Michel Foucault se prefiguraba en su celebérrimo artículo Huellas de la locura, que llegaría el día, “tal vez”, en que “no se sepa más exactamente lo que habría sido la locura”. Y le daba énfasis y protagonismo después a “la perdición del habla de los excluidos”. Si contraemos, en sentido acordeónico, el texto de marras en su integridad, la reducción nos dictaría como tesis que para Foucault la pérdida del habla es la pérdida de la locura, y perder la locura es –cacofonía hispánica incluida– la forma más abyecta y ruin de perder la cultura. Cuando revisamos en estos tiempos los grandes libros de la literatura africana, nos encontramos que la busca que los mueve es la de la recuperación del habla, de sus leyendas, el intento por sumergirse en las entrañas de sus sabanas y selvas tropicales y recuperar los cánticos con sus mensajes que la contemporaneidad aborrece con dejos asquientos.
En la gran novela de Chinua Achebe, Todo se desmorona, un pueblo intenta, de manera soterrada, evitar su colonización mediante ardides mágicos. Por ejemplo, para que los extranjeros instalen su Iglesia, les ofrecen un terreno que –solo ellos lo saben– está maldito. Confían que el demonio de ese lugar se encargará de arruinarles el proyecto arquitectónico, y, si no, por lo menos la santidad de la capilla matará por fin al tan temido demonio. Lo que Achebe nos muestra es una gran imaginación, pareja en esencia con la de García Márquez en Cien años de soledad, con la diferencia de que el africano aplica para su construcción narrativa una fuerza comunal de leyenda y un léxico afín a la cartografía africana. Lo que hace el colombiano, en cambio, es embarrarse las manos con las palabras y con las palabras limpiarlas después.
Pasaría lo mismo con Paraíso de Abdulrazak Gurnah, y, aunque su historia de tintes cinematográficos emplea recursos parecidos a los de Achebe y tiene como fin el desenterramiento de sus costumbres, de recobrar el habla primigenia ocupando las hablas de este siglo, no parece optar por ese sendero. Paraíso cuenta la historia del viaje de un chico engañado, y, en ese periplo, el descubrimiento de un continente divertido y astuto, tanto como sufrido y corrupto. Gurnah, con ausencia de alusiones intelectuales, consigue retratar una África que todos extrañábamos. Nos hace sospechar que estamos ante el lugar del que todos salimos sin ser felices, que es la causa por la que todos queremos volver allá. Un joven, Yusuf, que se ilusiona con el viaje, sin saber, aunque el autor nos permite que lo intuya él, que es la paga de una deuda, y por eso entre líneas palpitamos su deseo profundo de enterarse de que la Gran Guerra estalló por fin. El lector lento, el que revisa los pasos dados y le da prioridad a su propia sombra, se siente alegre de ese suceso, porque por fin pasa para Yusuf algo que le importa más que su desdicha. La guerra es más importante que haber sido vendido, es más importante que su familia y que África. Algo, por lo tanto, pasa para el lector, quien también espera la guerra, que, paradójicamente, nadie sabe si va a ocurrir de verdad, con excepción del chico, a quien terminamos por considerar vidente.
Y si Yusuf es el recuerdo fiel de los africanos, la lógica nos invita a suponerlos a todos videntes. En ambos casos participa activamente lo que Gabriel Weiz llama como “sujeto exótico”, es decir, tiene protagonismo el lugar por colonizar lo que activa la alteridad como “un estímulo para despertar la sed de aventura”. En ambos casos, lo salvaje “define nuestra ignorancia oculta en nuestros vocabularios culturales” que son explicados por nuestros autores.
Una obra esencial para adentrarnos en el testimonio del primitivismo y la tendencia orientalista en la construcción posmoderna del mito africano, es Mythologies, de Roland Barthes, donde lo más relevante es la ubicación legendaria de los parajes citados en la obra. Ese lugar exótico exige un lenguaje de iguales características. Un lenguaje único. No a la manera de los neologismos inventados por Tolkien, por ejemplo, sino un lenguaje que sea en sí una metatextualidad, un metalenguaje, algo inentendible que exponga de esa manera lo inentendible para nuestro mundo globalizado de sus leyes y tradiciones, lo que vuelve a ese continente un objeto poetizable. Porque el poeta crea de lo que no comprende. Porque el poeta hila versos para reconciliar a la humanidad con la realidad. Y es el poetizar, otra vez en términos barthesianos, “lo que indica una confianza en la fuerza emancipadora del lenguaje”.
