viernes, junio 19, 2026

Quito, Patrimonio de la Humaredad

Está claro que necesitamos más bosques, más selvas, más manglares, más páramos, ¡más verde! ¡Es urgente reverdecer la ciudad, el país, cuidar las fuentes de agua y proteger la naturaleza!

Por: Anamaría Varea

En la Lat 0, a 2.800 msnm, en Quito, podemos tener todas las estaciones en un mismo día: calor, frío, lluvia, sequía, sol y sombra.  Tenemos una estación lluviosa y otra seca, a las que llamamos invierno y verano. Los patrones climáticos que presentan no son muy rígidos, menos aún en estos tiempos de crisis climática.

El incendio se desplaza por Guápulo. Foto: Anamaría Varea
Foto: Anamaría Varea

El verano se caracteriza por cielos muy despejados, de un azul celestial, con un sol radiante, donde el perfil de los Andes se enmarca claramente, mostrándonos sus volcanes y montañas, en todo su esplendor.  Durante el verano el viento sopla fuerte, es tiempo de vacaciones para el régimen escolar de la sierra, tiempo de hacer volar cometas, pasear, descubrir y disfrutar.

Este 2024 el verano fue espectacular, los nevados nos han saludado cada mañana y un sol intenso nos ha dado los buenos días, día tras día.  Conforme pasaron los días la sequía se hizo más evidente y, lastimosamente, esa sensación de disfrute se transformó en preocupación permanente.

El jueves 4 de agosto, el mismo cielo despejado de los días anteriores me invitó a iniciar el día con un sol radiante y mucha energía.   El nevado Cayambe se veía con claridad y me brindaba inspiración para empezar la jornada.

Aproximadamente a las 12H00, una fina bruma fue cubriendo el valle de Cumbayá, Tumbaco, Puembo, Pifo, y de un momento a otro el paisaje cambió drásticamente, ya no veía ni una sola casa en los valles y al poco rato ya no veía el cerro Auqui, que está al frente de dónde vivo y casi no podía divisar el convento de Guápulo.

La humareda y el fuego, fueron las imágenes de un día de terror. Foto: Anamaría Varea

Al ratito me llamó mi hermana. «¿Sabes qué pasa?», me preguntó.  «Estoy en la Avenida Naciones Unidas y una densa capa de bruma, de humo, cubre todo el sector», me contó desconcertada.

Enseguida entré en las redes y las noticias informaban que cuatro incendios forestales rodeaban a la ciudad de Quito.  Había incendios en Itulcachi, Pifo, Nayón y Chilibulo.

La ciudad de Quito, declarada Patrimonio de la Humanidad (8 de septiembre de 1978) estaba convertida en un Patrimonio de Humaredad. No es una exageración, toda la ciudad estaba cubierta de un humo denso, que dificultaba la visibilidad, la respiración y la vida misma.

Hablaba con la familia y amistades que viven en esos sectores que se incendiaban y el panorama era cada vez más ahumado, más preocupante, más angustiante.

A las 15H37 los Bomberos dieron cuenta de la situación, la misma que aumentaba la sensación de zozobra. Al poco rato, el alcalde de Quito, Pabel Muñoz, también comunicó sobre los hechos y manifestó que se estaba haciendo todo, cuanto estaba al alcance de la municipalidad, para sofocar los incendios.

Mientras tanto, la ciudad y sus alrededores seguían cubriéndose de humo y el aire estaba cada vez más enrarecido.  Se sentía como un momento bastante apocalíptico.

La icónica virgen del Panecillo, en Quito, también se cubrió de humo, el 12 de septiembre, evidenciando esta lamentable categoría en la que siento que se encuentra, actualmente, la capital de Ecuador.

El 24 de septiembre hemos vuelto a sentir y a vivir este momento apocalíptico.  La tarde de ese martes el incendio fue en Guápulo. Un panorama desolador invadió el barrio. Las llamas ardieron desde el inicio de la tarde y se propagaron a una velocidad alarmante.

