martes, abril 7, 2026
Ideas
Fernando López Milán

Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Un gallo en la ciudad

En un gallo la apariencia lo es todo. Lo que equivale a decir que, en él, la forma es el fondo. Siendo adecuada para los gallos en general, esta afirmación no aplica para los gallos de pelea, cuyos valores son otros.

—¡Pare! ¡Pare! Se detiene el bus.

—¿Qué pasó?

—Se cayó.

—¿Quién?

—Un gallo.

—¿Un gallo?

—Sí.

Dos hombres a la carrera, uno por la derecha, otro por la izquierda, se dirigen a rescatar al gallo que, aturdido, camina entre el tráfico repentinamente detenido por su presencia. El hombre de la derecha lo levanta con una mano y lo asegura contra su pecho. El bus arranca.

¿Qué hace un gallo a las nueve de la mañana de un día laborable cruzando una calle llena de autos del Centro Histórico de Quito? ¿Qué función cumple en una ciudad de la que los oficios agropecuarios se han desterrado casi por completo? ¿Es un semental, una mascota, un reloj despertador, un cantante? ¿Está, acaso, destinado a la olla? ¿A ser coq au vin o gallo hervido o gallo al jugo como esos que, en una gallera de Riobamba, los aficionados acostumbraban comer después de las peleas?

Excepto el gallo de las veletas, como nuestro famoso Gallo de la Catedral, un gallo solitario, sin su corte de gallinas, es algo contranatura. Pero, y ese es el detalle, en el caso que nos ocupa se trata de un gallo citadino, cuyas costumbres, por fuerza, deberán ser distintas de las de un gallo campesino.

Eso de lanzarse a la calle desde el balcón o la ventana de una casa de alto a un río de autos y autobuses no está entre las opciones vitales de los gallos rurales. Sería, sin embargo, una exageración afirmar que se trata de un gallo suicida. Quizá, por falta de experiencia o exceso de confianza, hizo una valoración demasiado optimista de sus capacidades para el vuelo. Suposición plausible si se tiene en cuenta que los gallos son aves en extremo orgullosas: narcisistas incluso.

Los gallos, y así lo demuestra el que cayó en la mitad de la calle Vargas, jamás pierden la compostura. Aturdido y todo, el nuestro nunca dejó de avanzar erguido, con la cabeza alta, rematada por esa llameante cresta roja que constituye su natural corona. En un gallo, la apariencia lo es todo. Lo que equivale a decir que, en él, la forma es el fondo. Siendo adecuada para los gallos en general, esta afirmación no aplica para los gallos de pelea, cuyos valores son otros. Su conducta, más que a las exigencias de su naturaleza, responde a las expectativas y deseos de los hombres.

¿Qué hace un gallo a las nueve de la mañana de un día laborable cruzando una calle llena de autos del Centro Histórico de Quito? Está perdido. Y lo está en el mismo sentido que un rey sin su reino.

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