La difusión de las prácticas de tortura ejecutadas por los oficiales de la CIA, contra los presuntos implicados en acciones de terrorismo, evidencia una conducta usual en ciertas organizaciones de la institucionalidad estadounidense. El informe divulgado por el comité de inteligencia del Senado en Washington espeluznó no solo a quienes lo conocieron directamente, sino a toda persona que se sienta parte de la raza humana.
Espanto y repudio similar al que provocó la investigación de las Naciones Unidas sobre las violaciones de los derechos humanos consumadas por el régimen de Corea del Norte. Con un saldo de miles de asesinados por “torturas, hambrunas masivas, violaciones, abortos forzosos y ejecuciones diarias”.
Y ni hablar de las barbaridades cometidas por los grupos yihadistas que no contentos con provocar repulsa general por las decapitaciones de sus prisioneros, conmocionan al mundo al poner a la venta el cadáver del primer degollado.
O la matanza de 140 niños y adolescentes en una escuela pública paquistaní, en manos de talibanes.
O el caso de Ayotzinapa, que destapó las atrocidades del crimen organizado y del narcotráfico en México, tan cerca cultural y geográficamente de nosotros. 43 jóvenes estudiantes que se han vuelto el referente del terrorismo de estado en el siglo XXI.
La filósofa Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén, examina los crímenes de lesa humanidad cumplidos por los nazis y en el epílogo de su obra los define como aquellos que son ultimados con independencia de la guerra e indican “la existencia de una política de sistemático asesinato que continuaría en tiempo de paz”. Y agrega que el futuro abre la posibilidad del cometimiento de delitos similares.
Como razón plausible de tal “siniestra posibilidad”, Arendt expone la historia de la humanidad. Según su análisis, “es propio de la historia de la naturaleza humana que todo acto ejecutado una vez e inscrito en los anales de la humanidad siga siendo una posibilidad mucho después de que su actualización haya pasado a formar parte de la historia. Jamás ha habido castigo dotado del suficiente poder de ejemplaridad para impedir la comisión de delitos. Contrariamente, sea cual fuere el castigo, tan pronto un delito ha hecho su primera aparición en la historia, su repetición se convierte en una posibilidad mucho más probable que su primera aparición”.
Para mayor certidumbre añade “la temible coincidencia del moderno y explosivo incremento de la población mundial con el descubrimiento de medios técnicos que, a través de la automación, darán a amplios sectores de la población el carácter de «superfluos», incluso desde el punto de vista laboral, y que, por medio de la energía nuclear, permiten hacer frente a esta doble amenaza” con artefactos que, comparados con los instrumentos de Hitler, “parecen un juguete para el uso de niños con malas inclinaciones”. Un panorama, opina, que debiera inducirnos a temblar.
La prevención de Arendt se ha cumplido. Otros pueblos, además del judío han sido y son víctimas de genocidio y de masacre.
La banalidad del mal, subtítulo del trabajo de Arendt, provee de otros elementos de preocupación para las actuales sociedades, incluida la nuestra. Uno de ellos se refiere a que en el juicio de Eichmann en Jerusalén, se esgrimió como un atenuante la supuesta “imposibilidad de actuar de otro modo” al de los nazis, pues de haberlo intentado, sus protagonistas hubieran corrido igual o peor suerte que la de los judíos. En realidad, escribe Arendt, “todos sabemos cuán sorprendentemente fácil era para los miembros de los equipos de exterminio abandonar sus puestos, sin sufrir con ello graves consecuencias”. Vinculado con esto, otro factor es la ausencia de una oposición a tales atropellos. “En realidad –señala- resultó que los nazis carecían de personal y de fuerza de voluntad para seguir siendo «duros», cuando se enfrentaban con una oposición decidida. Tal como veremos, la verdad era que incluso los miembros de la Gestapo y de las SS combinaban la dureza despiadada con la blandura”. En otras palabras, si muchos se hubieran atrevido a expresar su condena, millones de judíos se hubieran salvado de morir.
A este arsenal de brutalidades, Arendt aumenta otra más. Sostiene que la disconformidad de muchos de quienes lucharon contra Hitler y murieron, no estaba inspirada “por la indignación moral ni tampoco por lo que sabían acerca del sufrimiento padecido por otras gentes; actuaron movidos, casi exclusivamente, por su convicción de la inminente derrota y ruina de Alemania”.
Además del miedo, de la comodidad, de la indiferencia y de la vanidad, otro ingrediente que contribuyó a mantener quieta, sin muchos remordimientos, la conciencia de los alemanes fue la propaganda. Fue Himmler y no Goebbels, el artífice sobre el cual Arendt expresa más cuestionamientos. Según su investigación, era Himmler el jerarca nazi “más dotado para la resolución de problemas de conciencia” por los eslóganes que ideaba y difundía.
Así, “el problema radicaba, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler -quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas- era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: «¡Qué horrible es lo que hago a los demás!», decían: «¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!»”.
Ciertamente, desde la perspectiva nazi los que merecerían nuestra compasión no son los asesinados y torturados. Son los “pobrecitos” que se ven obligados a matar, o los victimarios por acción u omisión que tienen que esconder su rostro o darle vuelta para no mirar, o quienes se justifican por el temor. Estos, en la ideología del horror, serían quienes clamen por nuestra compasión. Y hasta exijan nuestra comprensión. ¿Habrá quien los reivindique?
