viernes, mayo 1, 2026

(Una biografía de Dios) Exordio: memoria de las abominables herejías

La metamorfosis divina es el título original que presentamos a nuestros lectores. Este ensayo de José Murgueytio, sociólogo, filósofo y catedrático, trata sobre la manera en que Dios ha sido concebido por filósofos y teólogos desde la Antigüedad Clásica a la Modernidad.  Este libro será entregado por capítulos, en una nueva oferta decimonónica de este medio para aportar a la reflexión y al conocimiento. En este capítulo: Exordio: memoria de las abominables herejías.

Por: José Murgueytio Martínez

En la penumbra donde me sumerjo evoco a Clara María. Me imagino abrazándola mientras observamos alejarse en la ventisca a los hijos que no tuvimos. La vida me propuso un camino sin ella y yo no me resistí.

Un viaje solo y a tierra de nadie es el que me ha sido dado transitar a lo largo de estas décadas convulsas y de barbaries. Se lo debo a mi afición a la filosofía, que empezó temprano, cuando era niño, tras ser inscrito por mi padre en la Yeshivá de Ámsterdam, donde perfeccioné mi aprendizaje del hebreo y el castellano y estudié el Tanaj, el Talmud y la Cábala. Como resultado hice una traducción de la Torah al neerlandés y escribí un texto de gramática hebrea.

V

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Mi padre quería darme la mejor educación y al mismo tiempo reafirmar el vínculo hogareño con la sinagoga holandesa, sin dejar de ser benefactor de la portuguesa de Vidigueira, donde había nacido. La Yeshivá vivía su época dorada gracias a las clases del rabino Saul Levi Morteira, a quien la comunidad había traído desde Venecia para que apoyara el fortalecimiento de la identidad judía y la preservación, a través de una formación sólida y abierta, de las armoniosas relaciones con los protestantes holandeses, a quienes nos unía la reverenciada fidelidad a la Torah y la enemistad hacia la corona hispánica, en nuestro caso por la persecución inquisitorial contra los sefarditas y en el suyo porque las Provincias Unidas se encontraban en guerra contra el Reino español, que a partir de Felipe II había erosionado la autonomía que les concediera su antecesor y reforzado el hostigamiento a luteranos y calvinistas, siguiendo el espíritu de Contrarreforma del Concilio de Trento.

Simpatizante del diálogo con los cristianos, Levi Morteira era versado en filosofía y patrística, no recitaba la Escritura ni obligaba a hacerlo. Procuraba que la enseñanza estuviera conducida por el juicio e intentaba hallar un sentido alegórico, no siempre logrado, a las expresiones bíblicas cuestionadas por el chispeante juicio de los alumnos. Se reconocía, en esta norma pedagógica, como seguidor del rabino Maimónides, cuya Guía de los perplejos nos fue presentada. A su lectura debo el haber diferenciado fe y razón y el despertar de mi interés hacia la filosofía que se incrementará, tiempo después, merced a la presencia siempre esquiva de René Descartes en Holanda, que alborotó el mundo intelectual, me incentivó a estudiar su obra y elaborar mi propia comprensión de la misma.

El suceso que atestigüé siendo adolescente me reveló, de la peor manera, hasta dónde la sinagoga y asquenazíes cultos como Morteira estaban dispuestos a admitir las interpelaciones a las fórmulas dogmáticas y me convenció de que no irían más lejos de valorar el raciocinio, por denso de argumento, como sirviente de la fe. Tuvo por protagonista a un pariente de mi madre: Uriel da Costa, judío portugués que emigrara a Ámsterdam hace varios decenios buscando reconvertirse a la fe hebrea y ante la imposibilidad de vivirla a plenitud en su tierra natal. Pero en Holanda tampoco lo consiguió, ahora por una razón íntima: porque fue desertando de sus reestrenadas convicciones y prácticas en cuanto las observaba y analizaba bajo su luz. De estas cavilaciones saldrá su cuestionamiento a la divinidad de la ley mosaica a la cual presentó como un invento en conflicto con la ley natural; su oposición a la idea de inmortalidad del alma y su reproche a esa forma predominante de concebir a Dios asignándole conductas y afectos humanos como si fuesen cualidades deíficas. El lector de esta memoria podrá entrever en esas críticas admirables, rudimentos de mi visión unitaria del cuerpo y la mente y de mi exhortación a separar la filosofía de la teología.

