Durante una de las coberturas fotográficas más demandantes de mi vida resbalé con unas piedras y caí en un río. Reaccioné por puro instinto. Protegí los equipos, salvé las cámaras y sacrifiqué mi muñeca derecha. Sufrí una fractura. Cinco semanas con mi brazo enyesado fueron suficientes para descubrir algo incómodo: la independencia, esa bandera que muchas mujeres levantamos con orgullo, también puede ser una ficción cuidadosamente sostenida.
Históricamente, el fotoperiodismo ha sido un territorio de hombres: coberturas duras, largas jornadas, escenarios impredecibles donde la resistencia física y emocional parecen una credencial invisible para estar en primera línea. Las mujeres que trabajamos en estos espacios laborales solemos desarrollar una habilidad particular: disfrazamos la vulnerabilidad, no porque seamos más fuertes sino porque hemos aprendido (muchas veces sin que nadie lo dijera en voz alta) que mostrar debilidad nos puede costar caro.
En mi caso he tenido la suerte de trabajar con colegas hombres profundamente respetuosos y generosos, fotógrafos extraordinarios que, muchas veces, han sido compañeros de ruta en caminos difíciles. Aún así, en esos entornos nobles, muchas mujeres fotoperiodistas hemos aprendido a medirnos de igual a igual. No porque alguien lo exija explícitamente, sino porque el propio oficio lo demanda.
Hay una especie de pacto silencioso en el campo de acción: el de sostener la cámara, caminar el mismo terreno, resistir la misma lluvia, el mismo cansancio, la misma tensión. Y en ese pacto aprendemos a no detenernos demasiado en el dolor, a no mencionar el miedo, a no visibilizar la fragilidad. No es una competencia con los hombres, ni una rebeldía contra ellos, es más bien una forma de demostrar (quizá también a nosotras mismas) que podemos estar ahí, en el mismo lugar donde ocurren los hechos contando la historia con la misma firmeza y potencia.
Con el tiempo, esa actitud se vuelve casi automática y se convierte en una manera elegante de avanzar sin hacer demasiado ruido con lo que nos duele o nos atemoriza. Es un hábito secreto donde la vulnerabilidad queda cuidadosamente guardada en un bolsillo que casi nunca se abre.
Mi mamá tenía una filosofía sencilla frente al dolor y la repetía cuando yo era una niña. “Llore todo lo que quiera, después lávese la cara, póngase bonita y siga, mijita”. Yo seguí ese consejo al pie de la letra durante décadas.
Mi mano izquierda, que hasta entonces era una asistente decorativa, fue ascendida sin capacitación previa a sostenerlo todo. He sobrevivido 40 días con una versión zurda improvisada hasta que mi mano diestra vuelva a existir. Soy una mujer que ha vivido por más de dos décadas contando historias con imágenes, y el no poder fotografiar en este último tiempo se ha convertido en una experiencia extraña. Todo se torna casi imposible: editar, escribir, conducir, cambiar una lente. En estos momentos aparece una cualidad que no solemos practicar con frecuencia: la paciencia. Una paciencia obligada con uno mismo, (la que más cuesta) porque el cuerpo impone un ritmo distinto y hay que aprender a obedecerlo. Bajar la velocidad no es sencillo cuando la vida profesional en prensa es una carrera contra el tiempo.
Desde que me fracturé, me he esforzado en adaptar mi brazo derecho enyesado a mi rutina diaria. Mi familia y algunos amigos me han demostrado una calidez humana enorme. “Eres de acero”, “no esperábamos menos de ti”, “qué valiente eres por ir a esas coberturas”, me decían. Y yo, impávida, con la muñeca fracturada e inmovilizada, en un principio no fui capaz de contarles de mi accidente. No era vanidad. Era algo más profundo: una especie de incapacidad aprendida para reconocer mi propia fragilidad y evitar traicionar a ese personaje fuerte que la sociedad espera. Mientras yo intentaba desenmarañar mis miedos, y el mundo seguía funcionando con su obsesión de fortaleza y rapidez habitual, yo empezaba a entender que la vulnerabilidad nos impulsa a reaprender.
Mi mamá tenía una filosofía sencilla frente al dolor y la repetía cuando yo era una niña. “Llore todo lo que quiera, después lávese la cara, póngase bonita y siga, mijita”. Yo seguí ese consejo al pie de la letra durante décadas. Nada de esto es dramático, pero sí es revelador. Me formó fuerte, con esa combinación precisa de amor y firmeza que me sostiene incluso en los días difíciles, pese a que hay momentos en los que la fortaleza también necesita un respiro.
