Cuando leí el manuscrito de la novela de Jakk Cabrera, Luminosos restos, meses atrás, sentí un privilegio poder hacerlo y demoré en mi lectura, pero tuve un presentimiento inclasificable, una especie de sentencia que aparece sin el menor sentido, espontánea y ligera, sin pretender elaborados juicios ni fundamentos teóricos que abruman y oscurecen.
Pasaron los meses y recibí la llamada confidente de Cabrera, el autor, para contarme que es el ganador del premio Miguel Donoso Pareja 2024. Entonces, apareció súbitamente aquel presentimiento y se puso a andar en el misterioso juego de la imaginación.
El Premio Miguel Donoso Pareja, que se entrega cada año durante la Feria Internacional del Libro de Guayaquil, con un pago de 10 mil dólares y la edición de la obra, es apetecido por los escritores, sobre todo jóvenes, que buscan en este galardón un reconocimiento a su labor irreverente, audaz, experimental, osada, rupturista, incesante en la búsqueda de belleza, aunque a veces linde con lo atroz.
Quizá de eso se trata cuando se escribe literatura, bajar a los infiernos y salir inerme —no sé si triunfante— con el fuego en las tripas, en los ojos y en las manos, las mismas que martillan las teclas en altas horas de la noche, cuando la soledad y los monstruos reinan a plenitud.
De eso y mucho más se trata la novelística de Jakk Cabrera, un escritor de sol y sombra, de truenos y arcoiris, alguien que cumple a cabalidad la receta de Faulkner para ser un buen novelista: “99% de talento… 99% de disciplina… 99% de trabajo”[1].
Jakk cabrera es un individuo peligroso que no deja nada suelto, que lo registra todo a su paso, de manera infame, sin contemplaciones, pero lo hace bajo una ética propia, la de la calle, la de la poesía.
Pero hablemos un poco de Luminosos restos. La novela inicia con un epígrafe tomado de Edvar Munch: “De mi cuerpo podrido, las flores crecerán y yo estoy en ellas, y eso es la eternidad”. Enseguida surge una pregunta: ¿Es este el torno que hará girar la historia, una historia que da inicio en un café, donde deciden conocerse en cita a ciegas, Roberto y Mercedes?
Después transcurren las historias y en ese tráfago Jakk es una especie de calígrafo del día y del tiempo, va tomando nota de las cosas que los humanos dejamos pasar, por obvias, intrascendentes diríamos, pero él las transforma y embellece, dándoles un sentido mayor.
Por eso me parece que Jakk es un individuo peligroso que no deja nada suelto, que lo registra todo a su paso, de manera infame, sin contemplaciones, pero lo hace bajo una ética propia, la de la calle, la de la poesía, que no tolera concesiones de ninguna naturaleza.
A lo largo de la novela, surgen una explosión de ideas vagas, recuerdos, sentencias que podría decirlas cualquier personaje, porque todos son idénticos, todos filosofan, todos trascienden, todos son una cantera de hallazgos lingüísticos, hasta el INRI se hace metáfora con acrósticos. El circo es omnipresente. El hospital psiquiátrico es omnipresente. La calle y su frenesí es omnipresente.
En varios momentos me dio la sensación de tener a mano unos personajes díscolos, que se comunican por accidente, con aforismos en el mejor de los casos, porque, tal como dice uno de los personajes, “las citas más bellas suceden entre personas sin dueño”. Por eso esta novela me ha hecho recordar ciertos pasajes de El obsceno pájaro de la noche, del escritor chileno José Donoso.
Por otro lado, hay algo crucial en la novela y es que sus pasajes abren pequeños continentes. Por ejemplo, cuando Mercedes le cuenta a Roberto sus momentos en el motel con otro hombre, como si nada, con una naturalidad como si contaría que toma té con su abuela.
Luminosos restos, una obra que desafía al lector en cada página, en cada personaje, especialmente cuando la lectura se hace en la confusión de sentidos y uno llega a sentirse parte de esa calle, de ese pueblo.
O cuando alguien dice la sentencia: “Cuántas de azúcar…..”, la pregunta después de hacer el amor, de aterrizar, de alunizar, de morir. La petite mort, viendo lo bien, es la puerta pequeña de Lewis Carroll, la ducha de Remedios, el túnel del tiempo.
Al final queda la gran lección: todos los humanos contienen la palabra filosofía, todos, aún aquellos a quienes les atribuimos su ausencia. Porque “En la luz también nos perdemos”, como nos alecciona uno de sus personajes.
En conjunto, estos son los valores que contiene Luminosos restos, una obra que desafía al lector en cada página, en cada personaje, especialmente cuando la lectura se hace en la confusión de sentidos y uno llega a sentirse parte de esa calle, de ese pueblo, de ese circo, de ese sanatorio, con “un fervor canino, de perros apaleados que han caminado toda la noche o toda la juventud bajo la lluvia”[2].
[1] El peruano Hugo Avellaneda transcribió una entrevista realizada por dos periodistas norteamericanos a William Faulkner, pero omitió sus nombres por error. La revista Letralia, tierra de letras, la publicó en 1998.
[2] Roberto Bolaño, 2666.
