Vivimos en un país que se ha borrado parcialmente, que se sigue borrando y se difumina desde diversas formas. País que se corrige con ese pedacito de caucho que nos daban en la escuela, azul y rojo en cada extremo y que no pocas veces rompía la hoja del cuaderno, arruinando todo lo avanzado en el deber para mañana. País borrado con ese líquido que usaban los escribientes de cartas de las plazas, en sus máquinas de escribir, blanqueando las manchas, como se blanquean los sepulcros. Líquido que tapaba el error pero dejaba una capa que sobresalía en la hoja, mancha blanca que era un testigo, y que al secarse o al mirarse al descuido desaparecía, como los testigos de los crímenes del país borrado.
El Ecuador se borra con delicados movimientos que las escuelas y los medios de comunicación hacen para impedir que se noten ciertos hechos de la historia, pero que el ojo más aguzado descubre. La huella de lo que se pretende ocultar en este país de la mitad del mundo que no se ha pasado a limpio y está lleno de tachones, manchas, enmiendas y que tiene “mil puyas…, quinimil callos…, cánceres…, caspas” tal como ese otro país, al que se refería el poeta salvadoreño Roque Dalton.
Esta digresión surge luego de leer el último libro que de Ernesto Carrión, País borrado (Planeta, 2025). En su más reciente novela, Carrión retoma la novela negra y nos entrega un crudo y conmovedor relato, que habla precisamente de eso, de cómo se ha puesto empeño en borrar la historia vívida y conformarse con las conjeturas. Un país en el que se ocultan los hechos inconvenientes para cierta clase social y donde los crímenes de personajes inconvenientes a las élites se ocultan, o quedan al descubierto los matadores materiales, pero no los asesinos intelectuales. Estos último quedan por siempre en la impunidad.
En el País borrado, ficción de Ernesto demasiado parecida a la realidad, de a poco revisitamos algunos hechos de nuestra historia reciente que pasaron desapercibidos, otros que no han sido tomados en cuenta, o que ya van siendo olvidados por las nuevas generaciones. Los abuelos guayaquileños, por ejemplo, recuerdan haber escuchado de sus padres sobre la masacre de los estudiantes del año 1959, pero pocos serranos saben de esta. Los que bordeamos los 50 sí recordamos la masacre del Ingenio azucarero Aztra de 1977, del asesinato del político Abdón Calderón Muñoz (1978) después y el crimen del congresista de izquierda, Jaime Hurtado, en 1999, muy cerca del Palacio Legislativo. Sin embargo, casi nadie de la generación del Tik Tok conoce aquellos eventos y estos quedan en la bruma, aparecen escuetos o no se recogen en los libros de historia, ni se recuerdan en las noticias. El “accidente” aéreo, en el cual perdieron la vida el presidente Jaime Roldós, su esposa y los miembros de su comitiva, imborrable per se, con el tiempo va quedando en el olvido y la resignación.
En otro hilo narrativo de esa obra, Carrión nos lleva a un tiempo oscuro, el gobierno del León Febres Cordero y más precisamente al año 1986, cuando aumentaron las desapariciones y los escuadrones volantes de la policía hacían de la suyas. Ese 86 de ejecuciones extrajudiciales de subversivos y de golpizas a opositores políticos cómodamente acusados de subversivos. El escritor guayaquileño hila su historia, en diálogos sencillos pero cargados de poesía, y nos cuenta también cómo energúmenos con uniforme borran jóvenes en sórdidas tumbas que nadie conocería en medio del monte y cómo otros jóvenes emigran del país borrado hacia otras latitudes para cumplir sus sueños.
Leyendo esta novela recordé que en ese gobierno, paradójicamente, se soltó la consigna Basta de bestias, ante el crecimiento del número de niñas y mujeres jóvenes de todo el país que no regresaban con los suyos y eran luego encontradas en terrenos baldíos. Novelada en esta obra, se reeditan las declaraciones de aquel tipo esmirriado que se adjudicó sus crímenes. Porque ese 86 fue también el año del tristemente célebre Daniel Camargo Barbosa, “un hombre mayor, casi un mendigo, … con los ojos pequeños y el cabello revuelto, … hombre escuálido de entradas profundas”, que indicaba con precisión donde enterró a sus víctimas. La incógnita de cómo ese espantapájaros pudo matar él solo a mujeres muchos más fuertes y el comentario popular de entonces, que insinuaba que los verdaderos asesinos fueron jóvenes de la alta sociedad, vuelve a la memoria.
Es una novela que sobrecoge y que muestra descarnadamente los ejercicios del poder, el ente omnipotente que no descansa porque vive preocupado de lo que no controla e, insaciable, quiere aplastarlo todo. Esa dimensión del poder que culpables, inocentes, sesudos y despreocupados la vivimos de manera subrepticia y cotidiana, se devela en los personajes que interactúan en la obra de Ernesto Carrión y retoca esos trazos, imperceptibles, inseguros y difusos, porque es necesario ver con más claridad y quizás motivar a que el país comience a reescribirse.
