martes, julio 7, 2026

Giro a la derecha, polarización y populismo en América Latina

La recurrencia del populismo, que tantos problemas causa en Latinoamérica, tiene mucha relación con el modelo presidencialista. Ambos, populismo y presidencialismo, se refuerzan el uno al otro.

Por: Ugo Stornaiolo

La geografía política de América Latina dejó de ser un péndulo predecible para convertirse en un tablero fragmentado y de alta tensión. Tras una era dominada por la «galaxia rosa» del socialismo del siglo XXI y sus posteriores resurgimientos, la región asiste al avance de fuerzas de derecha y centroderecha, un fenómeno que no se explica de forma aislada, sino como síntoma de dos realidades profundas: una polarización social asfixiante y el auge de liderazgos populistas que canalizan el descontento ciudadano.

El avance de las opciones de derecha en el continente no responde necesariamente a una repentina conversión ideológica masiva, sino a un voto de castigo contra los oficialismos de izquierda o centroizquierda que no lograron resolver problemas estructurales.

Las banderas de la nueva derecha latinoamericana se sostienen principalmente sobre dos pilares: mano dura frente a una crisis de violencia e inseguridad sin precedentes, en las que el electorado prioriza discursos de orden y control. Se agrega un período de estancamiento económico tras años de alta inflación, pérdida de poder adquisitivo y falta de empleo formal que vuelven atractivas las promesas de desregulación, bajar impuestos y austeridad estatal.

Finalmente, la promesa de la lucha anticorrupción ante el desgaste de las élites tradicionales y los escándalos institucionales, que han permitido que figuras de derecha se presenten como la alternativa de «limpieza» del aparato público.

Hacer política en América Latina parece actualmente requerir la aniquilación simbólica del adversario. La polarización dejó de ser una estrategia electoral de campaña para convertirse en el estado permanente de la gestión pública. El sesgo de «nosotros contra ellos” porque la política ya no se debate en el terreno de las ideas o la eficiencia técnica, sino en el de la moral. El rival no es alguien que solo piensa distinto, sino que es un enemigo de la patria o un peligro para la democracia.

Las redes sociales y la fragmentación de los medios de comunicación aceleraron este proceso, creando cajas de resonancia donde las posturas intermedias o de consenso son castigadas y tildadas como tibias. Esto debilita la gobernabilidad, ya que los congresos fragmentados bloquean las reformas estructurales que los países necesitan con urgencia, perpetuando el ciclo de frustración social.

El caldo de cultivo de esta crisis de representatividad ha sido perfecto para el florecimiento del populismo, un estilo de liderazgo que cruza todo el espectro ideológico pero que ha encontrado un terreno fértil en la nueva derecha de la región. El populismo, en este contexto, se caracteriza por un discurso anti establishment, en donde la retórica se centra en combatir a «la casta», «las élites corruptas» o los organismos internacionales, conectando con el ciudadano de a pie que se siente ignorado.

Se añaden los liderazgos hiper personalizados en los que las instituciones (partidos, justicia, parlamentos) se debilitan frente a la figura del líder fuerte que promete soluciones rápidas e incuestionables, mientras se promueve la idea de que, al haber ganado las elecciones, el mandatario recibe un cheque en blanco para gobernar por encima de los contrapesos institucionales, argumentando que éstos solo sirven para frenar el «cambio».

Un péndulo que oscila irregularmente

Durante el primer tercio del nuevo siglo, la historia política dio vuelta: no se trata del declive del populismo latinoamericano, condición necesaria para la maduración de unos regímenes que siguen sin cumplir los estándares que definen a las “democracias plenas”, sino la extensión del populismo a democracias europeas.

Esto ocurre de varias maneras, pero en todos los casos se vale de una retórica que los latinoamericanos conocen: las élites perversas se adueñan del Estado, se alían con los enemigos del pueblo y perjudican sus intereses legítimos. Por eso, solo la victoria en las urnas de un líder capaz de representar a los excluidos y regenerar instituciones puede permitir la realización de una verdadera democracia al servicio del “pueblo real”.

Pero mientras el virus del populismo se transmitía a las sociedades europeas, no todas ellas fueron tan vulnerables: ¿se curó América Latina de su vieja enfermedad? No es eso. Si se repasa el estado de la región, puede comprobarse que los patrones tradicionales no cambiaron pese a algunas novedades: el libertario Javier Milei derrotando al peronismo en Argentina, el derechista José Antonio Kast al izquierdista Gabriel Boric en Chile y el extremista Abelardo de la Espriella venciendo al exguerrillero Iván Cepeda. ¿Son populistas de derecha?

No está claro, aunque sean —a su manera— extremistas. También en Brasil y Colombia reina la polarización: si el insurrecto Bolsonaro dio paso al retornado Lula en Brasil, la situación en Colombia tiene otros matices a partir de la derrota del candidato del presidente Gustavo Petro, a manos del derechista Abelardo de la Espriella.

