martes, abril 7, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Indigestión electoral

16 binomios presidenciales para un país de 18 millones de habitantes es un despropósito, una aberración, una auténtica indigestión electoral.

Al final, los intentos de unidad política y de alianzas electorales quedaron como cuento chino. Pura alharaca mediática para entretener al electorado. Ni la derecha, ni el centro ni la izquierda lograron un mínimo acuerdo. Ahora, cada gallo y cada gallina cantarán en su propio gallinero.

La imposibilidad de concretar alianzas no debe verse como un fracaso de nuestra política, sino como un karma. Una obviedad. Ahí se refleja de cuerpo entero la extrema fragmentación de la sociedad ecuatoriana, un factor que se exacerba en un escenario tan volátil como el de la política. Frente a la ausencia de proyectos coherentes y consistentes para el país, la política —y sobre todo las elecciones— termina siendo terreno fértil para las apuestas de galladas e individuos ávidos de controlar espacios burocráticos del Estado. Para ese propósito, toda estructura orgánica, todo proyecto y todo parámetro ideológico constituyen un obstáculo.

La exagerada dispersión es efecto, y al mismo tiempo causa, de la irreversible descomposición de los partidos. Pero también del agotamiento del viejo modelo liberal de representación ciudadana. La gente ha perdido cualquier adhesión o simpatía por estas formas de mediación entre la sociedad y el Estado. Toca reinventarlas si queremos enderezar nuestra enclenque democracia.

A diferencia de la comunidad, cuya esencia se ha mantenido a pesar de los 500 años de persecución y hostigamiento, los partidos políticos se diluyeron en menos de dos siglos (al menos, en el Ecuador). Eso significa, en buen romance, que sí existen referentes para la acción política desde la sociedad. Referentes más democráticos y sobre todo más adaptables a los cambios culturales y sociales de la modernidad. No se trata —vale aclararlo— de una evocación romántica y fantasiosa de un pasado precolombino supuestamente idílico, sino de un llamado a la reformulación de la política a la luz de los vertiginosos cambios que vive el mundo entero.

Sin estructuras medianamente coherentes y sólidas la política electoral se transforma en un casino donde cada cual juega a la suerte. No de otro modo se explica que en los últimos 25 años hayan llegado a Carondelet personajes improvisados, impreparados y hasta abiertamente inútiles. Basta un membrete electoral (nunca falta quien se ofrezca), un financista inescrupuloso y un buen mago de la comunicación para alzarse con el triunfo.

Esta vez no será diferente: 16 binomios presidenciales para un país de 18 millones de habitantes es un despropósito, una aberración, una auténtica indigestión electoral. Sobre todo, porque no existen mayores diferencias de fondo entre los contendores. A la postre, seguirán ganando los mismos poderes fácticos de siempre.

Octubre 3, 2024

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