En diciembre de 2023 a propósito de un corto difundido “La Solución Final Palestina, Endlösung”, Plan V publicó “¿Es excesivo comparar el Holocausto judío con la respuesta israelita contra Hamas y Palestina?” un largo artículo epistolar entre el cineasta Pocho Álvarez, autor del corto, y Wolfgang Shmidt, filósofo, sociólogo y economista alemán, quien consideró, en ese entonces, “fuera de foco” igualar el Holocausto nazi con la ocupación de la Franja de Gaza y la cruel respuesta militar del sionismo israelí.
A casi dos años de ese intercambio epistolar, una nueva conversación surge sobre el tema, para revelar un mirar evolucionado por la escritura de la realidad de los hechos, un genocidio perpetrado ante la indiferencia del mundo.
Pocho Álvarez: Wolfgang, si quieres podemos empezar…
Wolfgang Shmidt: Bueno.
Pocho: ¿Te acuerdas cuando allá por noviembre de 2023 hice un corto y le puse como título La Solución final Palestina, Endlösung, al conflicto palestino-israelí?
Wolfgang: Sí
Pocho: Yo intuí ese título. Me dije: detrás de toda esta violencia hay un pretexto que lleva aplicar una política de exterminio total y eso se ha venido dando como una realidad cierta durante estos dos años. Luego, hace pocos meses tú me hablaste del “Gran Israel” como la propuesta que sostiene y justifica la matanza de Gaza.
Podríamos empezar a abordar la conversación a partir de eso: ¿Hubo una apreciación que no fue correcta del tema que trata el corto, en el sentido de que en ese momento no se visualizó el “Gran Israel” como plan estratégico u objetivo final?
Wolfgang: Bueno, creo que nuestra conversación fue hace más de año y medio, ¿no? En ese tiempo rechacé tu afirmación de que se tratara de la “solución final” o como tú dijiste en alemán, Endlösung. También tenía dudas de que era algo que se pudiera llamar genocidio; fue algo que tuve que revisar, creo que en este año se evidenció que sí, se trata de un genocidio y no “solamente” de crímenes de guerra.
Es evidente que la respuesta militar desproporcionada y el castigo colectivo de Israel después de la masacre del 7 de octubre, constituyen crímenes de guerra. Pero para calificarlo como genocidio, la Corte Internacional de Justicia exige que se compruebe la intencionalidad del genocidio, y hace un año eso para mí no era tan claro. Revisando los hechos desde entonces y las declaraciones de Netanyahu y de otros miembros del Gobierno israelí, queda claro que sí, que se trata de un genocidio.
En el 2023, después del ataque de Hamás, Netanyahu proclamó: “no olvides lo que Amalec te ha hecho”. Con esta frase se refirió a un versículo del Antiguo Testamento. Después de la batalla contra los “amalecitas”, Dios manda: hombres, mujeres, niños, bueyes, borregos, camellos, burros todos a la muerte. Entonces, haciendo referencia a “Amalec”, Netanyahu exige el exterminio como mandato de Dios.
Por otro lado, hay pronunciamientos de miembros del Gobierno de Israel (Ben-Gvir y Bezalel Smotrich) que niegan la humanidad a los palestinos, los llaman animales y proclaman “si ustedes han querido el infierno, lo van a tener”. El bombardeo, el hambre, el corte de servicios como electricidad y agua, la destrucción de la infraestructura médica son parte de este infierno anunciado, y en el canal 14 de la televisión israelí, un canal casi oficial del gobierno, hay una verdadera campaña de expulsión y exterminio. Ahí, sin oposición alguna, el periodista Itamar Fleischmann dijo: “La victoria solo puede venir bajo una condición… el exterminio total” y en una documentación de cientos de declaraciones del mismo tipo resaltan frases como estas: “no hay inocentes en Gaza, todos son terroristas, los palestinos son animales, ratas, caníbales y hay que destruirlos”. En conclusión: si hay claros indicios de intencionalidad que rebasan a los crímenes de guerra e indican un genocidio.