El cerro Auqui se prendió, las lomas de Guápulo ardieron y el fuego avanzó hacia el redondel de Churchill en la Avenida González Suárez, al Parque Metropolitano, al barrio Bellavista y al barrio Bolaños. El fuego arrasó con lo que encontró a su paso, dejando cenizas, muerte y desolación.

Un paisaje pocas veces visto por los quiteños, en uno de los incendios más voraces de los últimos tiempos. Foto: Anamaría Varea

Sonaban sirenas, motobombas, explosiones, pitos, helicópteros que sobrevolaban. Se sentía que el caos reinaba en la ciudad.

Nuevamente el Quito Patrimonio de la Humanidad, del que nos enorgullecemos, tristemente estaba convertido en Quito Patrimonio de la Humaredad. La ciudad estaba cubierta de humo, las llamas se extendieron a una velocidad inusitada y la vegetación ardió, lastimosamente, acabando con algunas viviendas.

El día después, el miércoles 25 de septiembre, me siento abrumada, ahumada está la ciudad por donde regrese a ver. Los cerros han quedado en cenizas y presentan aún focos encendidos y la vegetación chamuscada, muerta, nos muestra un paisaje desolador, la amenaza se extiende por los barrios, casas y atraviesa nuestras vidas.

¡El país está que arde!

A los incendios en Quito, se sumaron los de otras ciudades. La del cerro Quilanga en Loja, que ardió durante dos semanas.  Aproximadamente, 4.000 has de vegetación nativa se incendiaron y solo quedaron cenizas. Este flagelo se reportó el 23 de agosto y ardió durante más de dos semanas. En Gonzanamá, también en Loja, a fines de agosto, alrededor de 3000 hectáreas se quemaron, durante seis días.

La Secretaría de Gestión de Riesgos da cuenta de que Loja, Azuay, Pichincha, Imbabura y Guayas han sido las provincias con mayor afectación de incendios forestales, que han consumido alrededor de 30.000 has de vegetación en este año 2024.

En la sierra ecuatoriana, este verano, por las altas temperaturas, los vientos fuertes y la sequía prolongada, los incendios han mostrado devastación, destrucción y muerte. En Sigchos, Cotopaxi, más de 500 hectáreas se quemaron. En Nabón, Azuay, 520 has de pinos ardieron desde el 27 de agosto hasta el 3 de sept. En San Fernando Azuay, desde el 28 de agosto, se consumieron 400 has del cerro San Pablo, lo que recién se logro controlar el 1 de septiembre.

Este drama de los incendios forestales se extiende por el continente y en este mes de septiembre las imágenes de Brasil, Bolivia, Perú, Argentina y Paraguay nos preocuparon, conmovieron y angustiaron. Los datos satelitales de la Agencia de Investigación Espacial de Brasil, INPE, registra para este año, 346.112 focos de incendios, en los 13 países sudamericanos.

Tanto en el país, como en las noticias de la región, se afirma que la mayor parte de incendios son provocados.  El 62% de los incendios forestales en Quito se han dado por quemas agrícolas, el 25% por la quema de desechos o basura, según señala el Cuerpo de Bomberos. A los incendios provocados, se suma las condiciones extremas de calor y sequía, generados por la crisis climática, que favorecen su propagación y dificultan el control de estos.

A esta dramática situación, de muerte, desolación y destrucción, en Ecuador se suman los cortes de luz y el racionamiento de agua, que añaden desconcierto, preocupación y angustia. Los incendios forestales, evidentemente ahondan, aún más, las múltiples crisis que nos afectan.

Cinturones verdes, convertidos en cinturones de fuego

Está claro que los supuestos «cinturones verdes» de la ciudad, son unos verdaderos polvorines. Las plantaciones de eucalipto (mal llamados bosques) arden y rápidamente, se convierten en brasas incandescentes que propagan el fuego a gran velocidad. La devastación provocada por las llamas acaba con la vegetación nativa, vida silvestre, plantaciones forestales, sembríos, potreros y afectan a la infraestructura, vivienda, servicios, a la vida de las personas y de la naturaleza, tanto en el área rural como en las ciudades.

