La oportunidad de asegurarnos contra la derrota está en nuestras propias manos, pero la oportunidad de derrotar al enemigo la provee él mismo.
Sun Tzu
Como hace 80 años, las relaciones internacionales son la cara visible de una feroz competencia por el liderazgo mundial. La gobernanza basada en el multilateralismo está en crisis y el derecho internacional estorba. El soft power ejercido durante décadas por el líder hegemónico ha sido suprimido por un billonario a cargo del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés). No es prematuro afirmar que la hegemonía de EE. UU. ha terminado, aunque siga siendo la mayor potencia militar.
El punto de inflexión ocurrió el 1 de septiembre pasado: la República Popular China conmemoró el 80 aniversario de la victoria contra el fascismo y la fundación de la ONU con una reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Tianjin. Dos días después, el 3 de septiembre,. Xi Jinping invitó al presidente ruso y al líder supremo de Corea del Norte. También estuvieron presentes los primeros ministros de Armenia y de Eslovaquia, los presidentes de Azerbaiyán, Bielorrusia, Serbia e Irán, y líderes de varios países miembros de la OCS. Aproximadamente 38,5% de la población mundial estuvo representada en la reunión de la OCS, a la que también asistió el primer ministro de la India, Narendra Modi quien, prudentemente, evitó concurrir a Beijing.
El 5 de septiembre el presidente Trump firmó una orden ejecutiva para cambiar el nombre del Departamento de Defensa a Departamento de Guerra, como se lo llamó hasta 1947 (https://bit.ly/3VHodNP). Ese cambio tendría tres motivaciones: restaurar un «ethos guerrero», «ir a la ofensiva, no solo a la defensiva» –según comentó el secretario de Guerra Pete Hegseth, asociarlo a las victorias históricas y evitar un nombre políticamente correcto, pero woke– y proyectar fortaleza, para que los adversarios de EE. UU. sepan que el gobierno norteamericano está dispuesto a «hacer la guerra para asegurar sus intereses». Hegseth se refiere a los intereses de un gobierno que representa al 4,2% de la población mundial.
La confrontación entre Occidente y no-Occidente es evidente. Para unos se trataría de un momento de desequilibrio del poder militar. Para otros sería un problema de estilos de liderazgo. En fin, desde las protestas de la Plaza de la Independencia de Kiev y la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia en 2014, para todos, en fin, la actual situación internacional sería una nueva guerra fría (véase por, ejemplo, Isidro Díaz-Maroto, El escenario internacional actual a través del concepto de “Guerra Fría”, Revista de Pensamiento Estratégico y Seguridad CISDE 10(01), 2025).
La guerra fría del siglo pasado
Entre 1945 y 1991 la guerra fría enfrentó a los vencedores de la segunda guerra mundial y llegó a contaminar todo el planeta, a pesar de los esfuerzos del Movimiento de Países no Alineados conformado en 1961, que trató de mantenerse al margen de la bipolaridad predominante y, eventualmente, implementar estrategias de desarrollo propias.
You and the Atomic Bomb tituló George Orwell a un perturbador artículo publicado en el diario británico Tribune en octubre de 1945, dos meses después de los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki. Las armas nucleares, afirmaba, le robarían a la gente y a las clases explotadas su potencial revolucionario, poniendo al mismo tiempo a quienes las posean en situación de igualdad militar. «…incapaces de conquistarse unos a otros, probablemente continuarán gobernando al mundo, y es difícil imaginar cómo se podría alterar este equilibrio, excepto por cambios demográficos lentos e impredecibles».
Valiéndose de las ideas del teórico político James Burnham (The Managerial Revolution, 1941), Orwell predijo que el poder atómico engendraría estados inexpugnables, que convivirían con sus vecinos «…en una situación permanente de guerra fría». Si la bomba atómica fuese «un objeto raro y costoso […] probablemente pondrá fin a las guerras a gran escala, a costa de prolongar indefinidamente ‘una paz que no es paz’», concluyó.
Orwell fue el primero en llamar guerra fría a la «confrontación entre el capitalismo y el socialismo que alcanzó su punto álgido entre 1945 y 1989», como la define el historiador noruego Odd Arne Westad, ex profesor de London School of Economics. Sus orígenes se remontan a «una época muy anterior y sus consecuencias aún pueden sentirse hoy en día», afirma (La Guerra Fría. Una historia mundial, Galaxia Gutenberg, 2018).
