sábado, febrero 14, 2026
Ideas
María del Carmen Vizcaíno

María del Carmen Vizcaíno

Directora de la Alianza Jambato, científica y conservacionista ecuatoriana.

Defender al jambato, defender la ciencia, defender nuestro lugar

La ciencia se hace con datos, sí, pero también con compromiso y valentía. Las mujeres no solo estudiamos la naturaleza: la defendemos, incluso cuando hacerlo tiene un costo personal.

El jambato no es solo una rana negra de vientre amarillo. Es una especie única del Ecuador, un anfibio andino que durante años fue símbolo de nuestra biodiversidad y que luego se convirtió en emblema de la extinción. Desapareció silenciosamente de nuestros paisajes, víctima de la pérdida de hábitat y la indiferencia. Cuando fue redescubierto, entendimos que su regreso no era una garantía de supervivencia, sino una segunda oportunidad frágil. Hoy el jambato sigue en peligro crítico. Y defenderlo es, también, una forma de cuestionar cómo entendemos la ciencia y a quién le permitimos ejercerla con autoridad, uso la ciencia porque quiero salvarlo.

Soy científica y conservacionista, especializada en herpetología. Decidí estudiar anfibios porque son indicadores tempranos de la salud de los ecosistemas: cuando ellos desaparecen, algo profundo está fallando. Proteger al jambato no es un acto romántico; es una alerta. Es reconocer que los sistemas naturales que sostienen nuestra vida están bajo presión y que ignorar esas señales tiene consecuencias.

Desde la Alianza Jambato trabajo articulando investigación, monitoreo, educación ambiental y acción comunitaria. Hemos impulsado procesos de conservación en paisajes intervenidos, generado evidencia científica y construido vínculos con comunidades que conviven con la especie. Recuperar al jambato como símbolo vivo de conservación en Ecuador ha sido uno de mis mayores compromisos. Pero hacerlo siendo mujer en la ciencia implica desafíos adicionales que rara vez se mencionan en los discursos conmemorativos.

He enfrentado deslegitimación y cuestionamientos constantes a mi capacidad. He tenido que defender con firmeza mi trabajo en espacios donde todavía se asume que la autoridad científica tiene rostro masculino. En conservación, además, se espera que resistamos en silencio: que sostengamos procesos complejos con recursos limitados y que no incomodemos cuando señalamos responsabilidades o riesgos.

Existe también una violencia menos visible pero persistente: la apropiación del conocimiento. Cuando las ideas y aportes de mujeres científicas son utilizados sin reconocimiento, no se trata de un descuido menor; es una práctica que refuerza jerarquías de poder y limita nuestras posibilidades de liderazgo. La ciencia no es neutral cuando reproduce estas dinámicas.

Cada 11 de febrero se habla de visibilizar a las mujeres en la ciencia. Yo creo que la visibilización es necesaria, pero insuficiente. No queremos solo ser invitadas a la foto; queremos participar en la toma de decisiones, acceder a financiamiento en condiciones equitativas y trabajar en espacios seguros. Necesitamos que se reconozcan trayectorias diversas, especialmente aquellas que combinan investigación rigurosa con trabajo territorial y justicia socioambiental.

No quiero que se romantice nuestra resiliencia. No quiero que se celebre nuestra capacidad de sostener procesos en precariedad mientras las estructuras que generan desigualdad permanecen intactas. Defender al jambato implica cuestionar modelos de desarrollo, intereses económicos y formas de poder. Defender nuestro lugar en la ciencia también.

La ciencia se hace con datos, sí, pero también con compromiso y valentía. Las mujeres no solo estudiamos la naturaleza: la defendemos, incluso cuando hacerlo tiene un costo personal. Y si el jambato logró una segunda oportunidad, la ciencia ecuatoriana también puede tenerla: una en la que el conocimiento se construya con justicia, reconocimiento y equidad real.

 

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