Sin embargo, el populismo clásico que habla del pueblo y sus enemigos todavía sigue vivo y coleando: la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, profundiza el legado de su mentor López Obrador, con una reforma “democratizadora” del poder judicial que le priva de su necesaria independencia.

Claudia Sheinbaum y la candidata por la Revolución Ciudadana, Luisa González. Foto: X de Luisa González

En El Salvador, Nayib Bukele sigue imponiendo su agenda de ley y orden incluso contra las garantías esenciales del estado de derecho. La democracia peruana es un adefesio donde los presidentes electos caen rápidamente y la estabilidad política solo es ficción. Nicaragua sigue siendo una dictadura y Venezuela no dejó de serlo, pese a la captura estadounidense de Nicolás Maduro. El populismo no ha desaparecido en la mayoría de las sociedades latinoamericanas ni lo hará en el futuro mientras no desaparezcan las condiciones que lo propician.

Vale recordar que el populismo es un estilo político -sin contenido sustantivo para ser una ideología- característico de la democracia: un líder populista invoca la soberanía popular y las democracias pasan por ser “el gobierno del pueblo para el pueblo”, pero bajo la tutela del caudillo.

La bandera de la nueva derecha latinoamericana se sostiene en la mano dura frente a una crisis de violencia e inseguridad sin precedentes. El electorado prioriza discursos de orden y control.

Es diferente si el líder populista se vuelve una amenaza potencial para la democracia cuando detenta el poder y reclama para sí la representación exclusiva del pueblo, negando el pluralismo político y el deber constitucional de reconocerlo y protegerlo. El populismo es una tentación democrática, por eso aparece siempre en casi todas partes, aunque no en todas con la misma fuerza.

El historiador italiano Loris Zanatta sostiene que el populismo es propio de las sociedades que tienen conflictos derivados de la modernización, encajando con un subcontinente latinoamericano donde la mayoría de sus países no superan la “trampa de la clase media”, que les impide convertirse en economías avanzadas al dejar la pobreza.

Por lo anterior, la irrupción del populismo en Europa es consecuencia de la gran recesión de 2020. A las viejas tensiones por la distribución del ingreso se añaden las de la desigualdad entre generaciones y la combinación de crisis de falta de natalidad y el fenómeno de la inmigración masiva, avivando los temores de un populismo etnocéntrico de derecha, encarnado por personajes como Le Pen, Salvini, Orbán o Abascal y movimientos como Alternativa para Alemania, el Frente Nacional, Forza Italia o Vox.

Este último tipo de populismo es el que logró triunfar en la vieja democracia norteamericana, y aunque Donald Trump es quizá menos excepcional en la historia política estadounidense de lo que se cree, no deja de representar un populismo radicalizado y antiliberal.

No obstante, el impacto del populismo no es igual en todas las democracias y hay que discernir las razones. Al margen de factores como la prosperidad compartida o la existencia de una genuina cultura política liberal, que limitan el impacto del populismo, se debe enfatizar en una variable decisiva y sin embargo poco señalada: el sistema político.

El efecto del populismo se reduce cuando la democracia es parlamentaria y los ciudadanos votan por partidos que eligen un primer ministro, que depende del poder legislativo para aplicar su programa. Aunque también las democracias parlamentarias se volvieron más personalistas y un primer ministro elegido por el parlamento puede adoptar formas presidencialistas -caso Pedro Sánchez, en España-, el reparto proporcional de los escaños puede relegar a las formaciones populistas a los márgenes del sistema o bien -cuando no es posible- armar coaliciones que lo frenen o debiliten.

Incluso si un partido populista logra la mayoría absoluta de los escaños en un sistema parlamentario, en muchos de los casos lo han hecho formando coaliciones con otros partidos.

En regímenes presidencialistas, por el contrario, los populistas siguen triunfando y llevan décadas haciéndolo en América Latina. Cabe preguntarse si las democracias presidencialistas son inherentemente populistas y polarizadoras. Los ciudadanos eligen de manera directa a un presidente que asume la tarea de representarlos y casi siempre en segunda vuelta se escoge entre dos candidatos enfrentados entre sí y pocas veces hay terceras vías.

Vale observar los recientes casos electorales de Perú y Colombia en donde se enfrentaron en la segunda vuelta candidatos completamente contrarios, polarizando el debate, una vez conocidos los resultados de los conteos. Keiko Fujimori derrotó por un escaso 1% a su rival de izquierda Roberto Sánchez, mientras que Abelardo de la Espriella obtuvo un margen superior de menos del 1% frente al izquierdista Iván Cepeda. Ni Argentina, Chile o Ecuador fueron la excepción.

Vale la pena reflexionar qué sucede en EE. UU., la sociedad más rica del mundo, en donde todos los candidatos prometen dar “power to the people” (poder al pueblo) y hacer prevalecer los intereses de la gente común ante los grupos de presión y la casta washingtoniana. Pero, una vez instalados en el puesto, se convierten en parte de ese establishment político.