El historiador Joseph Fontana se inclina por la preponderancia de la ideología como factor determinante de esa disputa. La guerra fría habría sido un choque de imperios globales que buscaban imponer su visión sobre la del adversario, en todos los aspectos de la política internacional, la economía, la sociedad y la cultura (Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945, Pasado y Presente, 2011)
El 14 de mayo de 1955 la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, la República Democrática Alemana (RDA), Hungría, Rumania, Bulgaria y Albania formaron el Pacto de Varsovia. Su intención era solucionar pacíficamente sus conflictos internos y mantener la seguridad externa frente a los países de Europa occidental, en especial frente al pacto militar que los agrupa: la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN (https://bit.ly/4oZQIDQ).
La OTAN es una alianza militar promovida por el gobierno de EE. UU. Se creó en Washington, el 4 de abril de 1949, con la participación de 13 países, además del anfitrión: Bélgica, Canadá, Dinamarca, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Portugal y Reino Unido.
La OTAN y el Pacto de Varsovia eran los polos antagonistas de una paz que no era paz, en palabras de Orwell. Al disolverse el bloque soviético se hizo innecesario el Pacto de Varsovia, que terminó el 1 de julio de 1991. Con la derrota del socialismo real, el capitalismo se desparramó sobre el planeta entero, gestionado por multinacionales en unos ámbitos o por partidos únicos en otros. Con excepción de lunares como Corea del Norte y Cuba, el capitalismo se globalizó.
Pero la OTAN no terminó; más bien comenzó a expandirse, incorporando a varios países del caduco pacto comunista: Hungría, Polonia, Bulgaria, Rumania, República Checa, Eslovaquia y Albania. La RDA siguió el mismo camino al reunificarse Alemania. Estonia, Lituania y Letonia, repúblicas bálticas que eran parte de la Unión Soviética, también ingresaron. En mayo de 2018 Colombia fue invitada en calidad de ‘socio global’, sin membresía plena. Con la incorporación de Suecia en 2024, la OTAN cuenta con 32 países. En 2022 su presupuesto conjunto de defensa fue de USD 1.2 trillones, de los cuales EE. UU. aportó el 69%, el Reino Unido el 6%, Alemania y Francia el 5% cada uno, Italia, Canadá, Polonia, Países Bajos y España entre el 3 y el 1%, y los 19 restantes, poco menos de 6% en total (https://bit.ly/47TW9Ov).
Entre 1949 y 2024 EE. UU. habría aportado cerca de dos tercios del gasto total de la alianza militar del Atlántico norte (https://bit.ly/4peuHS4). ¿Por qué EE. UU. y sus aliados europeos mantuvieron con vida a la OTAN, una vez disuelto el Pacto de Varsovia, y terminada la guerra fría? O ¿acaso Rusia siempre será un riesgo para Europa?
La guerra fría no solo fue una carrera armamentista o una pugna ideológica irresoluble. Para entender su desarrollo es importante considerar el miedo casi irracional a una invasión militar del ejército soviético a territorio ‘libre’, insuflado por la propaganda del gobierno norteamericano y la campaña de desinformación y persecución del senador republicano Joseph McCarthy. Eric Hobsbawm sostiene que este miedo, artificial y generalizado, se potenció con la amenaza de destrucción nuclear mutua (Historia del siglo XX, Crítica, 2019).

La historia no se repite
Díaz-Maroto concluye que, para que una coyuntura histórica pueda denominarse guerra fría, debe cumplir tres características mínimas: un enfrentamiento no directo entre superpotencias; una confrontación de base ideológica que promueva modelos económicos, sociales, políticos y culturales diferentes; y, una carrera armamentista que sostenga una «paz armada».
En el siglo XXI las diferencias ideológicas parecen menos definidas. EE. UU. (la mayor potencia militar) se muestra empeñado en evitar la formación de un nuevo escenario, aparentemente preferible para China (la mayor potencia económica) y sus adherentes (eventualmente, los convocados a la reunión de la OCS en Tianjin). Mientras Washington sanciona, expulsa y reprime, Beijing invita, convoca y ofrece. Mientras Trump ejecuta el proyecto MAGA, Xi Jinping vocea la red de iniciativas para unir al sur global (Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza). Es necesario precisar los detalles que le confieren especificidad a la coyuntura actual, si se quiere identificarla como una nueva guerra fría.
La diferencia más relevante con lo ocurrido en la segunda posguerra mundial sería la «rivalidad no extrema entre dos grandes potencias que dependen económicamente la una de la otra», según Matías Mendoza, profesor de la Universidad Nacional de La Plata (https://bit.ly/41G3GwK). En esta misma línea, el analista de Política Exterior Andrés Ortega, considera que el mundo se encuentra frente a una situación de «codependencia destructiva», puesto que EE. UU. y China están perfectamente integrados en la economía global (https://bit.ly/41LDn8l).
