El estrepitoso fracaso que tuvo la corriente del Sí en el último referéndum y consulta popular en el Ecuador, no solo se tradujo en un abierto rechazó a la propuesta oficialista de refundar, por enésima vez, a la República del Ecuador, creyendo puerilmente que el bienestar de una sociedad se mide directamente por el número de procesos constituyentes acumulados. También implicó un fuerte revés para el presidente Daniel Noboa, tanto así que debió esperar 11 días para reaparecer en la escena pública, prolongada ausencia que dejó entrever su inmadurez política, que nuevamente lo inmoviliza, dejando en claro la evidente desconexión existente entre el Primer Mandatario y su pueblo.
En democracia, a más de aceptar los resultados, es fundamental entender el mensaje implícito que deja la ciudadanía en cada voto depositado en las urnas. No se trata solamente de una simple operación matemática en la que el No superó ampliamente en las preguntas 1, 2, 3 y 4. Tampoco puede reducirse el análisis de forma tan simplista, como suele hacerse desde Carondelet, equiparando toda una jornada electoral con un partido de fútbol y declarar el resultado final con un frío: 4-0.
Lo cierto es que este Gobierno que se conduce con el vigor del carpintero (por aquello de dar palos de ciego), y los comensales de Palacio y las cajas de resonancia al servicio del poder de turno, desde un principio trataron de minimizar la derrota. Buscaron explicaciones en la desinformación, en el miedo y tantas otras teorías que nunca fueron transparentadas por firmas encuestadoras (tan desacreditadas al momento) que, curiosamente, pocos días antes, daban como ganador –y con un amplio margen- al Sí en las cuatro preguntas.
En la práctica, el ‘Nuevo Ecuador’, que no va más allá de una desgastada frase marquetera, carente de vitalidad y significado, entendió muy poco lo que la gran mayoría de ecuatorianos gritaron en las urnas.
La derrota fue de tal magnitud que la propia psiquis del oficialismo se vio afectada, tanto así que acudió, de primera mano, a la negación como mecanismo de defensa. Resulta que quien había perdido el pasado 16 de noviembre no fue el proponente de las preguntas, es decir, el presidente Daniel Noboa, sino el pueblo, al dejar pasar una oportunidad para mejorar su bienestar, idea concebida seguramente por algún filósofo de cafetín de Samborondón o Miami.
En la práctica, el ‘Nuevo Ecuador’, que no va más allá de una desgastada frase marquetera, carente de vitalidad y significado, entendió muy poco lo que la gran mayoría de ecuatorianos gritaron en las urnas. Apenas si se han hecho algunos cambios posicionales en el equipo de trabajo del Gobierno nacional, con escaso o nulo impacto favorable, pues se trata de un simple reciclaje de nombres. Y en unos casos, como para Ripley, se coloca a funcionarios con estudios en Arte y Diseño, así como en Derecho, a dirigir el Ministerio de Salud, una de las Carteras de Estado más complejas y cuya crisis alcanza niveles dramáticos.
Pero la desazón no termina ahí. El Jefe de Estado ha anunciado sus próximos – y numerosos- viajes al exterior que están en agenda, los que se extenderán hasta el mes de enero de 2026, incluido un periodo vacacional y todo esto en medio de una creciente crisis de seguridad que vive el país.
La función del primer servidor público es estar junto a su pueblo y cumplir con un principio zapatista esencial que se resume en aquello de ‘mandar obedeciendo’, es decir, quien manda, lo hace obedeciendo la voluntad del pueblo, lo cual desarma a regímenes autocráticos y a los pequeños aprendices de dictadorzuelos.