Las jóvenes repúblicas nacidas de los procesos independentistas imitaron al vecino estadounidense y desecharon la alternativa parlamentaria o modelo británico, pero no se quiere decir con ello que los problemas de América Latina deriven solo del presidencialismo.

Sin embargo, la recurrencia del populismo -que tantos problemas causa en Latinoamérica- tiene mucha relación con el modelo presidencialista. Ambos, populismo y presidencialismo, se refuerzan el uno al otro. Y romper con una tradición política tan asentada en la región parece demasiado complicado. Pero cada vez que uno se pregunta por qué no desaparece el populismo, hay que recordar que no es una maldición, porque las instituciones también cuentan. Y en el presidencialismo cuentan bastante.

El avance de la ultraderecha en América Latina

En doce países ya gobierna la derecha en sus diferentes variantes, y se consolidan los modelos de mano dura en seguridad, la pérdida de derechos de mujeres y minorías y alianzas bajo la tutela del presidente estadounidense Donald Trump.

Se hace llamar El Tigre. Se encomienda solo a “Dios” y al “Pueblo” y dice poner “la verdad total sobre la mesa”. Cuando ganó la primera vuelta, para sorpresa de muchos, dijo que su triunfo es “la derrota total de los políticos de siempre, de los partidos de siempre”. Pese a su retórica rupturista, el ultra Abelardo de la Espriella puso a Colombia en la tendencia que dominó en doce recientes elecciones en América Latina en tres años: el avance de la derecha y extrema derecha en sus múltiples versiones.

De la Espriella es del ala radical, personalista y heterodoxa, como la que representa desde 2023 Javier Milei en Argentina, identificado como un león y antes Nayib Bukele en El Salvador, reelegido en 2024, con una artimaña legal. Los tres admiran y son aliados de Donald Trump, en una región que EE. UU. considera su área de influencia hegemónica y que, excepto México y Brasil, la Guatemala de Bernardo Arévalo y el Uruguay de Yamandú Orsi, consolida un camino a la derecha.

“Es una tendencia, sin duda, y es una derecha nueva”, según Steven Levitsky, autor del ensayo Así mueren las democracias (2018). “Muy distinta de la que había en los primeros 2000, con Piñera (Chile), Fox (México), y Kuczynski (Perú)… que era más liberal, con un énfasis en la economía y el libre mercado, respetaba la democracia y no le importaban cuestiones como el feminismo, el aborto o los derechos LGTBI”.

Agrega: “ahora es una derecha en la que la seguridad y las batallas culturales son más importantes, con la excepción de Milei que es muy promercado y prioriza la economía. Es una derecha menos liberal, ataca los derechos de las minorías y tiene en general una relación más precaria con la democracia”.

El ultraderechista Flávio Bolsonaro recogió el legado de su padre, golpista encarcelado, y marcha bien en las encuestas, con la posibilidad de arrebatar en octubre la presidencia de Brasil a Lula da Silva.

Si a De la Espriella no le impidió el triunfo su lenguaje político violento ni los vínculos con los paramilitares, las actitudes machistas ni las burlas a las personas LGTBI que denunció su rival, a Keiko Fujimori tampoco le arrebató la victoria, aunque sea a la cuarta y por escaso margen, su adhesión al legado manchado por la corrupción y la violación de derechos humanos de su padre, el autócrata Alberto Fujimori.

El apoyo de José Antonio Kast a la dictadura de Augusto Pinochet no le impidió llegar a la presidencia en Chile ni a Milei el presentarse con un programa de recortes salvajes del Estado, con su famosa “motosierra”. El ultraderechista Flávio Bolsonaro recogió el legado de su padre, golpista encarcelado, y marcha bien en las encuestas, con la posibilidad de arrebatarle en octubre la presidencia de Brasil al izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva.

El hecho de que en 12 países latinoamericanos —de 16 analizados donde hubo y habrá elecciones—, estén gobernados por las derechas no implica, sin embargo, “que las grandes mayorías de la región se hayan volcado a la derecha, donde quizá solo Bukele tiene un apoyo masivo”, subraya Levitsky.

Debajo de los números y de las diferencias entre derechas en cada país, como se ve en Colombia y Perú, hay otra tendencia que explica en parte por qué ganan elecciones, y es “el tremendo nivel de descontento hacia el statu quo y hacia el oficialismo”, sostiene.

El reto de la estabilidad democrática

El triunfo de la derecha y el auge del populismo en América Latina son el reflejo de una sociedad que exige resultados inmediatos a problemas endémicos. Si bien estos liderazgos logran canalizar el malestar de forma efectiva para ganar elecciones, el verdadero desafío comienza a la hora de gobernar.

La historia reciente de la región demuestra que el desencanto es un bumerán veloz. Si las nuevas administraciones de derecha no logran reducir la pobreza, reactivar la economía y garantizar la seguridad dentro de los márgenes democráticos, la misma ola de frustración que hoy las pone en el poder podría ser la que impulse el próximo giro ideológico, manteniendo a la región en un bucle de inestabilidad y polarización crónica.

Ugo Stornaiolo

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