miércoles, febrero 11, 2026
Ideas
Diego Ordóñez

Diego Ordóñez

Abogado, ex secretario de Seguridad del Estado

Un lucero del pasado

Wilfrido Lucero fue parte de una generación cuyos herederos fueron desplazados por la sinrazón y el populismo. Los partidos políticos fueron destrozados y reemplazados por movimientos, entre que son pandillas o empresas electorales.

Fue en el salón de los presidentes de la ahora Asamblea, en la que, salvo un par de excepciones, cuelgan retratos de ilustres políticos que dirigieron lo que fue el Congreso Nacional. Reconocibles en sus circunstancias y lo que fue la política. Provoca una profunda añoranza, combinada con despecho de aquellos tiempos, complejos, conflictivos; pero de actores ilustrados (hubo excepciones), de convicciones, de ideas. Contraste con la recua de mentes borreguiles, de babosos oportunistas, bufones de feria, de muñecas cinceladas a punta de bisturí a las que no les alcanzó un makeup neuronal.

En ese salón se rindió un homenaje a Wilfrido Lucero Bolaños, que tuvo una larga y lúcida carrera como diputado y presidente del Congreso en varias ocasiones. Nada de lo que se dijo en exaltación de su nombre fue exagerado. No se dijo, pero situado en la época que fue denostada como “partidocracia”, Lucero sirve de arquetipo de quienes hicieron política en esa época. Cuando hubo partidos políticos; cuando hubo muchos cuadros de gente ilustre en espacios de ejercicio de poder; cuando era un privilegio escuchar piezas de oratoria sesudas, conceptuales o improvisadas. Por excepción algún mediocre se filtraba en el medio, por excepción. En los tiempos que corren —desde cuando la revolución corrupta sacó de la alcantarilla a una ralea de obsecuentes sin talla intelectual y menos moral, a los momentos de “el nuevo Ecuador” de los imberbes, de los reciclados de la revolución corrupta, todos o casi todos amarrados por el oportunismo, la sumisión, la incapacidad retórica y la impudicia—, la excepción de convirtió en regla.

Ortega y Gasset hablaba del hombre masa. No referido al hombre pobre sin educación; sino del educado que decide ser un ignorante orgulloso convertido en “guerrero digital”. Las redes sociales, la nueva plaza pública, han reemplazado los cenáculos ilustrados en donde de fraguaba un debate potente, áspero, por iluminado de ideas. Sirven las frases de impacto; los post a los contenidos, la irracionalidad a la racionalidad. Los partidos a la ignorancia organizada. Son necesarios ineptos envalentonados, sin formación, sin virtudes de hombres y mujeres para destacar en la lucidez, solo hace falta viralizar la torpeza.

Lucero fue parte de una generación cuyos herederos fueron desplazados por la sinrazón y el populismo. Los partidos políticos fueron destrozados y reemplazados por movimientos, entre que son pandillas o empresas electorales. El país ha quedado sin cuadros políticos que forjen el destino de país con ideas, con convicciones, con coraje e integridad.

El homenaje a Lucero hace recordar a esos personajes que, con defectos y errores, pero con ideas en sus neuronas, hacían que la política tenga algo de esencia: Osvaldo Hurtado, Rodrigo Borja, Julio C. Trujillo, Andrés Vallejo, Raúl Baca, Alexandra Vela, Heinz Moeller, Blasco Peñaherrera, Ricardo Noboa, Marco Proaño, Vladimiro Álvarez, y tantos otros que caben en esta lista. Hubo cenicerazos, porque el lumpen existe en la sociedad y la política, hubo broncas como parte del folklore congresil; pero más hubo en cantidad y calidad en la concurrencia en espacios de poder nacional y local de prestantes políticos y de organizaciones políticas. No eran tiempos de la banalidad y levedad de las redes sociales. Se hacía militancia, había debate, había política, como ejercicio de contradicción y de convergencias. Incluso los más deplorables momentos del pasado son superiores a los que hemos vivido en la práctica parlamentaria de estos últimos 19 años.

Este deterioro horrible de la calidad de quienes ejercen puestos de elección y designación también a llegado a la prensa: de iconos como Rafael Guerrero, Gonzalo Rosero, Diego Oquendo, Alfonso Espinoza y muchos más, hemos descendido a las alcantarillas de los socios, voceros de narcos; o silenciados o acomodados por pauta y amiguismo. Tanto en la política como en el periodismo, sin duda, caben excepciones (Hernández, Calderón, Pallares, Aguilar, Ma. Sol Borja, Thalía Flores y otros) pero como en el pasado la virtud era la norma y la mediocridad la excepción, en los tiempos que decurren, es a la inversa.

En el homenaje a Wilfrido, un asambleísta, Pablo Jurado, hizo una reflexión e invocación pertinente al contraste de personajes como los que ocupan curules y ministerios; y aquellos que lo hicieron en el pasado. Ojalá, dijo, tuviéramos la suerte de que esa calidad de políticos tuviese cabida en el presente; porque hay ciudadanos de méritos que se abstraen de la vida pública por no embarrar su reputación.

Lo veo difícil: en la época de la partidocracia tuvimos fiscales de excepción: Edmundo Durán, Fernando Casares, Roberto Gómez. Ninguno de ellos afiliados u obedientes del poder político. ¿Cuál de ellos habría sido electo en un concurso en el que los calificadores no sirven ni para contratar un conserje? Con este ejemplo, para confirmar que el camino de derruir más la calidad de quienes ocupan cargos públicos es la consigna del poder para tenerlos en el bolsillo.

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