¿Puede haber algo más ridículo que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita al otro lado del agua y su príncipe tiene una querella con el mío, aunque yo no la tenga con él?
Blaise Pascal
En 2011, Yuval Noah Harari creía que la humanidad había, por fin, superado la ley de la selva. La «paz verdadera no es la mera ausencia de guerra. La paz real es la improbabilidad de la guerra», afirmó (Sapiens: A Brief History of Humankind). Lamentablemente, el optimismo de Harari duró hasta el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia invadió Ucrania.
«Hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido», dice la Reina Roja, personaje de Alicia a través del espejo, la novela infantil de Lewis Carroll. Esta idea ha sido asimilada por la biología evolutiva para denotar la necesaria y continua adaptación de las especies para mantener el statu quo. También ha servido como explicación de las indetenibles carreras armamentistas que anteceden a las guerras.
De estas ideas contradictorias surge una pregunta de difícil respuesta: la agresividad necesaria para guerrear, ¿se encuentra enraizada en la naturaleza humana o es un producto cultural? Y, si la contienda violenta entre bandos existe desde siempre, ¿será posible esperar un futuro pacífico? La guerra está relacionada prácticamente con todo, y todo tiene relación con ella, afirma Azar Gat, historiador israelí como Harari. Entonces, el estudio de la guerra y de su evolución, como parte del avance general de la humanidad, «prácticamente equivale a una teoría e historia totales», propone Gat (War in human Civilization, 2006).
El enigma de la guerra
La guerra trae la muerte, destruye la infraestructura y provoca pérdidas de todo tipo. En tiempos de paz, evoca sufrimiento y aflicción. Es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis, representación de las catástrofes que Juan de Patmos profetizó para el fin del mundo. Sin embargo, desde La Ilíada, escrita en el siglo VIII a.C., hasta Rescatando al Soldado Ryan, la película de Steven Spielberg estrenada en 1998, la humanidad ha honrado a los héroes de la guerra.

La posibilidad de una guerra justa es una interrogante que incomodará a la humanidad por siempre. Más pragmática es la discusión sobre su carácter siempre contradictorio, sobre su similitud con una empresa de alto riesgo, tan incierta como lucrativa, enraizada en tendencias innatas moldeadas por el buril de la historia. Solo desde el triunfo de la Ilustración y la modernidad, la guerra comenzó a verse como algo repugnante, absurda a la luz de la razón. Repugnancia que estaría relacionada con la derrota de la trampa malthusiana (el crecimiento poblacional mayor a la capacidad de producir alimentos) resultante de la revolución industrial.
Las especies recurren a tácticas cooperativas, competitivas o conflictivas combinadas en estrategias definidas en función de su situación y trayectoria evolutiva. Los seres humanos no son la excepción.
Sin embargo, todos los organismos vivos compiten entre sí para sobrevivir y reproducirse, en condiciones de escasez generalmente creciente. Las especies ejercen presiones selectivas recíprocas; cada una contesta a las adaptaciones de la otra con sus propias contra adaptaciones, como si se tratara de una carrera armamentista. Al co-evolucionar de esta manera, las especies compiten más para conservar su éxito adaptativo que para mejorarlo. Esta es la hipótesis de la Reina Roja, según el biólogo evolutivo Leigh Van Valen.
En esta perspectiva, las especies recurren a tácticas cooperativas, competitivas o conflictivas combinadas en estrategias definidas en función de su situación y trayectoria evolutiva. Los seres humanos no son la excepción. La evidencia histórica de los cazadores-recolectores y, aunque en forma menos intensa, también la paleo-arqueología, muestran que desde siempre los humanos han co-evolucionado peleando entre sí.
Que la guerra sea usualmente definida como la violencia organizada a gran escala no es más que un reflejo del hecho de que las sociedades humanas crecieron y se organizaron. Harari y Gat coinciden en que la aparición del Estado redujo el número de muertes causadas por la violencia, pues la violencia interna fue prácticamente monopolizada por la autoridad estatal. Incluso un leviatán deficiente sería preferible al estado de naturaleza, sugiere Thomas Hobbes.
Economicismo rima con armamentismo
El pensamiento occidental es propenso a reducir fenómenos sociales complejos a lenguajes que aparentan neutralidad, parsimonia y carencia de referentes éticos. El tratamiento del armamentismo (la tendencia a aumentar el arsenal de armas pesadas y ligeras, municiones, buques de guerra, aeronaves para defensa militar y helicópteros, misiles balísticos intercontinentales y vehículos militares de combate) es un buen ejemplo de esta propensión. El Anexo 3 del manual de Cuentas Nacionales de Naciones Unidas (SCN-2008) recomienda que los «sistemas de armamento militar» se clasifiquen como activos fijos, junto a viviendas, edificios y estructuras, maquinaria y equipo, recursos biológicos cultivados, productos de la propiedad intelectual, etc. que se emplean en procesos productivos, durante más de un año, de manera repetitiva o continua. Es decir, el SCN-2008 asume que las compras de armamento forman parte de la inversión pública.
El párrafo A3.55 del SCN-2008 aclara que estos sistemas «se emplean continuamente en la producción de servicios de defensa, aunque su utilización en épocas de paz es simplemente de carácter disuasivo». Y el párrafo siguiente explica que las municiones, misiles, cohetes, bombas, etc. utilizados una sola vez, se considerarán «existencias militares». Aunque recomienda que «algunos tipos de misiles balísticos con alto potencial de destrucción, pueden prestar un servicio continuo de disuasión…» por lo que corresponde clasificarlos como activos fijos.
El armamento se considera un bien de capital para producir servicios de defensa cuando los servicios de disuasión han sido insuficientes para contener al enemigo.
En consecuencia, la metodología de la contabilidad macroeconómica asume que el armamento es una clase de activo con el que se producen servicios de defensa o, en épocas de paz, servicios de disuasión. Las formidables inversiones en armamento empleadas por Rusia contra Ucrania o por Israel contra Palestina habrían producido servicios de defensa. Y las municiones empleadas en los bombardeos serían contabilizadas como variaciones de existencias y, por tanto, como inversiones (formación bruta de capital).
En esta lógica, el armamento se considera un bien de capital para producir servicios de defensa cuando los servicios de disuasión han sido insuficientes para contener al enemigo. Así, es posible reducir la hipótesis de la Reina Roja a una ecuación, vaciada de otros contenidos. El economicismo se autoproclama científico, es decir objetivo, descriptivo, predictivo y verificable: suficiente para, en el universo cuantitativo del producto interno bruto (PIB), expresarlo como un equilibrio oferta-utilización.

Mercado mundial floreciente
La compraventa de armas, municiones, buques, aeronaves y helicópteros militares, misiles y vehículos de combate es actualmente el negocio más rentable del mundo. La guerra en Ucrania alteró la política de gasto de los países europeos para producir servicios de disuasión y eventualmente de defensa. En el último año, Polonia incrementó 75% su gasto militar. Rusia gasta casi 6% de su PIB, es decir unos 115.000 millones de dólares, para sostener su invasión. La defensa de Ucrania ha requerido un gasto propio de 67.200 millones de dólares, más 36.000 millones en ayuda militar externa. En Gaza, el ataque mentalizado por Yahya Sinwar, ex líder de Hamás, anuló la distensión de las relaciones diplomáticas entre Israel y varios países árabes para dar paso a una nueva fase de tensión y temor a una escalada regional (https://bit.ly/488Vhni).
Para describir la evolución cuantitativa de toda esta inversión, sería necesario construir un equilibrio oferta-utilización para los servicios de defensa/disuasión a nivel mundial: una tarea colosal. Sin embargo, se pueden explorar algunas pistas de lo que sería relevante para intentarlo. 2023 fue el noveno año consecutivo de incremento del gasto militar mundial, al alcanzar 2,44 millones de millones de dólares, el más alto desde que el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI, por sus siglas en inglés) procesa esta información. La carga militar del mundo (gasto militar mundial dividido para PIB mundial) se incrementó a 2,3%. El gasto militar promedio, como parte del gasto público, aumentó a 6,9% y el gasto militar mundial per cápita fue de 306 dólares, el más alto desde 1990.
En diciembre de 2023, el SIPRI informó que en 2022 los ingresos por las ventas de armas y servicios militares de las 100 mayores empresas del sector sumaron 597.000 millones de dólares. Cifra que se quedó corta frente al incremento de la demanda alentado por la invasión rusa a Ucrania y las tensiones geopolíticas en todo el mundo. Según Lucie Béraud-Sudreau, del SIPRI, muchas empresas no pudieron adaptarse «a la producción que requiere la guerra de alta intensidad» (https://bit.ly/3ZckfzM).
Estos promedios esconden la concentración del gasto militar mundial: EE.UU. acredita el 37% del total, China el 12% y Rusia el 4,5%. Sumados estos tres países, responden por más de la mitad del gasto militar total (Trends in World Military Expenditure, 2023).
La producción de armamento de las empresas de los países debe venderse. No tiene sentido que los productores se dediquen a engordar indefinidamente sus propios inventarios.
También la oferta está concentrada: 40 de las 100 más grandes empresas productoras de armamento y servicios militares son norteamericanas, y dan cuenta del 48% del valor total producido por esas 100 empresas en 2022. Le escoltan China, el Reino Unido, Francia y Rusia (Gráfico 1). No es coincidencia que estos cinco países tengan derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
La producción de armamento de las empresas de los países incluidos en el Gráfico 1 debe venderse. No tiene sentido que los productores se dediquen a engordar indefinidamente sus propios inventarios. Ucrania y los países árabes, pero también la República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Etiopia, Sahel, Yemen, Siria, Irak, Afganistán, Birmania e, incluso, México, Brasil y Colombia, han contribuido en el pasado inmediato a drenar los stocks de esta industria.
Más allá del PIB
La información sobre cuánta muerte y cuánta destrucción causan las guerras se convierte en otra arma empleada por los contendientes. Si no se la oculta como secreto de Estado, se la utiliza para engañar o desprestigiar al enemigo. O para amplificar victorias o minimizar derrotas. En toda guerra, el campo de batalla se extiende a los medios de información, por lo que cualquier cifra sobre bajas militares, daños a civiles y a infraestructuras merece el beneficio de la duda.
En agosto de 2023, el New York Times reveló que la invasión rusa habría provocado la muerte de 70.000 soldados ucranianos; otros 120.000 habrían resultado heridos. Del lado ruso habrían muerto 120.000 soldados y otros 170.000 heridos. Más de 10 millones de ucranianos han abandonado sus hogares y de estos, 6.4 millones han pedido refugio, en especial en Alemania, Polonia y República Checa (https://bit.ly/3Xtas7f). Tras dos y medio años de guerra, una quinta parte del territorio ucraniano está bajo control ruso. Las Naciones Unidas estima que la reconstrucción de Ucrania costaría unos 486.000 millones de dólares (https://bit.ly/3Xtas7f).
El 7 de octubre de 2023 varios grupos armados liderados por Hamás, el movimiento palestino que gobierna la Franja de Gaza ocupada por Israel desde 2007, asesinaron a 1.195 israelíes, de los cuales 815 eran civiles. Además, tomaron como rehenes a 251 personas (https://bit.ly/3BLn55a). Este hecho abominable dio pie a una venganza salvaje y desproporcionada que, en un año, según United Nations Office for the Coordination of Humanitarian Affairs (OCHA por sus siglas en inglés), ha provocado la muerte de 41.689 palestinos, de los cuales 60% eran mujeres, ancianos y niños. La OCHA también reporta 96.625 palestinos heridos (https://bit.ly/408EKOq). Sin embargo, la periodista Susan Abulhawa calcula que, hasta el 27 de junio de 2024, la represalia israelí habría provocado, directa o indirectamente, la muerte de al menos 194.768 palestinos, sin contar los miles de secuestrados que ya habrían perdido la vida. Otros 221.700 palestinos habrían sido heridos (https://bit.ly/3MtfwC8).
La OCHA estima que 60% de las edificaciones residenciales, más del 80% de las instalaciones comerciales y el 68% de la red vial han sido severamente dañados por el ejército israelí. Estas acciones destructivas habrían sido realizadas después de que las fuerzas armadas tomaran el control operativo, según afirma Amnistía Internacional (https://bit.ly/4dKzhjW).
A lo largo de la historia, la guerra ha sido un motor de cambio tecnológico y social. La carrera atómica ejemplifica esta relación. EE.UU. es la única potencia mundial que ha empleado armamento nuclear.
Guerra y desarrollo no riman, pero…
A lo largo de la historia, la guerra ha sido un motor de cambio tecnológico y social, sostiene Gat. La carrera atómica ejemplifica esta relación. EE.UU. es la única potencia mundial que ha empleado armamento nuclear. El 6 y 9 de agosto de 1945 las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki fueron aniquiladas por sendas bombas de uranio-235 y plutonio-239. Esos bombardeos cegaron la vida de al menos 170 mil personas, precipitaron la rendición de Japón, marcaron el fin de la segunda guerra mundial y el inicio de la guerra fría.
Hay quienes prefieren llamar a la guerra fría la «paz americana» (desde la Conferencia de Potsdam en el verano de 1945, cuando se dividió Alemania y consolidó la influencia soviética en Europa del este, hasta el colapso de la URSS en diciembre de 1991), el periodo dorado del capitalismo en Occidente. Harari opta por llamarla «paz atómica». Durante esta etapa los países vencedores de la segunda guerra mundial más China comenzaron o aceleraron sus programas nucleares con fines bélicos. En la actualidad Rusia y EE. UU. disponen de más de 10.000 de las 12.000 ojivas nucleares inventariadas en todo el mundo. Según el Centro de Estudios por la Paz, este stock atómico tendría un potencial destructivo 130.000 veces mayor que el que destruyó Hiroshima (https://bit.ly/4e49ILh9). La Federación de Científicos Estadunidenses (FAS, por sus siglas en inglés) advierte que todos estos países están modernizando sus arsenales nucleares y planean mantenerlos indefinidamente (https://bit.ly/3MpjQT4). En este equilibrio de terror, Rusia resulta ser un verdadero polvorín atómico (Gráfico 2).
La paz americana —o atómica, si se prefiere— no es más que un eufemismo, pues casi siempre hubo guerras de baja intensidad, es decir conflagraciones más focalizadas, en la periferia del sistema mundial, donde los países con derecho a veto han dirimido tensiones usando sus desbordados stocks de armamento, sin enfrentarse directamente y sin exponer a sus connacionales. Como en la península de Corea (3 millones de víctimas) y en Vietnam (hasta 3 millones de víctimas, incluidos 58.159 norteamericanos), o en las guerras civiles de Nicaragua (decenas de miles de muertos), Angola (cientos de miles), Afganistán (cientos de miles), El Salvador (decenas de miles) o Laos (decenas de miles).
La diferencia entre riesgo y probabilidad
Gemini –el servicio de inteligencia artificial (IA) de Google– distingue con claridad probabilidad y riesgo. La primera «…se refiere a la posibilidad de que ocurra un evento específico. Es una medida numérica que oscila entre 0 (imposible) y 1 (seguro). Por ejemplo, la probabilidad de sacar cara al lanzar una moneda es de 0,5». El segundo es una combinación de la probabilidad de ocurrencia de un evento y las consecuencias negativas asociadas a él. El riesgo «…evalúa no solo la posibilidad de que algo suceda, sino también el impacto que tendría si ocurriera» (https://bit.ly/4cNw1E2).
En 2015, la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el premio Nobel de Literatura a Svetlana Aleksiévich para premiar sus obras, consideradas «…un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo». Esta escritora y periodista bielorrusa es conocida por La guerra no tiene rostro de mujer (1985), libro que recupera los recuerdos de cientos de mujeres del ejército ruso en la segunda guerra mundial (francotiradoras, enfermeras, conductoras de tanques…).
Voces de Chernóbil, crónica del futuro (2002) fue uno de los pocos libros de Aleksiévich traducidos al español antes de recibir el Nobel. El 26 de abril de 1986 sucedió un accidente cuya probabilidad de ocurrencia se creía bajísima: explotó el núcleo del reactor 4 de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, a 18 km de Chernóbil, Ucrania. Los riesgos asociados a esa explosión fueron altísimos: los elementos radiactivos emitidos se dispersaron en un área de 142.000 kilómetros cuadrados; la detonación mató a dos personas y otras 29 murieron dentro de los tres meses subsiguientes; se estableció una zona de exclusión de 30 km alrededor de la central; casi 120.000 personas fueron evacuadas y otras 300.000 abandonaron sus hogares por las lluvias radioactivas. En 20 años, la radiación habría cobrado la vida de más de 4.000 personas; los suicidios, la depresión y el alcoholismo recrudecieron (https://bit.ly/3MqS5tb). Aleksiévich recuerda que «…dentro de la zona no me sentía bielorrusa o rusa o ucraniana, sino una representante de una especie biológica que podía ser destruida».
En 2022, a 36 años de la catástrofe de Chernóbil, había más de 400 reactores nucleares operativos que generaban cerca del 10% de la electricidad del mundo.
Los habitantes de esa región fueron los primeros en enfrentarse a lo desconocido, a «retos globales más violentos, que antes eran invisibles […] Circularon rumores de que el accidente fue planeado por los servicios de inteligencia occidentales […] Como de costumbre, el sistema funcionaba como en tiempos de guerra, pero en este nuevo mundo, un soldado con una nueva y reluciente arma era una figura trágica. Lo único que podía hacer era absorber grandes dosis de radiación y morir cuando regresara a casa […] No se podía ver la radiación, ni tocar, ni oler […] La muerte se escondía en todas partes, pero ahora era una especie distinta de muerte», dijo Aleksiévich al recibir el premio (https://bit.ly/4e4L1yo).
En 2022, a 36 años de la catástrofe de Chernóbil, había más de 400 reactores nucleares operativos que generaban cerca del 10% de la electricidad del mundo. Podrían ser más, si no fuera por los desastres de Chernóbil y Fukushima. 15 de los 33 países que tienen reactores nucleares siguen investigando esta tecnología. Entre estos, China es el más agresivo (Gráfico 3). Solo tres países han clausurado todos sus reactores nucleares: Italia, Kazajstán y Lituania (https://bit.ly/3TgvnYz).
La hipótesis de la Reina Roja en el siglo XXI
Los argumentos de Gat suenan más convincentes que los de Harari. La ley de la selva impera en Ucrania y Palestina, y su imperio podría extenderse a Europa y Oriente Medio. La persistencia de la guerra obedece a factores biológicos (resumidos en la hipótesis de la Reina Roja: la competencia por recursos y poder) y culturales (religión, nacionalismo, ideología) tan vigentes hoy como en el pasado.
En el siglo XX, el esfuerzo norteamericano por imponer su paz en el mundo fracasó ante las contradicciones del capital que sustentaba su hegemonía. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) fue creada con el entusiasta auspicio norteamericano para «…contribuir a la paz y a la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones, a fin de asegurar el respeto universal a la justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales…» (https://bit.ly/4fSITeC). Cuando fue creada, (1945) se consideró que «…puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» (https://bit.ly/4fSITeC). Sin embargo, las críticas y las sanciones de Washington a ese órgano de la ONU expresan la imposibilidad estructural de este propósito.
En el siglo XXI, la diplomacia, conjugada con el cambio climático, han subsumido la paz, otrora objetivo sobresaliente para la comunidad internacional, entre los objetivos de desarrollo sostenible (ODS). El penúltimo objetivo, el 16, busca promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas, con lo que se lograría la paz y la justicia. Las 12 metas de este objetivo se refieren a la reducción de toda forma de violencia, la promoción del Estado de derecho, disminución de la corrupción y el soborno en todas sus formas, y la reducción de las corrientes financieras y de armas ilícitas, entre las principales (https://bit.ly/3U4HwAn).
El ODS 16 se refiere en forma genérica a la violencia y a «las corrientes […] de armas ilícitas». Pero no menciona la guerra ni los flujos lícitos de armamento que obstruyen abiertamente el cumplimiento de este objetivo y distraen recursos monetarios que servirían para impulsar los demás objetivos. En la era de la IA, la inteligencia natural y humana aparentemente importa menos, pero al mismo tiempo la promoción de sociedades justas, pacíficas e inclusivas parece retroceder ante el avance de una violencia multiforme. El estado de derecho tambalea y el armamentismo florece en todo el mundo.
En este siglo, la creciente escasez de recursos naturales (en especial petróleo, agua dulce y minerales estratégicos), los sentimientos de identidad étnica, nacionalismos exacerbados y las irreconciliables diferencias religiosas, la desigualdad social y económica, los efectos del cambio climático (escasez de alimentos migraciones y desastres naturales), y el intervencionismo de los países con poder de veto son, entre otros, los factores que reaniman la carrera de la Reina Roja.