El presidente Trump amenaza con imponer aranceles a diestra y siniestra: los sube y los sube más, luego los deja pendientes para apalancar otras exigencias no comerciales. Este constante ejercicio de amedrentamiento ha sido calificado por The Wall Street Journal (WSJ) como la guerra comercial más tonta de la historia (The Dumbest Trade War in History, https://bit.ly/3WPAm4l). El 4 de febrero entró en vigor un arancel de 10% a las importaciones chinas, respondido de inmediato con aranceles adicionales sobre el gas licuado, carbón, maquinaria agrícola y otros productos norteamericanos. Beijing también restringió la exportación de minerales raros, utilizados en la fabricación de artefactos de alta tecnología, e inició una investigación antimonopolio sobre Google (https://bit.ly/42Rm1YW).
El 13 de febrero Trump decidió desbaratar décadas de aranceles mínimos ordenando al U. S. Trade Representative y al Departamento de Comercio calcular la reciprocidad arancelaria para un universo de más de 17.000 productos intercambiados con 186 países. Por ejemplo, mientras Brasil impone un arancel de 18% al etanol estadounidense, el etanol brasileño ingresa a EE. UU. sin aranceles. En este caso se deberá elevar ese arancel para empatarlo con el brasileño, o reducir el de Brasil al nivel del estadounidense (https://bit.ly/4gHapep).
La orden de Trump incluye calcular el costo de barreras no arancelarias “injustas”, definidas como cualquier medida o política no monetaria que restringe, previene o impide el comercio internacional de bienes, incluidas medidas de política, sanitarias o fitosanitarias, barreras técnicas al comercio, subsidios a las exportaciones, falta de protección a la propiedad intelectual, barreras digitales al comercio y tolerancia de conductas anticompetitivas. Los tipos de cambio también serán escrutados.
El objetivo comercial es reducir un déficit que en 2024 llegó a USD 1,2 millones de millones. Este gigantesco cálculo debe estar listo el 1 de abril, pero Trump puede actuar antes. Se priorizará a los países con mayor superávit comercial: China, México, Vietnam, Irlanda y Alemania. La India también está en la mira, pues mientras cobra a EE. UU. un arancel promedio de 17%, EE. UU. cobra a la India 3,3%.
La globalización de fines del siglo XX ya terminó, y con ella nociones como aldea global y mundo unipolar, así como prácticas instauradas en el multilateralismo y el libre comercio.
Forrest Gump, el personaje central de la película del mismo nombre de Robert Zemeckis, basada en la novela homónima de Winston Groom, explica a Jenny, su amiga de la infancia: “Mamá dice que tonto es aquel que hace tonterías”. ¿Se aplica esta frase a la guerra iniciada por Trump? A primera vista parecería que sí; pero no, por varias razones.
La globalización de fines del siglo XX ya terminó, y con ella nociones como aldea global y mundo unipolar, así como prácticas instauradas en el multilateralismo y el libre comercio. El WSJ estaría en lo correcto si lo que estuviese en juego solo fuese la sostenibilidad del intercambio de bienes y servicios de EE. UU. Pero, dada la coyuntura mundial, el problema es más complicado. Lo que está en juego es la condición del dólar norteamericano como moneda internacional, una de las principales armas de la supremacía estadounidense.
El déficit comercial: síntoma de algo más profundo
La política arancelaria de Trump parece un híbrido de xenofobia con mercantilismo. El resto del mundo, desde los aliados de la OTAN hasta el país más pequeño, se estarían aprovechando de EE.UU, cuyo comercio exterior solo representa 25% del PIB. Se trata de un coloso con un poderoso mercado interno (“ellos nos necesitan, nosotros no”, dice enfáticamente).

Sin embargo EE.UU. es el mayor importador del mundo y el segundo exportador. Los principales socios comerciales estadunidenses son México, Canadá, China, Japón, Alemania y Corea del Sur (Gráficos 1 y 2). Es un gran exportador de materias primas y bienes intermedios, mientras que sus principales socios comerciales parecen más competitivos en la producción bienes de consumo y de capital (Tabla 1.).