Estimulado por el ambiente de libertades, Uriel consideró un deber de conciencia comunicar sus opiniones por escrito. A poco de publicar su opúsculo contrario a la inmortalidad, fue arrestado, expulsado de la sinagoga y desposeído de sus libros. Su casa fue apedreada, se impidió su matrimonio y se bloquearon sus posesiones. No corrió mejor suerte en Hamburgo. Aislado de la comunidad y de su familia, sintiendo el peso de los años y el acoso de las penurias económicas, pidió ser readmitido en la sinagoga a sabiendas de que implicaba arrepentirse públicamente de los criterios que tanto le había costado defender. Es lo que hizo, sobreponiéndose a su propia ignominia, durante el acto de linchamiento organizado por los parnassim. Aún recuerdo su rostro que traslucía un abisal desconsuelo, su voz monótona y apagada pronunciando el texto de abjuración que le entregaron para que lo leyera como propio y su mirada perdida al recibir, sin queja, los treinta y nueve azotes que el cantor de la sinagoga le propinaba en su espalda mientras la muchedumbre glorificaba el espectáculo entonando salmodias. Sentí una indignación como solo otra vez volvería a experimentar. Luego del ominoso acontecimiento, Uriel se retrajo en contar la historia de su atormentada existencia y en casa no volvimos a saber de él hasta cuando llegó la triste noticia de su suicidio.

Despojarme del grotesco engreimiento fue un alivio de peso y tuvo un significado liberador. Lo conseguí en la escuela de Frans Van den Enden en la que me inscribí, a los dieciocho, para aprender latín, matemáticas y otras materias.

A raíz del hecho me impuse examinar el sentido de pertenencia a la comunidad hebrea. Una adhesión que acarrea el sometimiento acrítico a los arbitrios del supremo consejo y el comportamiento arrebañado, solo podría ser aceptada circunstancialmente, si expresara una respuesta de sobrevivencia a la implacable persecución y al desarraigo por lealtad a las creencias religiosas, de donde se sigue la obligación de revisarla en cuanto estas condiciones mermaran, como ocurriera hace poco en la Holanda republicana, si hemos de encontrar en sí misma indeseable la tiranía sobre el pensamiento y la subyugación ante esta. En cambio, carece de cimiento racional una fraternidad cohesionada sobre la convicción de pertenencia al pueblo escogido por Dios en razón de la templanza e inteligencia de su gente, cuando estos son dones repartidos en el género humano.

Despojarme del grotesco engreimiento fue un alivio de peso y tuvo un significado liberador. Lo conseguí en la escuela de Frans Van den Enden en la que me inscribí, a los dieciocho, para aprender latín, matemáticas y otras materias. Van den Enden había virado de jesuita a librepensador, era políglota, erudito y opuesto a la monarquía, propiciaba el debate y su biblioteca atraía la visita de intelectuales con quienes trabé amistad, entre ellos algunos protestantes cuya entereza en defender la libertad personal de interpretar la Escritura sería un estímulo invaluable cuando volví sobre el Tanaj poco antes de redactar mi Tratado teológico – político. La inteligencia y hermosura de Clara Van den Eden, monitora de la clase de latín, crearon el sortilegio en una atmósfera y unos años intactos en el recuerdo.

Por entonces mis reflexiones se habían centrado en el contenido de la idea de Dios, una vez reconocido lo erróneo de la representación religiosa y llegado a la certeza del imposible norte en las revelaciones proféticas. Por la lectura de antiguos pensadores que la fortuna puso a mi alcance en la escuela de Van den Eden, supe que era una búsqueda con historia y comprendí que el método adecuado para ir a Dios es el escrutinio filosófico de la propia naturaleza. Los escritos de Giordano Bruno me persuadieron, por su parte, de que la inteligencia prolifera en los mundos celestes y cuando conocí a Juan de Prado, médico andaluz que me acompañaría en largas y fructuosas conversaciones, pude relacionar la difusión cósmica del pensamiento con el orden de la naturaleza del que hablaba Lucrecio Caro y al cual la física de estos años ha dado una connotación precisa.