Hasta ahora en Israel no existen campos de exterminio y tampoco hubo un plan maestro de exterminio sistemático. Hay un plan de apropiación del territorio palestino y consecuentemente la voluntad política de expulsión violenta.
Por otro lado, no creo que sea posible calificar el genocidio que está ocurriendo en Gaza como Holocausto. En Alemania hubo un debate acalorado en los años 80 sobre la singularidad o no del Holocausto, la “disputa de los historiadores”. Por un lado, Jürgen Habermas, el conocido filósofo alemán, insistió en la singularidad del Holocausto y por el otro lado Ernst Nolte y los conservadores y gente más bien de derecha negaron la singularidad, pues querían mostrar que el Holocausto fue una especie de accidente causado por el “loco” Hitler, y que no afectaba a la identidad alemana. Compararon el Holocausto con el Gulag, que fue anterior al Holocausto, y pretendían mostrar que el Holocausto fue una respuesta al Gulag soviético.
La meta de la derecha fue poner fin al debate sobre la “culpa alemana”. Nolte miro al Holocausto como: “un hecho aislado, un resultado de la guerra y una desviación de algunos criminales enloquecidos, y en este sentido Auschwitz era comparable al Gulag y otras atrocidades históricas cometidas en la época colonial e imperialista”.
En cambió el campo liberal-izquierda de la sociedad se insistía en la singularidad del Holocausto. ¿Por qué? A diferencia de los genocidios que se han cometido en muchas partes del mundo, el Holocausto fue planeado en la conferencia de Wannsee, en 1942, como un plan maestro de exterminio total de los judíos. Los campos de concentración se convirtieron en campos de exterminio sistemático, planificado industrialmente y con una frialdad y eficiencia técnica y burocrática sin precedentes: un acto bárbaro realmente moderno.
Hasta ahora en Israel no existen campos de exterminio y tampoco hubo un plan maestro de exterminio sistemático. Hay un plan de apropiación del territorio palestino y consecuentemente la voluntad política de expulsión violenta, pero me niego a llamar Holocausto a la excesiva violencia israelí.
Al negar la singularidad del Holocausto, la derecha alemana quiere deshacerse de su responsabilidad histórica y así terminar el debate sobre las causas más profundas de las atrocidades cometidas, el —por qué— social y cultural del fascismo alemán y de su sobrevivencia subcutánea. No se trata de una disputa filológica, se trata de entender la forma peculiar del fascismo alemán justamente para comprender mejor las nuevas formas del fascismo que están extendiéndose dramáticamente. No toda violencia política, no todas las formas de supresión, ni todos los crímenes de guerra tienen un carácter fascista, pueden tener un carácter religioso o colonialista y también hay atrocidades cometidas por la izquierda como el Gulag. Así que me parece importante entender que manifestaciones similares de la violencia pueden tener raíces distintas.
En una esquina del cuarto del Comandante había un cello; él había sido amante de la música, y la lámpara, a lado de su cama, estaba hecha de piel humana. Bach y la barbarie en un mismo cuarto.
Y tal vez aquí vale contar una experiencia personal.
Mi iniciación política tuvo lugar a la muy temprana edad de diez años cuando mis padres me llevaron a conocer el campo de concentración de Buchenwald, cerca de Weimar.
Primero nos fuimos a la casa de Goethe, en Weimar, y me encantó su simpleza, la finura de los muebles, su escritorio liviano, la biblioteca, los colores tipo pastel italiano. El pabellón en su jardín, en donde se encontraba con sus amantes, una belleza. Al terminar la visita de la casa del icono de la cultura alemana, mi padre dijo: “y ahora vamos a Buchenwald”, que significa bosque de hayas y yo, entusiasmado, no sabía lo que nos esperaba.