La preferencia de los norteamericanos por comprar bienes de consumo extranjeros, y de las empresas a importar bienes de capital, no es algo reciente. 1975 fue el último año que la balanza de bienes y servicios estadunidense tuvo saldo positivo, es decir un superávit de US$ 15.980 millones, equivalente al 1% del PIB.
Desde ese lejano 1975, los déficits se han sucedido año tras año, con dos periodos críticos: uno a mediados de la década de 1980 y otro en vísperas de la gran crisis financiera de 2008-09. Los datos muestran que el mundo está ad-portas de una nueva crisis del estructural déficit comercial norteamericano (Gráfico 3).
Con esta performance, el FMI ya habría obligado a cualquier otro país a ajustar su economía, comenzando con la devaluación monetaria de rigor. Pero EE. UU. no es cualquier país; es el único que puede financiar sus déficit comerciales atrayendo divisas y capitales del resto del mundo. Esto es posible por tres mecanismos:
- Inversiones extranjeras en deudas norteamericanas (públicas y privadas): los bancos centrales y otras entidades suelen adquirir bonos del Tesoro de EE. UU. Japón y China serían los mayores acreedores de deuda pública estadunidense. “Juntos poseen US$ 2 billones, más de una cuarta parte de los US$ 7,6 billones en títulos del Tesoro estadunidense en manos de países extranjeros” (https://bit.ly/40K8XSk).
- Flujos de capitales para captar activos financieros: Wall Street atrae a inversores globales que traen capitales, lo que contribuye a equilibrar el déficit comercial. Nueva York y California son centros ‘exportadores’ de activos financieros. La inversión en portafolio (adquisición de acciones, bonos, fondos) recibida por EE. UU. es la más grande del mundo, superior a la absorbida por Países Bajos, China o Luxemburgo (https://bit.ly/4aY9W6b).

- Reciclaje de superávits comerciales: países con excedentes comerciales, como China, Alemania o Japón, reinvierten sus divisas en activos estadunidenses, creando un ciclo de financiamiento que viabiliza el déficit comercial.
Historia y teorías
El desconcierto internacional se amplifica por la forma en la que Trump está finiquitando la última etapa de aranceles mínimos. Esta se afianzó en Europa con el tratado de Maastricht (1993) y el Espacio Económico Europeo (1994) consolidó el libre comercio. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) entró en vigor en 1994. Y en diciembre de 2001 China ingresó a la OMC. Pero en enero de 2017 Trump retiró a EE. UU. del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). El TPP era una tratado plurilateral de libre comercio entre doce miembros del foro APEC.
Con abundantes ejemplos históricos, el no-Nobel, catedrático de la Universidad de Cambridge, Ha-Joon Chang, demuestra que los países actualmente desarrollados, hasta hace poco paladines del libre comercio, antes de serlo fueron proteccionistas (Retirar la escalera: la estrategia del desarrollo en perspectiva histórica).

La Tabla 2 muestra la evolución de los aranceles promedio sobre bienes manufacturados de varios países desarrollados, desde 1820 hasta 1990. Con excepción de los Países Bajos, todos los demás tuvieron etapas fuertemente proteccionistas antes de 1950. “A partir de 1846, con la derogación de las Leyes del Trigo, el Reino Unido dio un vuelco decisivo hacia un régimen de libre comercio unilateral […] aunque esta iniciativa se basó en su superioridad económica, indiscutible en ese momento, y estuvo inextricablemente vinculada a su política imperial” – señala Chang. Después de 1950, en los años del GATT (1948-1995), se aprecia un ordenado y casi uniforme proceso de reducción arancelaria negociado entre países desarrollados.
EE.UU., con aranceles promedio tan altos como 50%, destaca como el más proteccionista hasta la segunda guerra mundial. Paul Bairoch, docente de las universidades de Ginebra, Harvard y del College de France, calificó a EE. UU. como a la madre patria y bastión del proteccionismo moderno (Economics & World History: Miths and Paradoxes).
