La historia del Ecuador demuestra que los avances sociales nunca se lograron con posiciones ambiguas. El ejemplo claro para los pueblos y nacionalidades es la de Dolores Cacuango, cuya lucha por los derechos del sujeto “indígena”, en el que fue pionera y firme, como lo recoge Raquel Rodas Morales (2007), es fundamental. Dolores se definió sin titubeos por la causa de su pueblo, sin buscar una posición intermedia que diluyera la demanda de tierra, educación y dignidad.
Las investigaciones de Raquel Rodas Morales nos recuerdan que la memoria social y la identidad colectiva se construyen a partir de posicionamientos claros y la unidad en torno a luchas comunes. En lugar de la “tercera vía”, se debe conformar un frente, una articulación sólida, un punto de encuentro que emerja desde las causas que unen a la gran mayoría empobrecida del país.
El campo de la política partidista en Ecuador, tras los contundentes resultados del NO a favor del pueblo en el referéndum y la consulta popular del 16 de noviembre de 2025, abrió la posibilidad de una articulación a partir de las causas, pero también llevó a una profunda reflexión forzada y evidente desesperación. El NO popular al gobierno de Daniel Noboa no solo significó un rechazo a una gestión percibida como ineficaz o desentendida, sino que también expuso el cansancio en el ámbito electoral ante un ciclo interminable de promesas incumplidas y una clase política que, al ascender a los espacios de la administración pública, sufre de una amnesia, olvido conveniente respecto a su base y sus compromisos.
En este contexto de crisis de legitimidad y vacío de liderazgo, aparece la vieja “cantaleta de la tercera vía”. Varios actores oportunistas, buscan pescar a “río revuelto”, intentando capitalizar la fatiga ciudadana. La “tercera vía” se presenta como una opción cómoda, sin ataduras ideológicas, diseñada para atraer a un electorado cansado de las etiquetas tradicionales de “izquierda” y “derecha”. Sin embargo, esta vía no es más que una retórica de la desesperación y el cálculo electoral desde el oportunismo, una narrativa que busca difuminar las responsabilidades y las posturas ideológicas claras.
Para comprender la falacia de esta supuesta neutralidad, es fundamental recurrir a la visión de Max Weber sobre la política. En su análisis, especialmente en obras como “la política como vocación”, Weber postula que la acción política implica una determinación y una posición definida. En la política, no existen los “tintes grises” cuando se trata de la administración pública y la dirección del Estado. El político debe elegir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, pero en última instancia, debe tomar decisiones que benefician a un grupo o a una visión, y perjudican o dejan de lado a otra. El mero acto de administrar el Estado, de asignar recursos, ya es un acto de definición.
El acto de gobernar implica implementar políticas públicas, y cada política -sea económica, social o de seguridad- lleva intrínseca una orientación ideológica, decide a quién se beneficia con los recursos, los impuestos y la ley. Por lo tanto, el planteamiento de una “mezcla entre el agua y el aceite” es errado y absurdo. La política exige definirse de manera clara, ¿Para quiénes y con quiénes se va a trabajar? Obviamente se diría a la totalidad de sus habitantes, sin embargo, está por detrás, desde qué enfoque o qué postura ideológica se lo va a hacer.
El llamado a conformar una “tercera vía” desvía el foco de lo verdaderamente importante, las causas sociales que afectan a la mayoría, que en Ecuador son claras y recurrentes. El foco no debe ser evitar las etiquetas ideológicas, sino asumir la responsabilidad de tomar partido por las y los empobrecidos del campo y la ciudad. En muchos casos existe la desconexión entre el político y su base electoral, o la misma sociedad, la transformación del servidor público en un “dueño” del poder que olvida sus orígenes y promesas, esto lo podemos comprender desde los postulados de Pierre Bourdieu con su concepto de “campo” y “habitus”.
Al ingresar al campo político-administrativo, los actores adquieren un nuevo habitus, uno caracterizado por las reglas, los capitales -social, simbólico- y las lógicas internas de ese campo. El “humo que se le sube a la cabeza”, ese supuesto poder, es en realidad la incorporación acrítica de las normas del nuevo espacio. El político olvida su habitus original – el del pueblo, el de las causas- y asume el habitus de la élite burocrática. El problema de la reflexividad en Pierre Bourdieu se manifiesta aquí, en el que el político se vuelve incapaz de analizar críticamente cómo su nueva posición lo transforma y lo aleja de las realidades y necesidades de quienes lo eligieron. Deja de ser un servidor para convertirse en un reproductor de la lógica de las élites.
La reflexión es vital para Bourdieu -intelectuales, política y poder- el intelectual debe ejercer una vigilancia constante sobre el poder. Cuando la clase política pierde esa reflexividad, se abre la puerta para la proliferación de sujetos oportunistas que instrumentalizan la necesidad popular con retóricas populistas, se convierten en meros reproductores de un sistema de poder que beneficia a unos pocos, dejando de lado a la gran mayoría.
El populismo que acompaña a estas “terceras vías” oportunistas tiene una resonancia profunda en la psicología de las masas. Freud y la política explican cómo, en momentos de gran incertidumbre y malestar, las sociedades tienden a buscar una figura de líder fuerte con la cual identificarse, un “salvador” que prometa una solución fácil y rápida a problemas complejos.
La retórica simplista de los actores oportunistas apela a esta necesidad psicológica, creando una masa sugestionada que renuncia al análisis crítico a cambio de la promesa de alivio emocional. Esto neutraliza la necesidad de una mirada más crítica y formada en la ciudadanía, facilitando el “lavado de cabeza” y desviando la atención de la verdadera necesidad: la organización y articulación desde las causas de fondo para la transformación.
El rechazo al mal gobierno en noviembre de 2025 no puede ser capitalizado por la retórica vacía de la “tercera vía”. Este es el momento de levantar la voz crítica y exigir a los actores políticos que abandonen el oportunismo y asuman una posición definida.
El camino a seguir es la conformación de un frente amplio, una articulación desde la diversidad de movimientos sociales, populares y progresistas -indígenas, campesinos, trabajadores, mujeres, jóvenes, profesionales, estudiantes, amas de casa, etc, del campo y la ciudad-. Esta unidad no debe ser una ensalada de etiquetas, sino un cuerpo cohesionado y determinado ideológicamente que implemente políticas públicas orientadas a revertir la desigualdad, la pobreza y la exclusión.
La tarea de la ciudadanía no es buscar un salvador en el centro, sino fomentar un espacio de unidad desde las causas en común y exigir a sus representantes que definan su trabajo para y con la mayoría empobrecida. La política es definición; la indefinición es funcional al statu quo y a la coyuntura.