Llevado del entusiasmo por mis hallazgos y deseoso de que otros hombres analizaran los móviles de la servil obediencia a los dogmas, empecé a hacer públicas mis críticas apoyándome en el creciente distanciamiento con el espíritu de tribu y su liturgia, que la asimilación del modo filosófico de pensar había tornado inevitable. Ninguna demostración, por lógica que fuese, estaban dispuestos a admitir los sumos sacerdotes si no concordaba con la Escritura, a la que tenían por verídica e infalible en la letra a causa de su origen divino, con lo cual establecían como inicio lo que debía provenir del severo y desapasionado examen. Fui amonestado tantas veces cuantas expresé opiniones de esta índole y la animadversión hacia ellas fue creciendo.

Aunque mi padre jamás me aconsejara silenciar mis pensamientos acogiendo los reiterados pedidos que le encarecían hacerlo, porque la exhortación habría implicado renunciar a la norma inculcada por él de separar lo verdadero de lo falso y conducirse según lo primero, yo sentía sus íntimos resquemores y tribulaciones. Decidí, entonces, aplazar mi definitiva separación de la sinagoga, que aconteció una vez superado el luto por su fallecimiento.

Lo que expuse en cuanta ocasión ulterior se presentara, causó el estremecimiento que pretendía. Dije que la Escritura no debía atribuirse a la autoría de Dios sino a la adaptación, puesta al servicio del vulgo, de las revelaciones a los profetas, de suyo afectadas por la falta de cultivo de su inteligencia. Que las numerosas contradicciones presentes en los textos bíblicos se explican en el hecho de haber sido redactados por numerosos autores a lo largo de dos mil años. Que de estas razones se sigue que la Escritura no contiene más sabiduría sobre los atributos divinos que el conocimiento de las formas con que estos eran imaginados según las opiniones y el sentir de cada época. Y que alentar la credulidad en estos prejuicios anula la luz del entendimiento y obliga a la ciega obediencia bajo la amenaza de castigo y la ilusión de recompensa.

La presión vejatoria para echarme de Ámsterdam acarreada por el cherem, debilitó la apatía con que lo asumí cuando el estigma se expandió a mis allegados y al comercio del cual vivíamos.

Sin tardanza fui llamado a comparecer en la sinagoga luego de que alguien intentara asesinarme (aún conservo la capa en cuyos pliegues encalló la puñalada). Sintiéndome libre de no asistir, me informé de que el parnassim leyó un cherem, violento como no los hubo, que respondiendo a las “abominables herejías” enseñadas por mí, me excomulgó y anatematizó de por vida, me expulsó de la comunidad hebrea y prohibió a sus miembros comunicarse conmigo, prestarme favores e incluso acercárseme. Fue tan lejos que invocó la maldición bíblica de Eliseo, esa que llevó a la muerte a los mozalbetes que se divertían a su costa llamándolo “calvo”. De la eficacia del anatema retengo el hecho de que jamás fui atacado por oso alguno, como aquellos muchachos, ni por otro animal que no fueran los mosquitos de los barrizales urbanos, incapaces de distinguir en la sangre el olor de la apostasía.