El primer secretario del Tesoro de EE. UU., representante de los intereses manufactureros del norte, Alexander Hamilton, fue el primero en sistematizar el argumento de la industria naciente –necesitada de aranceles– en sus Informes del Secretario del Tesoro sobre la Cuestión de las Manufacturas (1791). El más conocido intérprete de la teoría de la industria naciente, el alemán Friedrich List, se nutrió de las ideas de Hamilton. En el siglo del destino manifiesto la disputa por los aranceles tuvo tanta importancia que se lo considera como una de las causas de la guerra civil, tan o más determinante que la abolición de la esclavitud.
En las décadas finales del siglo XIX la mayor parte del resto del mundo se vio obligada a practicar el libre comercio mediante el colonialismo, o en base a tratados asimétricos con la famosa cláusula de la “nación más favorecida”, como ocurrió entre las potencias europeas y los nóveles países latinoamericanos. La excepción más notable fue EE.UU. Con la victoria del Norte en la guerra civil, siguió siendo “el más ardiente practicante de la protección de la industria naciente hasta la Primera Guerra Mundial, incluso hasta la Segunda Guerra Mundial, con la notoria excepción de Rusia a principios del siglo XX”, concluye Chang.
De manera parecida, a fines del siglo XX el libre comercio se impuso una vez más, con la presión de la hegemonía ejercida por el líder mundial de turno y sus instrumentos: el FMI, el BM y el GATT-OMC. En esas ocasiones prevalecieron en los ambientes intelectuales teorías de libre comercio cuyo origen se retrotrae hasta la noción de las ventajas absolutas de Adam Smith, afinada por David Ricardo con la teoría de las ventajas comparativas y ya en el siglo XX ampliada con el teorema de la dotación de factores de Eli Heckscher y Bertil Ohlin. Esta tradición intelectual ha recibido el complemento de la teoría del costo de oportunidad de Gottfried Haberler, la teoría del ciclo del producto de Raymond Vernon, el modelo de competencia monopolística de Paul Krugman, la teoría de las ventajas competitivas de Michael Porter o los más recientes estudios de G. Gereffi, R. Kaplinski, D. Sturgeon y otros sobre las cadenas globales de valor.
La historia de la política comercial de los Estados poderosos registra flujos y reflujos. Uno de los resultados de esas oscilaciones han sido estas propuestas teóricas. La próxima teoría tendrá el reto de formalizar y dotar de apariencia lógica la ideología subyacente a la aguda preferencia de Trump por los aranceles. Se asentaría en tres ideas fundamentales: intervencionismo estatal y regulación del comercio; proteccionismo para favorecer las exportaciones y limitar las importaciones; e intercambio comercial de suma cero como medio para acumular riqueza. Ese reto se facilitaría con un update de las prácticas comerciales de las potencias europeas entre los siglos XV y XVIII, conocidas como mercantilismo.

Política económica versus economía política internacional
Cuando un país impone aranceles para dañar a otro, este responde con la misma arma, pero los efectos no necesariamente son los mismos. En la primera guerra comercial entre EE. UU. y China, la mayor parte de la carga arancelaria impuesta por China fue asumida por los exportadores estadunidenses, y menos por los importadores chinos. Estos rápidamente remplazaron la energía y los alimentos comprados a EE. UU, mientras que los estadunidenses tuvieron dificultad para remplazar las importaciones chinas, forzando a las empresas y consumidores norteamericanos a pagar la mayor parte de la carga arancelaria decretada por Trump.
EE.UU. cuenta con la ventaja de un mercado gigantesco: a los exportadores chinos se les hará difícil remplazar el mercado norteamericano, mientras que a los importadores chinos les puede resultar más fácil conseguir otros proveedores. El PIB combinado de Rusia, África y Sudamérica equivale a poco más de un tercio del PIB estadunidense, proyectado en US$ 30 millones de millones en 2025. Si Trump convence a los aliados de la OCDE a unirse a la guerra comercial, China podría enfrentar aranceles en países que representan 46% de la economía global.