El tablero en el que se desarrolla la actual confrontación es diferente al de la segunda mitad del siglo XX. La disputa entre capitalismo y socialismo ya no existe (aunque los voceros del primero no tienen ambages en levantar el espantapájaros cuando lo creen necesario). En el mundo real varias modalidades institucionales gestionan un mismo régimen de acumulación.
La lucha entre un bloque democrático y respetuoso de los derechos humanos, liderado por Occidente, y otro autocrático, encabezado por Rusia y China, sonaba real hasta hace poco. Lo que une a los convidados a Tianjin no es una misma ideología; más bien es hostilidad compartida hacia Occidente. La realidad de estos días podría describirse mejor como el retroceso de las sociedades abiertas ante el avance del autoritarismo. Para quienes destacan estos factores, la actual situación internacional sería diferente, pues es evidente que no se trata de una confrontación bilateral, y no se observa una clara división ideológica patrocinada por bloques cerrados.

Quienes respaldan la pertinencia del concepto afirman que la década final del siglo XX y la primera década del siglo XXI engendraron las particularidades de la situación actual: China emergió como nueva potencia económica; continuó la confrontación entre Rusia y EE. UU.; la OTAN se expandió hacia el este de Europa; y se recuperó el complejo industrial militar ruso.
En la segunda década del siglo XXI los cambios lentos e impredecibles anticipados por Orwell ya eran evidentes. Según Gilbert Achcar, de la Universidad de Londres, la guerra fría contemporánea tiene como principales protagonistas a EE. UU. por un lado, y Rusia y China por el otro. Propone que no se la puede definir como una confrontación ideológica entre dos formas antagónicas de comprender el mundo, pues en realidad es una competencia entre complejos industriales militares (The New Cold War. The United States, Russia and China, from Kosovo to Ukraine, The Westbourne Press, 2023).
Sin un choque ideológico determinante, la nueva guerra fría tiene, sin embargo, motivaciones institucionales profundas. Las organizaciones multilaterales promovidas por EE. UU. en la anterior guerra fría son anacrónicas, incluso para sus promotores originales. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sigue operando, básicamente, como en su primera sesión, realizada el 17 de enero de 1946, salvo por el incremento de 11 a 15 miembros no permanentes, concedido por los países con derecho a veto en agosto de 1965. ¿Por qué no participa en ese Consejo de Seguridad la India, el país-continente más poblado del mundo? ¿Por qué no hace parte Brasil, el país más grande de América Latina?
El Fondo Monetario Internacional (FMI) no refleja el mayor peso relativo de los países emergentes. Europa, EE. UU. y Japón, que abarcan cerca del 15% de la población mundial, controlan alrededor del 55% de los votos del FMI. Mientras que los BRICS, con más del 40% de la población mundial, solo tienen 18% del poder de decisión. China, que tiene casi 20% de la población mundial, solo tiene 6% de los votos (https://bit.ly/464ySqz). Dado el peso relativo de China en la economía mundial, estas proporciones explican el interés de los BRICS –liderados por China– en reformar la gobernanza global.
- UU. parece dispuesto a prescindir de las instituciones multilaterales. En diciembre de 2019 precipitó la crisis de la Organización Mundial de Comercio (OMC) al oponerse a la renovación del tribunal de disputas, acusándolo de favorecer a China (https://bit.ly/42gv1FP). Y en marzo de 2025 interrumpió sus contribuciones a esa entidad, así como a la Organización Mundial de la Salud. Por su parte, China busca dominar la ONU, el Banco Mundial y el FMI, lo que abre un campo de disputa adicional en esta nueva guerra fría.
Las consecuencias de la guerra fría 2.0
Mariano Aguirre, investigador de Chatham House y asesor de la Fundación Friedrich Ebert, sostiene que la diferencia fundamental entre la guerra fría del siglo XX y la actual consiste en que la primera enfrentó a un bloque socialista contra un bloque capitalista. Hoy prevalece el capitalismo, y el movimiento de países no alineados ya no existe, pues solo hay países emergentes o «potencias medias». Para Aguirre, la humanidad está «condenada a esta nueva guerra fría que será muy larga…» y mucho más peligrosa (Guerra Fría 2.0 Claves para entender la nueva política internacional, Icaria, 2023).
