En San Lorenzo, en algún retén fronterizo, un infante de marina con uniforme de camuflaje, pasamontaña negro, casco, y fusil M4 rompe el guion de todo. Extrae de su pantalón un aerosol. Agita con fuerza la lata de pintura y empieza a realizar trazos acrobáticos en una muralla blanca, que tiene en lo alto alambre de púas. Las letras fluyen parecidas a los tags que saturan los barrios marginales de las grandes urbes, se lee SNOP10. La imagen es surrealista, parece sacada de una obra de Banksy, un soldado pintando grafitis mientras realiza su guardia en una zona liminal entre dos países. ¿Un militar recordando sus momentos de máxima libertad, o un grafitero disfrazado de militar? Pintar en la muralla de una frontera, transgredirla con trazos sinuosos, en un lugar perdido en el tiempo donde la vida es solo un accidente.
Snoopy es un personaje de una tira cómica que a todos los que crecimos en los setenta y ochenta de una u otra forma nos hizo reflexionar o simplemente no arrancó una sonrisa. En 1993, en Guayaquil, a un joven grafitero lo bautizaron como Snop, al principio lo llamaban Snoopy pero sus compañeros de grafiteada decidieron que era mejor ponerle un apodo menos infantil y más acorde con una actividad proscrita pero indispensable para marcar territorios y romper el silencio. Allí apareció SNOP10, una criatura de la noche, adicto a la cuerda floja y a dejar sus tags en los sitios más extraños. El grafitero sobrevivió a la ciudad de la furia y luego ingresó en la milicia.

Saltó desde aviones como paracaidista, cruzó ríos torrentosos, entró a penitenciarías a requisar armas, se enfrentó a bala con narcotraficantes, pero no pudo abandonar la adrenalina extrema que le producía grafitear. Hoy, además de ser marino es un artista urbano totalmente barroco, la contradicción extrema entre orden y caos, muerte y resurrección, paz y locura.

Ha pintado grafitis en aviones abandonados, patrulleros, retenes, pasos a desnivel, postes de luz, extinguidores de incendio, paredes desamparadas, puentes en ruinas, vallas publicitarias… siempre la impronta del grafiti como su razón vital, como el trazo territorial que le da sentido a todo. Sus tags repletos de colores incendiarios son su huella, la consigna entre anaranjada y púrpura del militar y el vándalo, ambas criaturas sobreviviendo en un mismo ser, SNOP.


Snop es recio, prieto, de mediana estatura, ojos achinados, pelo corto, tinturado de blanco, es sargento de marina. Algo delirante me muestra fotos de sus primeros experimentos con el aerosol, lo caracteriza buscar sitios insólitos. Pintadas en el último piso de un edificio en construcción, otro en un puente peatonal elevado en Prosperina, todos con la misma caligrafía, la misma singladura y consigna: ocupar los sitios más abismales para romper el silencio. Me dice que un tiempo fue buscado por el exalcalde Jaime Nebot, quien puso una recompensa de 5000 dólares por su captura. Todo es barroco y demasiado surreal, la marginalidad, la subversión y la sobrevivencia.

Hay algo en su deambular pictórico y en la fijación por ocupar espacios urbanos, algo de historias paralelas, me siento identificado. Le obsequio uno de mis libros de grafitis con una dedicatoria: Cuando me suicido despierto en Quito. Él me regala un billete de dos dólares donde coloca su tag: SNOP10. Criaturas bizarras exudando adrenalina y poesía en medio de ciudades abandonadas por dioses promiscuos. Imaginarios incansables que flotan libres mientras pintan para luego regresar a sus madrigueras y sobrevivir entre el asfalto y la anomía. El grafiti sigue siendo un arte disruptivo que incomoda y desafía a lo establecido.

Snop camina sigiloso, en un terreno repleto de basura, se encuentra en algún patio trasero de la penitenciaría, entre paredes ennegrecidas. Sus pisadas son firmes, cuidadosas, avanza entre barro, ratas, tarrinas de alimentos, botellas de cerveza, preservativos y fundas con olores nauseabundos. De pronto escucha el chillido casi imperceptible de un perro, un animal esquelético, gargólico, con la mirada apagada, algo parecido a un murciélago. Levanta al perro hambriento y lo acaricia antes de guardarlo en su mochila. Continúa con su excursión extrema escuchando entre pabellones el ruido del reggaetón y los gritos destemplados de los presos. El ambiente es soporífero, pero Snop no pierde su curiosidad por encontrar hasta el mínimo vestigio de objetos prohibidos. Continúa guardando pistolas, cuchillos y móviles. Mientras camina piensa a quien regalar el perro abandonado, el ruido monocorde del reguetón sigue retumbando en las celdas de las personas privadas de libertad. El grafitero con su uniforme de asalto continúa su función en medio de los escombros de Guayaquil, la babilonia distópica, la nueva Sinaloa.
