La madrugada del 3 de enero de 2026, el gobierno de Donald Trump inició el año exhibiendo al mundo su descomunal poderío bélico. No fueron maniobras militares sino una nueva invasión a un país latinoamericano: Venezuela. Alrededor de 150 aviones surcaron el cielo de Caracas y de otras poblaciones, bombardearon cuarteles y puntos estratégicos, donde se encontraba el armamento con el que Maduro podría enfrentar una invasión. En menos de dos horas de bombardeos, los aviones dejaron abierto el camino para que aparecieran 12 helicópteros Tomahawk desde los que bajaron más de cien marines a apresar al dictador venezolano. Ya tenían clara la ubicación de Maduro, en pocos minutos, lo atraparon a él y a su esposa, llevándolos al buque Iwo Jima, situado en aguas venezolanas. La doctrina Monroe, América para los americanos, llegaba en su versión más sofisticada y brutal, convertida en un nuevo espectáculo hollywoodense.
El presidente Trump celebró el virtuosismo y la efectividad de su ejército, dijo que tenían las mejores fuerzas armadas del mundo porque ningún otro gobierno hubiese podido hacer una operación militar tan perfecta en la cual no existieron bajas norteamericanas, por supuesto, omitió los 80 militares venezolanos asesinados.
Cuando empezó a hablar de las razones para la invasión a Venezuela, con su acostumbrada honestidad brutal, dijo que simplemente estaban recuperando su tierra y su petróleo. Creo que al final añadió que también estaban recuperando la libertad del pueblo venezolano. Con su estilo matonil, dijo que su gobierno se haría cargo de Venezuela hasta que “estén preparados para hacer una transición”, no habló de un tiempo específico. Venezuela se convertía en una nueva colonia norteamericana en pleno siglo 21.
Hoy, las nuevas declaraciones de Trump terminan siendo una burla a la oposición venezolana, porque ha dicho que se encargarán de Venezuela con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro, quien “tendrá que darnos todo: petróleo, carreteras y puentes para reconstruirlos, todo lo que exijamos nos lo tiene que dar.” Ni Corina Machado, ni González Urrutia, el candidato que ganó las últimas elecciones presidenciales y fue birlado por Maduro, aparecen en el mapa político de Trump. El mensaje fue claro: primero los negocios, luego la democracia.
La invasión a Venezuela ha dejado la puerta abierta para una época sanguinaria, donde prevalecerá el más fuerte. Adiós derecho internacional, soberanía de los pueblos, ONU, OEA, todo el pensamiento ilustrado que era la piedra angular de nuestra civilización. Vamos a tiempos recios e irracionales porque los argumentos del gobierno de Estados Unidos para justificar su invasión a Venezuela son deleznables. Acusa a Maduro de narcoterrorista y de exportar drogas a Estados Unidos provocando la muerte de millones de norteamericanos. Claro, los consumidores de cocaína norteamericanos fueron obligados por el gobierno de Maduro para drogarse…
Trump aprovechó la coyuntura bélica para amenazar a Petro, quien también sería otro narcoterrorista. Siguiendo su lógica de salud pública y soberanía, debería invadir al gobierno de Daniel Noboa quien también exporta cocaína a Estados Unidos y a Europa, peor aún, lo hace sin ambages en cajas de banano de sus corporaciones. Estaríamos frente a una nueva versión de la “guerra del opio” cuando la dinastía Qing de China, en 1839, le declaró la guerra a Inglaterra por comercializar el opio hindú en China.
El derrocamiento a Maduro es una fachada para controlar geopolíticamente a América Latina utilizando el miedo. Milei y nuestro magnate del banano que funge como presidente, ya felicitaron y agradecieron a Agent Orange por liberar a Venezuela, cuánta estupidez. Estamos retrocediendo varios siglos, los gringos decidirán qué recursos necesitan y ordenarán nuestras políticas económicas, adiós a la soberanía nacional. Qué pena, hay gente celebrando en Ecuador.
El pintoresco presidente gringo es una versión reloaded de James Monroe quien, en 1823, proclamó América para los americanos. Quieren convertirnos, nuevamente, en el patio trasero de Estados Unidos, extraer todos los recursos naturales, encargarse de nuestras finanzas públicas, controlar aranceles, deuda externa, y, sobre todo, impedir que hagamos negocios con China y Rusia. Adiós multilateralismo, unidimensionalidad total.
La respuesta del madurismo ha sido débil, la forma en que apresan al exdictador y lo llevan a New York, exenta de brutalidad, genera la hipótesis de una salida negociada. También sorprende que Delcy Rodríguez termine siendo el instrumento político con el que Trump no tendría que negociar nada, ella aceptaría todas las condiciones de King Trump. Todo turbio, sin embargo, no hay que olvidar que en Venezuela funcionan las brigadas chavistas que están armadas y que en caso de que se afecten sus prebendas reaccionarían violentamente. Si Trump instala sus tropas en Venezuela, podría darse un escenario caótico parecido al de Irak después de Sadam Husein.
Algunas voces críticas han irrumpido, incluso en Estados Unidos. El alcalde de New York, Zohran Mamdani, dijo que “atacar unilateralmente a una nación soberana es un acto de guerra”. También se pronunciaron rechazando la invasión Putin, Xi Jinping, Lula, Claudia Sheinbaum, Boric, Petro, Orsi.
Nada que celebrar ni para América Latina y peor para Venezuela. Seamos claros, Trump ha criminalizado a los migrantes venezolanos en Estados Unidos. ¿Ustedes creen que, controlando militarmente a la nación de Simón Bolívar, con un gobierno títere, tratará con apego a los derechos humanos a nuestros vecinos? Lo más probable es que el exilio económico al que han sido sometidos los llaneros continuará, porque lo que Donald Trump ha instalado en Venezuela no es un país soberano sino una colonia gringa en pleno siglo XXI.
