Ganar un premio no es poca cosa. Máxime en una época en que las necesidades fútiles superan a las idealistas e incorpóreas. Ser reconocido por los otros debe obligarnos a la reflexión, a un acto de contrición, a incluso: buscar en nuestro fuero interno si en verdad merecemos tal elogio, lo que casi siempre deviene en decepción para con nosotros mismos, y, al cabo, vislumbrar la manera de reinventarnos para de una buena y futura vez merecerlo.
Resulta absurdo discutir sobre las razones de los premios. Se otorgan porque a veces nos urge reconocernos en el prójimo. Dar un premio, cuando se es jurado, es el símbolo de dárnoslo a nosotros mismos. Los que dan el Premio Planeta son escritores que leen a sus pares. No concurren al Planeta los mismos que lo hacen al Herralde, o por lo menos no con la misma obra. El jurado se identifica en quien va a ganar y forjan un público lector de quien ganará, con esa estructura y composición narrativa en la que terminarán por identificarse, con su ritmo, con su aliento, con su proyección de la condición humana (en los mejores casos, esto sí se evidencia en esas obras triunfantes).
Si nos fuerzan una contestación, diríamos que a final de cuentas el premio sería un acto repulsivo de la sociedad. Lo que se hace con la imagen de la persona ganadora es colocarla a un costado, es verla siempre bajo sospecha. Ya no cabe en el mundo porque creó su propio mundo. Tiene entonces que habitarlo, y, para beneplácito del escriba, habitar esos orbes es el mejor obsequio que le pueden dar. Permitirle ser parte de un olimpo propio.
Es recurrente, y a veces cansino, volver sobre la temática del Premio Nobel de Literatura. Quiérase o no, es el galardón más esperado del mundo cada año. Quizá su único contendiente sea el Premio Oscar a la Mejor Película; sin embargo, vale distanciarlos por el prestigio artístico e intelectual, aparte del sentido global de los Nobel (se reparten con un sentido más equitativo e indiscriminado que los otros premios, lo que a veces afecta al resultado final ya que, en el fondo, creo que todos esperamos que predomine el talento para hurgar en las entrañas de las acciones humanas y la calidad estética), cosas de las que carece la empresa cinematográfica y del entretenimiento.
En países como el Ecuador, donde apenas hemos contado con algún que otro candidato al premio en mención, y que en la mayoría de los casos fueron postulados por amiguismos o por presiones de carácter personal o político, la expectativa es menor que en otras latitudes. Nuestros jóvenes ignoran de la existencia del premio. No vamos a demonizarlos. En casi todo el mundo hay una baja consideración por parte de los adolescentes a este tipo de elogios públicos, pero sí existen diferencias que nos dejan mal parados. Los argentinos, los japoneses, los estadounidenses y los británicos aspiran siempre al premio, lo sueñan en sus manos, con distinta suerte para cada uno. Argentina, hasta la fecha, no ha conseguido llevárselo, a pesar de contar con autores reconocidos por todos los lectores y académicos del mundo, partiendo por la imagen de su santo patrono escritural, Jorge Luis Borges, quien ha sido el causante de que la discusión sobre quién lo merece, y quién no, se elevara casi a niveles de mal gusto.
Podemos nombrar, en un listado agotador, a un sinnúmero de autores, acaso canónicos, que no tuvieron el favor de la Academia Sueca, y todos esos nombres valdrían por encima, o codo a codo, de otros que lo obtuvieron. Y nombrarlos es una necedad, como lo fue el que no ganaran. En el Ecuador, digo, la expectativa es tangencial, con excepción cifrada de los escritores, que siempre tenemos la esperanza de que no gane nuestro colega sino el tanzano o uzbeko de turno. Eso nos resulta más digerible, porque sabemos entonces que la injusticia prima. Ya que si fuéramos justos, cada año ganarían autores de un mismo país, o por lo menos a año saltado, porque la industria del libro también tiene su apogeo en los lugares donde el libro es mejor recibido, publicitado, adquirido. Es decir, donde se lo lee más.
La deuda del Ecuador para con sus escritores y lectores (que es lo mismo) no va a venirse al piso porque un puñado de personas breguen por el objetivo común de que los niños y adolescentes lean. Tenemos un conflicto serio, a ratos absurdo, hacia el proceso de incentivación lectora. Parecería que gritáramos a viva voz que no queremos que nuestros hijos sean lectores, porque nosotros no queremos quedar en ridículo ante ellos cuando nos demuestren lo mucho que nos han superado. El lector siempre será noble, siempre soñará con que sus seres amados lo superen. Aquí no hay lectores. El sueño es que los que vienen luego de nosotros nos respeten, ya que es posible que no puedan amarnos, ya que es evidente que no merecemos amor, ya que no sabemos con qué herramientas demostrárselo sino mediante la violencia, las ataduras, la ignominia y las bajezas. Entonces, nos respetarán de una u otra forma. Como pretendía Adoum: amamos al himno porque nos es incomprensible, pero, más que nada, inaudible. Eso quiere decir que no lo amamos, tampoco lo respetamos, solo está ahí, como un adorno al cual temer porque quizás lo que estamos coreando al cantarlo sea una afrenta a nuestros antepasados y, por lo tanto, a nuestra sangre.
