Las guerras son extremadamente costosas, las armas son caras, la infraestructura de los países se destruye, los servicios sociales se sobrecargan, y las pérdidas humanas simplemente son tan significativas en el plano simbólico que es cuestionable, incluso éticamente, ponerles un valor. Todas las guerras tienen impactos internacionales, pero la que se vive en el Golfo Pérsico es un evento global que expresa las consecuencias causadas por las tendencias contemporáneas dirigidas hacia la demolición del orden internacional post II Guerra Mundial: un escenario buscado por varias potencias donde, paradójicamente, han sido los Estados Unidos los actores más activos en la revisión de la distribución de poderes y el asedio a las normas internacionales.
La guerra contra Irán es un episodio bélico que afecta al conjunto del planeta. Sus elevadísimos costos van a ser pagados por todas las sociedades, independientemente de que la mayoría de ellas no tengan responsabilidad alguna en las decisiones de Tel Aviv y Washington que condujeron al conflicto. En otras palabras, no sólo los estadounidenses, los países árabes, Irán los chinos y europeos tendrán que sufrir en su vida cotidiana los efectos de la guerra. Los latinoamericanos no podremos evitar asumir en nuestras precarias economías —y bolsillos— los gastos de la operación militar y la subsecuente devastación causada por ella.
A lo largo de las últimas tres décadas, la sociedad mundial se caracterizó por la multiplicación de interconexiones entre las economías de todos los Estados del orbe: comercio, tecnología, industria y cultura se convirtieron en prácticas interrelacionadas. A diferencia de la etapa histórica que precedió a la Globalización, la de la Guerra Fría, que se distinguió por la autarquía de los bloques en conflicto, en la tercera década del siglo XXI, las potencias que compiten entre sí, se encuentran profundamente entrelazadas por necesidades productivas, independientemente de la desconfianza que se tienen. Vivimos en un escenario en donde los eventos en una parte del planeta tienen efectos inevitablemente en otras. La Guerra del Golfo impacta en todas partes del mundo, y también en América Latina.

El conflicto y los bolsillos
La agresión armada de los Estados Unidos e Israel a Irán y al Líbano supuso una imprevista respuesta militar del gobierno de Teherán que involucró, desde el principio, al entorno geográfico inmediato, particularmente a los principados árabes productores de petróleo que, además, habían logrado desarrollar centros de comercio e inversiones mundiales. Además de la destrucción de infraestructura de todas las partes, el conflicto ha disminuido el flujo de petróleo y gas de la región que abastece buena parte del mercado mundial. La clausura del Estrecho de Ormuz disparó los precios de la energía a escala global y, por lo tanto, elevó el precio de prácticamente todas las mercancías.
El costo de la vida se va a encarecer para todas las personas en el mundo y los gobiernos van a contar con menos recursos. La mayoría de los países latinoamericanos son importadores de petróleo, pero los exportadores de hidrocarburos del hemisferio, a su vez, importan derivados industrializados, que se van a encarecer para el mercado nacional, como en Ecuador y Venezuela. Los efectos de la guerra en América Latina son los mismos que los de otras partes del mundo. El precio real de la electricidad, de los combustibles y del transporte va a elevarse. Por razones políticas buena parte de ese perjuicio, dada la tradición regional, será absorbida por subsidios gubernamentales. Ello, finalmente, implicará la reducción de inversiones y obra pública. Pero hay otros efectos también que tienen que ver con el encarecimiento de las exportaciones por los costos de movilidad y la probable reducción de la demanda mundial de bienes producidos en el conjunto de la región.
Otro de los rubros de afectación es la posibilidad de que el monto de remesas enviadas por la población migrante, especialmente importante para México, Centroamérica, Venezuela y la región andina, disminuya. Luego de la agresiva política del gobierno de los Estados Unidos contra las migraciones provenientes del Sur Global, las remesas de quienes sobreviven la persecución por su condición de “sin papeles” continúan. Ellas son muy importantes para el producto interno bruto de varios países, y sostienen, en la práctica, la vida diaria de innumerables familias de bajos y medianos recursos. Su interrupción o disminución provocaría la caída del consumo que sostiene pequeñas y grandes empresas en América Latina.
La incertidumbre financiera, la distorsión del comercio y la duración del conflicto y sus eventuales negociaciones, están creando un ambiente que puede conducir a una nueva recesión global.
En concreto, la economía global, pero también la de América Latina, va a afrontar una ola inflacionaria. La capacidad de compra va a disminuir paulatinamente y la insatisfacción de las poblaciones con las políticas gubernamentales, más allá de las ideologías de los gobernantes probablemente se acreciente, pero hay también consecuencias de mediano y largo plazo, a las que se les puede llamar estructurales, porque van a alterar el orden del comercio mundial.