Frente a la entrada de Buchenwald quedó claro para mí que no se trataba de un paseo en el bosque. Encima de la puerta principal había una frase forjada en hierro: “El trabajo te libera” y la primera sala a la que llegamos estaba llena de zapatos de niños. De golpe entendí que eran zapatos de niños muertos.
De ahí fuimos paso a paso hasta los hornos y las cámaras de gas, —yo ya no quiero entrar en detalles, pero todo era barbarie, una verdadera pesadilla—. Como niño no entendía nada, no había oído nada de los campos de concentración y hasta ese momento yo vivía una infancia más bien protegida, segura y alegre. De un solo golpe, esa inocencia infantil se hizo pedazos.
Un detalle que sí tengo que contar, porque tuvo un impacto de larga duración, fue que en una esquina del cuarto del Comandante había un cello; él había sido amante de la música y la lámpara, a lado de su cama, estaba hecha de piel humana. Bach y la barbarie en un mismo cuarto; por un lado, Goethe y por otro las cámaras de gas y yo en una completa y oscura confusión.
En los meses y años después de semejante choque comencé a molestar a familiares, maestros de escuela y padres de amigos con preguntas del por qué y las respuestas fueron evasivas o de silencio total. La falta de respuestas fue acompañada por la incapacidad de llorar y el frenesí laboral para reconstruir el país, era obvio que se trató de una reconstrucción, más no de una construcción nueva. Pronto entendí que con mi moralismo infantil no iba a ninguna parte y así comencé a pensar políticamente.
Una frase de Adorno, cuatro años después de la guerra, me inquieta hasta ahora: “Escribir poemas después de Auschwitz es bárbaro.” ¿Qué quería decirnos? La propia lengua de Adorno es poética y él no dejó de leer poemas. Con esta frase Adorno más bien quería subrayar que la cultura está marcada por la dialéctica entre el arte y la barbarie, y que el arte que reprime esta dialéctica es bárbara. En el cuarto del comandante comencé a intuir la ambivalencia de la alta cultura.
Estoy consciente de que en América Latina no es común ver al Holocausto en estos términos y, por lo tanto, parece más fácil comparar el genocidio israelí con el Holocausto como un acto de violencia colonial. Yo creo que los hechos históricos no dan para esto, pero sí determinan una responsabilidad histórica del pueblo alemán en seguir una política orientada a hacer todo lo posible para evitar la repetición de la barbaridad cometida por un pueblo supuestamente culto, y ahí viene mi crítica al Gobierno alemán que ha declarado la seguridad de Israel como razón de Estado. Una cosa es defender la existencia del Estado de Israel, y otra hacer la vista gorda frente el genocidio del gobierno israelí. Justamente por el hecho de que el pueblo alemán ha cometido lo que ha cometido, tiene ahora la responsabilidad de denunciar a Israel por los crímenes cometidos, dejar de mandar armas y exigir medidas económicas drásticas contra el gobierno de Israel. Al no hacerlo se hace cómplice del genocidio.
Para efectos de lo que sería una limpieza étnica o eliminación de una comunidad, llegas a lo mismo, al mismo objetivo. Es decir, la idea es eliminar a cualquier pueblo. .
Ahora otra anécdota: ocho años después de la visita a Buchenwald fui a Israel como parte de un grupo de alumnos de la ciudad de Frankfurt. Se trató de un viaje oficial de reparación y reconciliación. En uno de los seminarios, poco antes de la guerra de siete días, habló un representante del partido Cherut, una organización del sionismo revisionista y expresión política del movimiento nacionalista y en este tiempo el partido más fuerte de oposición y que después ganó las elecciones con Menachem Begin.
Él habló de la visión bíblica del Gran Israel, un Israel que va desde el Jordán hacia el mar y del Líbano hasta el Sinaí. Para justificar semejante plan de expansión se refirió a la biblia y la supuesta unión entre “sangre y tierra”, lema central de los nazis.