Recordemos que la buena literatura no nos dice nada. Esta regla básica surte un efecto adormecedor y soporífero en los lectores. El lector, hasta el menos avisado, entiende que al entrar en los buenos libros entra a su vez en una sesión de hipnosis. Lo hace dispuesto a ser convencido de que hay algo más que nos ronda por aquí, como un animal de caza al acecho. El ecuatoriano, aburrido de que eso pase en su día a día, propende, pues, a volver a su realidad mágica, donde los charlatanes tocan a la puerta a diario. Este embuste, sumado al consabido “nuestros autores escriben enrevesadamente, rebuscan palabras, se creen los intelectuales que no son” y a los sentenciosos “si provenimos de una historia nativa que carece de libro sagrado, incluso, y de españoles rechazados por su sociedad, analfabetos e ignorantes, que fueron los que se embarcaron rumbo a las Indias en busca de fortuna, por lo que la combinación no dio los mejores frutos esperables”, nos desacredita ante nosotros mismos. La flojera natural no es solo latinoamericana o ecuatoriana. El ingenio lego tampoco.
Puede ser, seguro que sí, que no haya país como el Ecuador. Puede ser que necesitemos más darnos premios inválidos para leer a esos autores que no los han merecido y decidir que, entonces, está bien que no crezcamos porque no contamos con un escritor de cabecera que nos obligue a estar a su nivel. Cuando leemos a Shakespeare, somos Shakespeare, porque sentimos lo que él sintió, pensamos a su altura; por fin somos lo que somos. Los ingleses, al leerlo, tienen como objetivo y determinación el escribir a su nivel, el no defraudar la memoria, llenarse y llenarlo de orgullo.
En el Ecuador las sorpresas y los misterios no nos importan. Que las palabras sean claras, no aprendamos nada, dejemos de ser niños de una buena vez, aquellos que se sorprenden con palabras nuevas e incomprensibles en principio. Que nadie sepa lo que es un nenúfar, así lo tenga ante sus ojos. Que no tengamos almas poéticas, sí prosaicas. Que vivamos ateridos a la expectativa. Que seamos meros espectadores de lo que producen los otros. Que sólo soñemos con ganar un Nobel, pero nunca nos motivemos a leernos para saber que, quién, sabe, por ahí hay un compatriota que merecería nuestro respaldo y que lo catapultemos. Que lo merecería por su vocación, porque no quiere figurar, porque es escritor cuando escribe y no cuando deja de hacerlo y busca las maneras de difundirse.
El debate es largo y agotador. ¿Merecemos el Premio Nobel? ¿El país lo merece o lo merece algún quijotesco autor que vaya contracorriente y que desde su escondite escriba como los dioses, a pesar de que sus propios vecinos ignoran de su existencia (que sería justamente lo que le haría “escribir como los dioses”)? ¿Nos hace falta un ente gubernamental que haga un lobby serio en las grandes mesas académicas alrededor del mundo? ¿Será que la literatura sí nos puede salvar de la violencia/ignorancia predominante en el país y que de una buena vez por todas deberíamos proclamar a los cuatro vientos la ingente necesidad de políticas públicas para promover, no la lectura, sino la lectura de los buenos libros? ¿Debemos hacer un mea culpa y darnos cuenta por fin de la megalomanía rampante entre escritores, del celo que existe, de los guetos que se forman y que evitan que unos lean a otros o que unos premios a unos y otros a otros, en un círculo vicioso del que, si se trata de huir, se termina en el ostracismo? ¿Debemos seguirnos preguntando cosas o tan solo escribir, para no ser los fieles espectadores del merecimiento ajeno?
Quizás en países como el Ecuador, todavía tengamos todo por contar, lo que en buen cristiano podría leerse como “mucho que leernos”.
Posdata: Como cualquier persona, juguetona y sensible, tengo mis autores favoritos que, según mis perspectivas, serían dignos de llevar el Nobel 2025. Decirlo es una necedad. No ser necio en el juego y en los sentimientos, es un pecado. A saber: John Banville, Maggie O´Farrell, Siri Hustvedt, Gerald Murnane, Don DeLillo y Richard Ford; en menor nivel César Aira, Anne Carson, Ian McEwan y Margaret Atwood.