Las semanas de mi recuperación física avanzaban lentamente, mientras lidiaba con el sentimiento angustiante de sentirme inútil. Yo amo cocinar: para mí es terapéutico, es mi forma de cuidar y de amar. No poder siquiera partir un tomate se convirtió en un pequeño desajuste interno, un cóctel de cortisol que tuve que aprender a gestionar.
La neurociencia explica de forma ilustrada esta sensación: “Cuando una extremidad dominante se inmoviliza, el cerebro entra en una especie de desorden temporal”. Traducción práctica: me volví torpe. Después de esta gran revelación los días empezaron a moverse de otra manera, no en grandes metas mucho menos jornadas largas de trabajo sino en micro actividades: tomar un baño, vestirse, escribir un mensaje, comer obviando casi por completo el “Manual de Carreño”, abrir una puerta con cierta estrategia. Fueron pequeñas conquistas domésticas, antes invisibles, que ahora tomaban relevancia.
Mientras “cazo” las letras para escribir este relato, recuerdo (con un poquito de vergüenza) que atravesé una semana particular en la que me invadió la banalidad. Maquillarme, que ya era una destreza limitada aplicada con la mano derecha, imagínense lo que fue intentarlo con la izquierda. Cepillarme el cabello, ponerme mis aretes diminutos requirieron pequeñas operaciones de precisión que de pronto parecían ejercicios avanzados de tiro al blanco. El vestuario tampoco ayudaba. No soy una persona particularmente obsesionada con la moda, pero sí con algo más elemental: mantener mi estilo. Y el cabestrillo (ese accesorio ortopédico obligatorio) no colaboraba en absoluto. Ninguna blusa lucía bien, ningún abrigo terminaba de acomodarse. Así que decidí usar un poncho. Hay que decirlo con honestidad. “El cabestrillo no combina con absolutamente nada”. Pero lo que más me alteró fue dejar de pintarme las uñas por cinco semanas, así como me gustan: rojas, precisas, ordenadas. No es estética, es parte de mi identidad.
Pero en medio de estas semanas suspendidas, también entendí que la vida no espera, sigue avanzando mientras nosotros volvemos a aprender. Por ejemplo, mi hijo fue un maestro inesperado. Con esa combinación tan suya de amor y humor negro, me enseñó a tener más paciencia con mi nueva realidad. Entre bromas amorosas sobre mi torpeza, comentarios quirúrgicamente irónicos y esa reciente manía de pasar días cantando e interpretando el último y pegajoso éxito de Pau Laggies, (la verdad es que no tuve ganas de averiguar por qué le hacía tanta gracia la cancioncita) con una sonrisa torcida y sus ojos brillantes, logró algo muy importante. Me recordó que, incluso en medio de la incomodidad, también se abren espacios de alivio. Y tal vez por eso, cuando llegó el momento en que se fuera a su viaje de fin de bachillerato, sentí con más claridad esa frustración materna de no poder apapacharlo como hubiese querido.
Y, aun así, la vida siguió desplegando su repertorio completo de emociones. Celebré enyesada, y como se debe, el cumpleaños de una amiga muy querida. Casi sin transición, viví momentos de una ternura inesperada, instantes breves en los que una conversación, una mirada, un abrazo profundo, incluso algún gesto de cercanía atravesaron el yeso con una naturalidad casi insolente, como si el cuerpo supiera ignorar las limitaciones que la cabeza intenta imponer. Apenas unos días más tarde, despedí a una mujer entrañable que decidió partir antes de tiempo.
Así transita la vida cuando se pone sincera. No ordena las emociones en fila, las mezcla sin pudor: la ternura, la impotencia, la risa, el deseo, la nostalgia, el amor y la pérdida. Este capítulo de mi existencia me ha obligado a habitar todas estas emociones al mismo tiempo. Tal vez por eso me descubrí como una hipocondríaca emocional, no por miedo al dolor físico, ese que se cura, sino por esa sospecha de que el personaje que uno ha levantado y sostenido con tanto ahínco también puede romperse.
Y cuando eso ocurre, uno entiende que algunos accidentes no solo rompen huesos: también nos obligan, con cierta honestidad incómoda, a volver a ser humanos.
