Melissa Hamuli, de 30 años, ha venido caminando desde su casa hasta el centro ortopédico Shirika la Umoja para personas inválidas, sobre todo para quienes sufren de dificultades graves para caminar, en Goma, (República Democrática del Congo).
La cercanía a Ruanda, dice, nos recuerda la importancia de mantenernos juntas. Ruanda, que ha sufrido y sigue sufriendo tanto…
Ella tuvo que esperar a que se modificaran sus propias órtesis, pues Melissa Hamuli es sobreviviente de un bombardeo que le paralizó las piernas y le dejó múltiples cicatrices. Tras haber recibido dichas prótesis, celebró su nueva posesión como una niña, mirando, admirando, estirando y tocando, casi con amor, sus nuevas piernas: “Gracias a esto, ahora podré ir y venir de casa” comentaba, feliz de volver cada día al centro ortopédico a ayudar a cuantos la necesitan, porque ella lleva adelante dicha ayuda.
“Esto” son las prótesis que, sujetas en el contorno de sus muslos bajan hasta los zapatos en los cuales cada día, en su casa, afianza sus “pies”… Así puede caminar para llegar al citado centro ortopédico y ayudar a quienes ¡ay, tan frecuentemente! acuden a él. Esta es la normalidad de Melissa Hamuli. Y la celebra ayudando, como la más válida forma de agradecer.
Esta actitud suya es, por supuesto, plenamente humanitaria: ella hace el bien a quien puede, sin esperar otra recompensa que el gozo, la alegría de dar. Pero la situación de su país, el Congo, no es, precisamente, humanitaria, como no lo es, tampoco, tanto de lo que nosotros, en nuestro Ecuador, vivimos.
Ya en 1899, el Estado Libre del Congo, colonizado y devastado en su calidad de “propiedad privada” del rey Leopoldo II de
Bélgica (¡!) fue protagonista de la genial novela El corazón de las tinieblas, del polaco Joseph Conrad sobre el colonialismo, el choque de culturas, el racismo y la terrible rapacidad y violencia que es capaz de generar, so capa de bien, la ambición humana. ¡Si Conrad despertara hoy, quizá no vería, por desgracia, algo muy distinto!
Ahora son atroces muchas situaciones humanas, tan a menudo y para tantos habitantes de diversas naciones. Si volvemos al Congo, sabemos lo que ocurría y ocurre aún en minas de diamantes y de coltán —por primera vez escribo esta palabra que nuestro diccionario general define como “mineral compuesto de columbita y tantalita, del que se extrae tántalo para la fabricación de dispositivos electrónicos”—. En cuanto a los diamantes, fueron a buscarlos y explotarlos, y siguen yendo los poderosos que aún usan a los nativos en el trabajo duro y cruel de extracción, entre ellos, a cientos de niños.
Cada necesidad humana, cada nuevo invento o nuevos logros, cada sueño y también cada frivolidad nuestra pueden cobrar, lenta, pero eficazmente, miles de vidas.
También nuestro propio país, también nosotros, Ecuador, sufrimos exacciones, conflictos, y desazones. Experimentamos “una sensación creciente de amenaza”. Cuanto ocurre nos toca, sobredimensionado por los medios de comunicación y nos abruman la multiplicación de conflictos bélicos, la de catástrofes humanas, no catástrofes humanitarias, pues ningún desastre es humanitario. ¿Pueden, acaso, serlo el genocidio gazatí, la guerra de Putin por dominar Ucrania?… ¿La invasión de Venezuela? ¿Las incesantes noticias propias, de incomunicación, falsedades, robos, crímenes, farsas y fracasos?
Genocidio, guerra, asaltos son humanos porque responden al egoísmo, la astucia, la mentira; a cuanto de malo, negativo y sucio los seres humanos podemos desplegar, como quien no hace nada o aún peor, como quien hace el bien, pues en nuestra naturaleza se halla la capacidad de mentir y mentirnos. Si “humano” es todo lo que concierne a nuestra condición, tanto el bien como el mal, “humanitario”, sepamos y empleémoslo con propiedad, significa “lo que mira o se refiere al bien del género humano”. Son sus sinónimos filántropo, altruista, solidario, humano, filantrópico, bienhechor, benefactor.
Es humanitaria la labor de concienciarnos, la de educarnos, la de dar con las palabras que digan lo que anhelamos decir, porque usarlas mal es la base del equívoco en que tan a menudo vivimos placenteramente, sin preguntas.
Hoy y aquí, por fin con algo de lluvia durante este tiempo que debería ser el de nuestro invierno, me tengo a mí misma alarmada, dolida: ¡Venezuela, ese país que un día fue de tantos, en el que César Dávila Andrade eligió vivir, escribir y morir; ese país enorme, rico, bueno, que recibió con los brazos abiertos durante tantos años a miles de emigrantes, pero expulsó también a miles de sus hijos en un éxodo sin otra meta que la supervivencia!
Ellos, sin un ápice de satisfacción personal ni social, ni política, sin contar con hechos, con explicaciones a los que acudir, no como consuelo momentáneo sino como certeza válida y alimento íntimo, tuvieron que olvidar la tranquilidad, ese ápice al que tienden ¡ay, tan sin esperanza!, los valores personales y sociales. El sosiego, la quietud y la serenidad se construyen desde el pasado y son origen de la paz, nuestro íntimo sustento, esa paz que ha de ser como el pan que nos nutre cada día; no ya solo como la hogaza, palanqueta de pan blanco larga y estrecha, o como el añorado mestizo cuencano, sino el pan del trabajo, la comunicación y la presencia, el de la buena noticia ese pan irrenunciable, que debería ser para todos, pero…
¿Qué podemos hacer? ¿Callar e ir a lo nuestro en este mundo tan poco humanitario, tan inhumano?
Me rondan la ira, el desasosiego, la indignación y el miedo. Me rondan, ¿a dónde vamos? ¿Hacia qué?
