domingo, abril 19, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

México: ética, política y amistad

Es preciso reconocer e incluso alabar los esfuerzos que realiza nuestro gobierno para limpiar al país de una vieja podredumbre moral de la que fuera infectada en especialmente en los tiempos del correato. Contra esa corrupción lucha el presidente. Y su enojo contra la embajada de México no es gratuita. En efecto, el presidente mexicano ha hecho públicas declaraciones de su amistad Correa y los suyos.

Desde luego que la irrupción de militares en la embajada de México, aparentemente, violenta principios y normas estatuidos internacionalmente. Las embajadas constituyen la presencia simbólica y también fáctica de los países a los que representan. Por ende, son inviolables.

Por la historia se sabe de un cardenal católico refugiado en una embajada de un país de la antigua URSS, en la que permaneció por muchos años pues la ex potencia comunista se negó a concederle el respectivo salvoconducto para viajar a otro país.

La URSS permaneció sorda y muda a las demandas internacionales a lo largo de muchos años. Todos debieron atenerse  a la formalidad de las leyes sin haber logrado nada de las autoridades de ese país. El derecho internacional se impuso a toda costa.

Pero los tiempos han cambiado. Y el derecho ya no es tan solo un conjunto de normas absolutamente inquebrantable impuestas por algún tirano. El mundo es cada vez más abierto al cambio y a la tolerancia de las diferencias. Al mismo tiempo, los países se unen tanto para fortalecer la democracia como para enfrentarse a quienes pretenden desconocerla. La democracia no es un slogan sino un estado de vida política y social.

¿Qué quería el presidente López Obrador al acoger como refugiado político a un personaje con un complejo y largo historial nada santos y que es buscado por la justicia de su país? ¿Era sencillo negar la solicitud de asilo?  Por otra parte, es indispensable que quien comete un delito, del orden y la magnitud que fuese, se someta a la justicia ordinaria sostenida en la democracia.

Al dar asilo a un ciudadano cualquiera, el país que lo concede presume que el demandante es inocente y que es un perseguido a causa de sus ideas políticas. Sin embargo, corresponde a la delegación decidir sobre conceder o no el asilo solicitado.  El embajador no es juez.

Para el embajador mexicano, el asunto no era nada fácil. Pero se decidió por el asilo. A él, en verdad, no le correspondía el tema jurídico. Su decisión es eminentemente política. Las razones que le mueven a otorgar el asilo le corresponden a él y no pueden ser juzgadas o, peor aún, desconocidas por el gobierno ecuatoriano.

Esta es la democracia y su ejercicio. Las razones ecuatorianas para detener a Glas no desvanecen el poder que posee México para asilarlo. En la decisión median razones eminentemente políticas y no necesariamente éticas.  Para nosotros, posiblemente o incluso ciertamente Glas sea un malhechor que merece la cárcel. Pero las leyes ý acuerdos internacionales vigentes deben ser cumplidos.

Es preciso reconocer e incluso alabar los esfuerzos que realiza nuestro gobierno para limpiar al país de una vieja podredumbre moral de la que fuera infectada en especialmente en los tiempos del correato. Contra esa corrupción lucha el presidente. Y su enojo contra la embajada de México no es gratuita. En efecto, el presidente mexicano ha hecho públicas declaraciones de su amistad Correa y los suyos.

Permitamos que las aguas bajen. Entonces, en calma, dos viejos amigos se abrazarán y retornarán a los ejercicios de la equidad y la amistad con México, lindo y querido.

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