EE.UU. ha firmado 14 tratados de libre comercio, cinco programas de comercio preferencial, 51 acuerdos marco de comercio e inversión y 48 tratados bilaterales de inversión (https://bit.ly/3WTNHZp). Ha sido miembro del GATT desde el 1 de enero de 1948 y de la OMC desde el 1 de enero de 1995. Ninguno de estos compromisos le ha impedido a Trump manipular de manera unilateral los aranceles, justificándose en razones de seguridad nacional. Su objetivo, afirma, es revertir los efectos de la globalización en la economía norteamericana, es decir promover las exportaciones, recuperar los puestos de trabajo perdidos y reducir el déficit comercial.
Para revertir el déficit se necesita que el valor de las exportaciones supere al de las importaciones. Esto requiere un dólar depreciado, con el que se pueda comprar menos cantidades de bienes elaborados en el resto del mundo y exportar más competitivamente. Pero Trump quiere, al mismo tiempo, un dólar fuerte que siga siendo la moneda de reserva internacional. ¿Es posible tener un dólar con ambas cualidades?
El primer problema de la estrategia de Trump es que su predilección por los aranceles presionará al alza el valor del dólar, por varias razones. La primera, porque la modificación unilateral de las reglas comerciales genera incertidumbre, y esta provoca un incremento del valor del dólar. Cada vez que la incertidumbre penetra los mercados internacionales, o cuando se produce una crisis, paradójicamente, las divisas invaden EE. UU. buscando refugio en los dólares, lo que incrementa su cotización. Incluso si la guerra arancelaria tuviese el efecto esperado, reduciendo en el corto plazo las importaciones provenientes de China, México y Canadá, se producirá un flujo de divisas hacia EE. UU. que incrementará el valor del dólar, con un efecto contrario al buscado originalmente.
El segundo problema es que, si persiste en reducir los impuestos para las corporaciones y la plutocracia que lo rodea, con el improbable objetivo de incentivar la inversión interna, también atraerá capitales extranjeros, lo que, asimismo, presionará al alza el valor del dólar, anulando el objetivo arancelario.
Esta doble función internacional —medio de pago de bienes y servicios, y valor/refugio— permite que el dólar goce de un “privilegio exorbitante».
El continuo déficit comercial se sostiene, año tras año, gracias al papel único del dólar en la economía global. Esto lleva a considerar el tercer problema de la estrategia, la ‘paradoja de Triffin’. En 1959 Rober Triffin expuso ante el congreso norteamericano el dilema del dólar como moneda internacional. Lo expresó en forma positiva: si EE.UU. eliminase su déficit comercial, privaría a la economía global de la liquidez necesaria para expandir el comercio mundial. Lo dijo una década antes de que el presidente Nixon abandonara el compromiso de mantener fija la paridad dólar/oro, contraído en Bretton Woods. En la actualidad, con más de medio siglo de un patrón monetario internacional 100% fiduciario, el problema se mantiene.
Esta doble función internacional —medio de pago de bienes y servicios, y valor-refugio— permite que el dólar goce de un “privilegio exorbitante”: mientras el resto del mundo demanda dólares para importar y exportar, EE.UU. puede incurrir en déficit comerciales sin debilitar su divisa. Al ser en la actualidad una moneda netamente fiduciaria, la eventual depreciación del dólar acarrearía cuantiosas pérdidas a los inversores externos –comenzando por China y Japón, los mayores acreedores en bonos del Tesoro. Si Trump pretende reducir el déficit comercial, tendrá que hacer algo con ese privilegio exorbitante, que no sea debilitar el poder hegemónico cediendo los privilegios del dólar.
¿Hacia un nuevo Acuerdo Plaza?
Los aranceles son como una espada de doble filo. Una victoria sobre China le permitirá negociar mejores condiciones comerciales, pero los hogares estadunidenses pagarán un alto precio y dispondrán de menos bienes. La reducción de las importaciones potenciaría la competitividad de las fábricas estadunidenses. Pero costos de producción más altos y la ausencia de alternativas probablemente elevará el nivel de precios.