Cuando comenzó la anterior guerra fría EE. UU. era el único país con armas nucleares. Recién en agosto de 1949 el gobierno norteamericano detectó una detonación nuclear en Kazajistán, lo que confirmó el inicio de la carrera nuclear. Según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) en enero de 2025 nueve países disponían de un total de 9614 bombas nucleares. Rusia y EE. UU. tienen la mayoría de estas armas de destrucción masiva. Les sigue China, que el año pasado incrementó en 20% su arsenal nuclear. Según el SIPRI, «…China estaba aumentando su arsenal nuclear a una velocidad pasmosa. Ahora está en una posición que permite pedir contención tanto a EEUU como a sus aliados con arsenal nuclear y esa expansión china ha sido la excusa perfecta para el ‘rearme’ que ha pedido el Pentágono» (https://bit.ly/46hCYMh).
Al ser un conflicto con más de dos polos, en la guerra fría 2.0 será menos probable llegar a un nuevo equilibrio. Las tensiones internacionales serán multidireccionales y eventualmente más intensas. Esto requerirá mayor gasto militar, en especial en los países que disputan la hegemonía en primera línea, en las potencias medias de las que señala Aguirre y también en los países situados en las regiones más conflictivas: Europa del Este, Oriente Medio, el Indo-Pacífico y África.
Moscú, Washington y Beijing compiten por aliados en África, Asia, Oriente Medio y América Latina para asegurar recursos y mercados, y limitar la influencia de sus adversarios (https://bit.ly/4gsShXe). El actual retaceo del planeta no responde a la pelea entre dos ideologías irreconciliables, sino a los intereses de las empresas transnacionales.
Los países poderosos están dispuestos a intervenir en forma selectiva según los requerimientos de mercado, áreas de producción, acceso a recursos naturales y aseguramiento de cadenas de valor de sus empresas transnacionales. La polarización y el autoritarismo exacerbarán la desconfianza y debilitarán el multilateralismo, reduciéndolo a retórica diplomática vacua. Instituciones internacionales disminuidas a la condición de foros intrascendentes difícilmente podrán velar por los derechos humanos.
En 2024, el gasto militar en el mundo creció por décimo año consecutivo; «… alcanzó los 2718 mil millones de dólares […] lo que representa un incremento del 9,4% en términos reales respecto a 2023, el aumento anual más pronunciado desde […] la Guerra Fría […] Los cinco países con mayores presupuestos militares –Estados Unidos, China, Rusia, Alemania e India– representaron el 60% del total mundial…» (https://bit.ly/4mfjKN3).
Esos 2,7 trillones de dólares financian la parte más evidente de la nueva carrera armamentista. Pero el predominio geopolítico contemporáneo está vinculado a las ventajas alcanzadas en sectores de alta tecnología: inteligencia artificial (aprendizaje automático, procesamiento de lenguaje natural, IA generativa); semiconductores (diseño, fabricación y autosuficiencia en chips avanzados); computación cuántica; tecnologías de la comunicación; robótica y automatización; recursos que habrían podido destinarse a fines pacíficos enmarcados en el paradigma del desarrollo sostenible, serán destinados al uso militar de alta tecnología.
No sin dificultades, antes del primer mandato del presidente Trump la atención mundial estaba focalizada en viabilizar el Acuerdo de París sobre cambio climático. Por medio de la ONU, la comunidad internacional logró identificar y acordar 17 objetivos globales de desarrollo sostenible para terminar con la pobreza; contener el cambio climático y la pérdida de biodiversidad; garantizar la prosperidad de todas las personas; promover la paz y la justicia; y fortalecer las alianzas entre países para alcanzar estos objetivos. Trump anunció el retiro de EE. UU. en junio de 2017, lo que se hizo efectivo el 4 de noviembre de 2020. El primer día de su mandato (20 de enero de 2021) el presidente Joe Biden firmó una orden ejecutiva para reincorporar a EE. UU. al Acuerdo, pero el 20 de enero de 2025 Trump lo retiró nuevamente, lo que se hará efectivo el 20 de enero de 2026.
Según el Acuerdo de París, los países desarrollados deben asistir financieramente a los países más vulnerables. También alienta a las partes a realizar contribuciones voluntarias (https://bit.ly/47IF8a2). Este financiamiento es necesario para las inversiones a gran escala necesarias para reducir las emisiones con efecto invernadero, y para la adaptación y reducción de los efecto adversos del cambio climático. La Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático 2024 (COP 29) realizada en Bakú, Azerbaiyán, acordó que, para estos propósitos, los países desarrollados proporcionarían 300 mil millones de dólares anuales hasta 2035 (https://bit.ly/4nw1U9U).
En un año en el que el cambio climático ya no es una expectativa incierta, sino una realidad palpable (temperaturas extremas, frecuentes desastres naturales, sequías, hambruna, deforestación, contaminación…), la comunidad internacional acordó un financiamiento –voluntario– equivalente a la décima parte de lo que el mundo gastó –efectivamente– en armamento.