Estas tres novelas ejemplares no tendrían vínculo alguno con la obra de Coetzee, y pensar eso sería un error. En Desgracia, el pobre diablo protagonista sufre los embates de una sociedad que no lo puede identificar por su costumbre añeja de amar sin preguntarse dos veces si está bien que lo amado así lo sea. La lengua del amor es un enredo. Pero la obra del Nobel sudafricano que en verdad es una indagación en procura del eco del Continente Negro, es Verano, en la que las voces de las mujeres que pasaron por la vida de un hombre a quien el narrador desprecia con denuedo, un tal John Maxwell Coetzee, desbrozan sin cuidado ante un quisquilloso investigador, es la voz de la mujer africana que lamenta su destino, porque el destino impuesto a ellas por una ley superior es la de solo existir si se ven reflejadas en la pupila de un varón. Esas mujeres que hablan, encuentran la locura en las descripciones, variopintas, tan disímiles, de un solo sujeto que, en cambio, apenas profiere unos cuantos epítetos o casi monosílabos en toda la novela.
El loco es el excluido. África, esa África mía, de Dinesen, tiene un último eco en la magnífica La más recóndita memoria de los hombres, de Mohamed Mbougar Sarr: “A veces oigo decir que tenemos que seguir siendo fieles al niño que fuimos. Esa es la ambición más inútil o funesta que se pueda tener en este mundo.”
La literatura africana no se escribe solo por africanos, pero nadie escribe de África tan bien como los africanos. No hay manera de negarlo: nos encanta que un Pierre Michon o una Maggie O’Farrell se aventurasen a escribir sobre esas tierras prometidas. Sé que lo hicieron como yo cuando me remonto a la Francia decimonónica en El violín de Ingres, o como cuando Faulkner funda el condado de Yocknapatawpha, porque toda tierra es la prometida, porque todo terruño es un París de las luces, un París que es una fiesta. El esfuerzo no es menor. Estos lenguajes le dan esa dosis de locura externa, es decir, de cómo algo es mal visto y mal descrito, lo que quizá consiga, por fin, el tan soñado retorno a lo prebabélico. Cuando un lenguaje es mal dicho, lo dicho ocupa su lugar en el mundo.
Toda literatura es detectivesca, indistintamente del género en el que sea colocada tal o cual pieza. A veces la intriga es qué se está buscando, detrás de qué vamos. Le preguntamos al autor, ¿a dónde nos llevas? Las otras preguntas son retóricas; sabemos de antemano sus respuestas. Pero esta se torna compleja al momento de la traducción. Si el habla perdida es, en términos de Foucault, lo que nos ha impuesto la cordura, en el proceso de traducción descuidamos el nada anodino detalle de la indagación. Cada escritor responde a su modo. La mayoría oculta lo que buscamos, acaso porque no lo saben tampoco. La respuesta es que en esta literatura buscamos lo que buscaban los hechiceros y oráculos de Nabucodonosor. Un sentido. Pero sin olvidar que puede ser el inverso. La más afamada leyenda de los congoleños estipula que el camino hacia el Paraíso solo se halla caminando en sentido contrario, mirando al frente que se aleja. Así también se enniñece, según Sófocles.
Walter Benjamin: «No existe un solo documento de la civilización que no sea al mismo tiempo un testimonio de la barbarie». Ni uno. A pesar de ello, los grandes escritores de África antevén el futuro porque repiensan en su pasado, como sugería Frantz Fanon en Los condenados de la Tierra. Es que en África la imaginación es colectiva. En África la locura es de todos porque, como sentenciaría Robert Louis Stevenson, la noche es pura palabrería, o sea, es muda.