La incertidumbre financiera y la distorsión del comercio, por una parte; y la duración del conflicto y sus eventuales negociaciones, están creando un ambiente que puede conducir a una nueva recesión global, es decir, a una disminución del crecimiento del conjunto de la economía del mundo, que implicaría, como ocurrió a principios de la década pasada, y durante la pandemia, un descenso de la demanda internacional de bienes latinoamericanos porque hay menos capacidad de compra. La exportaciones de América Latina son mercancías sin mucho valor agregado, con poca industrialización: productos agrícolas, cárnicos, pesca y camarones, minerales, hidrocarburos. Los países que reciben ingresos por turismo los verán disminuir por el costo de los viajes y el impacto de la economía decreciente en los países de origen. Esto significa menos ingresos para las empresas latinoamericanas y para sus gobiernos, golpeando los servicios, la infraestructura, la salud y la educación. O sea, más pobreza y menos acceso a bienes y servicios. Pagaremos la cuenta de la guerra todos.
La guerra y la fragmentación de América Latina
En el plano internacional, la fragmentación regional, caracterizada por la dispersión ideológica de los gobiernos y la distorsión producida por el alineamiento de varios de ellos con la política exterior de los Estados Unidos a pesar de las consecuencias, persistirá y probablemente se agudice si el Departamento de Estado implementa su estrategia de expansión territorial.
Una vez terminado el conflicto, Washington puede reconcentrarse en el Hemisferio Occidental. Su agenda para la región ha sido enunciada a lo largo del último año y se expresa en la imagen de la región como una prolongación del territorio estadounidense, sujeta explícitamente a su control en términos físicos. El interés nacional estadounidense expresado en esa estrategia para América Latina, Canadá y Groenlandia evoca las doctrinas militares —ya obsoletas— de la segunda mitad del siglo XIX, y pasa por alto el hecho de que en el siglo XXI la economía ha anulado la posibilidad de existencia de sociedades o de Estados autárquicos.
Entidades volcadas sobre sí mismas en introversiones pasionales no existen, porque las interdependencias permiten y condicionan no sólo el mercado, el comercio, sino la producción misma de todos los bienes y servicios. America First, a la luz de esta relidad, la de la Globalización, es una ficción ideológica con capacidad movilizadora, sí, pues fue exitosa electoralmente, pero inconsciente de una realidad que implica que ninguna nación tiene la capacidad práctica de sobrevivir fuera del mundo que le rodea.
Una vez terminado el conflicto, Washington puede reconcentrarse en el Hemisferio Occidental. Su agenda para la región se expresa en la imagen de la región como una prolongación del territorio estadounidense.
Lo anterior no anula otra realidad, que es la abrumadora asimetría entre los Estados Unidos y cualquiera de los países de la región, en donde el uso de la fuerza es un recurso disponible sobre todo para las políticas rudimentarias de control. En ese sentido, todos los países de la región son vulnerables a las decisiones de Washington. La frustración con la confusa intervención en el Golfo Pérsico no necesariamente replicará ese acto fallido en el Hemisferio Occidental porque las realidades son muy distintas, y es inevitable pensar en que Cuba —y cualquier otro país— podría ser objeto de nuevas aventuras.
La proactividad de los Estados Unidos en América Latina, sobre todo si su política toma un cariz intimidatorio, puede expresarse políticamente en tres dimensiones. La primera de ellas es el avivamiento del fuego de las tensiones internas en sociedades polarizadas que encontrarán en las políticas de los gobiernos, asociadas o críticas de Washington, un vehículo para expresar los enfrentamientos entre las fuerzas domésticas, por ejemplo en la contradicción de anti o pro estadounidenses, añadiendo al repertorio de conflictos nacionales el de la política exterior de los países.
La segunda es la radicalización de las tensiones intergubernamentales. En un entorno con realidades económicas y sociales similares, en donde la necesidad racional a buscarse sería el fortalecimiento del multilateralismo y la identificación de necesidades y políticas comunes, la adhesión o rechazo a las políticas estadounidenses produce conflictos inter-latinoamericanos constantemente, interferencias en asuntos internos, agresiones retóricas entre gobernantes y neutralizan la posibilidad de consensos y de construcción de organizaciones regionales representativas.
Finalmente, la tercera es la inestabilidad de las políticas exteriores, que depende de las volatilidades electorales y también de las veleidades de la potencia preeminente. Los constantes cambios de orientación ideológica de los gobiernos latinoamericanos generan la ausencia de políticas de Estado a largo plazo y los cambios radicales de aproximaciones estadounidenses producen incertidumbre. Desde el último gobierno de Obama (2013-2017) hasta el de Trump, Washington ha cambiado al menos tres veces su estrategia hacia el hemisferio. La doctrina Monroe ha sido muerta y resucitada en dos ocasiones, y en la última con un nuevo corolario que invoca la coerción y no el consenso. La Guerra del Golfo añade más dudas que certezas a su repertorio.