Cómo salvar los muebles. Esa es la opción del correísmo para el próximo año. Agobiado por las limitaciones inherentes a su naturaleza populista, el proyecto de Alianza País empezó a hacer aguas apenas se desinflaron las boyas de la bonanza petrolera.
El costo político de raspar la olla para sostener el modelo clientelar empezó con la decisión de explotar el Yasuní y terminó con las últimas medidas neoliberales. Han sido dos años de un deterioro progresivo de las ilusiones que el oficialismo sembró en muchos sectores ciudadanos. Sobre todo en los jóvenes y en los movimientos sociales.
La represión no es un recurso suficiente para asegurar el control de la sociedad. A medida que se ahonde la crisis económica, ya no serán únicamente las organizaciones de izquierda las que expresen su descontento. El ajuste provocará el malestar de amplios sectores ciudadanos, a los que no se podrá neutralizar con medidas policiales. Si no es en las calles, el rechazo general se manifestará en las urnas.
Por eso las urnas tampoco aparecen como la solución. Luego de la derrota de febrero de 2014, Alianza País desarrolló una alergia crónica al pronunciamiento popular. La indecente aprobación de las últimas reformas constitucionales, en una Asamblea Nacional blindada por la policía, sintetiza esta fórmula de violencia estatal y negación democrática con que el correísmo pretende compensar su desgaste. Pero no le alcanza: el deterioro de la economía familiar carcome como un cáncer cualquier estratagema política o cabriola publicitaria.
En tales condiciones, la contabilidad parece haber sustituido a la política en el movimiento verde-flex. Las cuentas son tan simples como marrulleras: asegurar la mayor cantidad de condiciones ventajosas en caso de una eventual derrota en 2017. Es decir, aprobar más reformas constitucionales al apuro, pasar leyes y medidas inconsultas, apuntalar el aparato correísta del Estado (administración de justicia, Consejo Nacional Electoral, Consejo de Participación Ciudadana), suscribir convenios internacionales como el TLC con Europa, blindarse contra posibles acciones de fiscalización.
Tanto la amenaza de la muerte cruzada, como la campaña anticipada a favor del Vicepresidente Glas, reproducen esta lógica de “puesta de mano” típica de los últimos años. Pura sapada y angurria. Llevarse el tablero si los dados no resultan favorables. El asunto es ganar lo más que se pueda. No importa pasarse por encima de la institucionalidad democrática, y mucho menos excluir a los propios compañeros de juego.
Sobre todo esto último. A las fracciones de Alianza País que apuestan por una candidatura de Lenin Moreno, los jerarcas del correísmo acaban de sacarles la lengua. Lo mismo han hecho con aquellos militantes que insinúan un análisis más responsable y realista sobre los nuevos tiempos políticos. Definitivamente, la argolla íntima del líder no admite alternativas ni reflexiones. Comen solitos. Jalisco nunca pierde, y cuando pierde arrasa.
El mayor riesgo, sin embargo, reside en la desproporción de estas aspiraciones. Como dice el dicho, el que mucho abarca poco aprieta. O, en versión autóctona, la viveza criolla rompe el saco. Es como querer salvarse de un naufragio con los bolsillos llenos de oro, o intentar sacar todos los muebles, incluido el aparador, en medio del incendio.
Entre tanto delirio y glotonería de poder, la pregunta que toca hacerse es si el correísmo estará en condiciones de al menos salvar los muebles, o si terminará devorado por su espejismo refundacional.