A mí se me salió en voz alta: “lo mismo han dicho los nazis”, causando sin intención, un escándalo. Los organizadores pararon el taller y anunciaron que me iban a expulsar del país y yo les dije: “bueno, pueden hacerlo, pero yo voy a hablar, no voy a quedarme callado”. Para evitar un escándalo aún mayor, decidieron que ya no podía participar en los eventos, seminarios y talleres, pero me dejaban moverme libremente por el país.
De algún modo me hicieron un regalo, pues tuve la posibilidad de visitar los barrios árabes de Jerusalén que no nos mostraron. Una familia árabe de médicos me invitó y me describieron las trabas cotidianas que sufría la población árabe. En los días siguientes visité a menudo sus barrios y se evidenció que los árabes en Israel no tenían los mismos derechos y posibilidades ni económicas, ni políticas, ni culturales como los judíos, aun siendo ciudadanos israelíes. De hecho, existía un régimen de segregación.
Entre la visita a Buchenwald y el viaje a Israel se vislumbra la tragedia de dos pueblos incapaces de superar el racismo y el rechazo del otro.

Pocho: Técnicamente no es un Holocausto, digamos así. No en términos históricos ni en las mismas formalidades y raíces.
Wolfgang: Tampoco en el mismo procedimiento.
Pocho: Exacto, pero para efectos de lo que sería una limpieza étnica o eliminación de una comunidad, llegas a lo mismo, al mismo objetivo. Es decir, la idea es eliminar a cualquier pueblo. Eliminarlo, volarle del planeta independientemente de las técnicas o los procedimientos y denominaciones.
Entonces, cuando asistimos a una realidad de esa naturaleza, ahora se vuelve más trágica, porque la humanidad cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, fue sorprendida con el destape, la visibilización del exterminio nazi, el Holocausto. En ese entonces no había el nivel de comunicación que hoy tenemos y el mundo, de alguna manera, fue sorprendido con el genocidio y su realidad de crueldad y mortandad. Hoy en cambio permitimos que la crueldad del exterminio no sólo se exprese en su fiereza sino que se expanda a través de las redes sociales; podemos ver al instante en ese mismo momento la narrativa de la destrucción en imágenes, un Estado de impunidad y no de derecho, con los Estados Unidos como tutelar de esa realidad de irrespeto a la vida y sus principios, el respeto a los otros y sus derechos.
Entonces, digamos que tu explicación da luces pero, claro, es una explicación técnica. ¿Cuál es la explicación política de todo esto? La explicación política en este momento del siglo XXI y su perspectiva hacia el mañana. ¿Por qué retornamos a una práctica que supuestamente la humanidad juró, “el nunca más”, el no volver a repetirla y paradójicamente, constantemente lo repetimos, es decir seguimos alimentando las guerras de exterminio?
Wolfgang: Bueno, sí, de acuerdo. Independientemente de la definición de las atrocidades cometidas, para el pueblo palestino significa el hambre y la muerte. ¿Cómo es posible que un pueblo que ha sufrido el Holocausto cometa crímenes de guerra con tanto odio y sin misericordia alguna? Es la pregunta verdaderamente inquietante. Todas las explicaciones históricas que conozco, tanto del Holocausto como de los crimines de guerra israelís, dejan un resto inexplicable, algo absurdo, irracional y obscuro, cuestionando el concepto de civilización mismo, y en la cuna de las tres religiones monoteístas reina una enemistad que cuestiona su credibilidad ética.
Entre los historiadores hay un debate en torno de la pregunta: ¿ha existido desde el principio un plan maestro de exterminio con la colonización judía de Palestina y la fundación del Estado de Israel?
La colonización judía en Palestina comenzó a principios del siglo XIX y Haganah, la organización sionista paramilitar clandestina se fundó en 1920. Luchó contra los ingleses y tenía un plan de colonización de Palestina, pero no tenía un plan de expulsión de los palestinos y tampoco la intención de fundar un Estado exclusivamente judío. Funcionaba con la idea de comprar tierras a los palestinos y en esa época los colonos judíos, los árabes y los cristianos en gran parte vivían en paz como buenos vecinos.
