Había prometido seguir contándoles sobre nuestra visita a Kenia, ese país privilegiado por sus parques naturales incomparables, que preservan especies animales difíciles de encontrar en otros ámbitos, cuando en mi habitual lectura de diario Expreso, fui sorprendida con este triste título: La sequía apunta a los hijos de Kenia, que nos informa cómo más de dos millones de habitantes de 23 condados del noroeste enfrentan una escalada atroz de inseguridad alimentaria dadas las escasísimas lluvias; esta zona desértica del noroeste del país cuenta con zonas áridas y semiáridas, y la sed y el hambre han crecido singularmente en ellas, dado el cambio climático universal cuyos mensajes dolorosos nos sorprenden día tras día. Copio un dato más de esta penuria atroz: En este poblado, donde la mayoría son pastores que dependen de sus animales, el último toro que queda deshidratado, con los huesos visibles a través de su piel, ya no puede resistir…
Luego de esta triste referencia, me pregunto si debo terminar, como preví, la narración de nuestro viaje; sé que es bueno recordar lo positivo, sin dejar de sensibilizarnos ante el dolor y la miseria que, por cierto, no son exclusivos de ámbitos áridos como los que existen en Kenia. ¿Acaso no asistimos a diario a la injusticia? Salgo a caminar y encuentro a una misma mujer que me saluda casi familiarmente; hurga en bolsas de basura para sacar de ellas lo que podrá negociar malamente más tarde, o veo en la bonita avenida por la que camino, a muchos trabajadores que esperan frente a una urbanización, a ver si ahora habrá trabajito…
Pues bien, este es mi trabajo voluntario, sí, y necesario para sostenerme psicológicamente; así que si mi texto llega y cuento con lectores en esta conversación singular, sé que no me habré quedado en la soledad de no decir.
La sabana keniata, en el Valle del Rift, vibra de antigua melancolía. Una tarde ocurrió lo que no imaginábamos: encontramos al leopardo; fue lo mejor que pudo ocurrirnos, pues viajeros más constantes y experimentados que nosotros no llegaron a ver uno solo en sus sucesivos safaris a distintos campos. Nuestro chofer-guía negro lo buscaba, empeñado en encontrarlo, y temíamos que se perdieran las horas en la búsqueda inútil.
La exigencia de los viajeros por ver tal o cual animal parece una injusticia ante la presencia perfecta y cálida de la sabana, su discreción y su silencio, cuando toda presencia evidente es un regalo generoso del viento, de la casualidad, de la necesidad y del misterio; en rigor, bastaría saber que hay tanta vida ahí, que en alguna parte de la extensa llanura transparente, en los raros macizos arbolados viven, se alimentan, aman y procrean, y comparten la inmensidad sin tregua tantos animales distintos; que algunos se alimentan de los otros y son temidos; que los miembros de la misma especie se juntan para huir; que el macho de tantos antílopes distintos es vigilante y abarca con su mirada aquello que a nosotros se nos niega, que previene y avisa; que los carnívoros se nutren de ellos y que son temidos. Que cada animal, desde el afanoso e ínfimo insecto o los afanes del escarabajo pelotero y los de las aves diminutas y coloreadas; los de los pacíficos antílopes, las jirafas y las cebras, el lujo de la luz rosada en los flamencos del lago Nakuru y hasta los burdos búfalos, los pesados rinocerontes y el león o el leopardo han sido destinados para una forma que es su vida misma, para una sola especie de muerte, que es la suya.
Allá, en lo alto de una rama, relativamente cerca del campo en que nos alojábamos, descansaba el leopardo o pantera manchada del África, trepado como a caballo en la rama de un árbol, con la pata delantera izquierda bajo la cabeza reclinada hacia atrás, de modo que no se le veía el rostro; las dos patas traseras colgaban a lado y lado y la cola se veía cual en un disparatado dibujo infantil. Fotografiamos sus movimientos que nos lo fueron revelando, hasta que lo vimos bajar y huir entre el ramaje. El guía llama nuestra atención y nos muestra, a lo lejos, algo como una larga cinta sucia colgada de una rama en un árbol, que sostiene el frágil hueso terminado en casco de la gacela, con la cual se había alimentado el leopardo en ceremonia cruel: caza, sube su presa a un árbol y arriba la devora; sus restos quedan para los chacales o las aves carroñeras, oscuras como la noche.
Majestad, fuerza, equilibrio maravilloso y cruel de la naturaleza. Al asistir a tanta vida me he dado cuenta de cuántas ideas carecemos acerca de la existencia animal, de modos de ser y de sentir, de costumbres o instintos. Todo lo que creemos saber es sombra y subterfugio, menos la posibilidad de verlos de cerca en la llanura, allá, bajo el arbusto que los cobija, comiendo minuciosamente, intentando despojar con sus grandes dientes el hueso de la carne que lo habitaba hacía tan poco tiempo, digiriéndolo al sol. O corriendo majestuosos y efímeros por la inmensa sábana. Pacíficos elefantes de piel espesa, de largos y marfileños colmillos se deslizaban por la llanura en pesada y lenta manada amable, como si no corrieran riesgo alguno; sin embargo, la ambición del marfil de sus colmillos, cada uno de alrededor de cien kilos de peso, hace que se hallen en serio riesgo de desaparición. El elefante es el animal terrestre más grande, y quizás el más familiar y tranquilo, aunque salvaje, en la sabana de África.
Algún otro día volveré a escribir sobre este viaje singular, en el que nuestros sentidos y nuestro corazón gozaron ante las elegantes jirafas, los torpes búfalos, los rebaños de cebras y tantos otros animales, y ante el vuelo de aves inverosímiles. Habíamos visto tanto, y la lección suprema de la inmensa sabana africana es que el instinto animal es infinitamente más justo en la administración de la vida y de la muerte, que toda la razón de que los seres humanos presumimos, tan inútil y falazmente.
Queden para otra vez la historia de los elefantitos huérfanos y la de la casa de Karen Blixen, pero no, la presencia en la sabana del guía negro a quien no puedo olvidar, en cuyo inglés esforzado, sin dientes, neto aunque nasalizado, nos contó orgulloso e interrogante de sus siete hijos que no iban a la escuela, que esperaban siempre, a pesar del trabajo de toda su vida. Su pronunciación de los latines de los nombres científicos de cuatro o cinco árboles y la del árbol del que crece una rama que poco a poco devora, a su vez, la del árbol que se halla más cerca, hasta volverse, al cabo de veinte años, un solo árbol, como una especie de bosque nativo protegido.
¡Ah, los hermosos parques naturales, el Nacional Nairobi; el también Parque Nacional Nakuru…, y tantos otros que no conoceré!
En casa de nuestro hijo contamos con una amplia terraza y un jardín lleno de árboles y flores, suelo rojizo y vegetación feraz: color por todas partes. Todo parecía florecer en un clima espléndido de no menos de 15 grados ni más de 25 en el curso del día, tal como el clima de Quito, me digo, y agradezco este cauto calor y estos recuerdos.
