En cada esquina hay un carrito. Este ofrece bolón de verde con café, el otro unos pinchos, más allá una señora vende medias y un hombre mayor promociona sus artesanías. En cada semáforo hay alguien que limpia vidrios y hay otro que vende esas largas fundas plásticas heladas a las que llamábamos bolos… Los parques no son esos sitios donde el urbano se encuentra con su ansiada naturaleza y el silencio, ya perdidos para su cotidianidad. En sus caminos interiores e incluso en el césped están puestos de jugos, de guatas, de papas con cuero, de ropa, de caramelos… En el país con cada vez más altos índices de desempleo. Esos y muchos otros expendedores, han elegido ese otro sendero que el peruano Hernando de Soto mostraría ufano en los 90, el sendero de la informalidad.
Son emprendedores, como rezan los discursos de los coaches, pero… hagamos cuentas: ganarán digamos 10 dólares diarios, que son más o menos 270 dólares al mes, si se suma a este ingreso el de la mujer, y sin tomar en cuenta el ingreso de los hijos, digamos que 600 dólares. Una opción en el país de las pocas empresas, que a regañadientes pagan el salario básico de 450 dólares, (si el trabajador no es venezolano, pues en ese caso recibirá 250 dólares). Espacios laborales donde piden al obrero que trabaja para ellos «ponerse la camiseta» para no pagarle horas extras, donde no le dan seguro social y le despiden sin beneficios de ley, sabiendo que no contratarán un abogado laboral. Tras quince años de trabajo despidieron a un trabajador con 600 dólares de liquidación, desde un marco legal donde no puede hacer mucho porque las leyes de “reactivación económica” decretadas por Lenín Moreno, aprovechando el encierro de la pandemia benefician al empleador. Es que trabajar en una empresa, si es que se consigue hacerlo, también conlleva la posibilidad de ser maltratado e insultado como en los días del huasipungo decimonónico. Desde esa misma lógica, ser obrero de una empresa implica también hacer reparaciones gratuitas en casa del dueño…
Con todo ello, los emprendedores que llenan nuestras calles prefieren ser autónomos, ser dueños de su tiempo sin recibir mal trato, sin seguro social, sin un salario fijo y viviendo al día, pero sin descuentos por atrasos o faltas. Esas relaciones de producción dinamizan y marcan el desarrollo de este país, donde, por otra parte, no es fácil ponerse un negocio (la inversión privada bajó en 8.7%), ya que no hay consumo (el consumo privado disminuyó en 3,2%), porque los ingresos alcanzan para las necesidades básicas. Los estudios económicos dicen que el Ecuador no está en estancamiento ni en estanflación, sino en decrecimiento, en crisis… En el segundo trimestre del 2024, esta se contrajo en 2,2% y en 1.3% en el tercer trimestre.
Y así el país se “desarrolla” y está “mejor que ayer pero peor que mañana.”
Dejo esa reflexión y salgo a la ciudad al final de la tarde. Miro a un hombre sentado cubriendo su pierna herida y pidiendo una moneda. Recuerda un verso conmovedor escrito por otro peruano, el cholo César Vallejo y se la doy. A mi regreso, pocos minutos después, le veo caminar con dificultad hasta posarse una cuadra más allá. En donde él estaba, ahora hay dos agentes del orden. Les pregunto por qué echaron al hombre y uno me responde que está prohibido mendigar en el centro histórico. ¿La pobreza es un delito? replico. Dice: no, no le enviamos preso. ¿Ah, entonces afea el paisaje?, argumento. El gendarme se molesta y me dice que solo cumple la ordenanza municipal ¿Cual?, digo. La 334, dice subiendo el tono. Me dice que si deseo me queje en la Dirección de Agentes Municipales, me pide que le baje las manos y asumo la posición de futbolista frente al árbitro y sin pedirle, alterado, me da su nombre (para qué mencionar aquí). La gente que está alrededor me respalda. Pero él y su compañero nos miran con las ínfulas que les da su uniforme y la legalidad del uso de sus cachiporras. Seguimos nuestro camino.
Es el inicio de la madrugada y salimos con mi acompañante de uno de los pocos restaurantes que no cierran temprano, en noches dominadas por los GDO. En un frío sahariano, se nos acerca un niño de siete años de edad, en camiseta, y nos ofrece cigarrillos. No puede irse a casa pues debe aprovechar los pocos potenciales clientes que salimos del restaurante. Tirita. “ … tiembla de frío… ¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?” repito mentalmente.
Al frente hay un local de hamburguesas e invito al chico a ir para que se caliente un poco. Me dice que ahí no le dejan entrar. Insisto. Lo harán, le digo, tú eres mi invitado. Pida para llevar… tengo que regresar a vender, musita, una vez en el local. Con mi acompañante nos miramos por largos segundo, en silencio. Se calienta un poco mientras preparan la hamburguesa, se la doy en su funda y se marcha. Desde la ventana veo que, una cuadra más allá, un hombre se le acerca, el niño le entrega la funda amarilla empacada. No sé si es su padre o un extorsionador. Una garra invisible me aprieta la garganta, mientras miro “al futuro de la patria”, alejarse en el frío de la noche quiteña.