¿Entonces cuándo y cómo comenzaron los problemas interétnicos?
En 1931 Irgun, una nueva organización clandestina radical se separó de Haganah. Fue liderada por el nacional-chovinista-sionista Vladimir Jabotinsky y él sí tenía un plan maestro de expulsar a los palestinos de manera violenta y fundar un Estado exclusivamente judío. La mayoría de los colonos judíos se distanció de él, pero Irgun fue el germen de un movimiento político-religioso-sionista que no solo combatió a los ingleses, sino también a los árabes y que después de la fundación del Estado de Israel, y a lo largo de los conflictos bélicos ganó espacios políticos significativos.
Por el otro lado, también los árabes tuvieron su ideólogo radical: Amin al-Husseini, representante árabe irónicamente nombrado por los ingleses, era el líder de la sublevación árabe contra los ingleses entre 1936 y 1939, y también lideró los combates contra Haganah. Cuando Husseini y los suyos perdieron la guerra contra Haganah, él tuvo que salir de Palestina y se fue a Alemania. Se hizo nazi y comenzó a reclutar musulmanes para la SS. Su meta era bloquear las rutas de escape de los judíos huyendo del Holocausto.
La mayoría de la población judía y árabe no tenía mucho que ver con las posiciones radicales de Jabotinsky y Husseini, pero los dos dejaron gérmenes tóxicos para el futuro, como núcleos políticos religiosos girando en torno del lema “sangre y tierra”.
Cuando el etnocentrismo se carga de significados religiosos y reclama el mismo territorio como tierra sagrada ya no hay espacios de negociación. No se trata de diferentes intereses sino de diferentes mandatos de Dios y esos no son negociables, queda solo la conversión o la eliminación del otro.
Para mí, Hamás no es una organización de liberación, sino una organización neofascista. En nombre de la liberación del pueblo palestino pretende crear un Estado teocrático fundamentalista con posiciones paternalistas anti-emancipadoras.
Después de la fundación del Estado de Israel en 1948, los árabes declararon la guerra que Israel ganó, ahí hubo un cambio del estado de ánimo político en Israel. Hasta ese momento, la sociedad mayoritaria israelí así como líderes como Ben Gurion, tampoco tenían un plan maestro de expulsión o incluso de exterminio, pero en el transcurso de la guerra de hecho se expulsaron más y más palestinos, proceso que terminó en la Nabka con 700.000 refugiados palestinos.
Desde La guerra de los 7 días en los años 60, en Israel han ganado terreno paulatinamente las posiciones nacional-chovinistas y Netanyahu es una figura central en este proceso. Desde el principio él estaba en contra de una solución de dos Estados, y él sí ha tenido siempre la idea de expulsar a los palestinos.
Con Netanyahu la posición nacional-chovinista-sionista logró dominar la política gubernamental y marginalizar la izquierda y ahora la mayoría del pueblo israelí está a favor de una política de expulsión violenta, política no solo nefasta para el pueblo palestino sino también para el pueblo israelí porque erosiona la democracia israelí, dejándola en las manos del paternalismo religioso.
Al otro lado de la zanja está Hamás en la tradición de Amin al-Husseini. Para mí Hamás no es una organización de liberación, sino una organización neofascista. En nombre de la liberación del pueblo palestino pretende crear un Estado teocrático fundamentalista con posiciones paternalistas anti-emancipadoras. Está en contra de cualquier forma política secular-democrática y gente de izquierda que tanto elogia a Hamás terminaría en la cárcel si Hamás lograse la fundación de un Estado a su modo. El ataque del 7 de octubre no fue un acto de liberación, sino una bestialidad como último recurso de mantenerse en el juego político y es irritante cuando parte de la izquierda se comporta con indiferencia ante esto o incluso celebra esa violencia brutal.
Israel y algunos Estados árabes estaban a punto de firmar acuerdos diplomáticos con un proyecto económico de convertir el cercano oriente en un gran Dubái, una zona geopolítica clave entre Europa y China con los Estados Unidos como garante hegemónico, Israel como el poder regional militar-tecnológico incuestionable y los países árabes con sus inmensos recursos petroleros destinados a extender lo más posible la época fósil. En un proyecto de semejante envergadura los palestinos no son más que un obstáculo molesto y Hamás perdería su peso político. Así, Hamas decidió cometer un acto bárbaro para minar el acercamiento entre Israel y los países árabes, pero sin ninguna perspectiva política para el pueblo palestino.
Pocho: Sí, hay que entender que Hamás nace por las propias contradicciones internas de Palestina, por un lado, y por otro, esta organización es aupada y financiada de alguna manera por Israel porque le conviene. “Cualquiera que quiera evitar que nunca haya un Estado palestino, tiene que apoyar a Hamás y tiene que transferir dinero a Hamás. Esto es lo que estamos haciendo. Financiar a Hamás para que nunca haya un estado Palestino”. Lo dijo Netanyahu en marzo del 2019 en la Kneset (Parlamento Israelí). Es claro que Israel aupó el surgimiento de Hamás para dividir al movimiento palestino, de la OLP, en la más clásica historia del divide y vencerás, y eso es lo que ha permitido que Hamás aparezca y sea ahora, el gran pretexto para este genocidio, ese es un punto.
Ahora viene otro punto. Israel en este momento es un peligro para la humanidad. Más aún si es aliado a otro peligro para el mundo, los Estados Unidos de Trump y el silencio hipócrita de Gran Bretaña, Alemania y muchos otros países de Europa y otros continentes. Silencio o conducta de avestruz, que ha permitido que el genocidio en Palestina se vaya cometiendo libremente, como un espectáculo de redes, una feria de impunidad a vista y paciencia de todo el mundo. Todo este escenario aúpa, envalentona a la Israel de Netanyahu, le da más fuerza a su postura y el desenlace, lo que va a suceder, será impredecible. ¿Qué es lo que puede pasar es lo que interesaría que tú nos trates de explicar desde tu lectura, las razones de esta necedad de negar las violaciones que sistemáticamente ha cometido Israel con el aplauso de los Estados Unidos, el silencio de Europa y la tímida, disminuida y poco operativa ONU? ¿Tú crees que en este complejo estado de cosas se podrá construir un Estado palestino?
Wolfgang: ¿Por qué Alemania, la Unión Europea y los Estados Unidos no pararon a Netanyahu? Esto tiene varias connotaciones.
La fundación del Estado de Israel, tal como fue hecho, fue uno de los errores políticos más grandes del siglo XX porque al negar la fundación de un Estado federal, multicultural y multiétnico con autonomías relativas, se cerró la única posibilidad de lograr una convivencia pacífica entre judíos y palestinos.
Inglaterra, como poder colonial en declive, quería deshacerse del problema palestino lo más pronto posible y se retiró como mediador, dejando el campo político a Ben Gurion. Obviamente el Holocausto fue la razón mayor para fundar un Estado como hogar seguro para los judíos, demanda más que justa, pero que también se hubiera podido realizar en un Estado federal en el contexto de reorganización postcolonial del cercano oriente, política que hubiera significado enfrentar el legado colonial y esto fue algo que el gobierno inglés trató de evitar a toda costa. Así, la fundación de un Estado judío parecía la solución rápida y más fácil, cerrando los ojos frente al polvorín que iba a crear y que determinó la confrontación entre occidente y el mundo musulmán en los últimos 70 años.
Por otro lado, la guerra fría se avecinaba. Como resultado de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética extendió su zona de influencia hasta Alemania Oriental y los aliados occidentales temían una expansión soviética hacia el cercano oriente, rico en recursos estratégicos de petróleo. Entonces las fuerzas occidentales optaron por un Estado israelí judío como una fortaleza contra el comunismo.
Hay voces de izquierda que interpretan la posición occidental como resultado de la influencia desmesurada del sionismo mundial. Me parece una teoría de conspiración orientada a evitar el análisis de la complejidad del problema palestino.
Ahora ya no es el comunismo sino la lucha contra el terrorismo islamista, la influencia significativa rusa en la región y la defensa de los intereses petroleros los temas que determinan la política occidental en el cercano oriente. En este contexto, Israel sigue siendo la fortaleza occidental en un mundo musulmán hostil.
Hay voces de izquierda que interpretan la posición occidental como resultado de la influencia desmesurada del sionismo mundial. Me parece una teoría de conspiración orientada a evitar el análisis de la complejidad del problema palestino y que opta más bien por un escenario en blanco y negro en donde los buenos y los malos están claramente definidos. No ven la ambigüedad de la política árabe de condenar los crímenes de guerra, por un lado, pero por otro no hacen prácticamente nada para apoyar a los palestinos, pues no analizan críticamente los intereses económicos y geopolíticos involucrados, y me temo que estas voces tienen más bien su origen en el antisemitismo y no en una comprensión de la actual reorganización geopolítica en donde el conflicto palestino juega un rol significativo. No es que el sionismo no exista como un movimiento homogéneo (hay diferentes corrientes opuestas), sino que la alianza tácita entre la política reaccionaria israelí y las posiciones derechistas en auge a nivel mundial, más el declive secular de la hegemonía occidental, provocan el silencio relativo de occidente frente a los crímenes en Gaza.
Pocho: De alguna manera todo este nuevo mundo que señalas se ha roto al apoyar a Israel. Los acuerdos internacionales y el derecho internacional están hecho pedazos. Se ha debilitado a las Naciones Unidas como tal y los Estados Unidos e Israel han expandido la política del garrote y la impunidad. Hemos regresado a la política Monroe, ese mirar a América Latina como el patio trasero y sancionar a los gobiernos y ciudadanos que apoyan a Palestina.
Wolfgang: Más allá de lo que he dicho sobre los intereses económicos y geopolíticos involucrados, el reordenamiento internacional tiene una pieza clave: el debilitamiento del derecho internacional.
La ONU y la Corte Internacional de Justicia no tienen ningún poder real, son un instrumento de aclamación de buena voluntad sin ninguna posibilidad política y eso es intencional. Los Estados Unidos minan no solamente las finanzas de las instituciones internacionales sino que les quitan toda posibilidad de intervención.
Para Trump, el multilateralismo es la imagen del enemigo y es igual que el derecho internacional y ahí está su complicidad con Putin y los demás líderes de derecha como Netanyahu, Erdogan, Orbán, Meloni y Milei. Comparten un universo mental común, el autoritarismo sin las limitaciones del derecho y la figura del líder nacional en ascenso es como la respuesta paradójica a la real dominación del sistema financiero internacional. La simbiosis ideológica entre la desregulación neoliberal y el autoritarismo vertical responde a la liberación radical de los mercados, la disminución del rol del Estado y un nuevo orden de dominación tecno-oligárquico.
Este proceso no está libre de contradicciones, pues la libertad de los mercados es condición del poder tecnológico-oligárquico, pero a la vez la competencia limita ese mismo poder. Esa es la razón porque los ideólogos del Silicon Valley estén soñando en monopolios y en una élite platónica, libre de limitaciones de control democrático y de derecho. No nos enfrentamos al renacimiento de la política Monroe, sino a un nuevo orden mundial barajando las cartas entre la Shanghai Cooperation Organisation (SOC), BRICS y un Occidente en declive. En este escenario Estados Unidos y China determinan la dinámica de la política internacional y el resto del mundo está condenado a subordinarse a esa dinámica.
Ahora, el declive de Occidente, la relativización del poder de Estados Unidos, el deterioro social interno y el cambio demográfico son las causas fundamentales del nacimiento del movimiento neofascista MAGA en los Estados Unidos con su núcleo ideológico bio-político. Es la blanquitud de Bolívar Echeverría como concepto cultural y el dominio del hombre blanco lo que está en cuestión y esto hace a los Estados Unidos más peligroso que en la época de la “política del patio trasero”; el oso es más peligroso cuando está herido.
La pieza clave de la derecha internacional es la política migratoria. Cerrar fronteras, criminalizar y expulsar al forastero de color, crear una fortaleza contra la inmigración, estos son los vehículos para delegar los problemas sociales y económicos internos a un “culpable externo”, el forastero como sinónimo de todos los males.
Mas allá de los intereses económicos y geopolíticos ya mencionados, defender la blanquitud como poder cultural de dominación es el hilo que conecta la bio- política occidental en general con el conflicto palestino. Se trata de defender los intereses del occidente blanco en el cercano oriente, y Netanyahu juega un rol central porque no representa solamente ciertos intereses económicos clásicos o neocoloniales, sino que trata de defender la blanquitud como tradición judeocristiana en la región y por esto Occidente actúa frente a Palestina como actúa. El discurso europeo de la solución de dos Estados es hipócrita porque nadie en Occidente impide la colonización judía de Cisjordania, dejando un posible Estado palestino sin territorio.
Un acuerdo posible de paz, sin un Estado palestino con un territorio propio, es una quimera y la segregación existente en Israel, más el odio acumulado que impide un Estado multicultural israelí.
En conclusión, fue la política de identidad y el etnocentrismo religioso lo que provocó el conflicto palestino como germen de los conflictos que están extendiéndose a escala global. Al convertir los problemas sociales y económicos en conflictos de identidad cultural, la guerra cultural diluye la lucha social, resultado oportuno para los intereses capitalistas dominantes.
Un acuerdo posible de paz, sin un Estado palestino con un territorio propio, es una quimera y la segregación existente en Israel, más el odio acumulado que impide un Estado multicultural israelí.
Aunque las armas se callen, el conflicto de un siglo no terminará a menos que la visión de la unión entre el capitalismo fósil, la alta tecnología digital y un paraíso inmobiliario transforme al cercano oriente en una bisagra entre Occidente y Oriente en donde el pueblo palestino no juega ningún papel más allá de lavar los platos de los grandes ganadores: Estados Unidos, su aliado Israel y el petro-autoritarismo árabe. Todavía los palestinos molestan, pero el conformismo imperante hacia Trump hace que esta visión parezca una vía posible.
Pocho: En este nuevo escenario el Ecuador de Daniel Noboa se movió rápido. Su visita a su fraterno Netanyahu en Israel, es parte de la construcción de una línea de acción atada como cordón umbilical a la política de los Estados Unidos de Trump, a la construcción de una narrativa guerrerista vinculada a seguridad y terrorismo. “Para nosotros, es simple. Tenemos los mismos enemigos”, le dijo Daniel Noboa a Benjamín Netanyahu en Jerusalén y para dar fe de su compromiso firmó, en septiembre de este año, el decreto 128 que declara terroristas en Ecuador a Hamás, Hezbolá y la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como un intento de quebrar y controlar en el equinoccio andino la solidaridad con Palestina y el rechazo a Israel, y así como para Donald Trump los migrantes son el problema de inseguridad, para Daniel los indígenas que protestan son también terroristas. Un relato que busca estigmatizar, ordenar, limpiar y disciplinar social y racialmente a la sociedad-país, pasándose por delante su marco jurídico, con la militarización como respuesta. Solo imposición, mucho cinismo e impunidad es la propuesta de gobernanza de Noboa; Quimsacocha, en Cuenca, el Yasuní y los mecheros en la Amazonía, el Chocó Andino de Quito son algunos ejemplos.
Con Noboa y ADN hemos devenido en silencio sordo frente al genocidio en Palestina. Somos un país comparsa que obedece a otras partituras y se abstiene de votar por la causa Palestina. Una vergüenza que rompe nuestra tradición histórica de apoyo a las causas justas.