La presión vejatoria para echarme de Ámsterdam acarreada por el cherem, debilitó la apatía con que lo asumí cuando el estigma se expandió a mis allegados y al comercio del cual vivíamos. Por estas causas me vi precisado al cambio de oficio de sobrevivencia y a alejarme de la ciudad a la cual volvería de paso en contadas ocasiones. Mitigó el desarraigo la salvadora vocación de itinerancia, aunque tantas veces echara de menos la casa familiar, el canal de los tintoreros con las prendas extendidas a sus orillas que van mostrando sus recientes colores al paso del bote, la lujuria polícroma de los tulipanes en la feria anual, las fragancias del clavo y la canela en el mercado de las especias; sumergirme en el ajetreo del puerto mientras embalo la madera encargada por mi padre o adivino el próximo óleo de Rembrandt que ha venido por el albayalde y el amarillo de Nápoles; escuchar las historias del Lejano Oriente narradas con fruición por los marineros de cabotaje; oírlos en malayo animando a los estibadores; extasiarme, desde la playa nocturna, ante el clamoroso firmamento e imaginar la inteligencia cósmica desplegada en la geometría de los resplandores siderales y los compases de trepidación, como podía inferir una velada náutica por el centelleo de un buque de la Compañía de Indias fondeado a la distancia…

Corto de miras, el cherem no advirtió que el destierro no impediría la continuación de mi pensamiento ni que este fuera discernido, con el andar del tiempo, de los dogmas blandidos por mis censores. El progreso de mis ideas y su difusión se fueron convirtiendo en el propósito de mis años, mientras me convencía de que toda obra alcanza su lugar sin que sea preciso la vehemencia en entregarla a la imprenta de quienes escriben deseando la gloria. La Paz de Westfalia, que concedió la independencia a las Provincias Unidas y dio término a la Guerra de los 30 Años, creó un ambiente distendido donde hallé el ánimo para el sereno análisis, pero más lo benefició la ascensión al poder de Johan De Witt, que fortaleció la República, y de cuya amistad e ilustración disfruté en múltiples ocasiones. Estuvo presto a protegerme de las insidias religiosas, sorteó la presión calvinista para que se prohibiera la lectura de mi Tratado teológico – político, ayudó a su circulación subterránea y me previno de que la Inquisición andaba tras mis pasos.

Mi plan de publicación de la Ética, obra a la que concedí el más dedicado pulimento, sufrió un giro inesperado a raíz del asesinato de De Witt y de su hermano Cornelis, que acusados infamemente de colaborar con Francia en la guerra que entonces libraba contra Holanda, fueron asesinados y arrastrados por una turbamulta que desmembró sus cuerpos y comió parte de los mismos; quise protestar contra tan espantosa atrocidad, pero mi arrendador Van der Spijk impidió mi salida de su casa, ayuda que después reconocí. Guillermo III de Orange, con quien la monarquía y el calvinismo retomaban el poder político apoyados por la muchedumbre que insólitamente despreciaba la libertad, prohibió la difusión del Tratado y dispuso la incautación de los ejemplares disponibles, actuaciones que me llevaron a decidir la publicación póstuma de la Ética, para imposibilitar un seguro empeño de persecución, y en versión latina, para encaminarla a los lectores en condiciones de apreciarla. Publicar póstumamente conlleva la renuncia anticipada a corregir las imperfecciones y responder a las críticas; mas los comentarios de Gottfried Leibniz, que leyó el manuscrito mientras me visitaba hace poco, me alentaron a pensar que las posibles enmiendas no serían muchas ni sustanciales.

Por mención del mismo Leibniz volví a saber de Van den Eden. Me sobrecogió enterarme de que lo ahorcaron en París tras descubrirse su participación en un fallido plan de derrocamiento a Luis XIV. Apaciguó mi ánimo el advertir que en quienes tienen conciencia de su honradez, como la tuvo Frans, es una gloria morir por la libertad.

Ahora los hijos de Van der Spijk trajinan por la casa preparándose para acudir al servicio religioso; estarán por anunciarme la llegada de Ludowijk Meyer. Presiento que sus afanes médicos no podrán con la hipoxia que entorpece mis recuerdos y me hace constatar, en mi propio ser, que el alma desfallece con el cuerpo. En breve la luz se desvanecerá conmigo, pronta a renacer. Vendrán incontables primaveras, año a año florecerán los abedules, mudarán las oropéndolas y volarán las hojas ocres de noviembre. No lo veré, mas el alma lo contemplará.

La Haya, 21 de febrero de 1677.

 

José Murgueytio Martínez

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