la ceremonia solemne. Poníamos en ella toda nuestra atención y, luego de los discursos de rigor, empezó la llamada a los niños. Oímos la primera:  Premio de Excelencia en Francés y en Español, Pedro José Espinosa.

El niño se levantó disparado, subió al escenario, recibió el premio de manos del Embajador,  cuya sonrisa conservo aún en una bella foto del momento, pero, no contento con este saludo, se acercó a cada uno de  los personajes que colmaban el escenario y les dio la mano, antes de bajar, feliz e incrédulo, a su puesto. El abuelo Pepito, conocido y querido médico cuencano radicado en Quito, que nos había acompañado, le regaló después, orgulloso, una pistola que disparaba pelotas…, pero PJosé, el lunes siguiente, mientras le ayudaba a vestirse, me dijo con convicción: —Mami, ¿sabes por qué me dieron el premio de excelencia? Porque la profesora se equivocó

No intentamos convencerle de lo contrario, y, con el paso de la vida, creo que hicimos bien, pues nada es tan sano para una persona como tener claro el sentido de sus propios límites. ¿Cómo agradecer suficientemente  al Liceo Franco-Ecuatoriano La Condamine (Lycée franco-équatorien La Condamine) colegio excepcional, mimado del Gobierno francés, en el que este año se gradúa con honores uno de nuestros nietos? Confiamos en que nunca deje de posibilitar a sus alumnos la doble titulación y que les exija siempre más, pues la gran tragedia de nuestra educación ecuatoriana es, precisamente, la mínima exigencia requerida a sus alumnos Y A SUS PROFESORES…  Estos últimos, hay que decirlo en voz muy alta, recibieron mediana, si no nula formación universitaria en Pedagogía y en las materias con ella relacionadas. Con raras excepciones, que las hay, aun los titulados —muchos no lo son, pues no siempre se requiere el título para ejercer el profesorado— sufrieron,  en su propia experiencia de estudiantes, de una medianía aplastante, y la insignificancia de tal educación abrió para ellos el oscuro placer de la mediocridad. Normalmente, en buenos colegios, los chicos pueden salir habiendo aprendido al menos tres lenguas: español, inglés, francés  o alemán… ¿Aprenden, aprendieron, aprenderán  a valorar el vigor de nuestra propia lengua?

¡Hay, al respecto, entre nosotros, tantas razones para la desesperanza!  Quienes se educan en colegios ‘buenos’ no son los que más lo necesitan, pues ya desde su casa pueden tener inicios positivos, aprendizajes, inquietudes. Nuestros  gobernantes, nuestras autoridades educativas, nuestros estudiantes universitarios, ¿se han detenido a pensar en que, precisamente, los niños menos aventajados económicamente, los pertenecientes a clases populares, aquellos para quienes se crearon, por ejemplo, los colegios normales, que luego, como tantas de nuestras felicidades, fueron abolidos, entre ellos, los niños campesinos son los que más necesitan de los mejores maestros, los más conscientes y enamorados de su labor?…

¿Hay esta clase de maestros? Sin duda, los hay. Debe de haberlos.

Sé, por mi experiencia como catedrática en la PUCE, por los cursos  de los sábados alternos en la Católica de Guayaquil y luego, por los años en que trabajé en la Universidad de Otavalo, que no basta con que el maestro conozca y prepare, antes de cada clase, la materia que dicta; que quien enseña debe tener un bagaje general nutrido del deseo profundo, inagotable,  de aprender, de contagiar a sus estudiantes el ansia de saber, especie de nobleza espiritual que aspira a darlo todo para formar el alma de quien no merece nada más importante que educarse, única posibilidad que, cumplida,  le ayudará a vivir humanamente, en sentido material y espiritual.

Me viene a la mente, a veces, la tristísima convicción de que el ser humano no está hecho para el bien. Sobran modelos horribles: Netanyahu, Trump, todos los que se les parecen en ambición, orgullo y capacidad de mentir. ¡Hay  tantos y tantos, están entre nosotros y quizá a menor distancia de la que imaginamos!

Pero están también en nuestra historia occidental otros maestros: pienso en el ejemplo de enseñanza viva de Cristo, en su madre, de la que conocemos tan poco, y a la que vimos en el filme hermoso y duro de Passolini, El evangelio según san Mateo, representada por la madre del trágico gran director; ella, en el camino de Cristo hacia la Cruz, mostraba a los cuarenta y dos años, edad que debía tener cuando Jesús fue crucificado, la boca desdentada y sumida. Los discípulos no siguieron al Maestro por miedo, y  desparramados  se escondían, salvo Juan, el ‘discípulo amado’; Cireneo, sin haber sido uno de sus seguidores, ayudó a Cristo a cargar la cruz en el camino del Calvario. Más tarde,  la Magdalena, una mujer,  será el primer ser humano que asistió a su resurrección… …Todos, maestros del bien, de la bondad, de la búsqueda.

Volvamos a la actualidad: eran los primeros  años del 2020. Ya se había propagado el uso del teléfono celular y los alumnos lo llevaban a todas partes, bebían de él, literalmente;  no se sentían, y menos  se sienten hoy, capaces de vivir sin él.

He aquí un párrafo tomado de  la página de opinión del diario Expreso; lamento no tener el nombre de quien lo escribió:

Los resultados de PISA no nos piden otra iniciativa más acotada y de corto plazo. Nos exigen una decisión política, dejar de gestionar el estancamiento y convertir la transformación de la educación en la primera prioridad nacional”.

Que lo lean y oigan nuestros educadores y nuestro Ministerio de Educación, y nuestros maestros, ¡nuestros maestros!

La educación cuenta: tiene que contar, tiene que ser lo más importante, ya no solo en la vida de nuestros niños y jóvenes, sino en la nuestra, pues ¿cuándo, si ejercemos nuestra lucidez, no aprendemos?

¿Tuvimos en Ecuador planes para reactivar la educación luego de la pandemia, que ahora es el gran pretexto que permite disculpar, no explicar,  nuestro antiguo y desolador y panorama educativo? Catedráticos de universidades al topar con la ignorancia, el desentendimiento y desinterés de los que saben que es imposible salir completamente, descienden, para enseñar, a lo más elemental de la materia que les corresponde. En más casos de los que imaginamos, escuelas y colegios son urgidos por exigencia de los padres a aprobar al estudiante… y aquí, otro viejo recuerdo que viene muy al caso:  En una escuela y colegio quiteño prestigioso, el profesor, de cuyo afán de enseñar doy fe, fue llamado a la secretaría, donde se le preguntó, a manera de reclamo, cómo era posible que el niño tal tuviera una nota tan baja. El profesor explicó la circunstancia del muchacho, su mínimo interés por aprender, su desapego absoluto de todo lo que fuese esforzarse, y recibió este argumento de parte de la rectora: —No te olvides de que aquí los niños pagan, y bien…

Ecuador sufre desde hace años una auténtica paralización educativa, mental más bien, de la cual el facilismo y la comodidad en que vive o pretende vivir mucha de nuestra gente ‘bien’, destruyen el valor del esfuerzo y rompen la posibilidad de toda iniciativa profunda, exigente. Así, detenidos, acostumbrados a la medianía  en el tiempo más importante del camino de cada ser humano, ¿a dónde alcanzaremos a llegar?…

Dejemos por hoy el tema, que ha de seguir requiriéndonos siempre.

 

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias