El tiroteo en un mitin del candidato republicano a la presidencia de EE.UU., Donald Trump, resucitó los peores fantasmas de un país que vio morir asesinados a cuatro presidentes. La pequeña ciudad de Butler (Pensilvania) fue el escenario de uno de esos hechos que marcan y que incluso cambian la historia y puede sellar el regreso a la Casa Blanca del líder republicano.
La foto del expresidente estadounidense Donald Trump, con el puño cerrado, el rostro sangrando por la herida sufrida, con el gorro rojo de Make America Great Again (hacer a EE.UU. grande de nuevo) y gritando “fight, fight, fight” (lucha, lucha, lucha), ya es parte de la historia política de ese país y modifica el clima para la carrera presidencial y ofreció a la Convención Republicana de Milwaukee, algo diferente y más profundo, obligando a los demócratas del presidente Joe Biden a modificar su estrategia, en medio de los dilemas por la edad del mandatario, cada vez con menos apoyos y varios pedidos para que se retire.
Sin embargo, lo que estaba planificado se cumplió al pie de la letra al dar inicio la Convención Nacional Republicana, cuando un recuperado y fortalecido Donald Trump anunció que el senador James David Vance (abogado, infante de marina y escritor) será su compañero de fórmula para ser candidatos del Partido Republicano, con el camino allanado para el retorno de “The Donald” a la Casa Blanca. Pero hay que ir por partes, porque la crónica de este atentado se parece a otros sufridos por presidentes y políticos activos en la historia de EE. UU.
Como cuando Abraham Lincoln murió asesinado en un teatro en Washington en 1865; cuando James Garfield falleció en una estación de tren en 1881; William McKinley era ejecutado en 1901 en una exposición en Nueva York; o John F. Kennedy perecía en Dallas tras el ataque de un francotirador (luego asesinado en la cárcel). Son casos de magnicidios de mandatarios en ejercicio de sus funciones.
al dar inicio la Convención Nacional Republicana, un recuperado y fortalecido Donald Trump anunció que el senador James David Vance (abogado, infante de marina y escritor) será su compañero de fórmula para ser candidatos del Partido Republicano.
No pocos analistas recordaron más hechos sangrientos, como el asesinato, en 1968, del candidato demócrata y probable vencedor de las elecciones de ese año, Robert Kennedy —hermano de John y cuyo hijo es ahora candidato independiente a la presidencia— en la cocina de un hotel en Los Ángeles, sin olvidar el fallecimiento en un hotel de Memphis del líder de la lucha por los derechos civiles en EE. UU., Martin Luther King, también en 1968. Hechos que marcan un denominador común: la primera potencia mundial es un país en donde ocurren estos ataques cuando la polarización divide a la sociedad.
La pequeña ciudad de Butler (Pensilvania) es otra de las localidades que ha entrado en la historia de la violencia política. Fue pocos minutos después del inicio de un mitin de campaña del expresidente Donald Trump, favorito en las encuestas, que aprovecha cada fin de semana para reunir a sus simpatizantes. Un hombre abrió fuego desde la azotea de un edificio cercano, alcanzando con sus disparos la oreja de Trump y causando la muerte de un asistente. Dos personas más estuvieron en estado crítico.

Donald Trump tras sufrir el ataque. Foto: EFE
Resurgieron los fantasmas en un país que vio morir asesinados a cuatro presidentes en funciones (otros cuatro fallecieron por causas naturales). Joe Biden, rival de Trump en las próximas elecciones, declaró tras conocer la noticia: “no hay lugar -en este país- para este tipo de violencia. Es enfermizo.”
Del asesinato en 1865 del presidente Abraham Lincoln a manos del confederado John Wilkes Booth en un teatro de Washington al magnicidio en 1963 de John Fitzgerald Kennedy en Dallas, por el que se acusó a Lee Harvey Oswald, la democracia de EE. UU. cuenta con atentados que socavaron sus cimientos. Además de Lincoln y Kennedy, otros dos inquilinos de la Casa Blanca murieron a tiros: James A. Garfield (1881) y William McKinley, 20 años después.
Resurgieron los fantasmas en un país que vio morir asesinados a cuatro presidentes en funciones (otros cuatro fallecieron por causas naturales). Joe Biden, rival de Trump en las próximas elecciones, declaró tras conocer la noticia: “no hay lugar -en este país- para este tipo de violencia. Es enfermizo”.
Otros mandatarios o exmandatarios salieron ilesos de atentados -a la lista se sumó Trump-: Theodore Roosevelt y Ronald Reagan. Un tipo llamado John Scrank, que actuó, dijo, guiado por el espíritu de McKinley, disparó a Roosevelt el 14 de octubre de 1912, cuando llegaba a un evento de campaña en Milwaukee (Wisconsin). Reagan sobrevivió a los tiros de un perturbado llamado John Hinckley Jr. saliendo de un hotel en Washington.
Peligrosa polarización
Vale recordar otros hechos recientes, como el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y el asalto de milicias armadas de supremacistas blancos al salón legislativo, a lo que el FBI denominó “terrorismo doméstico”. El mismo Trump, acusado por haber instigado este tipo de violencia, está siendo investigado por esos hechos. Paradojas del destino: Trump es simpatizante y donante de la poderosa Asociación Nacional del Rifle, que promueve la legalización del uso de armas en EE. UU y este ataque que sufrió justificaría su propuesta de que todos porten armas en ese país.

Foto de archivo que muestra a cientos de seguidores del presidente Donald Trump irrumpiendo en el Capitolio federal, el 6 de enero del 2021 en Washington. Foto: EFE
En 2017, un empresario de Illinois obsesionado por Donald Trump disparó contra congresistas conservadores que jugaban al béisbol a 20 minutos del Capitolio, hiriendo a cinco personas, entre ellas al líder de la bancada republicana en la Cámara de Representantes, Steve Scalise.
En 2022, un hombre fue arrestado cerca de la casa del juez conservador del Supremo, Brett Kavanaugh, con planes de matarlo, mientras que otro asesinó a un magistrado en Wisconsin y tenía en su lista de futuras víctimas a gobernadores demócratas de ese Estado y de Michigan, Gretchen Whitmer y también al líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell.
El incidente reciente más grave antes de las elecciones de medio término de 2022 fue cuando un tipo atacó a martillazos en su casa de San Francisco a Paul Pelosi, esposo de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy, que era a quien buscaba. La violencia política en EEUU se ha disparado desde 2016, con tiroteos, disputas e incluso conspiraciones para intentar secuestrar y matar a gobernadores y congresistas.
es uno de los momentos más tenso y violento desde los años 70 del siglo XX, con vecinos que se matan por sus ideas políticas, radicales que abren fuego en manifestaciones, como pasó en 2022 en Portland, con un muerto y cuatro heridos o diez afroamericanos que murieron a manos de un supremacista en Buffalo, Nueva York, ese mismo año.
La agencia Reuters calcula que entre el asalto al Capitolio de 2021 y 2023 hubo al menos 213 casos de violencia política en EE. UU. Hay incidentes de enorme trascendencia, empezando por el ataque a uno de los emblemas de la soberanía, con cinco fallecidos y sólo uno por disparos de la Policía, pero el resto vinculados en las horas posteriores, según la investigación oficial.
El informe de Reuters afirma es uno de los momentos más tenso y violento desde los años 70 del siglo XX, con vecinos que se matan por sus ideas políticas, radicales que abren fuego en manifestaciones, como pasó en 2022 en Portland, con un muerto y cuatro heridos o diez afroamericanos que murieron a manos de un supremacista en Buffalo, Nueva York, ese mismo año.
La violencia política aumentó durante casi una década a partir de finales de la década de 1960, cuando fueron asesinados John F. Kennedy, su hermano Robert o Martin Luther King. Sólo en 1970 hubo más de 450 casos, según académicos. Desde 1980 disminuyó, pese al intento de asesinato de Reagan.
En los 90 hubo algunos momentos, como el atentado con bomba en un edificio federal en Oklahoma (1995), que mató a 168 personas, en el peor acto de terrorismo local del país hasta el ataque de las Torres Gemelas de Nueva York en 2001. La violencia política aumentó desde 2016, según los expertos consultados por Reuters, y «no parece que hayamos llegado a la cima de la ola todavía».
Estados Unidos, un país en tensión
Los disparos que alcanzaron a Donald Trump en un mitin en Pensilvania muestran el punto de tensión al que llegó la situación estadounidense, meses antes de las elecciones presidenciales. La violencia política vivió momentos terribles en los años 60 y luego con el intento de asesinato de Reagan. Lo cierto es que nunca antes la campaña electoral había estado tan radicalizada y el país tan polarizado.
Un país en el que las personas se dividen en torno a valores fundamentales, que ponen en riesgo el sistema bipartidista. El ataque a Trump, que sólo afectó levemente al candidato republicano, señala lo rápido que se evaporó ese sistema de valores vigente por más de 200 años, para dar paso a una dialéctica política basada en las noticias falsas y el odio en las redes sociales, en la intimidación y burla del oponente, en la violencia verbal y ahora también sobre la física.
George Washington, en su primer discurso inaugural, dijo que la democracia en Estados Unidos era «un experimento confiado a manos de los estadounidenses». Y mucho después, dos años antes de su asesinato, John F. Kennedy premonitoriamente dijo: “antes de que acabe mi mandato tendremos que hacer nuevas pruebas para demostrar si una nación organizada y gobernada como la nuestra puede durar. El resultado no es del todo seguro».
Parece que la crisis de la democracia estadounidense de la que hablaba Biden durante su presidencia está en juego. Las dudas e indecisiones del Partido Demócrata en estos días y el ataque a Trump confirman una crisis de la democracia más grande del mundo, hoy expuesta a los ojos del planeta. Una disputa entre alguien con evidentes e irreversibles dificultades ligadas a la edad y un magnate inescrupuloso y agresivo que ha llegado a decir, «o gano o será un baño de sangre». No se imaginó que él mismo estaría bañado en sangre en Butler.
El ataque a Trump señala lo rápido que se evaporó el sistema de valores vigente por más de 200 años, para dar paso a una dialéctica política basada en las noticias falsas y el odio en las redes sociales, en la intimidación y burla del oponente, en la violencia verbal y ahora también sobre la física.
En medio de los grandes conflictos, en Ucrania y en Oriente Medio, Estados Unidos parece ahora un país frágil, indeciso, expuesto a la violencia y al riesgo de un cambio en su sistema, derivando hacia nuevas formas de «democracia» hipócrita que ocultan una forma velada de autoritarismo.
Ante los anuncios de Trump, los líderes de los países de la OTAN mostraron su preocupación por las intenciones estadounidenses de retirarse, si él gana, de la alianza atlántica y si Putin continúa, explícitamente, alentando una derrota democrática en noviembre. Ante esto el Partido Demócrata se encuentra, tres meses antes de la votación, virtualmente sin candidato.
Biden no se rinde, pero la presión para obligarlo a ceder crece. Una presión que viene de todo lado, involucrando donantes, congresistas y líderes de todo el mundo. El escenario probable es que los republicanos logren una victoria apabullante y tomen el control de la Cámara y el Senado. Si Biden se rindiese, los demócratas podrían optar por una nueva candidatura con mejores posibilidades.

El presidente estadounidense, Joe Biden, habla durante una conferencia de prensa al margen del 75º Aniversario de la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Foto: EFE
Sería alguien de la nueva generación de demócratas, que dominaría los medios y la atención del público, generando un nuevo entusiasmo y contando con el apoyo de la plana mayor del partido (los Clinton y los Obama) y Biden como un heredero de esa original alquimia política que, empezando por Roosevelt y Kennedy, hace ganar a los demócratas cuando se unen. Hay poco tiempo: un mes para la convención y tres para las elecciones del primer martes de noviembre.
Un nuevo candidato supondría un impulso de energía y motivación para los demócratas y quizás también complicaría la molesta y ambigua candidatura de Robert Kennedy Jr. Una nueva candidatura sería la novedad de estos meses, porque se aplica lo que dijo Lincoln sobre la libertad estadounidense: «ese templo caerá a menos que equipemos el edificio con nuevos pilares, extraídos de la sólida cantera de la fría razón».
Elecciones como nunca antes
EE. UU. va a las elecciones del 5 de noviembre en pésimas condiciones, con un exhausto presidente Biden rodeado de solicitudes de ceder el paso a un candidato más joven, Trump insultándolo a él y a su vicepresidenta Kamala Harris y los extremistas conservadores del Proyecto 2025 redactando un manifiesto por el giro autoritario en Washington.
Pero el tono empeorará, más allá de la solidaridad superficial ofrecida por los demócratas en el Congreso, porque las redes sociales están llenas de odio, con los trumpistas pidiendo represalias y con los radicales de izquierda convencidos de que fue sólo un «ataque de bandera falsa» para hacer de Trump un mártir y héroe.
Para algunos, el expresidente es víctima de una persecución política, primero legal y ahora violenta, para otros es una artimaña mal organizada o una oportunidad perdida para deshacerse del detestado rival. La desinformación (fake news) hace estragos y las imágenes son manipuladas y distorsionadas.
La campaña de 2024 perdió la racionalidad de la confrontación, aunque sea cercana, entre dos filosofías políticas, para quedar reducida a un choque de personalidades y propaganda donde se pierde todo interés nacional común y las dos Américas se enfrentan hostiles y ajenas.
Un nuevo candidato supondría un impulso de energía y motivación para los demócratas. Una nueva candidatura sería la novedad de estos meses, porque se aplica lo que dijo Lincoln sobre la libertad estadounidense: «ese templo caerá a menos que equipemos el edificio con nuevos pilares, extraídos de la sólida cantera de la fría razón».
Difícil predecir hasta qué punto el ataque a Trump influirá en la parálisis de los demócratas para resolver la cuestión Biden Sí o Biden No, que puede hundirlos en la derrota. El acto de violencia no puede quedar aislado, pero es el síntoma de una nación dividida, de generaciones opuestas y del recuerdo que regresa a John F. Kennedy siendo asesinado en Dallas y a Ronald Reagan escapando milagrosamente de un ataque en Washington.
Donald Trump se les aparece a los republicanos auténtico por primera vez, pero también a muchas personas indecisas, sin guiones televisivos vistos y revisados: la ira obstinada con la que llamó a su pueblo a la acción, agitando los puños y gritando, aunque chorreaba sangre, será recordado durante mucho tiempo y le dará más fuerzas en su camino a la Casa Blanca.
El ataque en el mitin de Butler lo convierte en un personaje diferente, para quienes lo aman y lo odian, que hoy parece muy difícil de vencer. En un país donde millones de ciudadanos están armados y los videos en línea de TikTok donde viejos y jóvenes disparan en el campo son muy populares. Por eso, apuntar a enemigos políticos siempre fue un riesgo atroz, pero lo han olvidado.
Ahora la campaña del Gran Old Party (Gran Viejo Partido Republicano) va por un camino bien trazado, con Trump como el héroe invencible, entre condenas y tiroteos. Difícil imaginar cómo responderán los demócratas a esta figura y muchos de ellos ahora cuentan preocupados los días de la inminente elección y se preguntan si la bala dirigida a Trump no tuvo en verdad como blanco a Biden.