Las plantaciones forestales evidencian que, frente a los incendios, fácilmente se convierten en un aterrador «cinturón de fuego» que nos rodea y amenaza de muerte.

Las condiciones de calor cada vez más intenso, los vientos fuertes y secos impulsan las llamas y generan incendios que este verano han alcanzado niveles alarmantes, en Ecuador y el continente.

En un Ecuador en crisis, cada vez más empobrecido, estos incendios forestales profundizan la crisis, la destrucción y representan un costo incalculable por el contingente humano, institucional y económico requerido y por las pérdidas que dejan.  Los equipos de emergencia trabajan sin descanso para contener el fuego y han requerido apoyo a escala nacional e internacional para lograr extinguirlos. Apoyo que también será necesario para restaurar las áreas quemadas.

Si cada verano esta amenaza es cada vez mayor, es urgente desarrollar estrategias para prevenir y controlar los incendios forestales. Es un desafío prioritario proteger los ecosistemas y las comunidades que dependen de ellos, ante la creciente amenaza de este flagelo.

Durante los incendios, las entidades de control difunden campañas sobre qué hacer en situaciones de riesgo como esta; ofrecen recompensas para quien apoye a dar con los culpables; difunden las sanciones que hay para quien provoca los incendios forestales. Esto es importante, sin embargo hay que tener claro que nada de esto nos devuelve lo perdido, las miles de hectáreas incendiadas, la vida silvestre que desapareció y murió, las viviendas perdidas, la vida de tantas familias destruidas.

Frente a este panorama en cenizas me pregunto ¿Quién responderá por todas estas pérdidas? ¿Quién restaurará esta naturaleza calcinada? ¿Cuánto tomará la regeneración natural de las áreas quemadas?

Es necesario tener muy presente que las plantaciones (pino, eucalipto, teca), no son bosques y que el reemplazo de los bosques por plantaciones de árboles está provocando un desastre ecológico para nuestro planeta, especialmente ahora que el calentamiento global se está acelerando dramáticamente.

Está claro que necesitamos más bosques, más selvas, más manglares, más páramos, ¡más verde! ¡Es urgente reverdecer la ciudad, el país, cuidar las fuentes de agua y proteger la naturaleza!

Los monocultivos o plantaciones de árboles constituyen una amenaza a los ecosistemas forestales naturales biodiversos. Las denominaciones que ponen las comunidades locales a las plantaciones industriales son reveladoras. El eucalipto es el “árbol egoísta” porque sus plantaciones remueven nutrientes del suelo y consumen tanta agua que los campesinos no pueden cultivar arroz en los campos adyacentes. Los mapuche de Chile se refieren a las plantaciones de pino como “soldados plantados” porque son verdes, están en fila y avanzan. En Brasil, las plantaciones de árboles son “desiertos verdes” y en Sudáfrica las llaman el “cáncer verde”.  Las plantaciones de árboles no son bosques | Biodiversidad en América Latina (biodiversidadla.org)

Tiempo de ReverdeSer

Frente a los vivido la prevención es urgente. Es fundamental que las campañas de prevención inicien antes de que el verano presente su patrón climático de soles incandescentes, fuertes vientos y sequía extrema, campañas que deben involucrar a toda la ciudadanía.

Parece que es tiempo de sembrar, sembrar cientos, miles, millones de árboles, crear nuevos bosques que nos devuelvan la esperanza. Es tiempo de restaurar, proteger, conservar, el poco verde que nos queda. Es tiempo de ReverSer. (Sozapato, ReverdeSER una exposición para acercarse a la naturaleza – Quito Informa).

Hoy estoy de duelo, así me vestí, así me siento. Estoy con el corazón roto, la mente ahumada y el espíritu descolocado. Afortunadamente, en medio de la zozobra, el cariño y solidaridad, de vecinas/os, familia, amigas/os, reconfortan, animan y ayudan a retomar la confianza en el futuro, sembrando así, las semillas para recuperar la esperanza y ReverdeSer.

Anamaría Varea

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