Los potenciales beneficios geopolíticos son menos ambiguos. Pretende obligar a México y América Central a detener la presión migratoria sobre su frontera sur, a aceptar a los migrantes deportados y a contener el expansionismo chino. Esto es coherente con su pretensión de recuperar el canal de Panamá (¡y comprar Groenlandia!).
Por último, es necesario recordar lo sucedido hace 40 años en Manhattan, junto al Central Park, donde se levanta, desde hace más de un siglo, el Hotel Plaza, famoso por albergar a presidentes y reyes. A mediados de la década de 1980 la apreciación del dólar afectó las exportaciones estadunidenses, incrementó las importaciones (véase el Gráfico 3) y el congreso amenazó con una reforma proteccionista contraria a la política impulsada por el presidente Reagan. En septiembre de 1985 se reunieron en secreto en el Hotel Plaza los ministros de finanzas y gobernadores de los bancos centrales de EE. UU., Alemania, Francia, Inglaterra y Japón. Acordaron conducir una apreciación ordenada de sus divisas, excepto del dólar (otra manera de depreciar el dólar), así como dirigir la flotación cambiaria asumiendo políticas para “resistir el proteccionismo, controlar la inflación, liberalizar los mercados financieros, reducir los impuestos y recortar el gasto público” (https://bit.ly/3EBqFjR), es decir, sostener la reforma neoliberal.
Lo que hace 40 años supuestamente fue un acuerdo multilateral del G-5 en realidad fue un ultimátum de EE. UU. a Tokio: debía apreciar el yen o los EE. UU. establecerían aranceles a las exportaciones japonesas. Los japoneses accedieron y, como lo probaría la historia, esa sería una de las razones por las cuales su economía perdería el dinamismo visto por los estadunidenses como una amenaza.
Un acuerdo entre Beijing y Washington es prácticamente imposible. La gran pregunta para el futuro inmediato no es si Trump ganará su guerra, sino lo que podría hacer Beijing.
Trump prefiere políticas menos liberales que Reagan (mercados fuertes, fronteras fuertes, política fuerte con China), pero no quiere un dólar fuerte. Gracias a tasas de interés en su nivel más alto en 23 años, quiere un dólar más débil para contrarrestar una apreciación monetaria que ya llega al 15% (desde 2021).
¿Estará en la agenda un Acuerdo Plaza 2.0? Lo que ha hecho el impulsor de MAGA es asustar al mundo con aranceles muy altos, en especial a China, México, Canadá y la Unión Europea. El objetivo sería ablandarlos para facilitar un acuerdo para depreciar el yuan chino, el euro y las divisas competidoras y, así, reducir las importaciones norteamericanas e incrementar las exportaciones, sin debilitar al dólar.
¿Estará China dispuesta a aceptar un nuevo Acuerdo Plaza? Japón sigue albergando 120 bases militares con 57.300 efectivos norteamericanos (https://bit.ly/3X4l0Jc). China no padece esa presencia militar. Y lo que conviene a Beijing, dada la situación de su cuenta de capitales, es una depreciación del yuan. Nunca aceptaría lo contrario para aliviar el déficit comercial norteamericano.
Un acuerdo entre Beijing y Washington es prácticamente imposible. La gran pregunta para el futuro inmediato, no es tanto si Trump ganará su guerra, cuanto lo que podría hacer Beijing. ¿Esperará a que las contradicciones de la política norteamericana exploten casa adentro? ¿O alentará a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y demás adherentes) a intentar una nueva versión de Bretton Woods?
Los consumidores y las empresas de EE.UU., de China y de otros países deben prepararse para incrementos de precios y crecientes tensiones geopolíticas. Si los demócratas recuperaran el control de la cámara de Representantes en las elecciones de medio periodo de 2026, podrían contrarrestar la capacidad de Trump para imponer aranceles. Lo que le otorga dos años para ganar su guerra comercial contra China y el resto del mundo (https://bit.ly/413QiRL), y con ello reposicionar la primacía mundial estadounidense.