El año 2025 ha iniciado con dos hechos que, en el ámbito internacional, han tenido repercusión. Ambos en los Estados Unidos. Los funerales del expresidente Jimmy Carter, y unas estrepitosas declaraciones del próximo mandatario Donald Trump. Al primero se lo ha calificado de un hombre bueno, al otro una persona agresiva e imprevisible. Las dos caras de un país que está frente al mundo.
Carter apenas terminó uno de los dos mandatos posibles, por severas críticas de gran impacto durante su gestión pero que, durante su larga vida, posterior a esa presidencia, paulatinamente se lo ha reconocido, en cambio, especiales méritos, que lo hicieron merecedor al Premio Nobel de la Paz. En ese tiempo, efectivamente, contribuyó a buscar puntos de encuentro en lugares donde hoy hay guerra. En un sector de esos, ahora, solo quedan escombros, hierros retorcidos y una población esquilmada y hambrienta. La Fundación que lideró también hizo presencia en nuestro país, a fin de restablecer una relación vecinal que se vio quebrada consecuencia de la violación a nuestro territorio de guerrilla y fuerzas oficiales provenientes de un conflicto que terminó infectando al Ecuador.
Trump, ganador absoluto en recientes elecciones celebradas en su país, con estridentes enunciados de proyección internacional, que ya venían desde su administración anterior, con abundancia de claridad y contenido, sin subterfugios ni consideraciones, una vez más, ha llenado los medios con los más diversos criterios.
Si bien su carácter histriónico ha sido uno de los elementos que han favorecido su exitosa carrera política y de negocios, Trump, con esas intenciones no deja de sorprender aún a sus más fervientes admiradores. Declaraciones que a lo único que pueden conducir es a una polarización peligrosa, mayor a la que actualmente existe. No ha dejado de asombrar que esos propósitos están principalmente dirigidos a vecinos, socios y amigos de los Estados Unidos menos que a sus tradicionales adversarios.
Canadá, pasaría a ser un estado más de la Unión Americana. México dejará de contar con el nombre de su golfo, tendrá barreras arancelarias mayores si rebasa la migración establecida y podría sufrir severos castigos si no elimina una droga que consumen y mata a estadounidenses. Dinamarca deberá entregar Groenlandia. Panamá se obligará a devolver el Canal. Europa pagará mayores aranceles por la venta de sus productos. Los socios de la OTAN deberán elevar sus contribuciones —en un momento crítico con Rusia—. Gaza verá abrirse “las puertas del infierno”. Y, a través de un multitrillonario, desaprueba al gobierno del Reino Unido y motiva a la ultraderecha germana.
Si bien casi no hay un punto que no ha sido atacado en contra de sus aliados, no deja de llamar la atención el considerable número de apoyos que ha tenido al interior de los Estados Unidos. Finalmente, es una política internacional de asilamiento por la que votaron sus ciudadanos. Ese respaldo otorga al futuro mandatario una fuerza que en la anterior administración no tenía. No son nuevas ni la cuestión de Groenlandia ni la de México o la del Canal: todas fueron presentados a la luz de “necesidades de seguridad nacional”. La diferencia es que hoy se las plantea con enorme frialdad y contundencia por motivos geopolíticos. Hay un deseo expansionista hacia el sur de América y de confrontación con Europa. Con ese marco, quienes observan con espíritu práctico y saben su estilo señalan que el futuro presidente considera que para él una buena negociación comienza con la humillación del adversario, buscando la intimidación para alcanzar concesiones.
Estos alcances retrotraen, inevitablemente, a las ideas de los Estados Unidos del siglo XIX, con la “Doctrina Monroe” y el “Destino Manifiesto”. Esas expresiones se concretaron en América Latina cuando recién se formaban los Estados nacionales en nuestra región. Tal vez la acción más dramática fue la anexión de extensos territorios mexicanos a la Unión Americana, al igual que los de Puerto Rico, más un sinnúmero de invasiones como una última a Panamá.
Inspirado por John Quincy Adams, secretario de Estado, James Monroe, presidente de Estados Unidos, el 2 de diciembre de 1823, ante la formación de la Santa Alianza en Europa (convenio entre antiguas monarquías derrotadas por efectos de Napoleón y la Revolución Francesa), opuesta a las ideas republicanas emitió una “doctrina” que buscaba impedir que potencias europeas restauraran antiguas colonias y cerraran el paso a los propósitos de los Estados Unidos. El lema de esa declaración, que se ha mantenido en el tiempo, es “América para los americanos” (estadounidenses).
Las relaciones de Estados Unidos con nuestros países se remontan a los argumentos del Libertador Bolívar. A pesar de que visitó ese país de forma no oficial, más tarde, contra su criterio, el vicepresidente Santander invitó a EE.UU. a participar en el Congreso Anfictiónico de Panamá. La delegación estadounidense no llegó a las sesiones por percances presentados en el camino. Las discrepancias estaban en los fines de la reunión. Dentro de las divisiones internas se debatía si la intención para una unión de repúblicas latinoamericanas era evitar la injerencia de los Estados Unidos, que ya había proclamado la Doctrina Monroe. El emblemático istmo, donde más tarde se construirá el canal interoceánico, siempre fue un punto geográfico clave.
La Doctrina Monroe ha sido pilar fundamental de la política exterior de los Estados Unidos. En su consolidación como potencia mundial, durante el mandato de Theodore Roosevelt (1901-1909), la doctrina cobró una nueva dimensión (enmienda “Corolario”) que justificó “el derecho” y “el deber” de la nación estadounidense de intervenir en asuntos domésticos de las naciones, no solo ante la posibilidad de alguna interferencia europea, que era lo que sostenía la formulación original, sino incluso en casos en que el gobierno estadounidense considerase que había peligro de revueltas políticas o de cualquier otro tipo de “desorden”.
De este modo, la Doctrina Monroe se convirtió en un prototipo de declaración unilateral hecha por una potencia para afirmar su pretensión de responsabilidad exclusiva sobre una región, lo que generó un precedente para que otras naciones hicieran lo mismo sobre determinadas áreas. En enero de 1917 hubo una segunda modificación, en la presidencia de Woodrow Wilson (1913-1921), con la pretensión de que debía convertirse en una doctrina para el mundo. En el fondo, se consideraba que los fundamentos políticos de la Doctrina no tenían fronteras y que podía implementarse en cualquier rincón del planeta, con el propósito implícito de interferir económica y militarmente en otros continentes.
Corridos los tiempos, con una historia llena de intervenciones, al llegar el gobierno de Obama (2009-2017) el secretario de Estado, John Kerry (2013), en un discurso en la OEA consideró que “la era de la Doctrina Monroe terminó”. Falsa ilusión. Muy poco tiempo después, ya en la primera administración Trump (2017-2021), su primer secretario de Estado, Rex Tillerson, como el entonces consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, rescataron la Doctrina Monroe como base del accionar de EE.UU.
Ahora, a los doscientos dos años de la proclamación de la Doctrina Monroe, el electo presidente Trump, para hacer grande a América otra vez recoge sus fundamentos, iniciados en el siglo XIX, en su intención de modificar el perfil del mundo.
Con Carter, el bueno, terminó una era. Ahora, empieza la incógnita de Trump, primer presidente -sentenciado- cuyo ejercicio confirmaría una expresión que ha circulado con fuerza: consolidar a Estados Unidos con una política imperial.
*Ex – Vice Canciller
